martes, 1 de noviembre de 2022

GERARDO IGLESIAS EN LAS TINIEBLAS EXTERIORES A LA MEMORIA

 


A veces me paraba a pensar qué deprisa nos habíamos olvidado de todo. También pensaba que, en cuanto las cosas se quedaban atrás, dejaban de ser verdad o mentira y se convertían sólo en confusos restos a merced de la memoria. No había nada que salvar. El tiempo lo deshacía todo, lo convertía en polvo, y luego soplaba el viento y se llevaba ese polvo.

Rafael Chirbes

Curarse con la medicina del olvido en lugar de aprender con el purgante de la memoria.

Rafael Chirbes

 

Sólo sobreviven quienes consiguen creerse que son lo que no son.

Rafael Chirbes

 

He tenido noticia, por el artículo de Gregorio Morán en Vox Populi, de la situación de Gerardo Iglesias, exsecretario general del PCE tras el abandono de Carrillo y predecesor de Julio Anguita, que fue quien le sucedió en ese cargo. Tras su etapa de liderazgo en la decadencia que sucede a la catástrofe electoral de 1982, Iglesias tomó la decisión de regresar a su origen, a la mina. Así rompía con una regla esencial que rige para la izquierda en el postfranquismo, en la que el desempeño de un cargo directivo o de responsabilidad en el estado, implica una salida hacia una posición social ascendente, que culmina una carrera política que, en todas sus versiones, implica una movilidad social vertical. Coincido con Morán en que esta incidencia ha conllevado su aislamiento y expulsión a las tinieblas exteriores a la memoria.

Tras su retorno a la mina, tiene un accidente laboral que lo convierte en un paciente quirúrgico sin solución, habiendo sido operado en cinco ocasiones consecutivas sin éxito, de modo que ha sido desplazado al espacio oscuro del sistema sanitario público, en el que viven las legiones de pacientes no curables o tratables victoriosamente. Su experiencia es narrada en Público en un artículode Cristina del Gallego. Su reciente aparición en silla de ruedas frente al hospital para protestar por su situación constituye un verdadero acontecimiento político, en tanto que muestra nítidamente la ley de hierro imperante en la clase política de las izquierdas de todas las clases, dotadas de una fuerza grupal considerable por permanecer en la red de posiciones estatales en las que se encuentran asentados, siguiendo carreras guiadas por el criterio magnánimo del éxito personal, que se manifiesta en su trayectoria personal ascendente.

Para interpretar el silencio y el estigma que se cierne sobre el exdirigente, es menester recurrir a Rafael Chirbes y su lucidez proverbial para describir el viaje recorrido por toda una generación que apostó por una revolución en los años sesenta y setenta para terminar ejerciendo una suerte de sobrevivencia que exige una serie inacabable de mudanzas ideológicas. Gerardo Iglesias es uno de las decenas de miles que han quedado en el camino siguiendo distintas rutas a favor de la consecución de una integración social imposible. Aquellos sobrevivientes que han relegado el proyecto inicial para aterrizar en las cimas estatales, menosprecian a quienes han quedado atrás, al estilo de la formidable máquina de triturar personas que es la empresa postfordista.

El final del franquismo supone una cadena de crisis para el PCE que culmina en la debacle electoral de 1982. El liderazgo de Carrillo se desmorona, las luchas internas adquieren una magnitud inmanejable para la dirección y la sangría de dirigentes y cuadros que acuden en auxilio del entonces triunfador PSOE alcanza unas proporciones colosales. En este clima sórdido Gerardo es investido secretario general, aunque se trata de un liderazgo débil administrado por las élites más involucionistas del partido. Esta etapa supone un desgaste extraordinario, siendo reemplazado por las élites partidarias que fraguan un nuevo proyecto que se desentiende de las siglas y lo que se percibe como antiguallas. Una de estas es precisamente él mismo. En una situación así es inteligible su decisión de regresar a la mina, que significa una ruptura inequívoca con el modo de hacer política prevalente en tan creativa democracia.

Un factor adicional representa un factor decisivo en esta decisión. Se trata de la situación específica de Asturias. Si en esos años el trasvase PCE-PSOE adquiere su máxima intensidad, en Asturias es el mismísimo secretario general y líder de la organización, Vicente Álvarez Areces quien abandona seguido por una escolta de cuadros locales y regionales, instalándose en el PSOE, ocupando posiciones relevantes en las instituciones autonómicas. En Asturias la cooptación adquiere un esplendor grandioso. El mismísimo Areces, tras ser alcalde de Gijón, llega a la presidencia de la comunidad, permaneciendo en ella hasta su muerte y simbolizando una carrera ejemplar del Régimen del 78. Su trayectoria fue una escalera ascendente, en la que siempre subió llegando hasta la cima.

No sé si los lectores imaginan el clima del PCE de esos años, en los que la traición se encontraba presente en la vida partidaria en espera de una oportunidad para su consumación. No existe nada peor para un partido o grupo pequeño que una cooptación. La desmoralización interna alcanza cotas inimaginables. Gerardo se desempeña como secretario general en este infierno interno, en el que se simultanean las fugas de votantes con las fugas de dirigentes. Esta situación aviva el sectarismo y la confusión. Todo termina con su propia retirada del escenario, propiciada por sus propios compañeros.

La novísima democracia significó la transformación de un partido cuyas raíces eran miles de células, grupos ubicados en empresas, universidades, barrios y otros microsistemas sociales. Este tipo de organización generaba una solidaridad partidaria específica. Pero este sistema se disolvió, cediendo su lugar a unas localizaciones radicalmente diferentes. El nuevo locus eran las instituciones. La militancia se congregaba solo para sancionar a los candidatos a diputados, concejales y otros cargos representativos. Así, con el paso de los años, fue decreciendo el contingente de afiliados, y el partido se concentraba en los cargos elegidos. De este modo, la élite partidaria, resultante de las “elecciones” en las agrupaciones, dio lugar a una solidaridad diferente. Se puede nombrar este proceso como “de una nube de células a una nube de cargos”. Los cargos son rivales de los clanes adversarios en las agrupaciones que los eligen.

Hace muchos años fui invitado por un amigo, un alto cargo del PSOE, a una reunión de los afiliados en sanidad en Granada con uno de los gurús del Sistema Nacional de Salud de la época. Me impresionó muchísimo contemplar el clima interno hipercrítico con aquellos que detentaban cargos en el partido o la administración. En el ambiente se encontraba implícito el lema de “cargos para todos”, la rotación en ellos en contra de la permanencia de una oligarquía partidaria. Las menguantes asambleas de IU del presente son similares, en las que los climas son irrespirables. En mis últimos años en Granada pude contemplar de cerca las crueles luchas internas en Podemos entre errejonistas, pablistas y anticapis, de cuyos equilibrios resultaban los cargos electos. En este caso, terminó en autodestrucción, en tanto que cuando hay poco que repartir los contendientes se emplean más virulentamente.

Este tipo de partido es el que ha determinado el olvido y la relegación de Gerardo Iglesias. La nube de cargos se encuentra movilizada para su sobrevivencia, siendo poco propensa a exaltar a ningún exlíder, cuya retirada se sobreentiende como una caída, y con los desfallecidos se practica la violencia suprema del olvido y la exclusión. En un partido de cargos en la era de la televisión, los candidatos se concentran en su propia elección, lo que depende de cultivar a los electores de las agrupaciones, a las autoridades partidarias y a la visibilidad proporcionada por los medios. He visto numerosas veces con perplejidad la pugna entre aspirantes a cargos por entrar en algún fragmento mediático, por pequeño que sea.

Termino aludiendo al círculo de la fatalidad de la peripecia de Gerardo Iglesias, como es su experiencia siniestra como paciente, relegado a la población enferma resultante de la dinámica del propio sistema sanitario, que la genera y la abandona a su suerte. La disidencia de Gerardo alcanza así, involuntariamente, su máxima dimensión, contribuyendo a su marginación en grado superlativo, pues para esta izquierda cuyo único proyecto es permanecer en las altas posiciones estatales, el sistema sanitario representa uno de los centros simbólicos de su discurso,  así como una localización privilegiada para sus cuadros. Enunciar una disidencia sanitaria es lo que le faltaba a Gerardo.

Volviendo de nuevo a Chirbes, este afirma que “al poder llegan los peores”. Este es el mejor argumento a favor de Gerardo Iglesias. Para una persona de mi edad y experiencia, Gerardo es, inequívocamente, un héroe antifranquista que ha habitado en un medio podrido que lo ha devorado. Si tuviera que hacerle una recomendación, esta sería invitarle a sonreír cuando escuche las proclamas a favor de la Memoria Histórica, de la que es violentamente laminado, como tantos otros, así como las retóricas a favor de un sistema sanitario público, porque la verdad es que su proyecto matriz es el de Biden, Clinton y los demócratas norteamericanos, que otorgan a la salud un lugar subalterno respecto a la infinitud de la economía y el armamentismo. Cosas del siglo XXI que todavía no acabamos de entender.

 

 

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