martes, 29 de noviembre de 2022

EL DILEMA DEL FUTURO

 


Martin Luther King decía: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”. Ya no me creo eso, creo que somos nosotros los que tenemos que inclinarlo. Ya no está claro que estemos embarcados en algún tipo de viaje evolutivo hacia un mundo más libre, más equitativo y justo. Los de mi generación creíamos que si nos dormíamos 10, 12 o 20 años íbamos a despertarnos en un mundo más justo, con mayor respeto por las diferencias sexuales y de género. No es cierto. Vamos al revés ahora mismo y más nos vale parar.

Bono (U2)

La cuestión que suscita esta afirmación de Bono es fundamental. Significa una línea divisoria entre distintas interpretaciones del proceso general en que se encuentra incluido el presente. De un lado, la izquierda integrada en las instituciones, los medios progresistas, las constelaciones de espectadores-votantes y la intelligentsia oficial, que se alinean con la clásica línea del progreso. En palabras de los discursos oficiales, la senda del progreso, que se orienta hacia una sociedad más igualitaria y racionalizada. De este posicionamiento general se derivan líneas de acción fundadas en el optimismo y  la minimización de los obstáculos que comparecen gradualmente como verdaderos gigantes. Al fin y al cabo, el ascenso de la extrema derecha en toda Europa y del trumpismo, en distintas versiones en América, son entendidos como accidentes secundarios que no impiden el tránsito hacia sociedades más perfeccionadas.

De otro lado, algunas personalidades y grupos procedentes de los mundos de la ciencia, la literatura, el arte y el pensamiento apuntan en una dirección contraria, afirmando que los fenómenos políticos, económicos y culturales mórbidos que se presentan, indican un cambio de dirección o la antesala de una regresión. Estas posiciones críticas se encuentran en las tangentes de los sistemas oficiales de la producción del conocimiento y la cultura, detentando una situación de creciente marginalización. Desde estas posiciones críticas se entiende que la emergencia de estos obstáculos significa un cambio de dirección de los procesos sociales, que apuntan a una nueva era que problematiza el paradigma del progreso convencional.

En esta situación, lo nuevo es, precisamente, que aquellos que se adhieren a la supuesta dirección del progreso comparecen adoptando formas crecientemente autoritarias y monolíticas, configurando un inquietante sumatorio de autoritarismos. A los neofascismos renacidos y la emergencia de una nueva derecha autoritaria, se suman las prácticas de gobierno imperantes por parte de los autodenominados progresistas, que inventan prácticas de gobierno referenciadas en un nuevo autoritarismo basado en la exigencia de fe en lo que se presenta como una ciencia omnipotente y única, que requiere la adhesión incondicional mediante una nueva obediencia a las legiones de expertos. La pandemia de la Covid significó un salto formidable del control social mediante la fusión de la individuación neoliberal de la época con la individuación derivada del gobierno epidemiológico, que convirtió a cada uno en una cifra insertada en una población gobernada a modo de corneta medicalizada.

El nuevo autoritarismo se fundamenta en la eficacia de varias maquinarias institucionales recombinadas que separan efectivamente a las personas socavando los órdenes sociales intermedios. Así se fabrica una gran masa de yoes radicalmente separados entre sí, que son escrutados y medidos por un conjunto de agencias y organizaciones que los clasifican y reclasifican para su rendimiento social. Cada cual deviene en una unidad autónoma unida a las personas inmediatas por vínculos sociales cada vez más episódicos y debilitados. Pero el aspecto más novedoso de la nueva forma de gobierno radica en el ejercicio del poder mediático, que desarrolla un conjunto de relatos que desplazan las realidades a favor de distintas ficciones y las ensoñaciones.

Esta situación general tiene un efecto perverso, tal y como es que las cuestiones más importantes, que afectan a las instituciones de la individuación severa – tales como las maquinarias de contar méritos para la clasificación; las de la dirección del mercado del trabajo y la naturaleza de la empresa; las de la conducción psi y la reparación de los desechados; las de la reestructuración de la vida y el espacio doméstico; las de la invención de narrativas y la conversión de las personas en espectadores; las que recogen los residuos resultantes de los procesos sociales, tales como el confinamiento de los no aptos como mayores, desempleados de larga duración o distintas formas de discapacidades instituidas- se sitúan en el exterior de lo que se entiende como política que es tratada en las instituciones “representativas”.

El resultado es un nuevo orden social que va revirtiendo gradualmente las conquistas, en todos los planos, resultantes de las distintas conmociones sociales que comenzaron en los años sesenta del siglo pasado. Se puede pensar en términos de un retroceso general que cuestiona los piadosos preceptos de las teorías del proceso lineal. Estas se sustentan en las generaciones mayores que experimentaron cambios positivos en sus vidas, pero que se han detenido parta las generaciones más jóvenes. Acontecimientos tan relevantes como la precarización, la rigurosa individuación biográfica,  la saturación como espectadores, el bloqueo de las instituciones educativas y otras, que producen importantes malestares, parecen no tener fecha de caducidad.

No entiendo bien el lema de moda que sostiene la izquierda “mejorar la vida de la gente”, que se materializa en incentivos económicos, en tanto lo que está ocurriendo es un deterioro colosal de las instituciones y de las antaño comunidades. Me parece disparatado aludir al concepto “empoderarse” en un contexto de competencia feroz de todos contra todos presidido por la institución central de la evaluación; de avance imparable de la precarización laboral y vital; de fragilidad biográfica y de marginación de grandes contingentes de la población. Los paradigmas imperantes en la política tradicional conducen a unas cegueras mayúsculas.

Desde siempre me ha fascinado la simbiosis entre Kafka y Orson Wells que se materializó en la clásica película de “El proceso”. Las imágenes que recrean las sociedades de masas dominadas por la burocracia y el capitalismo son verdaderamente prodigiosas. En este blog bajé un video con una secuencia de la película. En él se narra un tránsito de Josep K. en un laberinto de espacios y gentes que constituyen una coacción descomunal. El talento de Wells traduce este argumento a una secuencia magnífica. Por esta razón lo vuelvo a subir hoy aquí.

Pero mi intención es imaginar qué novela y film narraría con rigor el presente, que se puede definir como un tránsito hacia no sé qué, pero quizás nada bueno, aunque distinto a la terrible combinación del taylorismo y la burocracia de antaño. Ahora se trata de un dispositivo de rostro amable que organiza despiadadamente la competición, inventando destinos sociales de segundo orden para los perdedores. El documento fílmico más riguroso que he visto es El capítulo 2 de la primera temporada de Black Mirror “15 millones de méritos”. En el mismo se presenta la individuación en su grado máximo consumada y el imperio de las pantallas y los concursos televisivos en su esplendor. Hasta el mismísimo animador de los concursos-competición tiene un físico parecido a Risto Mejide.

 

 

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