viernes, 6 de mayo de 2022

YOLANDA DÍAZ Y EL SUEÑO ATÁVICO DE LA MUÑECA

 

La emergencia mediática de Yolanda Díaz como nueva lideresa de la izquierda remite a la naturaleza de las nuevas sociedades neoliberales avanzadas del presente, en trance de completar sus programas alcanzando su plenitud. Uno de los aspectos más relevantes radica en el debilitamiento radical de las estructuras sociales intermedias que han sustentado a la izquierda política durante los dos siglos de la industrialización. Lo social deviene en un solar habitado por múltiples robinsones, que concentrados ante sus pantallas individuales responden a los estímulos programados de los operadores supramediáticos, en ausencia de microrelaciones horizontales entre los mismos. De ahí resulta una nueva era, en la que la vieja izquierda arraigada en las fábricas y espacios sociales, muta hacia una postizquierda entendida como una nueva nube de mosquitos congregada sobre la red de antenas en torno a la nueva entidad sagrada de la Aritmética Electoral.

Uno de los autores más lúcidos en la comprensión de esta mutación, Regis Debray, en un libro memorable -Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente, Paidós, 1994- desvela el misterio de la televisión y las significaciones de la comunicación visual en la era de la misma. Uno de sus análisis remite a uno de los temas más debatidos de la nueva civilización visual, este es la proliferación de ídolos que se reemplazan incesantemente en un medio dominado por una factoría de idolatrías. Los líderes políticos reemplazan a los partidos y los programas y desarrollan juegos mutuos independizándose en las sagradas encuestas de sus respectivos partidos. Debray establece una analogía entre los ídolos políticos que se suceden sobre el guiñol y las muñecas.

Así, Debray construye una poderosa metáfora mediante su asignación al objeto canonizado de la muñeca. Los ídolos mediáticos devienen en muñecas de uso individual para la gran masa de robinsones, votantes y espectadores, cuyas voluntades tienen la funcionalidad de agregarse en los días solemnes de las elecciones. La metáfora de la muñeca representa varias dimensiones interrelacionadas. En un sólido trabajo que he leído recientemente, publicado en 2018 en la Revista sobreCreación y Análisis de la Imagen, cuyos autores Dorota Kurazynska y Juan JoséCabrera, estos analizan la significación de la relación entre la muñeca y el usuario, en contraste con la relación entre la estatua y sus visitantes provisionales.

Así como en el caso de la estatua, la imagen se encuadra en significaciones culturalmente determinadas que determinan una actividad contemplativa,  en el caso de la muñeca se trata de un objeto que otorga la preeminencia al usuario, que puede manipularla a su antojo. Este juego propicia el desarrollo de la fantasía de los propietarios de las muñecas, que imaginan múltiples posibilidades de la vida real. De este modo, la inmutabilidad icónica de la misma es  transformada en movimiento de la vida ejecutando un  simulacro que la transforma en un ser animado. Estos juegos cristalizan en el sueño atávico de la muñeca, que la restituye a una realidad ficticia mediante la activación de la imaginación. El juego con la muñeca muestra la preponderancia del usuario-manipulador que pilota sus juegos imaginando las escenas y entrometiéndose en su ejecución.

Durante los años posteriores al 2014 muchos jugamos con la muñeca llamada “la bruja Pablo”, con mimosín Errejón, con la madrastrona Carmena y otros objetos icónicos que estimularon los escenarios fantasiosos del cambio. En ellos se consumaba el proyecto del cambio y la recuperación, entendidos como relatos imaginarios que nos liberaban de percibir el avance del proyecto neoliberal en todas las esferas. En tan sólo ocho largos años, varias de estas muñecas han sido desterradas de los juegos y las fantasías que los configuran. Todos ellos han sido reciclados para ser reinstalados en los lugares más confortables del ecosistema mediático-político, en una suerte de renovación y minimalización de las vetustas puertas giratorias.

Tras varios años del gobierno de la izquierda, la verdad es que el escenario se prepara para una fatal reversión por el ascenso impetuoso de la derecha, que se presenta en versiones peores que nunca. Se anticipan tiempos duros para la fatigada nube de mosquitos. Pero, como una de las estructuras intermedias esenciales que han fenecido es la del debate público sustentado en la inteligencia y los medios, este se encuentra bloqueado y sometido a la censura determinada por la Aritmética Electoral que en este tiempo adquiere la forma de sondeos. De este modo se ausenta cualquier discusión colectiva sobre el período de gobierno que se agota.

Por esta razón parece necesario cubrir este enorme vacío cognitivo e intelectual mediante la fabricación de una nueva idolatría, que se encuentre representada en una nueva muñeca que impulse nuevas fantasías. Lo que fue la izquierda, cuyo núcleo estaba constituido sobre una red  órganos que articulaban al pesoe e izquierda unida, ha desaparecido de facto, siendo sustituido por una red de tribus y clanes que funcionan estimulados por conseguir cuotas institucionales. Esta es la postizquierda, que se sustenta principalmente sobre empleados y profesionales de los servicios públicos, así como sobre una masa creciente de compradores de créditos universitarios en las siempre penúltimas etapas educativas. En los contingentes de trabajadores empobrecidos y poblaciones marginalizadas los apoyos tienden a difuminarse fatalmente, en tanto que sus beneficiarios son , consumando una cruel paradoja histórica, los mismísimos neofranquistas que emergen con ansias de revancha.

En este prosaico mundo de los clanes institucionales y de las nubes de mosquitos que esperan recuperaciones milagrosas, la democracia parece un sueño imposible. Así que, una vez fabricada la idolatría-matriz, la batalla de las listas va a ser más que épica, en la que muchos se juegan su propia sobrevivencia. El caso de Sánchez Matos, que en este tiempo ha viajado entre el Ayuntamiento y el Ministerio de Igualdad, se constituye en el paradigma de esta nueva corte de los milagros gobernada por el imperativo darwinista. Así se hace inteligible el silencio ante las sucesivas humillaciones que Yolanda hace a los partidos anunciando su reinado en esta colmena, sin que sus laboriosos habitantes hayan sido consultados en una deliberación o decisión compartida. Es la nueva versión de la ley del más fuerte, en este caso quien tiene mejor coeficiente en el juego de las muñecas que se dirime en los sondeos. Quien tiene más capital mediático decide y los demás a callar.

La postizquierda española del 2014 ha implosionado desde el mismísimo gobierno. Es afectada por un síndrome fatal que ya anunció en 1998 el filósofo francés Gilles Châtelet. Dice este que “quienes creían haber encontrado por fin el secreto de la felicidad permanente y pretendían cultivar orquídeas en el desierto sin preocuparse demasiado por el espinoso problema del riego”. Esta frase sintetiza la experiencia de gobierno de la postizquierda en estos años. Se olvidaron de regar sus espacios sociales por la extinción fáctica de los viejos partidos que la sustentaban. En estos solares crecen hoy malas hierbas y el conglomerado de la postizquierda se asienta en las instituciones y platós, ausentándose de los suelos. La adopción de la palabra “la calle” para referirse al desierto exterior es altamente significativa.

De esta forma, su base social se ha evaporado al referenciarse a la audiencia. Se trata de apoyos flotantes y etéreos que no pueden sustentar una fuerza que se sobreponga a los grandes intereses del orden social neoliberal. Transformada en la izquierda de la audiencia, compuesta por robinsones instalados frente a las pantallas para gozar del gran espectáculo de esta política, esta fuerza social muestra su impotencia para sostener y mantener cambios. Solo pueden crear climas de opinión que se difuminan inexorablemente. Los combates dialécticos televisados entre Ayuso y García terminan en un revuelto de zascas, fragmentos audiovisuales, titulares, memes y otros géneros, que son cocinados para el consumo de una nube de mosquitos desarraigados. En estas condiciones, pronunciar la palabra cambio o sostenible es una broma macabra.

La emergencia de Díaz como nueva muñeca que impulsa los juegos y las fantasías de sus bases políticas, inspira un conjunto de quimeras que rehúyen la reflexión sobre el fatal destino de las mareas gallegas, consumando la maldición de Châtelet. La falta de riego social precipitó el final de estos prometedores movimientos, que han amparado la condena, precisamente, de lo social real que se manifiesta en lo horizontal. La trágala de Podemos ante su postergación en “el espacio de Yolanda Díaz”, anuncia su declive inexorable, que se visibiliza en un partido de cargos y asesores diseminados por el estado. Me temo que Feijó, en su revival político recuperando el neofranquismo sociológico, va a rescatar la vieja canción de los Sirex de “Si yo tuviera una escoba, cuantas cosas barrería”.

 

 

 

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