miércoles, 2 de febrero de 2022

STREAMING: COMPULSIÓN Y DESORGANIZACIÓN DE LA COTIDIANEIDAD

 

Desde hace muchos años detento un posicionamiento crítico con la aceptación general de comportamientos o ideas que vienen avaladas por la etiqueta novedad, y que son percibidas e integradas en los cánones de lo que se entiende como normalidad. Las consecuencias de la suspensión del juicio crítico son, en no pocos casos, nefastas. Así se conforma una extraña sociedad donde es asumido como normal la escolarización durante más de veinte años de la vida o que la educación interminable se concentre en una formación para un puesto de trabajo definido por su provisionalidad. Y así no pocos dislates interiorizados por las gentes. La gran mayoría de problemas sociales cronificados resultan de este comportamiento liberado de cualquier consideración crítica. Mantener este posicionamiento me ha conducido a un extraño y confortable confín periférico desde el que se puede contemplar el inusitado vigor del conformismo.

Este estado de aceptación incondicional de cualquier cosa nueva tiene como consecuencia la conformación de un sujeto manifiestamente débil, que se encuentra a merced de las corrientes imperantes. Una de las cuestiones aceptadas y liberadas de cualquier problematización es la de las prácticas derivadas de la condición de espectador y la reestructuración formidable de la vida cotidiana que implican. Lo que se sobreentiende como progreso ha implicado la aceptación de la reformulación de la televisión, que deslocaliza su producción desplazándola al tiempo singular disponible de cada espectador. Cada uno puede programarse a la carta su menú y buscar el lugar donde vivir aisladamente su ración catódica. La apoteosis del streaming tiene como efecto el progresivo anonadamiento de un espectador saturado, que es aplastado por las poderosas máquinas de relatos audiovisuales. Pero, el impacto más relevante de la explosión del streaming es la colonización de la vida cotidiana por las industrias culturales.

En esta convicción me he programado una experiencia personal de espectador para vivir en primera persona esta invasión de mi vida por las plataformas que adquieren la naturaleza de un extraño dotado de rostro amable que ocupa irreversiblemente mi tiempo cotidiano. He visionado una serie de éxito de Netflix, Café con aroma de mujer. Esta es un culebrón convencional que narra los tormentosos amores entre Sebastián, un rico hacendado cafetero y empresario afincado en Nueva York como ilustre gestor de una empresa de éxito, y Gaviota, una campesina de la hacienda de la familia de Sebastián. Durante el visionado, he observado cuidadosamente mis sensaciones y mis prácticas, tomando nota de todo el proceso.

La experiencia ha sido demoledora, en tanto que tiene 88 capítulos que suponen unas 80 horas de emisión. Esa es una cantidad de tiempo muy importante, que concentrado en un período breve significa una verdadera metamorfosis de la vida cotidiana y la cristalización de un estado de inmersión personal en esta ficción. He visionado la serie en 11 días. Al principio me propuse hacerlo en 17 días, lo que suponía ver 5 capítulos por día. Esto supone 250 minutos, es decir, 4 horas largas dedicadas a esta historia. En principio me parecía un tiempo considerable que reestructuraba mi cotidianeidad, introduciendo un factor por el que me veía obligado a racionar mi tiempo, disminuyendo mi dedicación a otras tareas.

En esta experiencia, he visto en los últimos años muy pocas series largas, he confirmado que la ficción te va atrapando, de modo que es inevitable la intensificación del ritmo del visionado, incrementando el número de horas dedicado a este menester. Esta es la explicación de que haya terminado viéndola en 11 días, y no en los 17 previamente programados. El comienzo pausado precede a una fase de intensificación que desemboca en un final compulsivo, en el que la vida cotidiana es radicalmente desorganizada, terminando por afectar a todas las actividades cotidianas. Primero se suplantan otras actividades semejantes para ceder a una convocatoria del relato que compele al espectador, que va renunciando a sus defensas para terminar otorgando una exclusividad a este en detrimento de otros usos del tiempo. Cuando las reservas de tiempo se agotan, se toma tiempo de sueño, cocina y otras actividades esenciales.

En la primera fase, el ritmo es controlado en tanto que todavía se mantiene una distancia con la trama narrativa. Se mantienen los tiempos básicos cotidianos y se toma el tiempo de actividades similares. En los cuatro primeros días vi 17 capítulos, lo que representa una media de 4, es decir, de tres horas largas. Pero cuando el espectador es atrapado por la trama de microhistorias que conforman la narración, se intensifica el ritmo de visionado, experimentando una adicción. En estos días intermedios llegué a ver 7, 8 y 9 capítulos. En este tiempo descuidé tareas rutinarias de lectura de prensa y otras similares y aproveché los fragmentos de tiempo ubicados entre fases del día. También apareció una pauta nueva. A veces no podía terminar un capítulo y lo dejaba interrumpido para volver a él en la primera oportunidad.

En esta fase el relato se había apoderado de mí y representaba un factor de exclusividad que quebraba mi equilibrio existencial cotidiano. Estamos hablando de seis horas diarias de dedicación. Pero este estado de ansiedad por avanzar hacia el final, conduce, tanto a la intensificación del ritmo, de modo que los cuatro últimos días vi 12 capítulos de media, lo que representa diez horas aproximadamente. Esto significa que tomé (robé) tiempo de todas las esferas de la cotidianeidad. Un indicador de este estado de compulsión es que, a partir del episodio 60, busqué en Youtube videos sobre la resolución de la narración. Es decir, que incrementé mi tiempo de dedicación a esta ficción.

El final supuso un alivio y tenía la sensación de encontrarme vacío, confrontado a la tarea de recuperar mis ritmos existenciales y restaurar las tareas relegadas. El lema de “el séptimo día descansó” representaba el efecto del sobreesfuerzo que realicé como espectador compulsivo. Yo mismo me había impuesto la obligación terminar esta serie. Un aspecto relevante de los últimos días es que seleccionaba mis tareas atendiendo a las compatibles con la dedicación exclusiva a esta ficción. Así, podía leer y contestar mensajes en el correo o whats app, pero renunciaba a leer textos largos, reestructurando así mis prácticas de lectura. La imposición de lo ligero parece inevitable.

La conclusión de esta experiencia es inequívoca. Las fábricas de relatos audiovisuales introducen un terremoto en la cotidianeidad, apoderándose de las reservas de tiempo libre primero para después desplazar una parte sustantiva del tiempo de obligaciones. El término totalitarismo mediático no me parece desmesurado. La desmesura audiovisual se realiza en detrimento de las relaciones personales, las actividades corporales y las demás tareas de obtención de la información. Soy conocedor de que determinados grupos sociales conforman el grueso de la demanda de series y películas por streaming. En particular, los jóvenes y los mayores. Los primeros son asaltados por la secuencia de ficciones que requieren tantas horas de dedicación. Me pregunto cómo pueden estudiar. Los segundos son los que conforman el grueso de la audiencia, otorgándoles esa función de consumo y haciendo activo su encierro doméstico.

Mi culo experimentó la sobreutilización sobre el sofá, sobre mi mesa de trabajo, y hasta en la cocina en tiempos que preparaba la comida en alguna ocasión. Mi vieja perra es la única que, no perteneciendo a esta extraña comunidad de humanoides apantallados, ha conservado el sentido. Ha registrado mi sobrededicación y ha reclamado atención a las sagradas cuestiones cotidianas de salir, caminar, dormir y hacerse carantoñas en los tiempos intermedios. Las industrias culturales castigan los culos y las mentes de los atribulados espectadores, que dejan de ser pasivos para convertirse en una masa que sustenta la producción audiovisual amparada en la sacra publicidad.

Me pregunto acerca de las prácticas de espectadores de muchos amigos y conocidos. Por eso he hecho números en mi experiencia. La conclusión es escalofriante. Asignar a esta actividad la etiqueta de “ocio” implica una gran confusión. Se trata más bien de una actividad central de formateo de las mentes y de uniformización de lo vivido. La sociedad de las mentes guiadas y los culos esculpidos en los sofás. Se agradece si alguien hace números sobre su propia experiencia audiovisual. Yo he terminado añorando la vieja televisión que obligaba a estar presente en el momento de la emisión. Así se propiciaba un consumo moderado que quebró posteriormente el video y después la llegada de internet, youtube y la galaxia del streaming. Cuando compré mi último Smartphone, el vendedor me animó a ver películas o partidos de fútbol en él. Me lo tomé como un insulto.

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