lunes, 9 de agosto de 2021

LAS HIPOGLUCEMIAS EN DIFERIDO

 

DERIVAS DIABÉTICAS

 

Es muy peligroso vivir. El que vive acaba muriendo.

Que haya muerto no es prueba suficiente de que haya vivido.

Stanisław Jerzy Lec

 

En estos días se hace perceptible que la pandemia ha generado una visión descentrada de los problemas de salud. La Covid ha desplazado destempladamente a otras enfermedades y causas de muerte hacia una zona de silencio. Aquellos que se denominan a sí mismos como científicos despliegan un espectáculo audiovisual  formidable  fundado en las estadísticas, en las que desaparecen súbitamente las causas de muerte principales. El planeta cardiovascular, el cáncer, los accidentes y otras enfermedades fatales declinan de los discursos salubristas y médicos. Las respuestas a estos problemas son postergadas por la atención a la enfermedad estrella. Las enfermedades no infecciosas han sido devaluadas y una gran parte de su atención es desplazada a la atención telefónica, que evita el encuentro cuerpo a cuerpo. La conmoción de la Covid en el hit parade de las enfermedades es sorprendente.

Anteayer me desperté con una terrible hipoglucemia. Los sudores, la sensación de falta de fuerza en los brazos; la percepción de algo inquietante, lo que identifico como una impresión de suspensión del cuerpo; el cerebro acelerado en la evocación de los manjares prohibidos, al tiempo que manifiesta un tempo lento que ralentiza las acciones. Vivo solo con mi perra y mi temor a las hipoglucemias nocturnas es proverbial, manteniéndose constante durante todos los años que soy tratado con mi salvadora, la ilustre señora insulina. Esta es manifiestamente traicionera, generando situaciones de riesgo que en muchas ocasiones son inesperadas.

Las hipoglucemias son acontecimientos críticos que encierran un peligro letal. En este blog he relatado distintos episodios acerca de las mismas que se manifiestan de distintas maneras. Las que se desencadenan en el tiempo de sueño son especialmente nocivas, en tanto que no tengo ayuda y me despierto muy debilitado.  En estas situaciones se experimenta una falta de control sobre la situación espeluznante. Soy un veterano des hipoglucemias, forjado en mil versiones de las mismas, algunas de las cuales han podido matarme. La peor, que he contado aquí, fue impartiendo una clase hace muchos años. Me quedé paralizado y no podía hablar. No sé cómo pude llegar hasta la cafetería para tomar azúcar y salir de ese estado letal.

Estos estados amenazadores han terminado generando una frontera infranqueable con mis terapeutas. Ellos me tratan como un caso clínico, imponiendo un tratamiento a la baja cuyo objetivo es alcanzar una cifra estandarizada aceptable de hemoglobina glicosilada. Las propuestas médicas acerca de los estándares son poco realistas y muy exigentes, generando una vida tan limitada que es casi imposible de cumplir. Pero lo más pernicioso radica en que mantenerse en estos estándares implica ubicarse en una frontera muy peligrosa, en la que cualquier desequilibrio conduce a hipoglucemias letales.  Todos los médicos con los que me he encontrado, y también las enfermeras, proponen como objetivo estar por debajo de 7.

Alcanzar ese promedio implica una no vida tan rigorista, que me genera dudas acerca de su sentido. De ahí la pertinencia de las frases de Jerzy Lec que abren este texto. Vivir una vida diabética implica adquirir la competencia para compatibilizar unos resultados aceptables con una vida que tenga gratificaciones que la hagan digna de ser vivida. Este dilema solo se puede alcanzar en la más estricta soledad, en tanto que la experiencia de paciente confirma y reafirma que los médicos y las enfermeras son totalmente ajenos a la vida. El encuentro con ellos remite al control de la enfermedad y a sus efectos. Durante algún tiempo albergué la vana ilusión de que el personal de atención primaria trabajase con otros cánones, pero mi experiencia ha validado que se trata de la misma factoría de diagnósticos y tratamientos que el hospital. Se trata de una extraña burocracia profesional que se impone sobre la persona en nombre de la enfermedad.

Soy un experimentado paciente de ese fértil rebaño que comparte la etiqueta de la cronicidad. Durante años he entendido que mi asistencia se fundaba en el hecho de abrir una conversación con mi asistente. Pero mi experiencia me ha mostrado inequívocamente que hablamos lenguas distintas y de que es imposible una conversación en la que esté presente mi vida diaria. Esta es reducida brutalmente a un puñado de tópicos y pautas rigurosamente despersonalizadas. Mi decepción ha alcanzado niveles extremos. He aprendido a vivir la enfermedad en una soledad estruendosa. Mis interlocutores nunca han conversado conmigo, sino que soy considerado como un cuerpo portador de esta misteriosa señora diabetes, que reclama la atención de tan insignes científicos e investigadores, así como del colosal aparato industrial para su tratamiento, así como todos los mercados subsidiarios de atención.

La relación asistencial, que implica la consideración simplista y reduccionista de la vida diaria desplazada por los avatares clínicos, implica una descalificación del paciente de un rango cosmológico. En mi tránsito por el sistema durante tantos años, he constatado el alcance de esta descapacitación. El paciente crónico está integralmente desacreditado y su palabra y experiencia es devaluada. Además, la masificación asistencial implica que los médicos y las enfermeras sean gente demasiado ocupada para entrar en una situación singular, que es la que vive cada paciente. Esta es la gran verdad de la época. Un profesional que ejerce en una consulta que visitan cincuenta o sesenta personas resuelve directiva y terminantemente cada relación, en la que pesan inexorablemente los estereotipos.

La relación asistencial en esta situación termina siendo una interacción dominada por el sometimiento del paciente. Mis sucesivos y múltiples terapeutas han actuado según el precepto Juancarlista de “Porqué no te callas”. Es lo que te piden, que te rindas, que calles y que respondas a las preguntas y las sugerencias del profesional. Tu vida compleja que encierra múltiples dilemas es enterrada gradualmente por los estándares de lo que se entiende como comportamiento saludable o estilo de vida saludable, que es administrado en un menú único, sin opción alguna a variaciones. El resultado es que, o te sometes y renuncias a contar la multiplicidad, multidimensionalidad y complejidad de tu vida, o aparecen tensiones en las que eres asignado a la etiqueta de paciente difícil.

Así, vivir peligrosamente tratando de obtener las gratificaciones que sean compatibles con el mínimo común denominador del tratamiento, lo que implica una creatividad dispersa indudable, es expulsado de la relación de consulta que deviene en un acto burocrático dominado por los conceptos relacionados con el universo de la patología. Someterse íntegramente al tratamiento profesional implica una vida de mínimos que solo tiene como objetivo mantenerse e la cifra sacralizada. Conozco, por conversaciones con algunos afectados, los sufrimientos experimentados por personas diabéticas sometidas a ese sinsentido. Suelo preguntar impertinentemente cuántos años espera que se prolongue esa vida congelada por debajo del 7. La renuncia termina inevitablemente en una suerte de infantilización cruel.

Pero el aspecto más pernicioso de la construcción profesional de la diabetes radica en la ilusión del orden y la estabilidad. El objetivo del profesional es la estabilidad absoluta, lo que implica una rutinización monacal extrema de la vida. En la gran mayoría de las vidas, por más estandarizadas y fundadas en la renuncia que sean, se producen inevitablemente turbulencias, fluctuaciones y acontecimientos que quiebran la estabilidad. Estos tienen consecuencias sobre el estado de la enfermedad, en la que se suceden ciclos diferentes que implican la capacidad de adaptarse y modificar los comportamientos. Una vida diabética se encuentra determinada por estados personales fluctuantes que exigen una variabilidad de las medidas adoptadas.

Una de las grandes cuestiones que he aprendido de mi larga experiencia es la inexactitud de la formulación mecanicista de que el estado de la glucemia es el resultado de la concurrencia del ejercicio, la dieta y la cantidad de insulina.  Las inestabilidades vitales pasan su factura con demora en algunas ocasiones. Así, una hipoglucemia no es el efecto del desajuste entre los tres factores decisivos, sino que, en ocasiones, se encuentra determinada por acontecimientos producidos en días anteriores a su desencadenamiento. Por eso el título de este texto: las hipoglucemias en diferido.

En el caso que de la que estoy contando, la interpreto como resultado de un julio inestable, en el que se han acumulado desplazamientos, cambios horarios, modificaciones de pautas de vida e inestabilidad residencial. Para compensarlo me he administrado mayores dosis de insulina para mantener el equilibrio. Días después, ya asentado en mi casa y con una vida más estabilizada, me ha pasado factura inesperada, porque los dos días anteriores fueron equilibrados. Los cuerpos diabéticos encierran múltiples misterios, que no son reconocidos, en tanto que colectivo privado de su palabra y condenado por presunción de no veracidad de la misma.

En estos días de agosto madrileño disfruto muchísimo de grandes paseos nocturnos por la ciudad esplendorosa por la fuga de gran parte de sus industriosos vecinos, ahora cumpliendo con la obligación social de las vacaciones fotografiadas, así como por la consiguiente reducción de las máquinas de la movilidad con sus motores rugientes. Hasta la mismísima Castellana comparece con un rostro más amable. En estas deambulaciones nocturnas estoy fabricando la siguiente hipoglucemia.

 

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