miércoles, 24 de febrero de 2021

LA HEROÍNA VIKINGA: UNA PARÁBOLA DE LA OBEDIENCIA

 

Sucedió el pasado viernes 19 de febrero. El parque del Retiro se encontraba cerrado desde el 9 de enero por los efectos de la tormenta Filomena y la incompetencia proverbial del Ayuntamiento de Madrid. Los portavoces oficiales de este cuentan la estrafalaria historia de que una gran nevada ha deteriorado a la mayoría de los árboles. Este relato reproduce la eterna cantinela de que “España es diferente”. Porque en todo el hemisferio norte, y también en el del sur, los árboles y las nieves constituyen una pareja feliz de una solidez envidiable. El mal estado de los árboles remite a una desidia y abandono sostenido. Lo cierto es que el parque permanecía cerrado y amurallado, en tanto que sus múltiples beneficiarios paseaban tras sus rejas con la esperanza de que este fuera abierto.

En esa misma semana se habían abierto dos puertas para acceder, en un caso a una biblioteca municipal, y en otro a varios bares situados en torno al mítico Florida Retiro. Estos accesos estaban estrictamente acotados por vallas, así como por carteles que indicaban imperativamente que solo estaba permitido el uso de acceso a los edificios. Desde el mismo día que se abrieron, pasaba con mi perra para que esta olisquease la hierba y cagase en la tierra, cuestión que es muy importante, tanto para ella como para mí. Disfrutábamos efímeramente unos breves minutos en un trozo de naturaleza entre vallas, rejas, guardias y vigilantes amateurs generados por la combinación entre la España eterna y el confinamiento y la pandemia.

Me encanta observar cómo la gente crea usos de los espacios y prácticas que desbordan las previsiones de las autoridades. En los cincuenta metros entre la puerta y la biblioteca, distintas personas ensayaban diferentes actividades. En sus cuatro bancos, se sentaban a tomar el sol, a pasar un rato acompañados de sus niños o a mirar distraídamente a los viandantes. Otros caminaban hasta las vallas para mirar el interior del parque. Los perreros se aliviaban de la sobredosis de asfalto que acompaña la pandemia, que refuerza el signo de la urbanización de la ciudad de las M, la M-30 y sucesivas, que denotan la primacía de las máquinas de la movilidad sobre los caminantes a pie, así como el dominio del pavimento sobre la tierra.

El pasado viernes, después de las once de la mañana me encontraba en el lugar sagrado para cumplir con el ritual de respirar cerca de los árboles y pisar la tierra y la hierba. Entonces, ocurrió un acontecimiento milagroso. Una mujer muy joven entró por la puerta del parque con su bicicleta en las manos. Después de otear el horizonte, se dirigió a un hueco entre las vallas, que solo estaba protegido por dos cintas, y sorteó estas pasando al otro lado. Mi sorpresa fue mayúscula, pero mucho menor que mi alegría. Contemplar una persona que se salta las vallas me proporciona un regocijo indescriptible. La Covid ha multiplicado las fronteras, que se han extendido a todo el espacio y la vida. Las vallas, los controles, las prohibiciones…proliferan por todas las partes, representando el espíritu del nuevo campo de concentración abierto en el que se han convertido las ciudades gobernadas por la lógica de la vigilancia.

Recuerdo el terrible impacto que causó en mi persona la propuesta de parcelación de las playas, así como la pretensión de establecer barreras físicas en todas las partes. La reducción de la movilidad personal y la inmovilización es el principio de todos los órdenes políticos autoritarios. Todavía recuerdo los viajes en tren en mi infancia, en los que siempre pasaba un inspector de policía pidiendo la documentación a los viajeros. He sido testigo de múltiples tácticas de la gente para burlar estos lindes impuestos por la autoridad. Pero nunca había visto atravesar las líneas de forma tan decidida.

Esta heroína tenía un aspecto que denotaba inequívocamente su origen. Era de algún país de los bañados por el Báltico. Su cabello rubio intenso, sus ojos muy claros, su estatura considerable, su cuerpo delgado y atlético. Pero lo más sorprendente era la independencia que mostraba  con respecto a los que nos encontrábamos en ese espacio contenidos por las vallas. Ni siquiera nos miró, en tanto que examinó el espacio abierto situado tras las vallas y decidió atravesarlo con gesto firme y decidido. Su comportamiento se diferenciaba de los socializados en la cultura española, que se puede sintetizar en esa terrible frase que reza así “Una cosa es libertad y otra libertinaje”. El significado verdadero de esta es que la libertad es negada terminantemente, y que cada cual debe comportarse sin que la autoridad tenga que apercibirle.

La reacción de la gente fue negativa. Un señor mayor la increpó, en tanto que una mujer de avanzada edad profirió algunos insultos antológicos, a la vez que nos advirtió acerca de la cuantía de la multa que le pondría. Esta representaba un equivalente en carga emocional negativa a una pena de muerte practicada con métodos tradicionales. Terminaron lamentando que no hubiera guardias en ese momento. Por cierto, los mismos vigilantes que cuando pasaban por allí nos echaban a todos al comprobar que no íbamos a la biblioteca.

La fascinante ciclista escandinava recorrió varios caminos hasta la siguiente puerta, para regresar sobre sus pasos y salir al paseo de coches, en donde le perdimos la pista. Me quedé preocupado, puesto que en mis anteriores paseos tras las rejas, pude comprobar la paradoja de que, aún a pesar de que el parque estaba cerrado, los servicios de seguridad permanecían activos. Las patrullas de la policía, nacional, municipal y la seguridad privada del parque permanecían activas, discurriendo lentamente en el paisaje desolado. Quizás hayan sido advertidos de que algunos árboles podrían ser insumisos a su destino fatal y los estuvieran vigilando. El caso es que la guerrera escandinava tenía todas las probabilidades de encontrarse con el dispositivo de seguridad.

Salí a la calle Menéndez Pelayo, inquieto por la suerte de la admirada vikinga. Según pasaba el tiempo, me asaltó la idea luminosa de que ella fuese una descendiente del mítico Ragnar Lothbrok, que había desembarcado en el Manzanares para saquear las instituciones madrileñas y liberar los parques y los espacios públicos del yugo de los descendientes del rigorismo religioso. En mi fantasía, imaginaba a esta escudera venciendo a los distintos patrulleros, para evidenciar la caducidad de la estricta sociedad securitaria que penaliza a sus súbditos con el cierre de los espacios públicos.

Siempre me ha inquietado la obediencia en la versión española. En mis años de profesor la gente me pedía normas claras. Estas son el requisito para ensayar el arte de modificarlas convirtiéndolas en reliquias muertas. No puedo dejar de imaginar a un grupo de guerreros vikingos en el Ayuntamiento o la Asamblea de Madrid. Supongo que sentirían una extraña sensación de encontrarse en la ciudad inglesa de York muchos siglos atrás. La obediencia ciega es una fuerza destructiva que en este tiempo adquiere una dimensión turbadora. Otro día contaré aquí mi sensación en mi primer paseo por el parque parcialmente abierto. La aceptación general del embuste de que la nieve termina con los árboles ha actuado como profecía autocumplida y ha terminado por desolar los suelos de Madrid.

 

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