sábado, 26 de diciembre de 2020

EL MENSAJE NAVIDEÑO DEL REY A LOS ESPAÑOLES: ¡NO TENGO SUELTO¡

 

Escuché la frase “No tengo suelto” en boca de un ilustrísimo prócer de la clase dirigente, que simultaneaba su presencia en varias castas: universitaria, política y de  la judicatura. Así respondía en un acto público a un fogoso joven aspirante a la renovación de esas posiciones, que tuvo la osadía de preguntarle con la intención de descubrir ante el público la parte que ocultaba tan insigne persona. Su respuesta me impresionó mucho, en tanto que representaba un concepto integral del orden aristocrático. Presuponía que la distancia entre ambos era tan cuantiosa que hacía imposible la comunicación bidireccional. Así, la imagen de un menesteroso que pide una moneda y es rechazado por el señor mediante esta fórmula imperativa.

Esta manifestación de superioridad total, que implica un desprecio augusto, se inscribe en un orden social qu, pese a sus apariencias y disfraces, remite al concepto de casta, entendida como la perpetuación y solidificación de la distancia social. En los alegres años del post 15 M, vi en la televisión una escena que reactivó el precepto de “no tengo suelto”. Era en Pamplona, en un acto del entonces príncipe Felipe. Este se encontraba en un acto social, siendo increpado por varias personas concentradas tras el cordón policial. Entonces, se dirigió a los congregados. En este momento una mujer joven le dirigió una crítica argumentada y en un tono moderado, pretendiendo conversar con él. El príncipe le respondió diciendo “Ya has disfrutado de tu minuto de gloria”. Tras esta respuesta se alejó de la concentración.

Esta fórmula remite a un modo aristocrático supremo, en tanto que no respondió a la objeción de la mujer, sino que le atribuyó deseo de protagonismo por realizar esta interacción ante las sagradas cámaras de la televisión. Así reafirmaba el monopolio real de este espacio frente a la minucia del minuto de gloria al que podía aspirar su interlocutora, inmediatamente antes de regresar a la oscuridad de su existencia. Su minuto de protagonismo no incluía el don de conversar con él, en tanto que no merecía respuesta alguna. Así confirmaba su condición de vasalla sin voz ni existencia, que la sociedad postmediática aliviaba con ese fugaz tiempo de existencia pública, en la que, al no ser respondida, quedaba reducida a un grito estéril.

El mensaje navideño del pasado día 24, confirma este desprecio aristocrático con respecto a la audiencia, que esperaba una respuesta con respecto a la secuencia de escándalos protagonizados por su padre, Juan Carlos I. Así, siguió la pauta proverbial de pronunciar un discurso enmarcado en los gritos de rigor de los años del postfranquismo. Estos son las nobles palabras y frases escritas con mayúsculas que remiten a grandes principios, y que se emancipan de cualquier contexto y situación. Así, todos los discursos son rigurosamente idénticos, proporcionando a sus enunciadores la prerrogativa de escapar de cualquier realidad. Así, el rey se ubica por encima de cualquier situación y elude el imperativo de responder y conversar con la sociedad.

En este discurso mecanizado se distingue entre dos esferas. Una es la de las distintas corporaciones, que son aludidas en términos de los elogios de rigor, y que conforman una red de una sociedad cortesana. El resto, es una sociedad ignorada, que es unificada por la denegación de su especificidad, siendo incluida en ese término universal de “los españoles”. Este es el código que rige los discursos del rey Felipe: La distinción entre un nivel de sociedad estamental representada específicamente, y un nivel de población destinada a componer el fondo de los actos, regida por el principio de su inhabilitación conversacional. Son los destinatarios del “no tengo suelto”.

En esta ocasión, en el último año se han acumulado los denominados “escándalos” protagonizados por Juan Carlos I, un labrador de amores y billetes irredento, que ha compatibilizado la jefatura del estado con un activismo intenso como hombre de negocios infatigable. La secuencia de informaciones acerca de sus actividades, adquiere una dimensión ciclópea. Las indagaciones de distintos medios visibilizan sus negocios múltiples, de los que resulta una fortuna descomunal. Regalar sesenta millones de euros a una de sus amantes constituye un indicador inequívoco de la dimensión colosal de su patrimonio.

Esta cuestión exigía alguna alusión o respuesta específica, diferente a la de los anteriores discursos. Pero no, esta no fue considerada como suficiente para ser mentada en tan relevante discurso. Algunos periodistas habían generado expectativas acerca de que estas fueran tratadas, debido a su impacto en la opinión pública. Así la audiencia congregada esperaba algún gesto magnánimo que aliviara el estado de sospecha instaurado por las sucesivas informaciones que conformaban a Juan Carlos I como un ser politeísta de los paraísos fiscales. Pero el rey Felipe hizo gala de sus coherencias y eludió cualquier alusión específica, enunciando así un contundente “no tengo suelto”.

El resultado de este acontecimiento remite a un orden político hermético, que se ha movilizado para asegurar la clausura de cualquier pretensión de cambio. Así se configura una situación de comicidad institucional, en tanto que el emérito Juan Carlos se encuentra evadido del país, en tanto que afloran informaciones y pruebas materiales de sus actividades de acumulador de billetes industrial. Pero, estas informaciones no tienen impacto alguno en las instituciones, poniendo de manifiesto la condición cortesana del orden político vigente. Hacienda ni siquiera abre una investigación, los tribunales eluden cualquier indagación, el parlamento rechaza investigar al respecto y se reproduce un consenso político mayoritario en su defensa.

En este ambiente de cierre del régimen para la preservación incondicional de la monarquía, la alusión de Felipe VI a la ética, la moral y las responsabilidades institucionales, solo puede ser aludida desde las garantías que confieren la convicción de que ningún interlocutor institucional va a responder. Así se produce un vaciamiento de la democracia que consagra esta como la unión de instituciones y castas unificadas por su adhesión al orden del silenciamiento. La impunidad de la familia real alcanza una condición apoteósica.

En una situación de cierre concertado y monolítico de las élites e instituciones, con escasas excepciones, parece pertinente formular dudas gruesas con respecto a la democracia. El régimen inmediatamente anterior, el franquismo, funcionaba también sobre el principio de la red de corporaciones sobre la que se consagraba el poder del general Franco. En este sólido edificio no aparecieron grietas hasta su misma muerte. Dice un historiador tan fértil como Isaac Deutscher, que las instituciones autoritarias que perduran durante períodos temporales dilatados terminan por transferir algunas de sus propiedades a sus oposiciones. Ciertamente, el régimen del 78 ha conferido a Juan Carlos un estatuto similar al que ostentó su antecesor.

El desvelamiento de sus múltiples actividades, así como las de su clan familiar, pone de manifiesto la consistencia pétrea de su impunidad. Ni siquiera es cuestionado o investigado por las instituciones devenidas en cortesanas. El entramado de apoyo al ilustre emérito ha mostrado su consistencia. El programa de Pepa Bueno en la SER tras el discurso es un monumento de transparencia acerca del régimen. Todo son elogios y las leves críticas de Carmena suscitan unos silencios inconmensurables. Porque un nivel de corrupción institucional de esta envergadura precisa un monolitismo institucional sin fisuras. La institución monárquica en España, tras el descubrimiento de la laboriosa construcción de la fortuna familiar, precisa un monolitismo férreo. Y esto parece incompatible con la democracia, que por definición es plural.

En una situación así, definida por una realidad traumática, la única vía de escape es la proliferación del humor negro, compañero inseparable de cualquier autoritarismo. Las televisiones impulsan programas en los que se trata con hilaridad la situación, recomponiendo sus historias con los periodistas del corazón y el inefable Jaime Peñafiel. El humor negro es una vía de escape que denota una situación que no puede cambiarse, aliviando los sentimientos negativos derivados de la impotencia de la acción. Así, este permite cambiar cómo se siente la gente ante acontecimientos que juzga como negativos e inmodificables.

El mismo Kant decía que “La risa procede de algo que se espera y que de pronto se resuelve en nada”. No queda otra opción que aliviarse mediante el humor. La burla termina por ser un factor de regeneración psicológica frente al bloqueo de las situaciones. En todas las dictaduras prolifera el humor negro, construyendo lo que un autor tan inteligente como Batjín denomina como “el mundo al revés”. El amargo sabor del discurso navideño estimula una riada de memes que se disemina en todas las direcciones, consolidando el asunto del rey emérito como un género televisivo para los oscuros meses del invierno.

Al fin y al cabo, majestad, solo pretendían que inventase alguna frase vacía, propia  de su estilo, en la que vieran reconocida su respuesta y se sintiesen aliviados, al estilo jurídico minimalista del tratamiento a su hermana Cristina, que al menos fue sentada en el banquillo de los investigados. Pero usted se mantuvo firme y respondió en tono contundente “No tengo suelto”. Con la venia, afirmo que lo más sorprendente de todo es el papel que tiene asignado de reinar, pero no gobernar. Eso sí que es una verdad a medias.

 

 

 

7 comentarios:

  1. En este momento, no sé como lo ves, a los únicos que Felipe VI no se atreve a responderles con un "no tengo suelto" es a los independentistas catalanes.

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  2. Este preparao es de derechas como su madre y también mas obtuso aunque menos golfo que su padre y los golfos que le aconsejan de lo mas reaccionario del palacio.
    Tragan y tragan y vuelven a tragar los sociolistos con el borbon río, si se me permite esa broma en alusión al villancico, por los días que estamos, pandémicos y navideños, así que un fuerte abrazo Juan y por último decirte que yo también recordaba lo de "has tenido tu minuto de gloria" me gusta mas Leonor que el, hay esperanza pues, jajajaja

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  3. Este preparao es de derechas como su madre y también mas obtuso aunque menos golfo que su padre y los golfos que le aconsejan de lo mas reaccionario del palacio.
    Tragan y tragan y vuelven a tragar los sociolistos en el rio borbón, si se me permite esa broma en alusión al villancico, por los días que estamos, pandémicos y navideños, así que un fuerte abrazo Juan y por último decirte que yo también recordaba lo de "has tenido tu minuto de gloria" me gusta mas Leonor que él, hay esperanza pues, jajajaja

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  4. Sí querido domingo, los independentistas catalanes, y también los vascos no forman parte de la corte real. Pero con respecto al último franquismo la monarquía ha avanzado, absorbiendo al psoe y minimizando así su oposición.
    En Cataluña es sorprendente la construcción de una corte en torno a Jordi Pujol, que tiene algunos rasgos idénticos a la monarquía del régimen del 78. Sus dos esculturas a la impunidad compiten en su magnificencia

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  5. Otro abrazo Futbolín. Y no tientes la suerte nombrando a Leonor. Espero que esta a mí ya no me toque.

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  6. Ciertamente, Juan, tras la muerte de Franco y, especialmente, después del 23F, la política era corrupción o corrupción, con la excepción de un independentismo vasco apostando por la guerra de ETA. Lo sorprendente es que únicamente los catalanes han sido capaces de arrinconar ese pasado en cuanto Pujol desapareció de la escena, primero intentando la continuidad con el Estatut de 2006 y, ante el fracaso, apostando por la independencia, creando una situación explosiva que debilita de tal forma al Estado que, de nuevo, Marruecos acude al festín reclamando Ceuta y Melilla con la ayuda de USA. España está perdida, salvo que Felipe VI se de cuenta que tiene que desaparecer. Todo depende de una persona en este país, ahora como entonces, pero este no podría morir de viejo, aún.

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  7. Excelente post, leído con mucho retraso. En síntesis es una ejemplificación del muy conocido cuento de Andersen el Nuevo traje del emperador. Cuanto más desnudo va el rey, cuanto más muestra sus vergüenzas, más hay que recubrirlo de ropajes imperativamente imaginarios que niegan la evidencia. A veces, y ya es el colmo, uno echa en falta el autoritarismo pasado frente al rampante totalitarismo actual.

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