domingo, 4 de octubre de 2020

LAS CONTRARIEDADES DE LA SALUD COERCITIVA Y LA VIDA "SIN"

 


La impetuosa irrupción de la Covid en el mes de marzo propició el súbito esplendor de las profesiones de la salud pública. El confinamiento, que es la máxima expresión de su poder sobre la población, catapultó a los renacidos especialistas a la cumbre del estado, mediante su acceso a los platós televisivos en prime time y la coparticipación con el fértil y misterioso ministerio del interior. La pandemia reconfigura la significación de la salud, reconvirtiéndola a la esfera del dios-sol de las sociedades contemporáneas, que es la seguridad. Investidos por el mantra del peligro, los salubristas proponen soluciones que implican un control  desmedido de la población. El resultado es la explosión de la salud entendida como una coerción ejercida por una autoridad sobre las personas.

El confinamiento fue una experiencia que alentó el imaginario coercitivo. Con las gentes encerradas obligatoriamente en sus casas, las calles vacías, los escenarios de la vida colectiva desertificados, lo social se monopoliza en el estado, el sistema sanitario y los medios de comunicación. El shock colectivo que supuso esta situación multiplicó el miedo de grandes contingentes de la población. Reducidos a la condición de espectadores, convertidos en cuerpos susceptibles de contagiar y ser contagiados, la gran mayoría de las gentes quedaron paralizadas por el miedo y la perplejidad. Privada de la posibilidad de hablar, interactuar y hacer, la gente movilizó sus esperanzas de ser salvados. La cristalización de estos estados mentales colectivos terminó por rehabilitar los balcones, espacio que concitó la realización de la única actividad posible, aplaudir a los héroes salvadores expulsando los temores colectivos.

La salida del confinamiento tuvo lugar mediante la reglamentación estricta de la vida. En este blog he analizado la inconsistencia de estas normativas, cuyo devenir es catastrófico. Los resultados, en términos de balance de la pandemia, han sido inequívocamente elocuentes. Pero el dispositivo médico-epidemiológico, ebrio por su poder de coerción en el confinamiento, se manifiesta en un estado intelectivo que puede ser calificado como una resaca. Así, se proponen sucesivas medidas que cancelan progresivamente el espacio público. Se prohíbe el ocio nocturno, al tiempo que se intensifica el acoso a los bares, último reducto visible de la vida colectiva, que son reducidos a dimensiones que niegan su esencia.

El retorno de la pandemia genera una escalada coercitiva sobre una población entre la que habitan los contingentes de incumplidores. La comunidad médico-salubrista, moviliza sus medidas de coerción para disolver los nudos de vida social. La pauta aplicada consiste en más prohibiciones de actividades sociales que ayer, pero menos que mañana. Ayer, en Orense, se prohíbe ir a las terrazas a personas que no sean convivientes. Así se fragua un confinamiento de facto que alcanza todas las actividades más allá del transporte para el estudio y el trabajo. Se trata de un confinamiento extradomiciliario al aire libre, que es una cuestión imposible, y que conduce con seguridad a un salto en la coerción y los castigos a los incumplidores. Imagino a la policía interrogando a las personas de una mesa de una terraza acerca de su domicilio y consanguinidad.  El furor coercitivo se instala en una irrealidad inquietante.

El bar es el (pen)último espacio asaltado por el mandato salubrista. Al igual que la playa, las discotecas y otros espacios, se proponen unas medidas que privan de su finalidad y sentido a la actividad que allí se realiza. Todas ellas conforman una propuesta que puede ser definida como vida “sin”, que garantiza el 0% de vida. He leído con pesar la propuesta de un joven médico al que conozco y aprecio por sus posicionamientos renovadores y críticos. Propone prohibir la música en los espacios cerrados. Así, acudir a un bar en el que tienes que estar con mascarilla, no hablar alto, no cantar, no escuchar música, no reír, estar separado rígidamente de los demás…..parece una cuestión carente de sentido. La música estimula el espíritu y anima la sociabilidad, contribuyendo a un cierto estado de efervescencia. Pero todavía queda el alcohol. A partir de la tercera cerveza o vaso de vino cada cual manifiesta su propensión a la broma, la risa o las primeras versiones del jolgorio. El bar es un territorio social para explayarse más allá del domicilio. El bar “sin” carece de sustento.

Ciertamente, los niveles de incumplimiento en los bares son mayúsculos. Las distancias interpersonales se estrechan en la gran mayoría de los casos y las defensas individuales se disuelven en la conversación social y sus efervescencias sensoriales. Entiendo que en una situación como la presente puedan cerrarse, dada su peligrosidad. Pero las propuestas del salubrismo autoritario consisten en desnaturalizarlos. En estas subyace un supuesto letal, que puede ser definido como una aplicación del “vivir a secas” de Amador Fernández Savater. Se trata de una domesticación extrema, en tanto que acepta el uso del bar privado de sus beneficios. Estar allí aislado, sin apenas conversar, ni reír. Así se inflige un autocastigo que modela a un sujeto mecanizado y desprovisto de sensaciones corporales. En todas las consultas médicas en las que he participado como paciente crónico subyace un principio así. Las propuestas son la no-vida, una vida mutilada con el objetivo de autoperpetuarse para la gloria de la siguiente analítica.

En una situación de riesgo generalizado son comprensibles las reglas que establecen limitaciones. Pero lo decisivo es la forma en que estas se instauran. El misterioso factor diferencial español radica precisamente en esta cuestión. El gobierno y las corporaciones epidemiológicas no convocan a las organizaciones sociales múltiples y a las gentes a promover iniciativas de autodefensa frente a la expansión viral. Por el contrario, promulga reglamentaciones y sanciones, movilizando a las corporaciones policiales y aludiendo a la presencia de las fuerzas armadas. La sociedad es concebida como el sumatorio del estado y sus corporaciones, y una masa amorfa de personas al que estas tienen que conducir. El estatuto de cada cual es el de sospechoso de que querer vivir, y, por ende, incumplir las normas. Este autoritarismo es muy peligroso y se evidencia cada día. Esta apoteosis médico-policial se contrapone al principio de cogestión, que es la única posición inteligente frente a una hecatombe colectiva. Se trata de convocar a las organizaciones sociales a sumar fuerzas para minimizar los efectos de la pandemia.

Las consecuencias del gobierno autoritario de la pandemia son sus resultados fatales. En cada fase se requiere más policía. Las medidas que se toman requieren una multiplicación de los efectivos policiales. Imaginemos la propuesta ensayada en Orense, de la que no tengo dudas acerca de su generalización. Para que sea efectiva se requiere que la policía supervise las mesas y confirme que sus ocupantes son convivientes. Las medidas aplicadas ahora en Madrid son ineficaces, absurdas e imposibles. El recurso de la intervención de las fuerzas armadas es inevitable. El confinamiento al aire libre diseñado bajo el principio de la coerción y el imperio de la multa es inviable. Me impresionó mucho el relato de una camarera de una terraza de Orense en el primer día de la nueva medida. Decía que varios trabajadores de una oficina habían bajado a desayunar y se situaron cada uno en una mesa distinta. Al terminar se reagruparon para retornar a la oficina.

El nuevo estado autoritario epidemiológico, que se funda en la amenaza a la población, muestra inequívocamente las miserias de sus supuestos y sus métodos, que impiden la colaboración activa de las gentes, si no es como delatores o denunciantes de los otros. La dinámica instaurada en lo que se denomina como nueva normalidad, implica un caos creciente, la expansión de la pandemia y unos niveles imposibles de intervención policial. La única salida a esta situación es un nuevo confinamiento total. Pero esta suspensión de la vida social se encuentra con varias contrariedades de una envergadura monumental, que suponen el retorno inexorable de la realidad, que implica el cuestionamiento del supuesto central del dispositivo estatal epidemiologizado. La población no es un rebaño susceptible de pastorear, medir y contar desde el exterior como si se tratase de un laboratorio bajo el cielo. Por el contrario, se trata de un campo dinámico en el que interactúan distintas fuerzas que generan equilibrios inestables, siempre susceptibles de ser modificados.

La contrariedad principal con que se encuentra la salud coercitiva es el mercado. Esta es una fuerza formidable que se funda en un poder político, económico y social colosal. Tras el primer confinamiento, el mercado ha reconquistado sus territorios y actividades. La protección en las empresas es desigual, existiendo áreas de baja protección. Asimismo, los contingentes de trabajadores que se desplazan para cumplir sus tareas laborales, implican un riesgo considerable que nadie cuestiona. El furor punitivo epidemiológico se descarga selectivamente en los jóvenes, el ocio, las playas o los bares, liberando de la sospecha a las actividades productivas. El amplísimo mercado de trabajo coaccionado de la economía informal, implica una baja protección de sus contingentes humanos. A pesar de ello nadie cuestiona el mercado, que funciona como un formidable grupo de presión que corrige las decisiones del gobierno autoritario y exhibe impúdicamente su capacidad de veto.

La segunda contrariedad estriba en la fuerza con que renace la vida constreñida por las reglamentaciones salubristas. Los dispositivos del gobierno somatocrático pueden intervenir sobre el espacio público, de ahí la demonización de los bares o discotecas, pero carecen de capacidad para ejercer el control sobre los espacios privados a los que se repliega la vida. La hipótesis de que una parte sustancial de los contagios tiene lugar en actividades sociales privadas es más que verosímil. Aquí se manifiesta uno de los sesgos más importantes de la mirada médico-epidemiológica, que restringe la realidad a los espacios que alcanza su mirada. Pero, por el contrario, la gente es propietaria de su cotidianeidad, que vive en territorios inescrutables para las autoridades panópticas. Es imposible controlar la vida sin contar con la colaboración activa de la gente.

Michel de Certeau ha mostrado la capacidad de la gente común, que él define como carente de ningún lugar, para desviar las pautas y los usos establecidos por las autoridades y los grupos de poder ubicados en un lugar, en el que imponen sus reglas. La aptitud de la gente ordinaria para reapropiarse silenciosamente de las reglas y los usos es sorprendente. En el campo de la asistencia sanitaria los tratamientos son modificados sustancialmente por estos contingentes silenciosos superdotados en el arte de la réplica imperceptible para los poderes. La vida “sin” se hace más que problemática, en tanto que el pueblo susceptible de ser sancionado, se ubica en escenarios inaccesibles para las autoridades.

La fuerza y vitalidad de la sociedad es asombrosa. En estos días en Madrid son visibles las resistencias en las terrazas y los densos flujos de movilidades. En este blog suscité recientemente la cuestión del sexo, que es una fuerza convocante inmensa y fuera de todo control. Las citas online constituyen un verdadero campo vivo que se ha intensificado en el confinamiento, el posterior acoso a los espacios de ocio y la promulgación del modelo de vida “sin”. Decenas de miles de citas tienen lugar todos los días en Madrid, lo que propicia numerosos encuentros que escapan a la mirada panóptica del poder pastoral del tiempo de la Covid. Es imposible controlar a la población desde el modelo del laboratorio. Sin la cogestión de la respuesta, todas las propuestas se encuentran abocadas al fracaso estrepitoso, lo cual implica la escalada policial.

Concluyo con una reflexión en tono cordial dirigida a mis amigos salubristas. La propuesta de la vida “sin” es el factor más relevante de la ineficacia de vuestras acciones en este verano fatal. Desconectados de la sociedad viva, vuestra deriva os homologa con la venerable Iglesia Católica, que proponía estérilmente la abolición del sexo y otras gratificaciones corporales. Así se reconstituye la figura del pecador, que ahora es exorcizado en las televisiones y perseguido por los efectivos policiales para su sanción efectiva. Me pregunto acerca de cuál es vuestro techo mientras releo “La teología de la medicina” de Szasz, libro que formula una terrible premonición que se hace realidad en el tiempo de la Covid.

 

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario