viernes, 29 de mayo de 2020

MICROSOCIOLOGÍA DE LA MASCARILLA




Ahora bien, contar, medir, equivale a negar y no conceder su lugar a las fuerzas del goce y a exponerse al brutal retorno de lo rechazado […] El fantasma de la productividad, el positivismo a ultranza y la unidimensionalidad son corazas que, por su misma rigidez, generan estallidos […] El problema, pues, no es tanto saber cómo controlar la vida sino cómo gastarla disfrutando de ella”
Michel Maffesoli.

Las lúcidas palabras de Maffesoli suenan atronadoramente en el tiempo de desescalada. El confinamiento ha legado un aturdimiento y desconcierto generalizado. En los primeros días que ha sido posible encontrarse con la naturaleza y con los otros, se han producido microestallidos de la vida, interpretados como portadores de peligros de involución viral. Las rígidas reglamentaciones de la cotidianeidad, proclamadas por el dispositivo estatal epidemiológico, apenas resisten la emergencia de dos fuerzas colosales: la vida y el mercado. Han bastado contados días para la rectificación radical del plan de desescalada ante la presión de la hostelería y la industria del turismo. Las últimas imágenes de la vida, emitidas el día anterior al comienzo del encierro por las televisiones, mostraban cientos de turistas británicos en Benidorm exhibiendo sus liturgias de turismo de playa. Los dos colosos se encuentran unificados en España por el culto al sagrado dios romano Baco, inspirador de situaciones de frenesí dotadas de una vitalidad indestructible.

En este tiempo confusional, la mascarilla se erige en símbolo de la alerta, instalándose en el espacio público. He tenido que ceder y ponérmela sobre mi atribulado rostro, dada su obligatoriedad imperativa. Experimento un gran sentimiento de humillación que tiene sus raíces en mi subjetividad e historia personal. Esta es una dimensión excluida de las cosmovisiones de los epidemiólogos, de los legisladores y de los policías. Tengo una sensación desagradable de someterme a los imperativos de un poder dotado de mil caras. La actual es la de la salud obligatoria amenazada por el malvado virus, pero pronto adoptará otra faz, en tanto que el enemigo imaginario que le constituye experimente una mutación. Este va a ser, con seguridad,  el de los empobrecidos disconformes, cuando emitan las primeras señales de desafección.

Me siento ridículo caminando por lugares en los que las distancias son considerables y los cuerpos solo se aproximan fugazmente en el momento en que se cruzan. En el imago epidemiológico, nos perciben, tal y como señala Javier Aymat,   como si “la gente actúa por la calle como si nos fuéramos estornudando a la cara unos a otros”.   Comprendo que la mascarilla sí es útil en determinadas situaciones de contigüidad. Pero detesto su reglamentación por gentes ajenas a la vida, así como por su público seguidor, que resulta de la acción perpetua de las televisiones y los dispositivos de comunicación del poder. Los presentadores del género del corazón devienen en denunciantes cargados de ira contra los incumplidores. Así transfieren a sus audiencias la imagen del enemigo interno, sembrando el odio y movilizando el estado de vigilia de los más fieles. Las miradas matan en estos días en los que reflota la vida tímida, pero inexorablemente, en la superficie del espacio público. La escisión entre los hooligans de la protección y los que recuperan la vida es manifiesta, pudiendo pronosticarse la aparición de microconflictos de variadas clases.

He tenido que reinventarme como desobediente, condición que detento desde que de niño me escapaba en la calle cuando salía con mis abuelos, que terminaron por no llevarme a los paseos. He inventado horarios y rutas libres de mascarillas, por las que transito libre de las absurdas gramáticas de la vida impuesta por las castas sanitarias. Cuando me encuentro en zonas de alta densidad de contactos, yo mismo me la pongo, explotando una ventaja inconmensurable, que resulta de que mi rostro se encuentra protegido de miradas panópticas, pudiendo así cantar cancioncillas demoledoras de mofa de las autoridades protagonistas de la segunda catástrofe, que es la de la respuesta a la pandemia, sintetizada en la paradoja de los resultados más letales acompañados del confinamiento más estricto.

También emito palabras de burla, género que tiene muchas exigencias para la inteligencia y la creatividad. Además les doy las gracias a autores que me han aportado mucho, a Amador Fernández Savater, con sus análisis de los comportamientos de los que no tienen poder,  o a Michel de Certeau, que en este tiempo revive en mí su enésima vida. Su libro sobre “La invención de lo Cotidiano”, sobre todo el primer volumen, Las artes de hacer, es el libro que le regalaría a Marc Casañas, uno de los jóvenes talentos críticos que puebla el espacio virtual, y con el que comparto entre otras cosas la visión inequívoca que tenemos ambos de la universidad. Sin otra alternativa, tenemos que actuar microscópicamente y apoderarnos gradualmente del territorio en el que vivimos siendo imperceptibles para las distintas noblezas expertas que lo miran desde arriba, escoltadas por sus guardias de corps.

La mascarilla representa simbólicamente el elemento fundamental del desconfinamiento gradual. Los espacios públicos pueden ser clasificados por sus  usos. Su cumplimiento es estricto en las actividades laborales, comerciales y el transporte público, es decir, en aquellos lugares en los que Dionisio se encuentra ausente. También en estos constituye una pareja estable con la distancia social. Pero, en el tiempo, que el poder epidemiológico define como “de paseo o para hacer deporte”, su cumplimiento tiende a desvanecerse, así como a divorciarse de su pareja. Al atardecer, Dionisio se hace presente sobre las gentes que pueblan las calles, los parques y las terrazas. En este tiempo la mascarilla tiende a decrecer, al tiempo que los cuerpos se acercan inevitablemente. Las risas, las conversaciones vivas y las voces altas denotan la euforia vital que acompaña el rencuentro. Así, la mascarilla es destituida provisionalmente hasta la mañana siguiente.

El aspecto más importante de la mascarilla radica en que oculta el rostro. La importancia de este en la identidad personal y el reconocimiento mutuo, tiene un impacto radical en las relaciones sociales y en los espacios de encuentro. Las personas enmascaradas generan un recelo al otro incuestionable. La desconfianza mutua se hace patente y cada cual tiende a fortificar sus fronteras con los demás extraños enmascarados. Pero, con el rostro oculto, se refuerza la idea matriz de los gestores de poblaciones, en este caso los de la salud amenazada. Esta es que una persona es una fracción independiente en un conjunto poblacional que puede ser formado, no por relaciones sociales, sino por la recombinación de atributos. Así se disuelve a la persona singular, que dotada de un rostro único, distinguible inequívocamente de los demás, es también su haz de relaciones sociales. El enmascaramiento sienta las bases de la peligrosa utopía de las personas intercambiables, en tanto que rostros intercambiables.

El sociólogo-antropólogo David Le Breton lo plantea esta cuestión elocuentemente. “Ningún espacio del cuerpo es tan apropiado para marcar la singularidad del individuo y señalarla socialmente. <<Aparte del rostro humano, dice Simmel, no existe en el mundo ninguna figura que permita la cristalización de tantas formas y planos en una unidad de sentido tan absoluta>>. Desde el primer momento el rostro tiene sentido, traduciendo bajo una forma viva y enigmática el absoluto de una diferencia individual que sin embargo es ínfima. El rostro es una cifra, en el sentido hermético del término, una invitación a comprender el misterio que allí se encierra, a la vez tan próximo y tan impenetrable. Es la distancia infinitesimal a través de la cual cada hombre se identifica. Los rostros presentan infinitas variaciones sobre una base simple. Millares de formas y expresiones surgen de un alfabeto de una simpleza desconcertante. La estrechez del espacio del rostro no es impedimento para una multitud  de combinaciones. Simultáneamente el rostro acerca a una comunidad social y cultural por la forma de las facciones y de la expresividad, pero también traza una vía imponente para diferenciar al individuo y traducir su unicidad. A medida que una sociedad concede mayor importancia a la individualidad, aumenta el valor del rostro”.

El espacio público poblado por enmascarados denota las relaciones marcadas por la distancia abismal entre los cuerpos. Cuando las mascarillas se retiran comparecen los rostros y las relaciones se reestructuran drásticamente. La mascarilla, más allá de su funcionalidad, en este caso la protección frente a la transmisión del virus, adquiere el valor de una herramienta uniformadora de la población. Todas las organizaciones en las que las personas se subordinan rotundamente a lo colectivo, imponen la neutralidad de las expresiones faciales. El ejército, en la posición de formación y otras similares, sanciona el valor del rostro, sometido a una unificación requerida.

La abolición del rostro es una condición esencial para la consolidación del poder establecido, y no me refiero solo al político. Los soldados muertos en las batallas, los enfermos fallecidos en las residencias y las UVI, los arruinados por la crisis económica derivada del Covid. Todos ellos carecen de rostro, son enmascarados para propiciar su uniformización, siendo privados de su singularidad como seres humanos. Así, son convertidos en un material estadístico preparado para ser utilizado en la contienda política, o para amparar distintos intereses de grupos poderosos. Los africanos que se ahogan en el Mediterráneo no tienen rostro. Siempre son fotografiados en planos lejanos y en grupo.

La coherencia de muchas gentes que se despojan de sus mascarillas al anochecer, es manifiesta desde esta perspectiva. Recuperan así, durante un tiempo, su condición de seres vivientes singulares, imprescindible para establecer relaciones sociales en un mundo vital dotado de la grandeza de no tener ninguna finalidad establecida. La relación es un juego que estimula la conversación, la risa, los sentimientos y las emociones. Esta dimensión de lo social, escapa a la mirada epidemiológica, que entiende la vida como la ejecución de varias funciones. La racionalización total de la vida se ha mostrado siempre inviable. También en catástrofes, guerras y pandemias. Es imposible concluir sin aludir a un libro fundamental, “La parte maldita” de Georges Bataille. En este se conceptualiza admirablemente la cuestión de los sentidos de la vida.

La gente que puebla el espacio público al caer la noche, confirmando las palabras de Maffesoli que abren este texto, está gastando la vida, su vida. Me pregunto por la dificultad de entender esto por parte de las gentes que fueron determinadas como personas al pasar por Anatomía Patológica. No, el cuerpo y el ser humano es otra cosa distinta a la que se exhibe en este museo científico. 





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