sábado, 30 de noviembre de 2019

LOS ERE: LOS PATRONES TEMPLADOS Y LA CORRUPCIÓN REDISTRIBUTIVA



La sentencia del escándalo de los ERE en Andalucía ha sido interpretada en el contexto de la azarosa formación de un nuevo gobierno. La factibilidad de un acuerdo entre el pesoe y podemos, ha neutralizado efectivamente cualquier crítica desde la izquierda. La casi totalidad de los portavoces mediáticos de esta, han guardado un silencio estruendoso, entendiendo que cualquier censura puede obstaculizar el acuerdo. Desde la derecha, tampoco las reprobaciones han sido excesivas, en tanto que la corrupción acumulada por la misma ostenta récords difíciles de batir, además de encontrarse en una situación de inestabilidad por la mudanza de sus formas políticas. Sus voces suenan a cliché audiovisual de ocasión, redundante y desgastado.

La convergencia de estas valoraciones benevolentes, contrasta con la naturaleza  de este escándalo de dimensiones macroscópicas, que ha sido minimizado ante la opinión pública, conformada por las audiencias de las radios y televisiones, los ilustrados lectores de los columnistas digitales y los fervorosos activistas en las redes sociales, que esculpen a sus públicos en la redundancia sin fisuras. Pero, lo cierto es que cualquier acontecimiento inscrito en las coordenadas de este sistema político-comunicativo, es desactivado mediante su reducción a un episodio en la puja eterna por la redistribución del poder político. Su valor es determinado como una mercancía audiovisual  utilizada por los contendientes de la disputa mediatizada que agota su horizonte en el inmediato mañana.

Así, las televisiones han sido generosas con los condenados, facilitando el acceso a distintas voces de notables que desempeñan el papel de abogados defensores, desgranando los argumentos que constituyen una apoteosis artística del eclecticismo. La cuestión fundamental estriba en la relativización del delito, junto a la ratificación de una visión esencialista de los penados. Estos son presentados como buenas personas que se han encontrado en una situación que les ha desbordado. Esta metodología es la que predomina en el tratamiento mediático de los delitos de los poderosos, que son redimidos ante la opinión pública mediante la minimización del desmán, que es desplazado por la presentación de sus personas en la versión entrañable de sus familiares, amigos, colegas y beneficiarios.

El principal argumento esgrimido por los múltiples y eficientes abogados defensores mediáticos, es el de que no se han apropiado el dinero para su disfrute personal. De este modo, el contraste con los escándalos incesantes protagonizados por el pepé, es manifiesto. En esta forma de corrupción, grupos ubicados en posiciones de poder se asignan a sí mismos altos porcentajes del dinero desviado de sus fines asignados. En este sentido, actúan como ejecutores de verdaderos “golpes”, tras los que se redistribuyen beneficios entre los actores y patrocinadores. El episodio de los ERE es más bien una corrupción social, en el que los actores, situados en la cúpula del gobierno, reasignan destinatarios a partidas presupuestarias establecidas para otros fines, con la intención de fortalecer y mantener su red de vínculos con distintas personas y grupos, que son transformadas en clientes por dicho intercambio.

De este modo se consolida una forma de gobierno radicalmente perversa, en tanto que se instituye un comportamiento fundado en la ocultación y la mentira, en tanto que las inversiones y las decisiones presupuestarias se destinan a satisfacer los intereses de clientes privilegiados, en espera del pago recíproco de estos. Esta forma degradada de gobierno no es patrimonio del pesoe, sino también de la derecha y de todas las instituciones del régimen del 78. El caso de las municipales es pavoroso. La diferencia real entre ambos partidos-patrón, radica en la distinta naturaleza de los beneficiarios de su red clientelar, que determina su modelo operativo.

Este infame intercambio sobre el que se constituye la forma de gobierno, supone, tanto una desviación permanente de fines, como una magnificación de la simulación, que sustituye a la verdadera realidad, que permanece sumergida en la sombra. El daño causado por esta falsificación a las instituciones representativas, alcanza niveles cósmicos. Su permanencia acentúa un proceso acumulativo de vaciamiento ético, que induce a una condena a la inteligencia, que es asfixiada en un medio tóxico de esta naturaleza. Precisamente ayer he leído el texto del médico salubrista Javier Segura acerca del “Gran Sapo”. Esta es una metáfora adecuada. Los directivos, los técnicos, los profesionales y los empleados, son estrangulados mediante la administración de distintos sapos que tienen que deglutir.

De ahí el título de este texto: Los patrones templados y mesurados que se sobreponen a las reglas para repartir beneficios entre una variada red clientelar, como método de su propia perpetuación en el poder. En las palabras de una de las herederas castizas  de este sistema, Susana Díaz “En los actos públicos la gente me da cariño y yo les correspondo con cariño”. Ciertamente, el espectáculo de los mítines en los que las efusiones colectivas alcanzan casi el éxtasis, son elocuentes. Estos son la expresión de la naturaleza de la corrupción redistributiva en Andalucía. Como he vivido allí muchos años, podría asignar un lugar de honor a Gaspar Zarrías. En sus años de oro ejercía como el patrón absoluto de la provincia de Jaén.

Las corrupciones políticas tienen como consecuencia el establecimiento de una ecología organizativa en las instituciones públicas. Proliferan y medran las especies en consanguinidad  con el poder; se expanden las especies dotadas de capacidades digestivas fantásticas, que les permiten digerir grandes sapos, y dominan aquellos capaces de adaptarse a lo que sea menester. Por el contrario, las especies más profesionalizadas, son desplazadas y obligadas a resolver el dilema de la adaptación o la migración. Desde cualquier organización de enseñanza, salud, servicios sociales u otras, esta tragedia se puede contemplar nítidamente. Aquellos que tratan de mantener sus sentidos profesionales son cercados por las especies adaptativas que terminan por imponer su lógica.

No, la corrupción, en cualquiera de sus formas, no es un accidente externo, sino que, por el contrario, infecta todo el tejido de las organizaciones públicas. Cuando se instala y se prolonga en el tiempo, su efecto es la desertificación de la inteligencia, que cede su paso al ritualismo en el desempeño profesional. Así se constituye la fatalidad histórica del postfranquismo, que implica un declive manifiesto de las organizaciones profesionales, inducido por esta forma de gobierno clientelar que perturba severamente el sistema en todos sus niveles.

Así pues, el episodio de los ERE es una de las manifestaciones de esta forma de gobierno, más allá de su libreto judicial. El intenso deterioro que ha producido en la Administración, el sector Público y la sociedad, es manifiesto. En esta situación, la pregunta pertinente estriba en pronosticar si esta situación es reversible, y, en el supuesto de que se considere así, cuál es la estrategia de recuperación. Me interrogo acerca de si es posible recuperar las reservas de inteligencia y ética desplazadas, migradas y desperdigadas en los largos años en los que ha imperado esta nefasta forma de gobierno.

En este sentido, una regeneración solo es posible tras una autocrítica radical. A día de hoy, no aparecen signos que nos permitan pensar en esta dirección. Por el contrario, las sinergias entre el bloqueo de la inteligencia y de la ética, se agudizan inquietantemente. La benevolencia y la superficialidad de las valoraciones, así lo atestiguan. Los analistas escamotean la cuestión esencial, que radica en la elaboración de un proyecto. La corrupción se impone contundentemente en un medio caracterizado por un proyecto débil. No es una cuestión de pedir perdón, sino acreditar la voluntad y capacidad de gestar un nuevo proyecto.

Esta forma de corrupción redistributiva es inseparable de la ruina del proyecto político de la izquierda, que ha quedado reducido a conseguir y conservar el gobierno. Una vez establecido en estos términos, se impone la lógica de los medios necesarios para tal fin. Este proceso instituye un modelo de relaciones que degrada a los partidos, las organizaciones del sector público, las organizaciones de la sociedad civil, e incluso, a no pocos movimientos sociales. Este sistema tóxico se retroalimenta a sí mismo y termina por reconvertir, incluso, a las fuerzas nuevas que tengan voluntad de modificarlo.

Pero, el efecto de los ERE está siendo justamente el contrario. Se activan las defensas culturales, se multiplica la nefasta lógica del bloque “progresista”, que ahora se justifica por la formación del nuevo gobierno. Esta se sobrepone a todo y vacía cualquier proyecto de cambio. Se entiende el progresismo como un bloque pétreo, sin fisuras, que habla solo por una voz monolítica, en tanto que es preciso sobreponerse al bloque conservador. En una situación así, la posibilidad de inventar interactivamente un nuevo proyecto que vaya más allá de los gobiernos de la videopolítica, es cero. Cualquier proyecto tiene que afrontar la reparación de la devastación producida por el modelo de gobierno clientelar en las organizaciones, ejercida durante tantos años.

Los efectos recombinados de la reestructuración postfordista con la mediatización total han transformado radicalmente las bases sociales de la izquierda. La nueva clase trabajadora es una masa fragmentada, heterogénea y deslocalizada. El suelo sobre el que asienta esta es blando y viscoso. En estas condiciones, la izquierda política se sustenta en las lealtades de varios cientos de miles de profesionales y empleados de organizaciones públicas. En el interior de este conglomerado vive una nueva versión de lo que Bourdieu denominó como nobleza de estado. El resultado de la combinación de ambos factores es la configuración de una visión distorsionada de las realidades, que favorece la penetración de la extrema derecha en este campo político.

Desde esta perspectiva se puede comprender la integración de Podemos en la quimera del gobierno progresista. Entiendo muy bien la energía y esperanza que suscita entre sus apoyos. Si obtiene cinco ministerios puede soñar con los números múltiples que resultan de la suma de autonomías, provincias, organizaciones públicas… Eso conforma un contingente de cargos considerable, que pueden proporcionar un soporte a una élite política. Pero entenderlo como una fuerza de cambio es otra cosa bien distinta. El precio es más que el silencio acerca del escándalo.

A día de hoy, el cambio es más necesario que nunca, al tiempo que más dificultoso. No se trata de restaurar como clientes a sectores sociales desahuciados por los partidos convencionales, sino de reconstituir el sector público. Esta finalidad desborda los eslóganes y las puestas en escena características de la videopolítica, que tanto fascinan a los aspirantes al gobierno, entendido como factor multiplicador de los números múltiples.


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