miércoles, 9 de octubre de 2019

BAJO LA TORMENTA GREGARIA





El efecto Bandwagon es la fuerza que sustenta el comportamiento gregario. Se trata de una disposición activa para adherirse a lo que dice y hace la gran mayoría. Su presencia generalizada en la vida social, adquiriendo distintas formas,  tiene como efecto la conformación de la uniformidad. Este se encuentra presente en todas las esferas de la vida y constituye un factor determinante de los comportamientos sociales. Las sociedades del presente, que se reclaman como pluralistas en todos los órdenes, desarrollan unas presiones a la uniformidad, extremadamente sofisticadas e intensas. Los medios de comunicación y las redes sociales avalan con precisión este concepto.

Los grandes contingentes de personas modeladas por el efecto Bandwagon muestran un disciplinamiento encomiable, en tanto que el modelo social se funda en el cambio permanente de modas, estéticas, pautas de consumo, elementos de estilo de vida y prácticas de vivir. Los atribulados seguidores tienen que estar atentos a las señales procedentes de las minorías ruidosas que, desde las industrias culturales y de la vida, así como de los medios, emiten sus prescripciones. La vida en este tipo de sociedad, es ineludiblemente agotadora. Implica cambiar continuamente siguiendo las novedades, para no ser considerado como una persona rezagada, que es la condición más censurable de las formas de estar presente en este mundo.

Para comprender efectivamente la diversidad e intensidad del complejo de fuerzas que conforman el gregarismo activo, es preciso romper explícitamente con cualquiera de sus conminaciones esenciales. En los años noventa, decidimos comprarnos una furgoneta Ford Courier, blanca, estimulados por un anuncio en el que se señalaba el segmento de compradores de esta máquina, que no era otra que los obreros industriales. Como el uso principal que hacíamos de ella era ir al monte con nuestras perras, nos decidimos a experimentar con esta cabina móvil. Teníamos mucho interés en vivir una experiencia que definíamos como “vivir fuera de nuestro target”. Carmen sugirió suavizarla pintándole lunares, pero terminamos por rechazarlo, porque esta hubiera sido una señal de distinción con respecto a los seres sociales con los que compartíamos el uso de este objeto mágico, tal y como fue definido por Roland Barthes.

El resultado fue verdaderamente insólito y desbordó nuestras previsiones iniciales. Los vecinos, los amigos, los alumnos y los compañeros, manifestaron un repertorio de perplejidades y repuestas que desbordaba nuestra capacidad de metabolizarlo. Estábamos redescubriendo los materiales de los que se urde el orden social y sus consensos. Pude comprender en profundidad algunos de los textos sociológicos clásicos de culto, tales como “Los extraños” de Becker Howards o “Estigma” de Goffman. Recuerdo que, estando parados en un semáforo en Granada, un alumno cruzó por delante y me reconoció. Su rostro expresó un shock de grandes proporciones que remitía al imaginario del riesgo en tan avanzadas sociedades. Estaba claro que no lo encajaba bien.

Tuvimos múltiples experiencias al respecto. Una de las mejores fue la que protagonizó el sociólogo de la universidad de Barcelona, Jesús de Miguel. Venía a Granada en un viaje acelerado como miembro del Tribunal de Tesis de Rosa Medina. Mi departamento me envió a recibirlo al aeropuerto, en tanto que teníamos que conversar sobre un asunto de mi propia tesis. Lo recibimos en la salida del avión en un encuentro cordial. Cuando llegamos a la furgoneta se quedó literalmente muerto, como dicen los castizos. Su rostro expresó un compendio de sentimientos diversificados. Como en el caso del alumno, no descartaba que se tratase de una broma. Un sociólogo como yo, al que se suponía una ambición requerida para desempeñarse en una institución como la academia, tenía que acompañar el paquete de méritos y relaciones con un adecuado sistema de señales. Durante todo el viaje se mostró desconcertado ante tal sorpresa.

La experiencia de la furgoneta hizo inteligibles las sólidas reglas existentes acerca de la identidad y las formas de vida. Estas eran mandatos perfectamente delimitados y estructurados, pero, como ocurre en todas las cuestiones fundamentales, lo importante no se encontraba escrito y racionalizado. Ratificamos repetidamente el precepto sagrado de que en las cosas sobre las que rige un consenso monolítico, no se hablan. Las mejores sociologías a las que he tenido el privilegio de acceder, como las de Loureau y Lapassade, entre otros,  se hacían presentes mediante la asignación de una centralidad incuestionable a “lo no dicho”. La transgresión de esa regla fue una experiencia rica que me reforzó como persona y como sociólogo, pero que me hizo comprender la fuerza totalitaria de lo social.

Durante toda mi vida, hasta ahora mismo, el efecto Bandwagon comparece en mi entorno con toda majestuosidad. Todas mis actuaciones profesionales y sociales han tenido que enfrentarse a la potencia gregaria, que se disemina por todas las esferas sociales. He vivido la reforma sanitaria, y de la atención primaria en particular, como un contrapunto a la apoteosis de uniformidad. He asistido a múltiples congresos, en los que la casi totalidad de los inscritos devienen en un coro monótono hasta llegar a lo inimaginable. Así la política en los largos años oscuros del postfranquismo. Todos repiten los mismos supuestos mediante una convergencia fatal.

En este contexto, siempre he celebrado descubrir a aquellos no contaminados por este letal síndrome. Algunos sociólogos desde Jesús Ibáñez o los médicos externos al consenso monolítico, Juan Gérvas en especial. Hace varios años descubrí un texto de culto de Amador Fernández-Savater, en el que criticaba el consenso y proponía el fértil disenso como factor multiplicador de la inteligencia colectiva. En mis comunicaciones públicas los he denominado, piadosamente, como heterodoxos, término que suaviza la condición de aquellos que rompen con la regla que rige el efecto Panurgo. En realidad, la etiqueta más rigurosa para caracterizarlos es la de “malditos”, en tanto que se proyecta sobre los mismos la maldición de la originalidad.

El mayor elogio que me han hecho en mi vida, es el de atribuirme la condición de “provocador”. He tenido el privilegio de transgredir continuadamente la sopa boba de los discursos oficiales, de las autoridades y de la ortodoxia. Pude hacer una tesis original en los años noventa, en tanto que la sociología no estaba suficientemente consolidada. Ahora sería imposible hacerlo, en tanto que sería remitido a un imaginario y difuso “marco teórico”, que se conforma con el conocimiento consensuado por las élites dominantes en la disciplina. En mis últimos años de docencia he experimentado un dolor que se ha cronificado, al vivir el disciplinamiento de los alumnos con respecto a los minidogmas, o dogmas difusos, vacíos de contenido, prevalentes en esa extraña comunidad científica, que concentra su esfuerzo en producir un repertorio de conceptos que les permita protegerse de las realidades.

He visto a gente muy inteligente renunciar al control de su propia evolución, aceptando la sopa de ganso conceptual que se les propone. La aceptación de la autoridad –científica, por supuesto- los va ubicando en un mundo irreal que se asemeja al fértil concepto del limbo. Así va decayendo su espíritu crítico y su capacidad con enfrentarse con las realidades. La institución los devora irremediablemente, mediante una escisión entre lo que puedan pensar o sentir frente a los acontecimientos vividos, y los esquemas referenciales incubados en la sala de anestesia de la disciplina, en este caso de la sociología.

Siempre he buscado y leído a filósofos, autores literarios, gentes de otras disciplinas, así como personas de acción. Así me he conformado como un bicho raro que rompe con la regla sagrada del patriotismo disciplinar. Todavía me hace daño contemplar cómo los novicios asumen esa condición de sociólogo, que conlleva una subordinación activa al anestesiado marco teórico disciplinar. En muchas ocasiones, algunos estudiantes me han pedido orientación bibliográfica más allá del sagrado territorio de la matriz disciplinar. Algunas recomendaciones sobre libros se encontraban envueltas en un halo de misterio, que se asemejaba a las lecturas prohibidas en los años de dictadura.

El paso de los años no ha amortiguado el peso del gregarismo, sino todo lo contrario. Ahora experimento la cuarentena derivada del consenso rocoso instituido en torno a la falacia de que es posible un cambio en cuestiones fundamentales, desde la realidad licuada de las instituciones políticas, ubicadas en el territorio pantanoso de las televisiones, los públicos espectadores, los líderes-marca, las encuestas y las narrativas fundadas en imágenes. El consenso en torno a esta ilusión –más óptica que nunca- funciona admirablemente. Cualquiera que no se defina a favor de uno de los candidatos, atribuyéndole la condición de salvador providencial, es desplazado al gélido exterior de este mundo de la videopolítica.

Se puede constatar que en el presente, la gente opta por un activismo intenso en el arte de emitir y recibir mensajes cortos, de capturar minifragmentos de información y sumirse en los sucesivos climas emocionales que se derivan de la relación de la actualidad eterna. En este contexto se piensa menos que nunca. Aquellos que siguen pensando son enviados a un desierto confortable que ejecuta eficazmente la competencia de neutralizarlos. Desde esa posición, tienen la opción de retornar fugazmente al mundo compulsivo de la actualidad, en donde pueden exponer sus propuestas en un vertiginoso fragmento de tiempo. Tras este espejismo, son desplazados de nuevo al exterior del volcán, lugar en el que pierden su visibilidad.

Así se renuevan las condiciones para la eterna reproducción extensiva del gregarismo. Acabo de regresar de unos días en el Mediterráneo, en los que he ratificado la persistencia del turismo de playa y sus modos de vivir las vacaciones. El núcleo duro de estas prácticas vitales es perpetuo, como el gregarismo.



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