jueves, 30 de agosto de 2018

LA CONTIGÜIDAD Y EL ESPECTRO DE LA CIUDADANÍA





Tanto en los medios oficiales como en los de comunicación utilizan la palabra “ciudadano” cuando se refieren a mí. Se supone, por consiguiente, que formo parte de una entidad a la que llaman “ciudadanía”, que es continuamente apelada en el mundo de los actores sociales vivos. Pero la verdad es que esta no comparece con voz propia en los acontecimientos por la que es requerida. En las sociedades del presente se conforma como agregado de personas carente de organización y de voz. Todos aluden a ella proclamando su veracidad, pero esta, siempre comparece en palabras de los distintos actores vivos. Por eso la ciudadanía, no voy a decir que es un muerto, pero sí un espíritu que solo habla en las contadas ocasiones en la que es convocada por los vivos, en la mayor parte de los casos en las urnas.

La ciudadanía, conformada como un extraño espíritu-espectro, carece de organización o de portavoces. De ahí que no pueda ser consultada mediante su habla, razón por la que es sondeada mediante las encuestas. Estas constituyen el dispositivo central de la época, en tanto que escrutan el estado de la ciudadanía. Así, esta adquiere la naturaleza de un espectro que es menester escudriñar. En las encuestas,  las preguntas las formulan los vivos, así como el abanico de posibles respuestas. De este modo es posible conocer el estado de la ciudadanía, que, al no hablar naturalmente, configura un espíritu que se encuentra en el más allá de la vida político-social. Los resultados de las encuestas designan los estados de la este extraño ente mudo que es estimulado para que pueda hablar en los términos de los vivos. El resultado de esta situación es la configuración de una nueva aristocracia que administra la opinión mediante la gestión de distintos contingentes de personas que adquieren la ilustre condición de unidades muestrales.

El espacio público de estas extrañas sociedades, se encuentra saturado de grupos vivos e instituciones que toman la palabra activamente. Asimismo, tiene lugar un prodigioso proceso de multiplicación de los expertos que apelan a su autoridad para definir los problemas y las necesidades del área en la que se referencian. El dispositivo de hablantes vivos que interviene en la vida social, apela a los componentes de la ciudadanía de distintas formas retóricas. En la mayoría de las ocasiones son designados como “los ciudadanos de a pie”. También como “los de abajo”, e incluso, llegan a denominarlos como “normales”. En todos los casos se remiten a resaltar su importancia, su naturaleza de portadores del sentido común y el pragmatismo. Siempre me he preguntado acerca de la verdad de estas afirmaciones. Porque si esa gran mayoría definida por sus pies tiene las virtudes que se le atribuyen no entiendo porqué se les priva de la palabra y se instituye una conversación severamente dirigida, como son las encuestas, en las que no existe ni siquiera el capítulo final de “ruegos y preguntas”, en la que cada uno tenga la oportunidad de salirse del guion del cuestionario.

El dispositivo central de estas estrambóticas sociedades es la televisión. En esta se reproducen distintas formas de vida cotidiana en el que hablan las personas procedentes del más allá ciudadano. Pero todas las comunicaciones referidas al espacio público son monopolizadas por los expertos. En estas, se presenta a los denominados ciudadanos de a pie con formas similares a un zoo o a un circo. Se busca el tipo ingeniosillo que interpele al experto de guardia, propiciando una situación de desigualdad que se resuelve de modo humorístico. Junto con las encuestas, la televisión es un instrumento esencial de clausura de la voz de lo que se llama la ciudadanía, para ser confinada en su espacio privado.

La encuesta es la forma dominante de relación entre los expertos y los profanos. Esta presenta una analogía con el espiritismo. Pero estas formas de comunicación estrictamente dirigidas, remiten a un proceso fundamental en las sociedades del mercado infinito del presente. Este es el de la intensificación de un proceso de individuación sin precedentes. En la vida pública se multiplican las formas sociales en las que cada cual se encuentra segmentado con respecto a los demás, constituyendo una relación con una instancia superior. Las encuestas sancionan esta situación. Cada uno es una unidad que ejecuta el cuestionario previamente programado, pero que excluye cualquier tipo de relación o conversación con los demás integrantes de la aleatoria muestra. Todos contribuyen a los resultados, pero solo son una fracción insignificante si se los considera individualmente. De ahí la emergencia histórica de distintas formas de investigación-acción, investigación participativa y otras que se proponen corregir esta situación.

Cada uno es una unidad totalmente autónoma, que es gestionada y administrada por un sistema experto. Así se instituye lo que, desde hace muchos años, denomino como contigüidad, que deviene en el centro de la vida social. Contigüidad significa que mi cuerpo y mi persona, transita por el espacio social junto a otros cuerpos-personas, salvaguardando mi individualidad rigurosamente. La forma suprema en el capitalismo neoliberal vigente de contigüidad es la figura del cliente. En todos los ámbitos regulados por el mercado infinito el cliente deviene en el arquetipo fundamental. Se trata de un ser radicalmente individual que comparte el espacio con los demás, pero sus relaciones se encuentran restringidas a encuentros fugaces de ocasión, que no cristalizan en ninguna forma social. 

La figura solitaria del cliente, al igual que el participante en una muestra, constituye un factor determinante en la vida social, que erosiona el arquetipo de ciudadano. Así, la clientelización trasciende al mercado y se instala en todos los ámbitos sociales. Cada uno es adscrito a un segmento social formado por aquellos que comparten determinadas características. El segmento es un ente carente de vida y no alberga ninguna relación ni comunicación. Más aún, los mismos sistemas expertos intervienen programando las conversaciones laterales entre los clientes mediante distintas formas. Estas siempre se hacen en presencia de un experto que se asigna la función de la conducción.

En sociedad postmediática los operadores de las conversaciones públicas acreditan la máxima pericia para introducir los contenidos que se reemplazan entre sí a gran velocidad. La fugacidad es uno de los mecanismos esenciales en el funcionamiento del silencio de la ciudadanía. Desde la televisión se presentan contenidos temáticos referidos a las vidas privadas que generan cadenas de respuestas e interacciones en las redes sociales. También en este caso el dirigismo alcanza cotas inusitadas. Así se privatiza lo público y se generan estados de efervescencia conversacional, que nacen y crecen aceleradamente, para disiparse completamente, dando paso a aquellos que los reemplazan.

La contigüidad de los cuerpos sin relaciones laterales; las conversaciones colectivas en presencia de los expertos; la estimulación de nichos relacionales en las redes; la babelización resultante de la multiplicación de los segmentos. Estas son las claves de las extrañas sociedades del presente. El cliente en busca de su satisfacción, definido por los lazos débiles con sus afines, al tiempo que con lazos fuertes con los prestadores del servicio. Este es el arquetipo social dominante. 

También el sujeto en tránsito, bien conductor encerrado en una cabina, ciclista solitario o viajero del metro o de los autobuses. La contigüidad con los otros sin relación. Este es un factor de individuación formidable. El sistema de movilidad representa, como ya intuyó Illich, un papel fundamental en la constitución del modelo de sujeto liberado de vínculos laterales con sus iguales. Complementado con la movilidad residencial desbocada conforma un cuadro en el que la trayectoria de cada cual puede definirse como un tránsito permanente en el que las relaciones sociales son efímeras. Lo único sólido en este viaje vital es la atadura a los distintos sistemas de autoridad: trabajo, consumo, educación, salud, estado.

Contigüidad sin conversación y subordinación a los sistemas expertos. Esta es la gran verdad sobre el presente. En estas condiciones cada cual puede ser moldeado como espectador por las poderosas industrias del imaginario. Este modelo remite a las encuestas como modelo social. En estas condiciones la famosa ciudadanía solo puede ser un espectro que se ilumina en las puestas en escena de las pantallas.

En coherencia con este texto pido a los lectores que contesten ELIGIENDO una respuesta: Mucho, Bastante, Poco o Nada.


viernes, 24 de agosto de 2018

ATENCIÓN PRIMARIA: LO QUE EL OJO NO VE


La Atención Primaria, tras de su rehabilitación en los años setenta y la esperanzadora reforma sanitaria en España en los años ochenta, se encuentra en una encrucijada crucial. El problema de fondo es que su proyecto –aún cargado de ambigüedades- no encaja con la deriva de los sistemas sanitarios en el curso de la gran reestructuración neoliberal, orientados a la construcción de una demanda sanitaria colosal, que pueda responder a la multiplicación de la oferta industrializada. La salud es el incentivo de la nueva quimera del oro de tan productivo sector. El programa oculto que inspira las políticas sanitarias se encuentra manifiestamente disociado del el espíritu de la atención primaria en cualesquiera de las versiones anteriores.

El dispositivo industrial médico-farmacéutico irrumpe en la infosfera mediante la proliferación de comunicaciones de distintas clases, spots publicitarios creativos, enunciados “científicos”, declaraciones de diversas autoridades, presentación de investigaciones milagrosas, exhibición de casos portentosos, multiplicación de discursos expertos, comparecencia de pacientes agraciados, multiplicación de comunicadores dotados de capacidades fantásticas y despliegue de menús de problemas y soluciones. Así se construye un relato ubicuo que se disemina por todos los espacios sociales, en las que los pacientes, o los candidatos a pacientes, que ahora suponen la casi totalidad de la población en las sociedades opulentas, son atrapados por las presentaciones especializadas, que adquieren una naturaleza mágica.

La infosfera que acompaña a la expansión industrial sanitaria presenta un relato en el que otorga atributos míticos a las nuevas tecnologías; se nuclea en torno a un optimismo delirante; toma de prestado el pensamiento positivo de las psicologías de última generación; minimiza los importantísimos problemas de salud de las poblaciones opulentas y de las poblaciones en desventaja social. El torrente de imágenes que refuerza los discursos del fin de la historia, que en este caso representa el fin de la enfermedad, presenta en primer plano los artefactos –los quirófanos, los vehículos medicalizados, los helicópteros, las salas de máquinas de diagnóstico o los laboratorios-. Los profesionales de este dispositivo técnico comparecen uniformados rigurosamente, sobrecargados de señales visuales, dotados con el rango solemne que tales prodigios maquínicos requieren. Me gusta llamarles “los enmascarados”, puesto que están dotados de mascarillas, antifaces, gorros herméticos y otras prendas que encubren sus cuerpos y les confieren una imagen misteriosa, que representa la penúltima versión de los viejos hechiceros.

En esta situación se invierten los sentidos de la institución médica. Los enmascarados son operadores de sistemas de máquinas que actúan sobre los cuerpos de los pacientes. En el relato de la bioindustria se atribuye a éste dispositivo la condición de grande o grandioso. Se representa la grandeza de la ciencia y la tecnología. En el orden semiótico de la institución, los profesionales ubicados en el cara a cara de las consultas, resultan devaluados, en tanto que sus saberes e indagaciones  son sustituidas por las máquinas. La condición de un profesional es la de un recopilador de datos en un sistema que tiene la pretensión de que las decisiones clínicas se encuentren rigurosamente mecanizadas. Asimismo, el tiempo de este sistema tecnologizado es el inmediato, aquél determinado por la automatización de los procesos y la capacidad resolutiva del arsenal terapéutico.

En este orden organizacional, la atención primaria es rebajada por una manifiesta destitución. Esta descansa sobre la acción “cara a cara” de los médicos y las enfermeras con los pacientes. Aún más. Estas interacciones se pueden producir en los escenarios habituales de la vida, principalmente en los domicilios pero también en encuentros en otros ámbitos. La grandeza de la atención primaria descansa sobre la construcción de una relación profesional-paciente que permite contextualizar los problemas de salud que aparezcan y resolver no pocos de ellos. No puedo evitar recordar al doctor de las películas del cine clásico, que comparece en el escenario en que se ha producido el problema, acompañado de su maletín, que ahora un comercial denominaría multiusos.

Este doctor se enfrentaba en muchas ocasiones a problemas en los que podía hacer poco o nada. Su solidez radicaba justamente en eso, en asumir sus limitaciones, desplegando un abanico de finalidades que acompañaban a la de curar cuando esta no era posible. Asimismo, el tiempo de la atención primaria es ineludiblemente largo. Este se descompone en ciclos que pueden modelar una relación sostenida en el tiempo. La potencialidad de la atención primaria es enorme. Esta significa instalar en un espacio social una red profesional que sostiene un sistema de relaciones profesionales con los pacientes. 

Los encuentros renovados entre profesionales y pacientes que sustentan la atención primaria se adscriben ineludiblemente en una temporalidad larga. Esta es compartida por otros campos como la educación o los cuidados. En estos el producto se encuentra vinculado al verbo forjar. Todo se inscribe en un proceso de tránsito, siempre abierto a una nueva situación que pueda mejorar o empeorar la situación. Aquí radica lo específico de la atención primaria, tan importante como parca en sus formas.

Las circunstancias históricas en las que ha tenido lugar la reforma de la atención primaria han determinado su configuración bajo el modelo de la medicina especializada y los hospitales, que exportan su modelo a un medio tan diferente. El alma del hospital habita en los centros de salud, que se encierran en sí mismos adquiriendo un modelo institucional extraño a su naturaleza. En este blog escribí un texto que lo argumentaba “Los fuertes”. En este modelo hegemónico hospitalario, la atención primaria disminuye su potencialidad y se subordina al guion institucional hospitalario de tratamiento de enfermos agudos. Así sanciona su subalternidad en el sistema de salud.

El cambio que he reseñado en el comienzo de este texto, el de la gran expansión industrial, representa un relato en el que las soluciones adquieren su máxima identidad. Los pilotos de este sistema de máquinas integradas generan la ilusión de la eficacia total de los procesos que tratan en su sistema de rotación de pacientes. Pero es en la atención primaria donde se hacen visibles los problemas que no tienen solución en los términos de la clínica delirantemente optimista. La esencia, y la grandeza de la atención primaria, radica en tratar problemas que no siempre tienen una solución clínica.

De este modo se produce una inversión de las significaciones. Para el dispositivo industrial, sumido en la era vigente de la videoesfera, lo grande es la curación, real o aparente, y trata visualmente en los media sus éxitos. Los fracasos son desplazados a la atención primaria. En este orden simbólico, esta se encuentra desplazada hacia la nada. Una de las razones de peso es que no puede producir imágenes de la misma fuerza de las del dispositivo especializado enmascarado. ¿cómo sintetizar las realidades que se desarrollan en tiempo lento? No, la atención primaria, así como la educación o los cuidados a discapacitados y otros grandes campos, se encuentran en desventaja catódica respecto a las de tiempo rápido. Cuando la atención a la salud se imagina en una red multimedia gigante, la visión de la atención primaria -sus resultados y su valor- resultan inevitablemente devaluados y penalizados. Así, esta es afectada por una desimbolización.

La infosfera-videoesfera vigente, alberga comunicaciones que representan impactos visuales diseñados por los operadores de los sistemas industriales devenidos en productores de imaginario. Pero el código genético de la atención primaria remite a los años setenta, en la que se forjan un conjunto de aspiraciones frente a lo grande-industrial, que articulan discursos que en distintos campos tratan de recuperar el valor de las personas en un mundo en el que predomine lo “pequeño”. El libro de culto de esta época de “Lo pequeño es hermoso” de Schumacher, sintetiza esta emergencia.

Es difícil representar en imágenes la grandeza de los dispositivos y actividades que trabajan en tiempo lento, como el que nos ocupa. La talentosa película de Isabel Coixet “La vida secreta de las palabras” hace visible la potencialidad de una relación profesional en la que la tecnología se encuentra relegada. También “Mar adentro” de Amenábar presenta un drama intenso en el que lo tecnológico y profesional es subalterno. En el año 87, al comienzo de la reforma, trabajando en Santander en un equipo técnico de apoyo a la atención primaria, presenté un proyecto para compensar la mudez simbólica de los entonces nuevos centros de salud. La dirección lo acogió favorablemente y lo denominó “Operación Jericó”, por aquello de derribar murallas. Pero los profesionales lo rechazaron, en tanto que lo percibían como algo ajeno a su realidad y competencia. Una de sus partes era la creación de un programa de tele que presentara las conversaciones de los profanos.

A día de hoy, las informaciones sanitarias se encuentran al servicio del imaginario del crecimiento industrial sanitario. Se trata de comunicaciones en formatos de spot publicitario cuya pretensión es impactar, sorprender, emocionar y seducir a los esperanzados receptores. El código remite a la grandeza de la tecnología y sus operadores. La atención primaria se encuentra excluida de facto en este orden simbólico. La pregunta que me hago es si es posible evitar su muerte simbólica, que se constituye en un factor determinante para subordinarla en los presupuestos, la división de trabajo y las políticas públicas. Cómo comunicar lo grande-lento-pequeño en una infosfera desbocada y controlada por los proyectos de crecimiento industrial, este es el problema de fondo.


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domingo, 19 de agosto de 2018

EL GOBIERNO DE PEDRO SÁNCHEZ Y EL OCASO DE LA GRAFOSFERA


El nuevo gobierno de Pedro Sánchez ha suscitado una sensación de alivio, generando una esperanza manifiesta entre algunos sectores de la sociedad española en que se puedan revertir las medidas legislativas más duras aprobadas en el largo período de gobierno del partido popular. Asimismo, los sectores más infrarrepresentados políticamente penalizados por la gran reestructuración neoliberal albergan algunas expectativas acerca de su mejora. El tránsito de gobiernos puede ser interpretado desde distintas perspectivas, correspondientes a los esquemas referenciales presentes en la deliberación pública que tiene lugar principalmente en los medios de comunicación. 

Las distintas interpretaciones que se exponen en los escaparates de los dispositivos mediáticos están inscritas en unos contenidos precisos que conforman un campo cerrado, determinado por los paradigmas que los referencian –gobierno, parlamento, elecciones, políticas económicas, autonomías, decisiones judiciales, entre otras- así como a una temporalidad específica, que interpreta los sucesos desde la perspectiva de lo inmediatamente anterior. El pasado y el presente se fusionan en una secuencia que tiene como pretensión anticipar el mañana. En algunos casos, el horizonte del  ciclo político del postfranquismo se hace presente como una referencia difusa de un ahora fugaz.

Esta perspectiva dominante presenta carencias muy relevantes, debido a las exclusiones derivadas de las selecciones operadas por sus paradigmas, que construyen una realidad segmentada, el mundo de la política separado de la sociedad. En este texto introduzco una perspectiva de análisis diferente, que considera los cambios de escenario desde un enfoque que privilegia la atención a transformaciones sociales focalizadas en el sistema mediático, que desbordan el esquema de interpretación al uso por los analistas convencionales, en su gran mayoría encuadrados en las extensiones mediáticas de los partidos y sus entornos.

El curso de los acontecimientos pone de manifiesto las insuficiencias de los esquemas analíticos de la gran mayoría de las columnas especializadas   al uso. Tras los primeros días sobrecargados de actos simbólicos y de enunciación de un conjunto de objetivos que parecen recuperar programáticamente a la izquierda, se proclama la inviabilidad de estas, una por una. Así se refuerza un imaginario en el que las reformas esenciales adquieren la forma de fantasías. El caso de los inmigrantes es paradigmático. Tras la fiesta-expo de bienvenida en Valencia a los agraciados, se retorna a la afirmación de inviabilidad. Así con la modificación de las leyes determinantes de la precarización laboral y otras esenciales. El estilo del gobierno se puede sintetizar en el título de la vieja película neorrealista italiana “Pan, Amor y fantasía” de Luigi Comencini. Cada cambio es comunicado mediante un despliegue mediático sofisticado para ser aplazado inmediatamente sine die, siendo reemplazado por otro. Así se mantiene movilizada la esperanza de los ciudadanos-espectadores mediante la rotación de las promesas.

Esta transformación del cambio, ubicado en el campo de la imaginería comunicativa, refuerza la perspectiva de Regis Debray, un analista francés cuya obra tiene lugar en distintas etapas. En dos de sus libros, “Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente” y “El estado seductor. Las revoluciones mediológicas del poder”, aporta una visión que pone en primer plano el sistema mediático, integrándolo en el conjunto social y en el estado en particular. Su enfoque subraya que se ha producido una transformación de gran alcance entre lo que denomina grafosfera y la videoesfera. Él ubica este cambio en Francia en el comienzo de los años ochenta. El libro del estado seductor, que ha sido y es uno de mis libros de cabecera, está publicado en 1993. La precisión de su dispositivo conceptual permite comprender el fondo los procesos en curso, poniendo de manifiesto las limitaciones de los analistas del antiguo “parlamento del papel” devenida ahora en los columnistas digitales acompañantes de los tertulianos audiovisuales.

Debray plantea su idea principal “A cada mediasfera corresponde en Occidente una máquina crucial de transmisión: la Iglesia, la escuela, la tele. La logosfera había producido el soberano fabulador. La grafosfera engendró el estado educador; la videoesfera el estado seductor. Para el orgullo del estado, la historia de las técnicas de transmisión es una lección de humildad”. La centralidad de la comunicación en cada sociedad que es definida como mediasfera es incuestionable. El poder estatal se funda en un conjunto de tecnologías “de hacer creer”. Estas mutan modificando todo el tejido político, la sociedad y la acción política.

Desde esta perspectiva en España se está produciendo en estos años un salto en el que la política se instala definitivamente en la videosesfera. La videopolítica se consolida liberándose gradualmente de algunos elementos fundamentales de la antigua grafosfera. Así, el cambio más importante estriba que los cinco líderes partidarios, ubicuos en las pantallas, se encuentran acreditados en el arte de la videopolítica, en el que son manifiestamente más competentes que sus predecesores. En estos días Casado se prodiga en las calles y en las televisiones, oficiando la competencia más importante de un líder político en la era de la videoesfera: la cercanía. Así visita los escenarios en donde es increpado, con la pretensión de adquirir un aura de líder sacrificado. Sánchez programa cuidadosamente sus comparecencias mediante un sistema sofisticado de señales dirigidas a los ciudadanos-espectadores que se sobreponen a lo programático. Así los líderes de los nuevos partidos, que han aventajado a los convencionales en los platós y las presentaciones mediáticas, pierden su ventaja por la renovación videopolítica de los tradicionales.

En palabras de Debray, la videoesfera significa principalmente la superación de la sociedad del espectáculo para arribar en la sociedad del contacto, donde la cercanía es el atributo esencial “El emperador ya no asiste, desde lo alto de una tribuna, a los juegos del circo. Esto era alto y bajo. Lo in y lo out cambian las reglas del panem et circenses. El princeps demócrata debe descender al circo y pagar siempre más fuerte, con su persona. Seducir hasta morir –con el riesgo de reventar uno mismo-. Puesto que la arena está atestada y es su via crucis. Cantantes, gladiadores, promotores, curanderos, grandes testigos y santos laicos, ¡qué bochinche! En esta chocante barahúnda, ¿cómo hacerse notar? ¿qué golpe sensacional podrá aún conmover nuestros ojos y nuestros oídos hastiados?”.

La videopolítica funciona mediante golpes de efecto que se sobreponen a la inmovilidad de las estructuras que condicionan las decisiones. Así el éxito del ministro astronauta, el ministro gay, el inefable de cultura del circo de Ana Rosa, la insuperable capacidad teatral de Carmen Calvo…Pero la verdad es que el estado se encuentra subordinado a un orden social en el que el mercado impera sin límites y constriñe cualquier reforma que amenace sus sólidas ventajas y beneficios. En estas condiciones, la política es un ejercicio de simulación dirigido a satisfacer a los ciudadanos-espectadores que conforman las muestras de las encuestas. El declive de la educación y el auge de los media es un factor determinante. Ahora no se trata de convencer, como en los tiempos de la grafosfera, sino de sorprender y emocionar a los distintos segmentos sociales. La función de la recepción de Valencia es paradigmática y su impacto sobre los espectadores incuestionable. El gobierno en la era de la videopolítica, al igual que la izquierda, solo se limita a producir ensoñaciones sofisticadas que se especifican en series de impactos audiovisuales. Entre tanto, las condiciones de vida de muchos de los telespectadores se endurecen.  

La videopolítica promueve nuevos saberes y nuevos expertos. La función en curso del nuevo gobierno tiene un nuevo héroe creativo: Iván Redondo. Este consultor político jefe de gabinete de Sánchez, ha obtenido importantes logros en su carrera. Convirtió al insuperable García Albiol en alcalde de Badalona. También ascendió a los cielos de la Junta de Extremadura al sublime Monago, viajero incansable, investido mediáticamente como “príncipe rojo”. Ahora renueva su éxito en las primarias del pesoe para Pedro, convertido en presidente de gobierno y protagonista de la recuperación de su partido en las encuestas que puede anticipar su posición privilegiada en el extraño mundo de los ciudadanos-votantes, susceptibles de ser emocionados e ilusionados por las próximas puestas en escena.

Los nuevos expertos desplazan a los militantes y los antiguos cuadros de los partidos. Su saber se focaliza en la producción de una magia comunicativa que tenga un impacto en las fronteras de sus inmediatos rivales, produciendo encantamientos que se sustancien en importaciones de votantes. Su emergencia en las tertulias televisivas es patente. En todos los casos se exploran los distintos aspectos que pueden ser susceptibles de ser transformados en material electoral sin alterar los equilibrios estructurales. Esto los convierte en una versión contemporánea y creativa de la magia. Así lo peor es llegar al gobierno y permanecer tiempo en él. La disipación de las emociones producidas es inevitable. El tiempo de la videopolítica es la instantaneidad para presentar imágenes favorables a los intereses de los emisores. Tras el éxito de una presentación audiovisual que genera adhesión se produce la frustración. Así es menester programar sucesivos impactos. 

Como en los viajes del turismo programado o el fútbol, en el que cada acción representa una descarga emocional, tras la que retorna la realidad. Así el nuevo gobierno es presentado por el bueno de Iván secuencialmente. Uno a uno. Se busca maximizar el impacto de cada cual. Al final se hace presente el mercado que impide las reformas fundamentales y el entramado de instituciones que las congela, entre las que tiene un puesto de honor la judicial. Pero como en el fútbol debemos celebrar la victoria de hoy sin pensar en un mañana en el que los títulos los ganarán los de siempre. Los goles sublimes de Messi ayer caducan el próximo partido. Esa es la fecha del siguiente encantamiento o frustración.

Volviendo a Debray, la era de la grafosfera se disipa gradualmente. Con ella, el declive del ciudadano racional en espera de ser convencido por los argumentos que avalan los programas; también de la institución central de la época, la escuela, cuya función esencial es formar a ciudadanos capaces de realizar juicios razonados; la relación entre el poder y los ciudadanos, que es la de convencer; la referencia inexcusable a la verdad. Todo eso entra en obsolescencia y solo quedan pequeñas parcelas y grupos que siguen en ese mundo caducado y cancelado. Son los anticuados, como señala abiertamente Casado, y de otra forma Sánchez, Rivera e Iglesias.

Por el contrario, la videoesfera emerge con toda su intensidad. Las tecnologías que multiplican la capacidad de realizar montajes sofisticados; los teleespectadores como destinatarios de la comunicación; el esplendor de la comunicación visual y la señalética (logos, distintivos, eslóganes); el nuevo aura de los líderes reproducida en el contacto directo con la gente en las pantallas, las redes, las comparecencias; la divinización de la seducción mediante las emisiones múltiples; el derecho de respuesta especificado en la mística de las encuestas; la idolatría a la institución central proveedora de técnicas, la publicidad; la velocidad de las comunicaciones que permite el auge, disipación y reemplazo de los estados de efervescencia audiovisual; la hegemonía de la distracción y la teología de la elección, entendida en términos de juego. En este contexto, las posibilidades de manipulación se multiplican.

Termino reproduciendo un párrafo elocuente del propio Debray en el libro de Vida ymuerte de la imagen (pag. 302): “¿qué quiere mi máquina de visión y de escucha, y piensa ella lo mismo que yo? Cuestión tanto más ineludible cuanto que nuestro margen de libertad se reduce a medida que aumenta la interposición mediática, multiplicación de las redes y complejidad de los circuitos. Siempre ha habido una tecnología del hacer creer…..Pero hoy, la laringe colectiva gobierna la palabra pública. Hoy, nuestra realidad es una mediavisión del mundo, dispositivo que dispone de nosotros, dotado de una fuerza de arrastre planetaria”. 

La videopolítica descansa sobre la legitimidad de lo que se ve, y lo que vemos se encuentra programado, así como la exclusión de lo que no vemos. Concluyo, pues voy a ver la tele por si Iván ha programado una comida en Doñana de Pedro y Begoña con algún inmigrante recién llegado. Este puede ser un buen espectáculo de verano. Además, después puedo ver “Plácido” de nuevo. Eso me daría mucho en lo que pensar.

viernes, 10 de agosto de 2018

HACER LO QUE TE DÉ LA LANA EN EL METRO. LA VERSATILIDAD DE LOS DEDOS





Desde hace unos meses frecuento el metro de Madrid. Desde siempre me ha fascinado este medio y la humanidad que lo frecuenta. Siempre he recomendado en mis clases de sociología el descenso a ese submundo tan rico. Colonizados por las estadísticas, los conceptos vacíos y algunas teorizaciones extraviadas, muchos sociólogos se encuentran radicalmente desplazados de la realidad social. En el metro se reencuentran todas las categorías sociales a la vista del observador. Unos años después leí el libro fascinante de Marc Augé “El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro”, que me reforzó la idea de que no se trataba solo de un medio de transporte, sino mucho más que eso.

La pregunta que siempre me hago al descender a los andenes y los trenes es siempre la misma, y surge del desencuentro existente entre la condición social de la mayoría de los transeúntes y los sucesivos resultados de las elecciones. Me gusta hacer recuentos en un momento con la gente que tengo a la vista. La hipótesis más benevolente nunca asignaría más del veinte por ciento de los votos al pepé y ciudadanos juntos. Allí se hacen visibles las condiciones de vida adversas de la gente sometida a horarios despiadados. Las generaciones y las diferencias sociales se exhiben sin pudor y se reiteran en cualquier recorrido. El discurso de los estilos de vida queda en interrogación en tan concurrida y castigada comunidad. Me embelesa descender para comprobar que las gentes viajeras forzosas carecen de voz y representación en los guiones mediáticos e institucionales. Esta es una experiencia límite, en tanto que desafía las cogniciones imperantes.

 Recuerdo los años de mi militancia política en la que inventamos una forma de acción que eran los mítines en el metro. Entrábamos un pequeño grupo de activistas en un vagón con un megáfono y aleccionábamos a los viajeros entre dos estaciones. Lo tuvimos que cancelar por varias razones. Las más importantes eran las de la mala acústica, la tensión que se generaba entre la gente en un espacio cerrado y las de seguridad, pues era fácil controlar las salidas. En este tiempo, en los vagones desfilan los músicos callejeros, los pedigüeños múltiples y los predicadores religiosos, evangelistas principalmente. He escuchado prédicas que me remiten a la infancia, en la que el pecado y el castigo se encontraban sobrerrepresentados en mi entorno vital.

En este tiempo se puede constatar la ubicuidad absoluta de una deidad que se sobrepone sobre los pasajeros: se trata del teléfono móvil. La totalidad de los viajeros se encuentra absorto en su pequeña pantalla, evadiéndose del medio en el que se encuentra. El vagón es un espacio físico en la que nadie se mira. Todos tienen sus ojos focalizados a las pantallas. Unos participan en conversaciones múltiples, otros miran las imágenes sagradas de su galería infinita, otros juegan o escuchan música o usan otras aplicaciones. La relación con la pantalla implica cambios veloces debido a la naturaleza de las actividades. Esta es la razón por la que la conexión entre el cerebro y los dedos se encuentra permanentemente estimulada. Los dedos de los viajeros se encuentran en estado de movilización permanente. El viaje es una experiencia manual y los confines de las manos se encuentran en estado de apoteosis.

Con frecuencia me encuentro en un vagón en el que soy el único que está mirando a los demás y mantengo los dedos en suspensión. En esos momentos me invade una sensación de extrañamiento difícil de definir. En ausencia de lo social, en tanto que todos se encuentran en sus respectivas microsociedades virtuales, me siento como una versión de un robinson estranbótico en medio de los cuerpos de mis acompañantes provisionales. En ocasiones suelo reír, mirándome las manos inactivas en tan extravagante gimnasio en el que solo se trabajan los músculos de los dedos. Estoy elaborando una taxonomía de los usos de estos por parte de mis congéneres ambulantes. Cuando aparece ante mis ojos alguien desprovisto de la pequeña pantalla, y con sus manos en estado de descanso, establezco una extraña complicidad.

Esta mañana he tenido que hacer un viaje largo en el metro. Tenía que encontrarme para conversar con una persona que corre en los encierros de San Sebastián de los Reyes, y también en Sanfermines y otros. Mi interés por conocer cómo vive esta experiencia es máximo. Espero hacer un textillo para este blog sobre este tema. Tras  varias paradas he hecho trasbordo en Plaza de Castilla para ir hasta la parada final del hospital de Infanta Sofía, en San Sebastián de los Reyes, que es donde termina la línea. Se tarda casi una hora debido a un trasbordo obligatorio al llegar a Alcobendas. 

Pues bien, ha ocurrido un acontecimiento extraordinario que me ha conmovido. Al entrar en el vagón, he tomado asiento junto a una chica joven con aspecto de universitaria. Todas las personas que nos rodeaban han sacado sus pantallas y han puesto sus dedos en funcionamiento. Sin embargo, ella ha abierto su bolso y ha sacado un trozo de lana y unas pequeñas agujas y se ha puesto a ejercitar sus dedos de una forma radicalmente diferente de la de los atletas monomusculares que nos rodeaban. Pasados diez minutos no he podido contenerme y le he preguntado qué hacía. La respuesta ha confirmado mi sospecha. Estaba haciendo ganchillo.

El ganchillo es una actividad artesanal maravillosa que implica un conjunto integrado de tareas que coordina el artífice. Este imagina el resultado, organiza el proceso, hace los cálculos y ejecuta las tareas necesarias. Este modo de operar artesanal implica una coordinación entre la mente y las manos que se forjan en distintas técnicas. Esta unidad le confiere la facultad de estar haciendo ajustes, cómputos y pruebas. La generación de las abuelas anteriores a los años setenta acreditó una pericia encomiable en distintas manualidades. Una de ellas era el punto, el ganchillo y otras similares. Esta es una actividad de tiempo lento muy enriquecedora.  Muchas lo desempeñan canturreando, lo que ilustra el estado de su espíritu. Estas actividades han sido desplazadas por el mercado estandarizado y su dispositivo asociado, la televisión.

He elogiado efusivamente a mi compañera eventual de viaje compartido entre la maraña de dedos conectados a las pantallas. Le he pedido permiso para mirar. Ella se ha reído mucho con mis palabras solemnes que designaban su actividad sublime. Ha sido inevitable la activación de mi memoria de estos trabajos artesanales tan generalizados en mi infancia. Mi recuerdo agradable de las pruebas con sastres o costureras que me iban cambiando la posición para tomar medidas. Mi cuerpo suavemente conducido por el artesano. De ese mundo solo ha quedado los bajos de los pantalones.

En el viaje de regreso he buscado por los vagones y en los transbordos a alguien que congregara sus dedos en una actividad tan fascinante como el ganchillo. Pero he vuelto al mundo de la dedocracia compulsiva de mis acompañantes. Buscando imágenes para acompañar este texto he encontrado la frase que lo titula “Hacer lo que te dé la lana”. Termino con una imagen representativa de una de las abuelonchas entrañables que han desempeñado tantos trabajos manuales. Un beso a todas. Estoy seguro del retorno de muchos de esos trabajos tan creativos y gratificantes para quien los realiza.