martes, 29 de mayo de 2018

LAS MÁQUINAS EXPENDEDORAS DE TRATAMIENTOS



DERIVAS DIABÉTICAS

La conjunción de las nuevas tecnologías con los tipos organizativos derivados de la expansión del mercado total están produciendo una transformación de gran envergadura en la institución-medicina y la asistencia médica. El ejercicio profesional se está modificando profundamente. La práctica individual fue gradualmente remodelada por la llegada de los equipos. Ahora comparecen procesos de automatización que descomponen la asistencia, reestructurando el papel del antiguo profesional. El nuevo ejerciente es un autómata programado, lector de pruebas y ejecutor de tratamientos estandarizados correspondientes a taxonomías de diagnósticos rigurosamente precisados en términos de costes y beneficios por la organización para la que ejerce. He confirmado el impetuoso avance de esta tendencia tras una reciente experiencia personal. Se trata de la oftalmología, un subcampo médico en el que hace visible esta mutación.

Mi historia oftalmológica comienza en mi niñez, cuando me detectan lo que se denomina como un “ojo vago”. Mi ojo izquierdo no funciona cuando tengo abierto el derecho. Solo cuando me tapo este veo, pero he perdido la capacidad de distinguir imágenes entre sombras. Con el paso de los años comenzó una miopía creciente en mi ojo bueno, cuestión por la que siempre he llevado gafas. En las revisiones oftalmológicas derivadas del incremento ligero de la miopía, siempre me ha sido difícil contar el problema de mi ojo vago a los médicos de esta especialidad, tan carentes de tiempo y de atención a mis palabras, que comparten con una propensión a hacer con una determinación encomiable. Pero el mayor provecho que me ha hecho este ojo desvariado ha sido salvarme del servicio militar. Cuando comencé el campamento en Colmenar, lo alegué y todo terminó en un examen en el Hospital militar Gómez Ulla, en el que tras varias pruebas dictaminaron que mi ojo no tenía solución, liberándome de la dichosa mili tras más de dos meses de reclusión.

Muchos años después, mi diabetes de tipo II me envió alguna señal oftalmológica. En una ocasión tuve un problema que me llevó a Urgencias en Granada. Tuve un encuentro muy desagradable con un oftalmólogo que anunciaba mi desencuentro con esta especialidad. La posterior cetoacidosis, que me convirtió en insulinodependiente, puso en primer plano la situación de mi ojo. Estando hospitalizado me llevaron a la consulta de oftalmología, donde fui maltratado por una doctora de porte aristocrático. Delante de toda la cola de enfermos en estado de espera me dijo por primera vez “vaya día, todos los diabéticos me tocan a mí”. Después lo he escuchado varias veces. El resultado en el informe de alta fue “retinopatía no proliferativa”.

Pasados unos meses pedí consulta en oftalmología para mi primera revisión. Cuando llegué a la consulta había más de cincuenta personas en una sala de espera atravesada por una energía negativa explosiva. Cuando entré con la intención de pedir que me realizaran una prueba para determinar si tenía lesiones, una oftalmóloga crispada se quejó de que los diabéticos le tocaran a ella y no me llegó ni siquiera a examinar. Me hizo una receta de una medicación de la que me dijo imperativamente que tendría que tomar de por vida. Como estaba preocupado por la amenaza de la retinopatía utilicé el servicio que funciona excelentemente en la sanidad pública: el servicio de atención al pariente. Ana, una enfermera entrañable que prácticamente vivía con nosotros se ocupó de la consulta.

Ana trabajaba entonces en Neurología en el hospital Virgen de las Nieves. Acordó con el jefe de servicio, un prestigioso neurólogo -que al igual que muchos de sus colegas era progresista en la intimidad- su presencia en la consulta. Cuando me llamaron y entré acompañado de ambos con bata, el oftalmólogo se puso lívido. El jefe de servicio le contó que éramos amigos y que quería que me hiciesen la prueba que yo denominaba “de la retina”. El  médico se prestó, me examinó y me hizo el volante. A la salida, el jefe de servicio amigo me dijo que lo mejor que podía hacer en el futuro es acudir a la consulta privada del oftalmólogo. Todo terminó días después en la prueba, en la que me trataron desconsideradamente, a pesar de que  Ana me acompañó en todo momento. Todas mis experiencias oftalmológicas en la sanidad pública han estado marcadas por la fatalidad.

Esta experiencia me llevó a un estado de inseguridad que terminó con la decisión de seguir la recomendación del jefe de servicio.  Me informé a través de una amiga endocrina y accedí a la consulta de un oftalmólogo del hospital público, que tenía una reputación clínica reconocida. La primera consulta confirmó las buenas sensaciones. Su modo de ejercicio profesional se correspondía con su generación formada en los rigores de las primeras promociones de los MIR y reforzada con la práctica profesional de los años felices del sistema público. En esta consulta celebré su trato personal y profesional considerado. En las pruebas oftalmológicas, las luces intensas de las máquinas me hacen parpadear de un modo incontrolable. En todas las ocasiones anteriores me levantaron la voz, llegando en alguna ocasión a amenazarme con la cancelación de la prueba. En la consulta privada de este profesional, mostró una indulgencia extrema ante mis resistencias. La amabilidad alcanzó un éxtasis, teniendo en cuenta mis experiencias previas.

Las sucesivas consultas de mis revisiones oftalmológicas anuales se atuvieron a un modelo profesional que ahora comienza a mutar. Tras la llegada a la hora convenida me pasaba a su despacho. Allí consultaba mi historia en su ordenador. Me preguntaba por mi estado de salud, por la diabetes y por la vista. En el caso de que apareciera algo nuevo, se suscitaban preguntas. Tras la conversación procedía a explorarme. Pasaba por dos máquinas diferentes en las que miraba con detenimiento. Por último me revisaba la graduación. Todo terminaba en una estancia contigua donde su ayudante me atosigaba con las gotas-bomba para dilatar la pupila. Esta trabajaba minuciosamente y esperaba, nunca menos de veinte minutos, a que estuviese listo para pasar a lo que denomino como “las máquinas de la retina”. En esta fase me explicaba los resultados y me enseñaba imágenes en una pantalla de ordenador. Todo terminaba en su mesa donde me daba un pequeño informe escrito con el resultado. 

En dos ocasiones recurrió a pruebas complementarias ante dudas que se le suscitaban. Toda esta secuencia de consultas se complicó con la aparición y el progreso de las cataratas. En la conversación preliminar de la consulta prestaba atención y respondía a las cuestiones que le planteaba, pero se reservaba la potestad profesional de explorarme con el objeto de detectar algún indicio o resolver alguna duda. En el curso de todo el proceso asistencial la relación fue muy aceptable. Además de las cuestiones concretas derivadas de la situación puntual de la revisión hacía comentarios y recomendaciones con respecto a la evolución de la enfermedad. En ocasiones hablábamos de la tecnología que utilizaba. En una de las últimas consultas me contó que el desarrollo tecnológico hacía inviable un ejercicio profesional como el suyo. El futuro estaba en empresas con capacidad de inversión en las tecnologías de última generación y que gestionasen equipos profesionales especializados.

El problema de las cataratas evolucionó alcanzando un nivel que interfería mis actividades cotidianas y me limitaba la lectura. Terminé por decidir operarme. Lo hice, siguiendo el consejo del oftalmólogo,  en un Instituto Oftalmológico que disponía de una tecnología adecuada. La seleccioné influido por las referencias directas de algunos colegas y amigos que se habían operado allí. Me operé el pasado año, solo del ojo bueno. El nivel de atención en el postoperatorio fue aceptable, aunque se suscitó un problema, en tanto que el oftalmólogo que me atendía no me operó, pues la cirugía la realizaba un médico joven. Rechacé que el seguimiento lo hiciera el cirujano, por la seguridad que me infundía el oftalmólogo.

Ya asentado en Madrid, esta primavera tenía pendiente mi revisión oftalmológica anual. Busqué un instituto especializado del mismo tipo que el que me operé en Granada. La experiencia vivida confirma la mutación en curso de la asistencia médica. En síntesis, aunque no me gusta hacer listas al estilo del positivismo, las conclusiones son las siguientes:

-         El contacto, el acceso a la cita y todos los demás aspectos del servicio, son muy satisfactorios. La organización, el trato del personal auxiliar y las instalaciones son excelentes. 

-         Se manifiesta lo que me gusta llamar como “el ocaso del diagnóstico”. En la petición de la cita me preguntaron el motivo de la consulta. Como les dije varias cuestiones seleccionaron la principal: revisión oftalmológica de la diabetes. La demanda se sobrepone a la exploración médica. Se supone al paciente como un ser educado como consumidor que conoce los diagnósticos y tratamientos, formulando la demanda. La organización entiende que tiene que responder a esta.

-         La segunda cuestión fundamental es “la taylorización del trabajo médico”. El proceso de asistencia se descompone en varias fases determinadas por las máquinas de las pruebas. Primero me recibió cordialmente un profesional muy joven. Cuando le formulé los motivos de la consulta -revisión diabetes, valoración de la visión un año después de la operación, preocupación por la catarata de mi ojo vago y molestias de la alergia primaveral- se centró en las dos primeras. Me evaluó la visión confirmando que había aparecido una leve hipermetropía y astigmatismo en mi ojo bueno. Después me pasó a una estancia donde otro profesional joven tras dilatarme la pupila con su tiempo necesario, me inspeccionó en unas máquinas intimidatorias para un profano. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me enviaron a una estancia donde tras varios minutos me recibió el médico. Pero no era ninguno de los dos que me habían escrutado en las máquinas. Me anunció que la retina estaba bien, que necesito gafas con la nueva grabación y que me esperaba el año siguiente.

-         El contraste con el modo de operar de mi oftalmólogo convencional es de una dimensión brutal. No existe exploración suya ni conversación alguna. Todo está focalizado a la ejecución de un servicio determinado por las máquinas prodigiosas. El papel del médico es la comunicación de resultados en un proceso que realizan los operarios de las máquinas. El servicio total es la integración de varios trabajos fragmentarios que conforman una cadena técnica. 

-         Me invadió un sentimiento de nostalgia por mi antiguo oftalmólogo y recordé a los médicos que visitaban mi casa en la infancia. El Dr Plaza, aunque venía visitar a un enfermo específico, nos preguntaba a todos y nos interpelaba si teníamos mala cara. Pero el fondo de la cuestión es la ausencia de exploración en beneficio de la focalización en la demanda. Y eso no puede ser eficaz en muchos casos. El tratamiento desplaza al diagnóstico en este desvarío médico.

-         A pesar del trato cordial y de la integración en lo administrativo y lo médico en la ejecución del servicio, la despersonalización se hace patente. El paciente es rigurosamente despiezado y tratado fragmentariamente. Así se conforma la antesala de la robotización de la asistencia.

Cuando salí de la consulta con la visión nublada por la dilatación de la pupila me invadió una sensación de privilegio por la claridad con la que veo este proceso, que se contraponía con una crisis de identidad.. Durante mucho tiempo he escuchado, en los foros académicos y profesionales que reproducen las reformas sanitarias neoliberales, la terrible frase de que “el paciente es el centro del proceso asistencial”. Esta afirmación recupera la condición de consumidor activo de los antaño enfermos. Ahora somos entidades en busca de tratamiento en una clasificación exponencial de diagnósticos, problemas y fantasías.

Me gusta afirmar que ya no soy sólo un enfermo crónico, sino un P múltiple en un campo activo. Soy un Paciente…Portador…de Patologías…Potencialmente Productivas…Progresivas… Soy un cuerpo enfermo asaltado por múltiples depredadores profesionales en una jungla tecnificada. Mi cuerpo es un objeto productivo que genera valor económico, que se disputan distintos actores corporativos. En eso se está convirtiendo el campo de la asistencia médica. Tengo que aprender a preservar mi vida en este medio. Recuerdo que en el final de Carmen percibíamos ya algunos elementos de esta locura.

¡no quiero ser el centro ni el protagonista de la asistencia médica¡ ¡quiero ser el protagonista de mi vida¡ ¡en cuestiones de enfermedad lo que quiero es un médico de los de antes, coño¡


viernes, 25 de mayo de 2018

LA FERIA DEL LIBRO: LA ISLA DE LAS INTELIGENCIAS ALFABÉTICAS


En los tiempos que he vivido fuera de Madrid he conservado fielmente la nostalgia por la Feria del Libro del Retiro. Siempre que me era posible me escapaba para deambular por las casetas y vivir el espectáculo de las casetas, los libros, los autores, y, sobre todo, los lectores. Me fascina contemplar el mundo de los libros y las personas leyentes congregadas en un espacio singular. En los últimos treinta años he ejercido como profesor universitario. En este tiempo he sido testigo privilegiado del nacimiento, infancia y adolescencia de las generaciones postalfabéticas, que recomponen sus hábitos mentales mediante lectura de mensajes cortos, textos leves y la multiplicación de los canales marginalizados por el declinante imperio de la letra escrita.

En este contexto, la lectura se resiste a su reconfiguración mediante la adquisición del estatuto de lecturas obligatorias. Los libros son despiezados en capítulos que se recombinan en las distintas asignaturas. El rechazo creciente de los contingentes humanos postalfabéticos es manifiesto. La tensión se hace patente y la minoría alfabética tiene que hacer concesiones, rebajando la carga de lectura obligatoria. En mis primeros años de profesor algunos alumnos criticaban las lecturas que les recomendaba y reivindicaban a otros autores. En los últimos años la oposición se hacía presente mediante un silencio atronador.

El ambiente universitario, que oscila entre la indiferencia y el rechazo a los libros, contrasta con la isla primaveral de la Feria del Libro, en donde las inteligencias alfabéticas sobrevivientes se concentran para compartir sus efervescencias y sus magias. Se trata de un acontecimiento especial, en el que la comunidad alfabética despliega sus rituales de búsqueda y de celebración gozosa. El sujeto lector es rehabilitado por unos días, en un espacio en el que se reconoce junto a sus afines. El resto del año las actividades sociales vinculadas a la lectura se dispersan en actos de presentación de libros y otras actividades sociales. Pero la lectura es una actividad rigurosamente individual en la que el leyente se encuentra aislado.

El mismo santuario de las inteligencias alfabéticas, el parque del Retiro, refrenda la impetuosa emergencia de las prácticas y de las inteligencias postalfabéticas. Una mayoría abrumadora deambula pendiente de sus máquinas de la conectividad, que registran una actividad incesante de intercambios de frases, imágenes y sonidos. Estas máquinas prodigiosas permiten compatibilizar sus exigentes quehaceres con una relación fugaz con el espacio ocupado. Entre las multitudes postalfabéticas se ubican pequeños rincones en los que algunos de los sobrevivientes alfabéticos disfrutan de la lectura en soledad entre los árboles, ajenos a los sonidos del bullicio que acompaña a los hiperconectados. En este sentido se puede afirmar que el Retiro es un espacio de coexistencia pacífica entre las inteligencias lectoras y las inteligencias postlectoras.

La Feria significa un dichoso estado de excepción, en el que los lectores convergen desde sus espacios cotidianos hasta la isla de las palabras, las líneas, los párrafos y los textos. Cada cual realiza su desplazamiento libre de peso físico, para regresar a este con la carga ineludible de los libros, que acompaña a la emoción que causa el descubrimiento de autores, obras o el rescate de libros antiguos que representaron algo importante en la vida de cada uno. El misterio de los libros radica en que son simultáneamente ingrávidos y consistentes en lo físico. Me encanta leerlos, pero también hojearlos y disfrutar del tacto.

Todavía me encuentro en estado de duelo por el final de mi biblioteca personal. Me he venido a Madrid con quinientos libros imprescindibles por su valor intelectual y sentimental. Pero esta ciudad es un paraíso en el que coexisten varios oasis alfabéticos. El mundo fascinante de las librerías viejas de ocasión, de las librerías especializadas, de las nuevas basadas en nuevas formas que trascienden la propiedad individual y de las ferias especializadas. Me fascina buscar y descubrir nuevos libros. En estos meses he podido vivir un catálogo de experiencias muy enriquecedoras. En la pasada feria del libro político descubrí a autores inéditos para mí. 

En estos días paseo lentamente entre las casetas, haciéndome un mapa en la  víspera, en espera de vivir unos días en esta isla experimentando emociones compartidas alfabéticas. Por eso ayer, entendí la furiosa tormenta que descargó sobre Madrid, con sus vientos huracanados amenazantes, como una revancha de las divinidades postalfabéticas, que pretenden coaccionar a los visitantes de esa isla de inteligencias forjadas en la disciplina de recorrer, párrafo a párrafo los textos. Cuando me encuentro con alguien que lee parsimoniosamente un eBook, todos mis esquemas son sujetos a revisión. Buena Feria del Libro para todos los alfabéticos sobrevivientes.



domingo, 20 de mayo de 2018

PABLO, IRENE Y LA MALDICIÓN DE LOS POMPIS


La decisión por parte de Iglesias-Montero de adquirir una vivienda pudiente en Galapagar mediante un crédito bancario benévolo, pone de manifiesto la persistencia de un rasgo singular del sistema político-mediático español. Me refiero al riguroso frentismo. Los columnistas de la constelación de la derecha, en sus distintas versiones, han abierto la veda contra los nuevos propietarios, en tanto que los de la izquierda, en sus distintas modalidades, han guardado un prudencial silencio acompañado de murmullos denotadores de un duelo. Cualquier columnista osado que se posicione de modo diferente a los rígidos guiones establecidos, asume la condición de traidor, con la condena moral subsiguiente. La fábula de la calidad democrática se quiebra estrepitosamente por las lógicas derivadas de este encuadramiento obligatorio. Cada cual tiene que acreditar su adhesión al argumentario común establecido en su bloque. Así ha funcionado durante todo el régimen del 78, y ahora se reproduce fielmente en sus postrimerías.

El asunto de la compra de la casa y el crédito subsiguiente es una cuestión inequívocamente privada. Pero el caso de los Iglesias-Montero presenta características singulares. Su emergencia política tiene lugar en la televisión, medio en el que la separación público-privado es problemática. En los años prodigiosos de ascenso mediático, Pablo protagonizó varios episodios en los que exhibió su privacidad, representando el arquetipo de chico de Vallecas despreocupado por el equipamiento de su vivienda en favor de un estilo de vida distanciado de los parámetros del consumo material. Recuerdo su presunción de cocina antigua desprovista del equipamiento convencional y su informalidad vital puesta en escena con Ana Rosa Quintana y Susana Griso, entre otras, que alcanzó el límite de lo patético.

Su ostentación televisiva sostenida denotaba su candidez, en tanto que los media estaban esculpiendo su perfil para ser utilizado en su contra en el caso de que persistiese en las veleidades de un cambio político que amenaza el estatuto privilegiado de los intereses sociales fuertes. El líder de la nueva formación política se introducía voluntaria y deliberadamente en la esfera de la prensa rosa, cada vez más inseparable de la política, constituyéndose a sí mismo como carne de dossier y de archivo, que se activará según la consideración de los programadores.  El cambio político terminó siendo facturado en términos de un espectáculo público-privado, en el que proliferaban bebés en los escaños, besos en la boca entre dirigentes o irrupción de estéticas rupturistas con el universo estancado de las instituciones políticas. Pablo adquirió la condición de maestro de ceremonias, llegando a bromear acerca de emparejamientos entre miembros de partidos antagonistas.

No cabe duda de que la vivienda es una cuestión esencial en la vida. Son muchos los analistas que la han definido como “refugio” frente a un exterior convulso. En los últimos cuarenta años han proliferado viviendas asociadas a nuevos discursos y prácticas sobre el renovado concepto de habitar. La arquitectura ha propiciado la revalorización del espacio doméstico como sede de una parte fundamental de la vida cotidiana. La sofisticación de las sensibilidades vinculadas al espacio privado se ha multiplicado. Así, se ha revalorizado la vivienda como sede de la distinción social, conformándose como un territorio que muestra inequívocamente las posiciones sociales y las desigualdades.

El viaje entre los barrios castigados de Vallecas y San Blas y el hábitat confortable de la Sierra, es más que comprensible. Esta pareja, en vísperas de convertirse en padres, se encuentra saturada de actividades públicas y de una sobreexposición mediática sin descanso. En el caso de Iglesias, además de liderar el partido y el grupo parlamentario de modo cada vez más exclusivo, sigue manteniendo una intensa y prolífica actividad editorial. La crisis profunda de la izquierda y el colapso de los partidos comunistas tiene como consecuencia la conformación de un público desprovisto de referencias y sumido en un estado de inquietud. Así, los nuevos líderes de la izquierda, conectan con este segmento de mercado que encuentra en sus libros razones para conjurarse contra la desesperanza de un mundo oscuro. Anguita, Garzón, Pablo y otros se convierten en editores para nutrir a este mercado seguro para huérfanos políticos. Además, Iglesias es un editor audiovisual notable que impulsa proyectos muy exigentes para sectores periféricos en las televisiones no convencionales.

Las razones personales en favor de la escapada a Galapagar son consistentes. Pero sus contrapartidas adquieren una magnitud macroscópica. La montería mediática que se desarrolla sobre ellos es de una envergadura inédita en el mundo político. Ayer, Ok Diario presentaba detalladamente con profusión de imágenes las casas en la misma zona que eran más asequibles económicamente. Las páginas de los portales inmobiliarios proliferan para reforzar el argumento del “chalet opulento”.  Lo mismo ocurre con la benévola hipoteca, que es comparada con las del mercado del crédito para resaltar su ventaja. La candidez de Pablo al entrar en los territorios peligrosos de la prensa rosa, ayuda a constituirlo como una entidad susceptible de análisis microscópico.  Los métodos de la prensa rosa y del fútbol se abaten sobre ellos sin piedad en busca de un detalle que permita construir un argumento en su contra. 

Pero el aspecto ineludible de esta decisión radica en el contexto en el que se produce. La mayor parte de los cuadros y dirigentes de la izquierda en los últimos cuarenta años han mejorado sus condiciones de vida sustancialmente. Una de las dimensiones de este progreso es la instalación en buenas casas en localizaciones residenciales de mayor nivel social. Pero este cambio era una parte de un movimiento general de mejora para la mayoría, que alcanzaron la condición de propietarios arraigados en sus viviendas bien equipadas. La vivienda se constituyó en el símbolo de la movilidad social generacional.

Los años de la crisis penalizaron severamente a los sectores más débiles de los hipotecados. Son los años de los desahucios y de la agudización de la crisis habitacional. Los grandes sectores sociales afectados por la conjunción de los retrocesos en el empleo, los servicios públicos y la vivienda, fueron abandonados de facto por la izquierda convencional. Sus intereses no se encontraron representados en las instituciones políticas. En esta situación se produce el 15 M con su ciclo de movilizaciones. En el final de este se conforma Podemos como un nuevo partido que pretende representar estos intereses. Las televisiones y las redes integran las energías al cambio político. En estos años mediáticos Pablo, Irene y otros miembros de Podemos devienen en símbolos de las aspiraciones de los contingentes de personas cuyas condiciones son degradadas.

Las elecciones sancionan la importancia del novísimo partido en el que Iglesias desempeña un papel primordial. Setenta y un pompis se asientan en los escaños del Congreso generando una euforia y estado de expectación considerable. Sin embargo, los efectos del ascenso a los cielos mediáticos y las instituciones se detiene gradualmente. El paisaje político queda petrificado, en tanto que no se visibiliza una alternativa política de gobierno. Mientras tanto, continúan y se intensifican los efectos del retroceso. La precariedad salvaje, los salarios menguantes, la congelación de las pensiones, el deterioro de los servicios públicos convertido en crónico, pero, sobre todo, el encarecimiento de la vivienda en todos las formas, de modo que se sanciona como un bien fuera del alcance de grandes sectores de población. Para la mayor parte de los jóvenes, “compartir piso” significa de facto su inmovilización en un dormitorio, al estilo de las viejas pensiones.

En este cuadro se inscribe la decisión de Pablo e Irene de cruzar la frontera social-habitacional para instalarse en el territorio de los sectores sociales acomodados. Siguiendo este argumento se puede colegir que se trata de un error mayúsculo. Se trata de una afrenta de gran calado a los inmovilizados y desesperanzados contingentes electorales y mediáticos que nutren a Podemos. La compra del chalet representa un impacto terrible en el imaginario de aquellos que aspiran al cambio. Este es un hecho especialmente impertinente, que puede activar emociones negativas que lo perciban como una cooptación por parte de las dos instituciones que limitan la vida de las gentes perjudicadas por la reestructuración: las del suelo y las del crédito.

Pero lo peor estriba en el estado de los ilustres Pablo e Irene al no ser sensibles a esta situación de recesión para las nutridas gentes que se concentran en los lugares sociales penalizados. La dinámica oligárquica de los grupos del partido en las instituciones y de su misma dirección, junto con la trascendencia de sus actuaciones en las instituciones de la videopolítica, han tenido consecuencias devastadoras sobre sus capacidades de percibir, inteligir y sentir. La única explicación verosímil radica en algún mal secreto que, en forma de producto químico, se encuentra en los escaños de las instituciones. Este consigue introducirse por contacto en los pompis y termina por difundirse por el cuerpo, llegando finalmente a la cabeza.

La respuesta de los ínclitos dirigentes de convocar a sus votantes, que ellos llaman inscritos e inscritas, ejemplifica lo que es una verdadera casta. Porque sometidos al fuego enemigo de la cacería mediática es altamente probable que sancionen el prodigioso salto residencial. Pero una herida de esta envergadura  en el imaginario colectivo que nutre el partido tiene consecuencias fatales. La colisión de emociones siempre termina mal. El resultado inevitable es una brecha entre el partido –los inscritos y las inscritas- y sus bases sociales. De este modo, se reedita el argumento de Sansón y Dalila. El templo del partido se derrumba para encubrir a los caudillos.

Quién hubiera pronosticado que lo que empezó en las plazas como revuelta contra las instituciones termine en una oligarquía tan asentada sobre los escaños y afectada por la maldición de los pompis. El viaje residencial de Iglesias-Montero va en la dirección inversa al de los inmovilizados en el tránsito entre los trabajos sucesivos y la soledad de los dormitorios en las nuevas pensiones, que ahora se adornan de la palabra "compartida".






domingo, 13 de mayo de 2018

LA HUELGA DE LOS MIR EN GRANADA Y LA FARFOLLA GERENCIAL


La huelga de los MIR en Granada es un indicador del deterioro profundo del sistema sanitario público. Este se encuentra representado en los imaginarios profesionales y colectivos como una consecuencia de los recortes presupuestarios que se asignan a la mitológica crisis. Pero esta regresión remite a causas más profundas que se encuentran más allá de los indicadores. En términos históricos,  el sistema sanitario público resultante de las grandes reformas sanitarias de los ochenta, manifiesta su progresiva decrepitud por efecto de las grandes transformaciones sociales operadas en su entorno, que pueden ser sintetizadas en el ascenso fulgurante del mercado y la reestructuración del estado. Desde esta perspectiva se pueden entender los sucesivos acontecimientos críticos como un proceso de descomposición del sistema sanitario asociado al viejo estado de bienestar, así como la emergencia de un nuevo sistema de salud congruente con la reestructuración en curso.

La huelga de los MIR no puede ser entendida como un mero conflicto de interés entre estos y la empresa. Por el contrario, se trata de un efecto de los procesos macrosociales que se desarrollan en los últimos treinta años. La preponderancia del mercado y la reforma radical del estado se ubican mucho más allá de los presupuestos menguantes. Las reformas se inspiran en un sistema de supuestos y sentidos inverso al que portaba el histórico estado del bienestar. La metamorfosis del concepto de valor,  de la salud, la empresarización y la clientelización, constituyen la espina dorsal de las nuevas propuestas. Todas ellas implican la importación al sistema sanitario de unas instituciones emergentes en su entorno. Estas imponen sus sentidos en un campo en el que las antiguas profesiones dominantes son reconvertidas drásticamente. La gestión es la institución estrella que impulsa los cambios, escoltada por la constelación de los recursos humanos, el marketing y la publicidad.

Las vigorosas reformas neoliberales se asientan gradualmente en el campo sanitario modificando sus estructuras, prácticas profesionales y culturas. Aún a pesar de su voluntad de no ser perceptibles, sus efectos son demoledores. Las antiguas organizaciones sanitarias experimentan un shock considerable, al ser colonizadas por instituciones extrañas. Así se instaura un tiempo en el que las organizaciones sanitarias no son ni las convencionales ni las nuevas. Este tiempo de no estar ni aquí ni allí, genera varias clases de anomias que se instalan en las realidades sanitarias. Sus efectos son verdaderamente letales para los profesionales.

El lado oscuro de la colonización gerencial del sistema radica en que una buena parte de sus propuestas son, en términos operativos, ficciones. Estas se asientan en el imaginario de la calidad que se instala simultáneamente a la disminución de los recursos. La función de la institución-gestión es disolver un orden organizacional en el que impera la autonomía profesional. La estrategia se funda en subvertir las culturas profesionales convencionales. Las políticas sanitarias modifican las significaciones, convirtiendo a los profesionales en proveedores de servicios, así como a los pacientes en clientes. Como este cambio no es plausible,  produce una desorganización considerable que debilita a los profesionales, en tanto que habitantes de un mundo ficcional. Las ideologías de la excelencia y la calidad se instauran sobre una reducción de plantillas, merma de recursos materiales, recortes de servicios básicos, rebajas en los dispositivos de urgencias, restricción de servicios hospitalarios y –utilizo una palabra elegante- decrecimiento acumulativo de la atención primaria.

Una paradoja fundamental en el proceso de reestructuración neoliberal español, que constituye una pista esencial, es que los recortes se concentran en los equipos y los profesionales. Estos son drásticos y concluyentes. Pero, al mismo tiempo, se sigue invirtiendo en los edificios e instalaciones. La incentivación a la construcción es el verdadero móvil de las políticas públicas del crecimiento. Cada vez mejores instalaciones para plantillas más menguadas y en condiciones incrementales de degradación laboral.

En un estado de transición permanente hacia el quimérico reino de la excelencia, todo deviene en ficción. Entre estas sobresale una esencial. Se trata de la expansión de la función-gestión que se extiende a todos los espacios del sistema sanitario. Una legión de gerentes, directores, asesores, expertos en los misterios de la calidad y otras ensoñaciones, se hace presente en todas las realidades. El argumento sobre el que se funda esta conquista radica en otra ficción: se supone que cada centro es una unidad autónoma que compite con las demás. La función-gestión se asienta tras esta pretensión. Pero la verdad es que este ejército de expertos en las instituciones de la empresa carece de raíces en los centros sanitarios, en tanto que el sistema sanitario sigue funcionando como una pirámide jerárquica convencional rigurosamente centralizada.

De este modo los gestores y expertos que se expanden en los centros son los brazos ejecutores de los aparatos centralizados que los dirigen. La inexistencia fáctica de autonomía los convierte en una extraña entidad cuya naturaleza es equivalente a una burocracia convencional, cuanto no a una versión de los ancestrales comisarios políticos. Aquí radica una de las perversiones más relevantes del sistema sanitario. La acumulación de cargos y carguillos que devienen en pesadas cargas. Esta ficción de la función gerencial constituye una farfolla. De ahí el título de este texto. Pero, al contrario que en el caso de los profesionales menguantes, las huestes gerenciales se sobreponen a las restricciones de recursos y su presencia es creciente.

Las legiones de gestores y asesores son reclutadas en los bajos fondos de la profesión médica y la enfermería, privilegiando los perfiles de carreras profesionales bloqueadas, que son compatibles con la adhesión política. También entre nuevas profesiones vinculadas a la expansión de la empresa postfordista, economistas principalmente. Así se conforma un personal estrictamente dependiente y obediente, que simultanea su gratitud con la disposición a ejecutar las directrices emanadas de las conserjerías, que se constituyen como un generoso patrón, a la vez que un exigente jefe. Los nuevos legionarios de la gestión adquieren la naturaleza de ejecutores de directrices, siempre atentos a las señales que, como en el caso de todos los dioses, llegan desde arriba. Su vínculo laboral precario contribuye a su condición de artistas de la docilidad.

Todos los argumentos expuestos hasta aquí convergen en una cuestión esencial. La forma específica de realizar la gran reestructuración de los sistemas sanitarios procedentes del estado del bienestar es degradar el servicio. No se puede entender las coherencias de las nuevas políticas sanitarias sin confirmar esta cuestión. Así se produce un circuito fatal. Los sectores sociales vulnerabilizados, incapaces de concurrir a mercados en los que puedan comprar servicios médicos, son perjudicados mediante el deterioro del sistema público, de la atención primaria y las urgencias principalmente, en tanto que las consultas de especialistas siempre han estado deterioradas. La clave se encuentra en la frase pronunciada por una artista anónima de la época,  la diputada del pepé Andrea Fabra, dirigida a los parados “que se jodan”. Este no es un lapsus lingüístico, sino la expresión del inconsciente colectivo de los autores de la generación de reformas del presente.

Desde esta perspectiva se hace inteligible todo. Se trata de instaurar unos servicios mínimos para aquellos que carezcan de la capacidad de comprarlos. En coherencia, estos servicios baratos tienen que ser prestados por profesionales baratos. Este es el papel que se ofrece a los MIR. Se trata de restaurar la eficiente institución del viejo ambulatorio, en la que un profesional atendía a cientos de usuarios ofreciendo prestaciones de baja calidad. Las razones de los MIR para esta huelga apuntan a esta cuestión. Se defienden ante el desplome de las urgencias reclamando su condición de profesionales.

La estrategia para implementar esta regresión estriba en la expansión de la precarización. Una legión de profesionales sanitarios, son contratados mediante fórmulas flexibles en espera de que comprendan las claves de lo que se les pide. Esto es que cubran el servicio apañándose como les sea posible en un medio definido por la degradación general: de los pacientes  y de los profesionales. Estos se distinguen por sus diversas formas de contratación unificadas por la precariedad. Así se construye un orden en el que se hace factible una obediencia impuesta y obligatoria. Esta es la clave cultural que explica la sórdida situación imperante en las urgencias.

Esta interpretación del conflicto me conmueve, en tanto que la entiendo como una resistencia a la desprofesionalización. Lo que se les pide es que desistan de ser profesionales y se comporten como autómatas regulando el tráfico de pacientes. Este es el código que se impone hoy a una legión de contratados en el sistema sanitario, sobre los que se descarga la responsabilidad de la asistencia. Se trata de que asuman su condición de beneficiarios de un contrato a cambio de su renuncia a la profesionalidad. Así opera la institución-gerencia, que los esculpe como deudores con obligación de ser agradecidos, asumiendo la responsabilidad asistencial en una situación en la que se exime al centro de la suya.

En una situación así estos son intimidados por la farfolla gerencial que asume la única función verdadera que desempeña: la de capataces. Los directivos de los centros devienen en mayorales de profesionales sanitarios. Por eso les recomiendo que no se dejen intimidar por los métodos de nuevos conductores de rebaños y se reivindiquen como profesionales. Para estos cada situación es una situación abierta que requiere de su valoración y decisión. Esto se encuentra más allá de las entendederas de los capataces.

Muchas gracias por reclamar mejores condiciones para atender profesionalmente a los pacientes.