lunes, 23 de abril de 2018

LA VIDEOPOLÍTICA Y LA CONDONACIÓN DE LOS CORRUPTOS


La situación política actual puede ser definida como un estado de colapso, que concita la simultaneidad de unas instituciones deterioradas y un desvanecimiento de los proyectos de cambio. Los partidos políticos compiten por su ineficacia, las organizaciones de la sociedad civil manifiestan su encierro en su campo específico y los movimientos sociales comparecen como una caricatura. Los malestares generalizados se manifiestan en distintas movilizaciones carentes de perspectiva. Los conflictos sociales son radicalmente reactivos en defensa de los mínimos amenazados por la reestructuración neoliberal, manifestando su austeridad propositiva. Las distintas mareas se encuentran en este estancamiento con la excepción del nuevo movimiento feminista.

Los años 15-16 fueron años de emergencia de nuevos sujetos políticos dotados de cierta capacidad de enunciación. Sus objetivos apuntaban a un nuevo escenario que tenía como objetivo trascender el vetusto y deteriorado régimen del 78. La regeneración de las instituciones políticas se entendía como el umbral de una reconstitución de todas las instituciones y esferas sociales. La palabra cambio se situaba en el centro de la escena. En la sociedad podía identificarse un estado de expectación muy pronunciado que afectaba a distintos colectivos e intereses sociales no representados en las instituciones.

Pero, en los dos últimos años se ha invertido esta situación de emergencia. Las viejas instituciones resisten –los viejos partidos, los viejos sindicatos, la patronal de la contraproductividad, las instituciones judiciales ubicadas en el pasado autoritario, las élites culturales ajenas a la descomposición social- en tanto que los conflictos colectivos son absorbidos por los media y reformulados en el mundo paralelo de la videopolítica. En este prosaico medio se desarrolla una definición de los problemas y las soluciones que se imponen sobre los actores. El resultado de la traslación de la sociedad real a la videopolítica es el vaciamiento de la idea del cambio prevalente hace un par de años. 

En este tiempo el cambio es replanteado y sus contenidos se remiten a la distribución de escaños en las distintas instituciones políticas. El asentamiento de esta tendencia favorece a las fuerzas más asociadas a los intereses económicos y sociales prevalecientes en la reestructuración. Las fuerzas sociales que controlan el empleo y la vivienda, endurecen las condiciones para una población severamente penalizada, al tiempo que las instituciones judiciales protagonizan una ofensiva contra los derechos civiles sin antecedentes. Las protestas en la calle o la libertad de expresión son redefinidas desde un derecho penal regresivo. 

Entre todos los acontecimientos regresivos, en los últimos días me han impresionado particularmente la exigencia del pago inmediato de sus préstamos a estudiantes, con un interés del 22 por ciento; la subida exponencial de alquileres; la extensión de la precariedad más intensa, ahora ubicada en las universidades; la espectacularización de las kellys trivializando su situación; las condenas a raperos, tuiteros y otras especies críticas en las redes, sustentada en ideologías conservadoras extremas; los registros a los espectadores de la final de copa en busca de símbolos inmateriales de contestación, que representa un modo de autoritarismo insólito… 

En tanto que estas medidas debilitan intensamente la capacidad política de los afectados, descomponiendo la base social de la izquierda política, la réplica a estas políticas se sitúa en mínimos históricos. Pero en el alegre mundo de la videopolítica estas transformaciones son presentadas en términos de la narrativa de rivalidad entre tertulianos, acompañada por una presentación de las situaciones y casos de vulnerabilidad con estéticas propias de un zoo. Cada pensionista, parado, inquilino amenazado, anciano desamparado y otros similares son exhibidos como un espectáculo que se subordina a las reglas en las que dominan los discursos de los distintos expertos en gobernabilidad.

La prodigiosa expansión de la videopolítica se contrapone con la debilidad creciente de los partidos políticos, los movimientos sociales y las asociaciones de la sociedad civil. En estos dos últimos años se han disipado las esperanzas de la emergencia de una nueva izquierda. Los dirigentes de Podemos son convertidos en muñecos de guiñol en el gran espectáculo de la política. La supuesta renovación del pesoe ha resultado ser una ficción que ha devenido en una situación en la que lo siniestro se apodera de toda la escena. Los sindicatos permanecen en estado peremne de invisibilidad televisiva, incapaces de aportar actores en la entretenida comedia de la actualidad política.

En una situación así, la corrupción adquiere una centralidad incuestionable. El florecimiento y la comparecencia de las grandes corrupciones de estado: La Gurtel, Bárcenas, la protagonizada por el matrimonio Urdangarín- Cristina Borbón; los ERE de Andalucía, la Púnica, las mediterráneas en versiones catalanas y valencianas, así como otras, es gradualmente metabolizada por el sistema político y mediático. A mi entender, esta es la cuestión esencial que define el signo del proceso en el que se encuentra la sociedad española. Así, en términos de evolución, la corrupción se sobrepone inapelablemente sobre las débiles instituciones políticas. 

Un factor esencial de esta derrota de la democracia radica en su mediatización. Convertida en un guion permanente para la videopolítica, que renueva sus episodios incesantemente, los actores que protagonizan los escándalos se acogen al privilegio del olvido, que adquiere formas de difuminación gradual por el paso del tiempo y el reemplazo por los nuevos casos. ¿Quién se acuerda ya de las tarjetas Black de CajaMadrid, las preferentes, de Rodrigo Rato o de la familia Pujol? La indignación que produjeron se ha disipado lentamente al emigrar al siguiente caso. La corrupción, en su versión de la videopolítica, adquiere la forma de una eterna circulación de malotes que liberan a los que los anteceden.

El efecto del reemplazo de casos y protagonistas en intervalos temporales cortos, imprime una velocidad que desborda los mecanismos de fijación en la conciencia colectiva. De este modo se genera una situación de saturación. Parece imposible seguir los casos uno a uno, conservando la tasa de indignación para los pasados. De este modo las televisiones se enfrentan al efecto perverso de los receptores hastiados, que no pueden procesar más información. Así, la corrupción deviene en redundancia. Los corruptos, poseedores de cuantiosos económicos pueden demorar los procesos judiciales favoreciendo su reemplazo en el imaginario colectivo.

Cada sujeto protagonista de un episodio de corrupción mediatizado, experimenta un proceso en el que, tras ser culpabilizado y convertirse en objeto de las iras colectivas, es paulatinamente redimido por el olvido, que favorece la recuperación de su imagen personal. De este modo, muchos de los corruptos maximizan sus actuaciones en los canales de la videopolítica y en los tiempos de decrecimiento del estigma inicial. Las apariciones de estos en episodios televisivos asociados a su caso judicial, cuyo horizonte temporal es muy dilatado, en tanto que se encuentra determinado por la acción dilatoria de sus abogados, representa una oportunidad para la rehabilitación de su imagen deteriorada ante los hipersaturados espectadores.

En esta situación, las comparecencias de los corruptos ante instancias parlamentarias, adquieren una relevancia fundamental. Pues bien, la debilidad de los partidos y las instituciones políticas en relación con la institución-corrupción se hace patente de un modo lamentable. En los últimos tiempos, varios corruptos han obtenido victorias contundentes en los cara a cara con los debilitados representantes políticos. Cuando Jordi Pujol acudió al Parlament hace unos años, avasallando a sus miembros mediante la  exhibición  del argumento de que “todos estamos involucrados en esto”, su rotunda victoria en este pleno tuvo como consecuencia la neutralización definitiva de esta endeble democracia. Todos los hechos posteriores ratifican esta derrota estrepitosa del control parlamentario. Careciendo de capacidad para ejercerlo no hay posibilidad alguna de democracia fáctica.

En las últimas comparecencias de distintos corruptos, se ha puesto de manifiesto la debilidad de los representantes políticos, carentes de capacidades personales para ejercer el control. En uno de los casos, el de Álvaro Pérez “el bigotes”, el patetismo alcanzó su cima. Este personaje, exhibe una capacidad sorprendente de neutralizar la crítica mediante la creación de un clima personalizado en el que impone un guion en la conversación, en el que los hechos se subordinan a una teatralización que le confiere la categoría de un tipo cotidiano afectado por una circunstancia fatal exterior a él mismo. Así despenaliza sus actuaciones e imprime un sello humorístico y emocional a la comparecencia.

Es insólito constatar cómo los representantes le siguen el juego. En un cara a cara de control parlamentario un representante tiene que asumir ineludiblemente que se encuentra investido por la autoridad de la institución y de la representación política. Esta le confiere una autoridad que tiene que imponer al interrogado. Recuerdo la solemnidad  y la autoridad de los representantes en el impeachment de Clinton. También de las intervenciones de Trillo, Gallardón y otros miembros del pepé frente a ministros corrompidos de los últimos gobiernos de Felipe González. En una situación así es inadmisible perder la dirección, el tono y favorecer un espacio al humor.

También Rajoy exhibe unas competencias supremas en las artes parlamentarias. Su dureza con quienes piensa que pueden reemplazarle en el gobierno, los del pesoe, contrasta con su capacidad para imprimir en sus discusiones con Pablo Iglesias una ironía y condescendencia insólitas, que desbordan al pobre Iglesias, que se ve forzado a alternar los tonos agrios y las descalificaciones gruesas con un sentido de correspondencia con su interlocutor. Su deseo de reconocimiento es reutilizado por Rajoy para integrarlo en un orden dialógico fingido.

El problema de la endeblez de los representantes de la leal oposición frente a los corrompidos en los cara a cara radica en su socialización en el mundo de la videopolítica. Cortejados por las televisiones amigas que les confieren un papel estelar en el relato del acontecer político, los lustrosos representantes de la nueva política pierden su capacidad de afrontar episodios críticos y exigentes en la vida política real. En este peculiar mundo televisivo, son entrenados en las humillaciones de Inda y otros similares, sometidos a los interrogatorios de los expertos y agasajados por los periodistas amigos. Ese mundo ficticio se disuelve cuando se encuentran cara a cara con los poderosos corrompidos. El político que más me enerva es Joan Baldobí, que vive en una sucesión de platós amigos en los que se ha especializado como el hombre bueno. Este modelo es el que sigue también el inefable Gabilondo. 

Estos políticos protegidos, cuando se encuentran cara a cara con los corruptos carecen de la fuerza que les otorga la representación y son avasallados por los depravados. El caso de Camps fue esclarecedor. Mostró una fuerza muy superior a la de sus tímidos interrogadores. Saber gestionar una situación de tensión, sin conceder al interlocutor la prerrogativa de avasallarlo, es una cuestión fundamental. Se trata de situaciones en las que no es posible ceder y en las que los contenidos y las formas severas son ineludibles. En el cara a cara televisivo entre Rajoy y Sánchez de las últimas elecciones, este utilizó el tono justo adecuado a su interlocutor. Pienso que este episodio aislado generó una cadena de afectos que le permitió revertir su propia destitución en el pesoe. 

Las derrotas sucesivas en los cara a cara parlamentarios de una oposición carente de inteligencia, capacidad y determinación, genera escepticismo en los agotados y desesperanzados espectadores-votantes. De este modo los corruptos se van relevando y repartiendo la cuota social de indignación. Nadie se acuerda ya de Bárcenas. Su comparecencia en el congreso avala su fortaleza y consistencia. En su esquema mental, los representados no son otra cosa que gentes que no han logrado llegar a posiciones altas. En este sentido los desprecia y no reconoce la autoridad que puedan tener sus representantes. Así, uno a uno, todos son gradualmente condonados en sus responsabilidades, en espera de las resoluciones de los tribunales. Si alguna vez son sentenciados, sus condenas se acogerán al amparo de las instituciones penitenciarias, tan comprensivas con personas tan distinguidas. Una condena determinada se transformará en otra indeterminada por acumulación de beneficios. El maestro mallorquín Jaume Matas muestra el camino.

Entretanto, sigue la función en los platós y las instituciones políticas escrutadas por las cámaras. No pocos de sus moradores habituales se comportan como fieles creyentes de la narrativa que genera este medio, en la convicción de que la televisión representa un altavoz amplificador de sus mensajes. Pero, por el contrario, la tele implica la subordinación a una narrativa y unas reglas de enunciación que los desborda ¡bienvenidos al mundo del realismo televisivo¡ Buena suerte para el cambio político.



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