miércoles, 29 de noviembre de 2017

EDU, PACO, MIGUELÓN Y OTROS CHICOS DEL MONTÓN



Son  los chicos de la tele que se han instalado en el imaginario colectivo en los años de crisis y poscrisis, en los que las tertulias políticas se han asentado como un género televisivo sustentado en una audiencia considerable, siguiendo la estela de los reality shows y otras programaciones emergentes. La primera película de Almodóvar –Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón- me sirve de inspiración para escribir este post, en tanto que existe un vínculo entre relatos y personajes tan estrafalarios, así como los mundos que habitan, en los que lo grotesco adquiere una potencialidad inusitada.

Lo que se entiende como crisis es, en realidad, un episodio de un proceso de reestructuración de las sociedades del presente, en su inexorable camino hacia los tipos neoliberales más avanzados. Así, la crisis es un salto brusco en ese proceso, que conlleva una conmoción social considerable. Esta genera nuevos temores colectivos y un estado de inquietud entre los sectores sociales dependientes de las actividades productivas que son sepultadas por las emergentes regidas por otros códigos. El estado de depresión colectiva de los años del shock,  dio lugar a un incremento de conflictos que se escenificaban en las calles, así como un interés creciente por la política, el gobierno y las instituciones.

En esta situación el conflicto fue desplazado a la realidad mediática, reapropiándose la televisión del mismo, y convirtiendo a los indignados y temerosos participantes de las calles en espectadores. Así nacen los programas dirigidos a las grandes audiencias, en los que se produce una realidad que, bajo la apariencia del hiperrealismo de la pantalla, es solo una simulación del conflicto real. En la realidad virtual resultante, emergen los nuevos comandantes arribados al mundo de las pantallas, nucleados en torno a Pablo Iglesias. Junto a estos comparece una corte de periodistas justicieros, ilustres enojados y frikis coléricos de varias clases. En contraposición a estos, se personan los chicos malos de la derecha, imprescindibles para completar el guion que cumplimente la simulación audiovisual del conflicto real. 

El ecosistema televisivo se modifica radicalmente como resultado de la instalación de la mitológica crisis. De un lado comparecen los nuevos programas políticos, que llegan a conquistar espacios centrales en la programación, llegando a instalarse en el mismísimo sábado noche, en este caso como una fiebre leve. De otro, todos los realities y otros géneros similares se reconvierten, incluyendo  el espectáculo de la política en sus tiempos de emisión. Ana Rosa Quintana y Susana Griso irrumpen impetuosamente en el campo, tratando los contenidos desde los códigos de la programación del corazón. Por último, las televisiones ideológicas de la derecha refuerzan su acción, activando las figuras de líderes mediáticos apocalípticos, telepredicadores anunciadores de peligros pavorosos y catástrofes inminentes, así como profetas de las amenazas ocultas.

El ecosistema comunicativo de las teles es simultáneo con la expansión del periodismo escrito digital, así como con la actividad frenética de las redes sociales. De las sinergias entre estos tres componentes se genera un conjunto caracterizado por una actividad intensa de informaciones, interpretaciones, manipulaciones, bulos y otras comunicaciones, de los que resulta un estado de confusión de alto nivel. Los analistas reflexivos y sólidos, que producen textos en los digitales, son reinterpretados en el mundo mediático mediante el despiece de sus textos, que son reconvertidos a fragmentos presentados en términos de frases incisivas que generan polémicas que reclaman la atención y se disipan sin dejar rastro, siendo reemplazadas por las sucesivas. 

En esta burbuja político- mediática, la notoriedad se adquiere por las actuaciones audiovisuales, en detrimento de los columnistas o analistas dotados de espesor y una perspectiva.  En coherencia con este supuesto, los participantes en los novísimos géneros políticos deben acreditar su arte escénico. Así, distintos expertos procedentes del mundo académico –economistas, politólogos, sociólogos, comunicólogos y otros similares-  deben avalar su adaptación a este medio mediante la adopción de una máscara adecuada que contribuya a su valor de cambio en este medio veloz y compulsivo, para que prevalezca su estilo personal sobre sus aportaciones, que son vaciadas en este contexto. Los comentaristas dotados de un estilo singular que acompañe a su pegada mediática, así como su capacidad de encajar los golpes rivales, se constituyen en estrellas rutilantes que transitan por distintas televisiones, convocados por su capacidad escénica acreditada. Los imperativos provenientes del género del corazón se hacen presentes en este campo. Un experto sólido como Juan Torres,  tiene que abandonar un plató al no poder soportar la presión del interrogatorio. El espectro de María Patiño, con acreditada capacidad para asestar y encajar golpes en el plató, se hace patente.

Las vedetes televisivas que circulan por este sistema se pueden definir, más que por sus aportaciones intelectivas, por ser portadores de una máscara personal que enlaza con las expectativas de la audiencia. Así, cualesquiera de los tertulianos de moda que discurren por el ecosistema televisivo, justifica su capacidad de adaptación a la función que escenifica el medio que lo convoca. Esta es la idea que me ha llevado a escribir este post. El tertuliano-camaleón merecedor de la máxima consideración es el pobre Antonio Miguel Carmona. Este transita por todas las televisiones sin excepción. En cada una es capaz de modular su mensaje adaptándose al medio. Inspirado en su experiencia escribí un post "Los profesores tertulianos”. En el Gato al Agua o en la 13 se presenta como militar patriótico y se distancia de su partido mediante unas sutilezas conceptuales asombrosas. Pero si comparte tertulia en la cuatro o la sexta trata de ubicarse en el espacio imaginario fronterizo de la izquierda.

He escogido entre la gama de chicos de la derecha que habitan en  las televisiones de espectacularización plural del conflicto, la cuatro y la sexta principalmente. Estos representan nítidamente los arquetipos tradicionales de la derecha política y cultural española. Edu es Eduardo Inda. Paco es Paco Marhuenda, y Miguelón es Antonio Miguel Carmona. Junto a ellos se prodiga una gran variedad de personajes que exhiben múltiples matices. Pero los tres casos son inconmensurables. Me he detenido en observar sus intervenciones en distintos medios del ecosistema televisivo. Este es un aspecto esencial, porque al igual que en el caso de Miguelón, Edu y Paco tienen la capacidad de transformarse según el medio en el que comparezcan.

Edu representa el arquetipo del empresario local de casino en el capitalismo atrasado tradicional español. Este depende de los negocios en los que tiene que ejercitar sus dotes de obtener beneficios en transacciones que se resuelven en el plano del cara a cara. Así tiene que mostrar su energía para sobreponerse al de la otra parte contratante. En sus encuentros muestra la capacidad de discriminar entre sus interlocutores. Si tiene el rango de un señor, puede mantener la convención del respeto mutuo, pero si los considera por debajo de ese umbral, se prodiga como un tipo duro que actúa sin contemplaciones. Así reproduce el arte de mandar, un precepto esencial para la derecha convencional. Mandar sobre los inferiores se sustenta sobre la energía,  la determinación y la contundencia.

En sus encuentros con personas procedentes de la galaxia del progresismo en las distintas versiones, exhibe su dureza en la interacción. Entiende que escuchar o dialogar con inferiores es una debilidad inadmisible. Así interrumpe, grita, menosprecia, etiqueta y presenta sus estereotipos en frases cortas en tono de sentencias. La debilidad de sus argumentos o fundamentación empírica de sus afirmaciones se compensa con su estilo falangista, del que escenifica la última versión actualizada de la dialéctica de los puños y las pistolas. Pero la clave que hace inteligible sus actuaciones es el desprecio absoluto por sus interlocutores en el caso que los considere por debajo del dintel de señores.  De este modo cultiva un estilo que privilegia sus tonos sobre sus argumentos. Muestra su capacidad de encajar en la bronca, situación en la que se siente cómodo. Su punto fuerte radica en su capacidad de subvertir el debate.

Pero el aspecto más relevante de las actuaciones de Edu es su seguridad en que puede dinamitar un debate sin que le reporte consecuencias. La comprensión del presentador del programa de turno se encuentra asegurada. De este modo se conforma como un actor que tiene la capacidad de destruir una sesión, creando un clima en el que es imposible la conversación. Cuando comparecen en el escenario las distintas versiones de la galaxia progre practica la técnica del interrogatorio, humillándolos con acusaciones personales y tonos desmesurados. Así se confirma la fuerza de los señores frente a la debilidad de los portavoces  de la izquierda, que son desvelados como impostores. Su estrategia es producir una confrontación frontal que impida el debate racionalizado, desentendiéndose de la carga de la argumentación y refutación. Su intervención siempre se sitúa en el límite, avalando su seguridad de que no será penalizado.

Edu se ha formado en los métodos del periodismo deportivo español, en el que la realidad adquiere una naturaleza de realismo mágico. Los clubs realizan inversiones muy superiores a los resultados y el control de los socios es inexistente. El relato de su gestión se realiza por una prensa deportiva que crea y renueva fantasías para una masa de seguidores que huyen de racionalizaciones. El periodismo fomenta la creación de ídolos que sostengan las expectativas irreales de los contingentes de socios. En una situación así el rigor tiende a disiparse y la manipulación alcanza niveles supremos. El respeto a las fuentes fidedignas y los procedimientos adecuados de las informaciones se disuelven en este medio. En una situación de esta naturaleza los informadores se subordinan a los presidentes, desempeñando la función de justificación de los resultados, siempre inferiores a las expectativas fabricadas en los medios.

Paco representa un arquetipo diferente. Se trata de un tipo blando, en tanto que su privilegiada posición no se encuentra determinada por los negocios. Su naturaleza remite más a la cuna y el sistema de relaciones sociales asociado a su posición heredada. Pero la clave de su biografía remite a un tiempo fantástico, en el que la transición penalizó a la vieja derecha, que se derrumba con el franquismo. En ese vacío se forja la nueva generación de periodistas de derecha, que disfrutan de una oportunidad única de posicionarse en los nuevos dispositivos del poder. Paco es uno de ellos. Periodista, miembro de la UCD, profesor universitario de las primeras promociones de las novísimas facultades de ciencias de la información. Paco no tiene que aguardar el tiempo debido para obtener una posición de salida muy considerable.

Una vez obtenida la licencia de periodista de guardia en los primeros años y en la travesía del desierto del gobierno del pesoe, Paco ocupa una posición confortable ubicada en las intersecciones entre las distintas redes de poder. Su capital relacional alcanza unos niveles que aseguran su presencia en los dispositivos de escolta al gobierno. No ha creado nada pero todos le reconocen su prudencia como intermediario pragmático. Su trayectoria biográfica explica sus intervenciones, que expresan su fragilidad. No es Pedro J u otras personas brillantes de la derecha. Pero su arte consiste en exhibir sin pudor sus puntos fuertes. Es director de La Razón, ha sido asesor de Rajoy y ocupado posiciones privilegiadas que le confieren un estatuto de seguridad.

La debilidad de sus intervenciones la compensa mediante la presentación de informaciones de fuentes inaccesibles para otros. También por la continua alusión a su posición institucional. Reitera su argumento a favor de los expertos. En cualquier discusión alude a los abogados o profesores como autoridad única, lo que compensa la penuria de sus argumentos. Pero tras la máscara de persona dialogante se esconde un genio que moviliza cuando se siente frágil frente a colegas progresistas más sólidos. Entonces revela su nivel profesional y moviliza su posición en la empresa, advirtiendo que se ha llegado al límite.

Me impresiona mucho su seguridad en que los cambios no llegarán a un nivel que pueda amenazar sus posiciones. Es insólito contemplar cómo anticipa resultados de procesos judiciales, siempre favorables a las élites. En el caso de la superinfanta Cristina se convirtió en profeta anticipado. Su discurso se puede sintetizar en el viejo precepto bíblico de “no os hagáis ilusiones, al reino de los cielos irán los de siempre”.  Su advertencia a propósito de la perpetuación de las posiciones sociales es antológica. En la seguridad que le otorgan sus referencias practica un paternalismo manifiesto con aquellos que son denominados como “ciudadanos de a pie”. Sus posicionamientos en los grandes temas derivados de la reestructuración, como precarización o incremento de desigualdades, exhibe una dureza insólita, revestida del guante de seda, que le confiere una imagen casi entrañable en la realidad de la tele, que se ha emancipado de la realidad social vivida en los escenarios de la vida cotidiana.

Los tres héroes aludidos en este texto comparten el desprecio casi infinito que les suscitan los espectadores. En muchas ocasiones no puedo dejar de asombrarme ante la desfachatez acreditada y reiterada en muchas de sus intervenciones. Pero esta es una parte constitutiva del espectáculo televisivo, que requiere de “hombres de paja” para su reproducción. Porque estos personajes que parecen algo en las televisiones plurales, se disipan cuando acuden a las teles de la derecha, en las que se encuentran los “hombre fuertes” que elaboran el relato del gobierno. Es antológico contemplar a Miguelón apaleado en Intereconomía o a Edu y Paco en la tertulia matinal de Federico Jiménez Losantos. En esta, el presentador pone en escena un repertorio variado de formas de egolatría, impidiendo que sus invitados hablen más de diez segundos. Es fascinante contemplar las respuestas de estos a una situación límite de esta naturaleza. Edu, Paco, Pedro J y otros, se sientan con sus móviles o tabletas en las que centran su atención, manifestando su ausencia del monólogo. Solo hablan cuando son aludidos.

 Misterios de la tele y de sus chicos del montón mediático. Lo peor es que los efectos de la suma de los flujos mediáticos emitidos no contribuye a esclarecer las situaciones, sino todo lo contrario. Generan un estado de dispersión y confusión en el que se hace posible la reproducción de las élites, el mal gobierno y la creciente desigualdad social. Así se construye el mundo ficticio en el que se desempeñan los tres héroes: Edu, Paco y Miguelón.





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