miércoles, 21 de septiembre de 2016

NAGUIB MAHFUZ EN LA CONSULTA




                                             DERIVAS DIABÉTICAS

La relación médico-paciente está regulada por un régimen de excepción desde la perspectiva de la vida cotidiana. Esta significa un momento en el que se invierten todos los códigos de la vida corriente. El paciente se encuentra cara a cara con un experto que interviene sobre el estado de su cuerpo tomando decisiones fundadas en un saber técnico que se referencia en supuestos extraños a lo que es vivido como lo normal. En este mundo de la consulta, el paciente se encuentra en una posición  de subordinación, que determina su comportamiento pautado por la institución médica, que apenas deja márgenes para la discrecionalidad. Pero cuando la consulta concluye, el paciente recupera su posición en la vida cotidiana, en la que tiene un margen de potestad en sus comportamientos muy considerable.

El paciente es un ser vivo, que en la vida diaria puede esquivar las conminaciones procedentes de los distintos campos expertos, uno de ellos es el de la medicina, así como las determinaciones que como ser social le imponen las estructuras sociales y culturales del mundo social al que pertenece. La vida cotidiana es un campo de posibilidades de hacer y pensar, que pueden traspasar las fronteras de lo que es considerado como normal. La trasgresión siempre es una posibilidad estimulante que deviene en un ingrediente de la buena vida. Las fiestas y otros acontecimientos colectivos significan tiempos de suspensión del comportamiento normal impuesto por los sistemas expertos y los sistemas sociales.

El paciente no es el ente mecánico que se hace presente en las consultas, sino un ser distinto, que posee una perspectiva “interior”, compuesta por elementos cognitivos y subjetivos influidos por su contexto social, que se basan en racionalizaciones con distintos grados de consistencia. En su vida ordinaria elabora una perspectiva particular, que es una síntesis de sus pensamientos, imaginaciones, saberes, experiencias y relaciones, en la que los expertos solo son fuentes que mezcla él mismo. Las prescripciones de los profesionales son procesadas por los sistemas sociales informales que conforman el mundo del paciente. Pero este es un ser activo que vive en una encrucijada de saberes y preceptos, dependiendo de la influencia de sus redes cotidianas, pero conservando un margen personal para decidir sobre sus actuaciones.

En este blog he comentado la perspectiva de Michael de Certeau, que muestra a las personas en sus contextos cotidianos movilizando sus astucias para neutralizar la superioridad de los profesionales. Se trata de una resistencia tejida de prácticas múltiples,  pero carente de un discurso organizado, así como de una racionalización que la sustente. El arte de la resistencia se funda en la erosión del poder experto mediante tácticas sofisticadas y chapuceras, así como la movilización del poder que confiere la recepción selectiva, donde cada uno hace su lectura de los discursos procedentes de fuentes oficiales.

Esta perspectiva del paciente puede ser comprendida desde la obra de uno de los escritores más sugerentes para entender la vida diaria y el papel que representan las personas liberadas de los poderes expertos. Es el escritor egipcio Naguib Mahfuz, premio nobel de literatura en 1988. En algunos de sus libros muestra esplendorosamente las capacidades de las personas para constituir su mundo intersubjetivo, generando significaciones autónomas de las definiciones oficiales. Me fascinan las lúcidas descripciones de El Cairo de los años sesenta, en las que viven distintas clase de personas que construyen significados a través de sus propias experiencias, creando micromundos llenos de vigor y energía. Así se configuran distintas microsociedades que se asientan en la calle, que son habitadas por gentes vivas que construyen su vida desde su perspectiva autónoma a los sistemas expertos, muy débiles en esta época.

Los personajes de Mahfuz son inteligibles desde su perspectiva interna, que resulta de la metabolización de sus experiencias y sus prácticas. Lo más significativo es que sus ideas, creencias y valoraciones, se funden generando una visión particular desde la que se vive el mundo. En El Cairo de estos años los sistemas expertos son manifiestamente raquíticos, de modo que influyen poco en las personas y los contextos tan activos como los que describe. Estos personajes presentan una alta capacidad para activar su percepción y la interiorización de las informaciones que resultan de sus propias vivencias.  En ausencia de la ciencia, así como de las visiones que genera, se producen mundos sociales formidables, fundados en las valoraciones de los participantes sobre su propio mundo. La vida es reconstituida desde la experiencia. En esa consistente visión resalta la importancia de lo sentido y lo narrado.

En los mundos de Mahfuz la vitalidad comunitaria es manifiesta.  Pero los mundos vivos que muestra son relegados en las ciencias sociales modernas, que optan por el paradigma de la modernización, entendida como la multiplicación de esferas funcionales autónomas regidas por la racionalidad científico-técnica de sus expertos. Este proceso ha desembocado en una expertocracia creciente que redefine a sus participantes en términos de usuarios, inevitablemente inferiores en los códigos que rigen estos sistemas funcionales. El mundo de los sistemas expertos relega la vida corriente. El avance de estos determina la aparición de tensiones y de espacios sociales que recuperan la vida entendida más allá de la racionalización. La formidable explosión del finde en los últimos años,  supone la creación de un mundo liberado de lo experto-racional, así como una inequívoca réplica a este.

En una de las novelas menores de Mahfuz, El Mendigo, se narra la crisis de Omar, un abogado acomodado que experimenta una crisis personal que lo paraliza, sumiéndolo  en un estado inquietante de desinterés por la vida. En esta situación comparece un médico con el que dialoga en búsqueda de una solución. Me parece fascinante este encuentro, en tanto que el médico no encuentra una relación entre la grave situación personal y su universo de diagnósticos. Así, remite el mal al carril de lo psicológico, en el margen de lo biológico.  Omar se interroga sobre el sentido de la vida, pregunta que desborda a las racionalizaciones de la medicina.

Así el médico, cuando es requerido a responder acerca del sentido de la vida, pronuncia una frase antológica que ilustra su concepto de la salud, la enfermedad y la vida. Dice “No tengo tiempo para esas cosas, continuamente estoy al servicio de los que me necesitan, para mí esa pregunta no tiene sentido”. Los que lo necesitan tienen necesidades biológicas definidas por la medicina. Ese es el núcleo de los supuestos y sentidos subyacentes en la biomedicina: Curar lo que sea posible, paliar problemas insolubles y conservar a aquellos  que sea factible en un estado de vida orgánica. Toda la acción y la investigación se inscribe en ese cuadro de finalidades. La vida es reducida a la dimensión del funcionamiento de su cuerpo. La ciencia biológica impone su perspectiva, que relega las emociones y las prácticas diarias que no tienen una finalidad insertada en la reproducción de la máquina biológica.

Por el contrario, los pacientes somos personas que vivimos nuestras largas vidas. La cronicidad complica esos procesos. En este devenir vital, nuestras prácticas diarias se amparan en un catálogo de sentimientos y emociones que van más allá de lo racional. Pero estas no son reconocidas por la institución de la medicina que actúa sobre nuestros cuerpos en el vacío de lo sentido. Muchas prescripciones se ubican en un territorio imposible de cumplir, en tanto que se asientan en un territorio vital que se asemeja al concepto de limbo. En estas coordenadas se privilegia lo funcional en detrimento de la vida diaria.

Los pacientes somos personas simbólicas con capacidad de sentir e imaginar. Así la ficción representa un ingrediente imprescindible en lo vivido. Nuestras actuaciones tienen un vínculo con el pasado, rememorado permanentemente las experiencias gratificantes almacenadas en la memoria. En mi caso particular, el mundo del dulce de mi infancia, con los pasteles, las tartas, la bollería y el chocolate-rey, siempre es rememorado y activado por acontecimientos. La prohibición se entremezcla con la fantasía y la añoranza de un paraíso perdido que reaparece inevitablemente en el mitológico postre. Lo mismo el tabaco, un placer añorado por el recuerdo de los mejores cigarrillos tras las comidas copiosas y llenas de ricos sabores.

La ciencia se ubica en el más allá de la vida diaria, que Mahfuz presenta en personajes inconmensurables, que inventan, viven, sienten y sueñan en los márgenes de lo que la moderna sociología entiende como posiciones sociales. Este esplendor contrasta con la vida anestesiada que nos propone la biomedicina, que nos propone ser sujetos racionalizados calculadores de calorías y gestores de un orden rígido en nuestras vidas, en las que las excepciones son desterradas, en tanto que su sentido es pasar los sucesivos controles cumpliendo los estándares. No, ese no puede ser el sentido de una buena vida. Cada paciente tiene que negociar con su mal para inventar una vida que pueda esquivar a la racionalización terapéutica total y recuperar excepciones que compensen los rigores de los tratamientos.

Me acuerdo inevitablemente del escritor austríaco Thomas Bernhard, enfermo crónico durante la mayor parte de su vida, por lo que tuvo una relación intensa con los médicos. En un texto de su autobiografía comenta críticamente la visión congelada de esta institución y cuestiona  su confinamiento de la vida. Bernhard afirma que “quería vivir y vivir mi vida”. Esto es justamente la lo que aspiramos los condenados a tratamiento perpetuo.

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