martes, 30 de agosto de 2016

LA TERCERA RECLUSIÓN DE LAS PERSONAS MAYORES




Las biografías de las personas mayores en el presente se rigen por una extraña lógica. En tanto que sus descendientes experimentan una vida en mejores condiciones materiales, en la que los incrementos de las movilidades, las experiencias vitales y las relaciones sociales son manifiestos, ellos son apartados gradualmente, terminando en la mayoría de los casos segregados de la vida social y almacenados en unas instituciones cuya  apariencia las distingue de los antiguos asilos, pero en la que no se puede ocultar el vínculo con estos. En estas la función residencial se subordina a la de control estricto sobre una población que no se puede evitar denominarla como los “internos”.

El declive inevitable de los mayores produce una cruel paradoja: En tanto que han legado un mundo mejor a sus herederos, son expulsados de los espacios domésticos para ser recluidos en instituciones que los custodian y cuidan. De este modo, el concepto organizador de estas sociedades, que se especifica en la idea de bienestar, no es universal. El incremento de la esperanza de vida tiene un efecto perverso: la configuración de una etapa para muchos ancianos de una vida de encierro y una cotidianeidad privada de los afectos de antaño. Me impresiona muchísimo contemplar los días de las elecciones a los ancianos movilizados y desplazados a los colegios electorales, con sus sobres cerrados en sus manos y custodiados por sus vigilantes. Esta es la penúltima utilidad en la que son exprimidos. 

La primera reclusión de estas generaciones es la que se asocia a distintos ámbitos en los que desarrollan sus vidas. El matrimonio estable; la vivienda en propiedad financiada en tiempos largos; los trabajos fijos duraderos  y las rutinas que presiden unas vidas estructuradas en torno a los hijos y los nietos. Este es el sentido organizador de la vida y del hogar, al que se encuentran subordinados todos los demás. Una buena vida es el laborar por progreso de los descendientes. Así transcurren largos periodos de tiempo, en el que  las actividades primordiales  son inversiones para mejorar el futuro del clan familiar. La impetuosa irrupción del consumo de masas no altera la movilización familiar para el futuro de los hijos y de los nietos, que se regula mediante el sacrificio, en mil versiones para esta generación.

El segundo encierro comienza tras la jubilación, la dispersión de los miembros de la familia, el extrañamiento creciente del medio que les rodea, la reclusión creciente en la viviendar y el distanciamiento con respecto a su entorno inmediato. Hace unos meses escribí un post “Mayores en arresto domiciliario”, en el que analizaba esta cuestión. En este periodo de reclusión doméstica creciente, las visitas y las relaciones familiares se producen en intervalos de tiempo cada vez mayores. Así instaura un proceso en el que se debilitan todos los lazos sociales del pasado y se incrementa la presencia de la familia pública, representada en un nexo creciente con los servicios sociales y de salud. 

Si bien el signo de este proceso es de creciente introversión, debilitación de capacidades para ejercitar las funciones de la vida cotidiana y dependencia progresiva, la vida tiene lugar en un espacio que fue un hogar. Todos los objetos, los muebles y los huecos representan la memoria de un pasado convivencial. Los seres queridos están siempre presentes allí. La materialidad y las vivencias están asociadas a la vivienda. El espacio es vivido desde su pasado, esplendoroso al ser reavivado en la memoria selectiva. El sentido de la vida es la espera de que comparezcan los ausentes. La promesa de la navidad, las felicitaciones por los cumpleaños, la llegada de noticias sobre acontecimientos de los descendientes o las visitas que terminan en salidas que se experimentan como una protección confortable frente a la hostilidad creciente del miedo urbano.

La casa es una fortaleza que alberga el espacio de la autonomía. El anciano come lo que le gusta, recrea el mundo a partir de los contenidos de las largas sesiones de televisión, decide los horarios y revive en soledad sus recuerdos. El declive termina por reforzar su autonomía en la decisión de sus actividades cotidianas. Se termina configurando como un solitario nostálgico, un robinson doméstico que crea su mundo, gestiona sus pequeñas satisfacciones y decide las excepciones. En el caso de presencia de animales domésticos desarrolla con estos una relación muy intensa que palia su soledad. En el silencio del hogar lo acompaña junto a sus nostalgias, sus sueños y sus amarguras en espera del siguiente episodio familiar.

En muchos casos los visitantes procedentes de la familia pública representan un alivio. Les proporcionan una compañía fundamental en el ciclo del día, así como en sus menguantes salidas. También las visitas a los médicos y enfermeras, que les proporcionan la oportunidad de expresar afectos y sentirse respetados. Los residentes solitarios que rememoran su pasado se proporcionan pequeñas gratificaciones cotidianas en las largas horas de soledad. Así compensan el dolor que en distintos grados los acompañan por su marginación familiar. El futuro es la espera del efímero retorno de los suyos, sea en forma de llamadas, de visitas o de noticias. El fin de semana tiene un sentido inverso al de la mayoría. Para ellos es un tiempo de suspensión de lo social, en el que las familias pública y privada se disipan.

Así se configura un ser social solitario, marcado por la pérdida cotidiana de los suyos y la constatación de las señales de su propio declive físico,  pero soberano en su hogar, en donde ejerce su autonomía mediante sus prácticas y decisiones de alivio de su soledad. La casa termina por ser un refugio en donde un ser soberano compensa sus adversidades y gestiona las relaciones menguantes con sus familias privadas y públicas. Así ejerce el control cotidiano sobre distintos aspectos de su vida. Las largas horas de soledad lo convierten en un activo oyente de la radio o en un voyeur televisivo. Sus carencias cognitivas y afectivas lo configuran como un damnificado por la comunicación audiovisual que recrea ficciones que se sobreponen a sus austeras vidas.

Un día aparece una señal nueva en términos de un accidente, un episodio de salud negativo, un estado psicológico percibido como deplorable, un examen de los peritos de la vida dictaminadores de riesgos o un acontecimiento familiar inesperado. Esta desencadena un proceso de decisión conjunta de sus familiares y los sistemas expertos que concluye en su ingreso en una institución de custodia. Así se inicia su tercer encierro o confinamiento final. La distancia entre el la etapa de reclusión abierta doméstica y la residencia es enorme. Representa una situación nueva en la que es convertido en un interno, despojándolo de las ventajas que conservaba en la etapa de clausura doméstica aliviada.

La residencia es inequívocamente una institución total en el sentido definido por Goffman. La función de control se sobrepone a todas las demás. Se trata de instituciones en las que reina el imaginario médico, que convierte a cada interno en un ente físico que es preciso conservar, así como la de las psicologías fundadas en el supuesto de que las emociones, las relaciones humanas y los entornos se pueden constituir artificialmente, mediante medios equivalentes a las prótesis. Estas instituciones son espacios segregados de la sociedad, donde se impone la lógica de una vida cotidiana estrictamente reglamentada que no admite excepciones. Este orden organiza toda la vida cotidiana. No existen tiempos o espacios en los que los internos dispongan de discrecionalidad. El territorio personal que representaba la antigua vivienda se disipa y la intimidad desaparece.

El internamiento suscita un conjunto de pérdidas traumáticas, que los expertos de esta “industria conservera” de los ancianos no alcanzan a comprender. Las ventajas de la segunda reclusión, las he expuesto anteriormente. El choque al aterrizar en la institución total es terrible. En muchos casos se producen resistencias, pero el estado de debilidad determina que estas se quiebren y el interno sea reducido al pragmatismo de que esa es su realidad. Así termina por asumir su propia identidad de persona disminuida. En un tiempo corto su yo debilitado es drásticamente remodelado. La sumisión e infantilización son promocionadas y recompensadas institucionalmente. Es inevitable que acepte finalmente ser un ser encerrado, alimentado, vigilado, medicado, escrutado, entretenido, alimentado afectivamente por pequeñas dosis intermitentes y objeto de ficciones amistosas. No ignoro que existen excepciones, pero la perspectiva de la gerontología es lamentable.

Unas vecinas mías muy mayores y en muy mal estado de salud fueron finalmente ingresadas en una residencia hace unos años. Una de las razones de la decisión familiar fue vender su casa en un buen momento del mercado inmobiliario. Estas vecinas resistieron la institucionalización manteniendo su rebeldía, a pesar de que perdían una a una todas las batallas. Entonces consiguieron fugarse. Fue su último acto creativo y vivo. Solo pudieron mantenerse un par de horas fuera de la residencia y fueron localizadas por la policía y devueltas al internado. Algunas veces he imaginado una fuga de internos y su comparecencia en el centro de la ciudad.

La fuga denota la naturaleza del encierro y el grado en el que es constituido como un inválido en grado supremo. Una amiga mía que canta en un coro en Madrid, llegó a dejarlo tras vivir la experiencia de actuar en varias residencias. La suma del declive y el cese de la resistencia propicia un cuadro insoportable para cualquier sensibilidad. El clima artificial de ocio celebrativo encubre la realidad  de reducción de la vida a su conservación. Desde hace años busco imágenes que ilustren este encierro. No me he atrevido a añadirlas aquí.

Entiendo perfectamente que el declive físico y mental es inevitable y que no es viable que sus costes recaigan en las familias. Pero una sociedad tan poderosa, en la que el desarrollo tecnológico y la producción de objetos y servicios se sustenta en una inteligencia y una creatividad formidable, se muestra incapaz de invertir una parte de estas en inventar una alternativa al encierro en instituciones totales. En este caso oculta las realidades críticas y asume que la última etapa de la vida tiene que representar un equivalente al misterioso purgatorio, confirmando la metáfora del valle de lágrimas.

¿no se puede explorar otro camino? ¿es inevitable este sufrimiento? y ¿podemos definir como progreso el curso de estas sociedades desentendiéndose de estas y otras víctimas? Mi respuesta es no. Se encuentran disponibles mejores armas, medicamentos, máquinas de uso individual y otros objetos. Pero la gente se muere en instituciones totales después de ser extirpada de su propio medio. Eso no es aceptable.




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