jueves, 21 de enero de 2016

LA SALUD Y LA VIDA EN SUBLIME MENOR

El concepto de salud experimenta transformaciones muy importantes en las sociedades postmodernas. Estas resultan de la pluralidad de agentes, intereses y fuentes que pujan en su formulación. La profesión médica pierde el monopolio de su definición y tiene que compartirlo con varios extraños compañeros de viaje. Los intensos cambios sociales generan una acentuada contraposición entre los imperativos requeridos para mantener la salud en la versión de la medicina actual, asociada a las enfermedades, y los preceptos que configuran una buena vida, que son construidos interactivamente con las industrias culturales, las industrias del cuerpo y las corrientes sociales manifiestas y subterráneas que gobiernan la vida. La revalorización de lo cotidiano implica la generación de una esfera de la vida que se rige por un sistema de sentidos que relega lo racional.

La transformación postmoderna global genera una temporalidad inédita hasta ahora. Se trata del largo fin de semana, el finde, que junto a los distintos períodos de vacaciones, modelan un tiempo en el que se produce una reversión del sistema imperante. En este tiempo liberado de las obligaciones tienen lugar un conjunto de prácticas sociales que son ejecutadas en un sistema social inédito. Maffesoli lo sintetiza certeramente como “el envés nocturno del sistema”. La diferencia más importante entre las configuraciones sociales que viven la sociedad nocturna con respecto a las que rigen en el sistema, radica en que estas no son comunidades racionales que comparten un discurso racionalizado, ni colectivos cohesionados por intereses comunes. Por el contrario, son sistemas sociales sensoriales.

Esta es la razón por la que las venerables ciencias sociales muestran su incapacidad de identificarlas, y ubican sus relaciones y prácticas sociales en un tiempo periférico, diferente a lo que se entiende  como tiempo de trabajo y obligación, al que se denomina como ocio. Así se minimiza  su naturaleza, atribuyéndole una significación menor, como fenómeno subordinado a lo que se considera importante, como la política, la economía, la educación o la salud. Desde hace muchos años soy profesor universitario, lo que permite a mis sentidos acceder a esta realidad, que no deja de crecer interfiriendo la vida académica mediante la consolidación de un cóctel de temporalidades de efectos explosivos.

Las multitudes que se congregan y dispersan en múltiples espacios en los tiempos liberados de la lógica de la obligación, se pueden definir como verdaderas configuraciones sociales unidas por sentir en común. Así se configura una masa dotada de una energía derivada de sus capacidades de sentir. Lo conceptual se disuelve en esta esfera de la vida. La expansión prodigiosa del sentir compartido genera una energía muy poderosa, la marcha, que deviene en pasiones comunes y prácticas vividas. La fuerza de estas es tan potente que lo constituye en un ámbito privilegiado de la vida. La cohesión de este sistema sin centro, estructura ni marco cognitivo compartido, pero dotado de una energía inusitada, se funda en las sensaciones, que se sobreponen a las representaciones cognitivas.

Así la vida adquiere otras dimensiones, más allá de las racionales. Lo que comparece en esta esfera es un sistema de percepción derivado de la movilización de la energía. Así se configura un estado colectivo en el que las impresiones y aprehensiones desplazan a la comprensión. Se trata de un estado de alta emocionalidad compartida, que multiplica las energías de los participantes. Este vigor compartido se articula en torno a estados de efervescencia muy intensos. Un semiólogo italiano, Paolo Fabbri, califica este estado de pasión compartida como “sublime menor”. Con este término alude a una experiencia emocional que designa una propiedad de la subjetividad. Es un acontecimiento de la sensibilidad, una intensificación  de los sentimientos. Lo sublime se deriva de las pasiones. El sublime menor de Fabbri me parece una conceptualización fundamental para comprender la dimensión del nuevo social que nace en los tiempos liberados de la racionalidad.

Los espacios y tiempos regidos por el sublime menor tienen propiedades asimétricas con respecto al sistema, conformado por el estado, el mercado y las familias. En estos prevalece la racionalidad asociada al cálculo. Los comportamientos se rigen por las metas formuladas por la lógica de lo predecible en un tiempo estructurado, gobernado por las normas y la responsabilidad. En las esferas del sublime menor predominan las emociones, los sentidos, las subjetividades y las fantasías comunes. Pero la diferencia más importante radica en la suspensión del tiempo, en el que el ahora alcanza todo su esplendor.

Maffesoli lo sintetiza aludiendo al contagio afectivo que disuelve el individuo en las dimensiones en que ha sido considerado por las filosofías racionalistas. En el magma afectivo las personas entendidas como portadoras de proyectos y cálculos racionales resultan minimizadas. La fuerza del mimetismo colectivo las conforma como efectos de la masificación. En este contexto de vigor festivo se producen múltiples problemas en relación con la salud. Excesos de consumos de estimulantes, violencias, accidentes y otros factores que conforman a la población agrupada en torno a la fuerza del sublime menor como población de riesgo.

La medicina del presente, que es una institución muy viva en tanto que mejora sustancial y permanentemente sus medios diagnósticos y terapéuticos, se muestra incapaz de regenerar sus supuestos para comprender este fenómeno social. Su modelo invariable es entender a los pacientes como homo sapiens las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año.  El precepto sagrado que la inspira y que no somete a revisión es que la persona decide individualmente mediante la racionalidad. La consecuencia de esta falacia es que es preciso incrementar el imput de la información, porque un sujeto informado modificará su comportamiento.

La incomprensión de la escisión de la vida de la que resulta el sublime menor, la sitúa en una situación de marginación, en tanto que es sorprendida por los efectos de una situación ininteligible desde sus coordenadas. Esta patente marginación es compartida con las profesiones de intervención: psicólogos, pedagogos, trabajadores sociales, e incluso, los participantes de las sociologías y antropologías ajenas a la vida. Así, los problemas derivados de la expansión festiva terminan agregando a estos colectivos profesionales a los policías, magistrados y abogados, todos estimulados por resolver un enigmático imposible.

Durante muchos años he sido invitado por la Facultad de Farmacia a jornadas en las que un dispositivo de especialistas dictaminaba sobre consumos de droga, convirtiendo sus intervenciones en sermones, en tanto que eran ajenos a la vida de los destinatarios, entendidos como estudiantes, sin considerar su metamorfosis festiva. En este dispositivo mi intervención era muy celebrada por algunos estudiantes y ponentes. Pero era definida como “me gusta mucho lo tuyo”. Esta calificación era paradigmática. La contraposición con los discursos médicos eran patentes. Estas se fundaban en infundir el miedo mediante la exposición de imágenes horrorosas de cuerpos devastados por las drogas. Esta era su contribución al imput de la racionalización de la vida.

Pero domesticar las pasiones es mucho más difícil de lo que parece. He sido testigo del choque cósmico que se produce cuando ambos sistemas se encuentran. En Granada se puso en marcha un programa de intervención en el productivo botellódromo. Se trataba de pactar a primera hora de la noche con una persona, que sería sometida a varios controles con el objetivo de que no bebiese. Si salvaba el último control en hora muy avanzada, era recompensado por un premio en metálico. El grupo se lo tomaba como una diversión, y cuando el sacrificado recibía el premio, consumía el equivalente del grupo en un tiempo record. En esta práctica era manifiesta la réplica con respecto al sistema, aunque esta carecía de un discurso racional.

En el tiempo de sublime menor se contraponen comportamientos mecanizados, propios de la peor versión de la sociedad de masas. Pero la fuerza que se hace presente es portentosa. El código imperante es el descubrir y recrear las pequeñas maravillas de la vida, aquellas que sólo pueden ser vividas. Se condensan en estar bien y sentirse bien. Así se configura un problema complejo que reta a la capacidad del sistema de comprender y revisar sus supuestos, requisito básico para estar abierto y aprender. El problema es que la educación y la familia han perdido la exclusiva como sedes de elaboración de las orientaciones de valor. Las instancias derivadas del sublime menor, en donde se vive y se interactúa, detentan una importancia fundamental.

Los principios que articulan la respuesta a este problema, como el formato individual, el supuesto de la racionalidad y el precepto de sujeto autónomo gestor de sí mismo, se encuentran en relación con la baja eficacia del sistema. Así se construye la baja eficacia permanente, que se compensa mediante la creatividad en la producción de los datos que alimentan los sistemas de información. Estos se sustentan en el arte de las distorsiones y las capacidades de ocultar.

Termino recurriendo a un ejemplo de mi juventud. Se trata de Gato Pérez, un músico fantástico que fue un referente de la gran Barcelona de los años del fin del final del franquismo y la transición. Él mismo murió prematuramente en la experimentación de su versión del sublime menor, que define como conexión. Esta es la letra que acredita la fusión del gran Gato con el envés nocturno de la vida. Me parece de una lucidez portentosa y me renueva el dilema de la música, una fuerza tan poderosa.




Este género divino
Esta música excelente,
Que es la música del pueblo
Con la que baila la gente,
Tiene un gran problema amigos,
Tiene un serio inconveniente,
Exige tantas energías,
Que la salud se nos resiente.

Es la rumba y es el tango,
Son el jazz y el rock and roll
Un volcán de sentimientos
Por donde habla el corazón.
Así se gasta adrenalina
Y se bebe mucho alcohol.
Para afinar las emociones
Y acordarse del dolor.

Se fuerza la máquina de noche y de día.
Y el cantante con los músicos
Se juegan la vida.
Se fuerza la máquina de noche y de día.
Y el cantante con los músicos
Se juegan la vida.

Si el cantante va cargado
Casi expresa lo que siente,
Si va fresco canta triste
Y no conecta con la gente.
Melodias eternas encadenan la armonía,
Cuando el músico es sincero
Toca trozos de su vida.

Se fuerza la máquina de noche y de día.
Y el cantante con los músicos
Se juegan la vida.
Se fuerza la máquina de noche y de día.
Y el cantante con los músicos
Se juegan la vida.

Cuando el público se acerca
Y se prende a las canciones,
Una magia misteriosa se apodera del ambiente,
Musica, música, música música y palabras,
Que se combinan en un dialogo
Inédito y profundo.

Se fuerza la máquina de noche y de día.
Y el cantante con los músicos
Se juegan la vida.
Se fuerza la máquina de noche y de día.
Y el cantante con los músicos
Se juegan la vida.


2 comentarios:

  1. Nietzsche reinterpretando a los clásicos habla de la lucha entre lo apolíneo y lo dionisíaco que coexisten en nosotros y en la sociedad y sus espacios que tú tan bien expones. La sociedad que se siente cómoda en el mundo apolíneo propone al individuo espacios y tiempos para lo dionisíaco, las bacanales, los carnavales, la música, los findes de marcha, paréntesis irracionales que son necesarios para encontrar salida a energías no consumidas en las actividades productivas. Al final tarde o temprano los paréntesis se cierran y Apolo recupera su reino.

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  2. Gracias Antonio. Lo peor es que Apolo se ha vuelto muy malo y castiga a los mortales mediante los largos años de formación, prácticas, ensayos precarios y después otra vez formación. Así hasta cerrar el círculo. Por eso es coherente el éxito de Dionisio que renace esplendorosamente. Para los que son jóvenes los paréntesis se han invertido. La vida es lo dionisíaco en espera delparéntesis de laboriosidad simulada.
    Un abrazo

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