sábado, 26 de diciembre de 2015

LA FUTBOLIZACIÓN DE LA SOCIEDAD

El fútbol es un juego que excede sus propios límites invadiendo la vida cotidiana, de modo que ocupa una creciente centralidad social. Se trata de un factor de producción de energías, de una fábrica de pasiones colectivas, un dispositivo generador de idolatrías y héroes mediáticos, así como una industria de identificaciones. Las imágenes y los sonidos del fútbol amueblan la vida cotidiana y reconfiguran la sociedad, constituyendo un centro simbólico que contribuye a la configuración de  una sociedad policéntrica. Pero su aportación más sustantiva estriba en su progresiva expansión, de modo que sus supuestos y sus lógicas penetran en todas las esferas sociales. Así se puede hablar en rigor de futbolización de la sociedad.

La paradoja en que se funda es fascinante, porque suscita pasiones colectivas de gran magnitud y vehemencia al tiempo que son muy pocos los que verdaderamente entienden de fútbol. Soy una de esas personas que me gusta el fútbol y creo entender del mismo, y por eso me siento aturdido por los delirios que origina, amplificados por los medios, que multiplican su impacto invadiendo toda la vida. Los ciclos de la vida cotidiana son influidos por el calendario  futbolístico. Los fines de semana se reconfiguran las actividades para hacerlas compatibles con los horarios de los partidos, amplificados por las televisiones y las ardientes redes sociales. El miércoles deviene en día sagrado de Champions, fiesta de guardar obligatoria. La información deportiva ocupa un tiempo creciente tras los informativos, e invade las noches mediante múltiples programas con audiencias muy importantes. Así se crea una burbuja mediática de la que es imposible escapar, en tanto que sincroniza la presencia de sus imágenes y sonidos con los comentarios de las personas en cualquier rincón de la sociedad y la vida.

El espectáculo del fútbol se amplifica por su alianza indestructible con la sociedad postmediática. Cuando uno de los equipos ganadores llega a una ciudad es recibido en el aeropuerto por contingentes de aficionados que les aclaman, fotografían y les piden camisetas u otros símbolos. Esta ceremonia se reproduce en el hotel y en la llegada al estadio. Las identificaciones de los hinchas llegan hasta el infinito. La felicidad inducida por las victorias y la decepción por las derrotas,  generan unos fluidos de energía de dimensiones insólitas. Los media multiplican sus cámaras para capturar cualquier imagen que pueda interpretarse en la narrativa de los grandes programas que estimulan a las audiencias. Ningún acontecimiento social suscita una vivacidad tan intensa.

Las personas a las que no les gusta el fútbol lo entienden como “dar patadas a un balón”. No comparto esta definición. Se trata de un juego de cooperación que tiene lugar en un espacio. Mover la pelota y realizar jugadas en las que se combine y se generen posiciones de ventaja es la clave. Por eso disfruto viendo a Xavi Hernández y otros jugadores creativos que inventan jugadas mediante el dominio del balón y la capacidad de percibir los huecos posibles. Algunos términos como “ganar la espalda”, “jugar sin balón”, “leer el partido” o “abrir espacios” constituyen un manual de inteligencia que puede llegar a ser casi sublime en el caso de entrenadores como Guardiola y otros.  En mi caso personal resuelvo muy bien la contradicción entre ser madrileño y culé a favor de esta última condición. Pero llevo peor simultanear mi lealtad al Barça y al Athletic de Bilbao.

El principio que rige el mundo futbolístico es el de ganar. Lo importante es vencer, no importa tanto cómo hacerlo. Las emociones son mayores cuando se marca un gol dudoso en el último minuto. No importa jugar bien si se pierde. Ganar, esa es la cuestión, porque la victoria suscita emociones que alimentan a la hinchada, proporcionando un sentimiento de bienestar que compensa las dificultades de la vida. El triunfo recompensa las afiliaciones y el relato simbólico que constituye un equipo, protagonista de hazañas puntuales en espera de su revalidación. Esta es una de las razones de la convergencia entre el fútbol y el neoliberalismo. El éxito es el principio que articula los guiones de la vida de las personas, las empresas o cualquier formación social. En el caso de la mayor parte de los equipos, es preciso perseverar en una larga espera que culmine en un acontecimiento victorioso.

El juego de identificaciones en espera del éxito conforma una  sociabilidad singular que modela un sistema social, que es la hinchada. Esta se rige por las emociones compartidas; los estados de ánimo;  los ídolos de quita y pon; la producción de cánticos, pareados, insultos, chistes, mofas, alabanzas, y otros rituales; la construcción de un enemigo; la fe en el advenimiento de la victoria, así como en la identidad compartida. La hinchada se compone de los incondicionales que acompañan al equipo y desempeñan un apoyo activo en el estadio, los seguidores más condicionales presentes en el mismo, y aquellos contingentes que lo siguen mediante los medios. Todos ellos se diseminan por la vida diaria produciendo retroalimentaciones que unifican la hinchada. Esta se cohesiona en las ocasiones excepcionales, en las que alegrías o penas son compartidas.

Uno de los atributos de las hinchadas es que su cohesión se funda en torno a las emociones comunes y la contingencia de los resultados, siempre en espera de la victoria. La ausencia de un discurso o racionalizaciones determina que constituyan un colectivo extremadamente fácil de manipular por parte de las directivas, vinculadas inevitablemente a los poderes económicos. Así se configuran unas extrañas organizaciones en las que los presidentes son elegidos por un pueblo carente de argumentos. El papel de la presidencia radica en generar ilusiones y gestionar las emociones compartidas. Este es uno de los argumentos principales de la hipótesis de la futbolización de la sociedad. El progreso y expansión de organizaciones reguladas por la elección, pero en la que la racionalización de la gestión está excluida. Los resultados dependen de contingencias en las que el azar desempeña un papel relevante.

Un sistema social como la hinchada se encuentra fatalmente asociado a un arquetipo personal inquietante: el espectador infantilizado. Su móvil es ganar y los medios son irrelevantes. De este modo, la gestión de estos inquietantes socios es comprarles juguetes que estimulen sus fantasías y sus sueños. El resultado es la multiplicación de las deudas en un contexto de irrealidad manifiesta. En estas condiciones se constituye una alianza entre la prensa local y los directivos reyes-magos, para conducir las emociones colectivas de las hinchadas. Una organización así es incapaz de afrontar las crisis, que devienen en una rigurosa caza de brujas. El caso actual de Rafa Benítez es elocuente. Sus resultados no son malos en términos comparativos,  pero está sentenciado por la concurrencia de los brujos directivos y mediáticos que quieren conjurar el fantasma de las victorias del Barça infundiendo esperanzas místicas.

Pero, además, el fútbol se constituye en paradigma de la posmodernidad y la sociedad postmediática. Lo que ocurre en el estadio es desmenuzado, fragmentado, recombinado en múltiples imágenes que  las televisiones y los medios digitales multiplican hasta producir otra realidad. Los goles de los cracks se reiteran desde distintas posiciones, tiempos y presentaciones. Así, un espectador puede acceder al visionado de los goles separados de su proceso de producción y su contexto. Alimentado por este material audiovisual, cuando se encuentra en el campo y tiene que presenciar el juego real, carece de la paciencia de esperar el desenlace. De este modo se producen crisis cuando Messi, Ronaldo u otros no marcan en uno o dos partidos. Recuerdo en ambos casos que se generó una crisis histérica, cuando sus números de temporada eran estratosféricos.

Así se fabrica al espectador irreal, al niño caprichoso, al hincha manipulable que vive en el mundo ficticio generado por la mediatización del fútbol. De esta forma se producen polémicas fantasmáticas o rivalidades imposibles de reducir a términos inteligibles. Los estados de ánimo cambiantes, la fe ciega, la esperanza en el milagro y los sentimientos de orgullo de esas patrias fabricadas, son tratados en las programaciones mediáticas para alimentar a los espíritus de estas extrañas organizaciones.

Pero la futbolización de la sociedad radica en la penetración de estos vectores futbolísticos en toda la sociedad. Los paradigmas de hinchada futbolística, sujeto infantilizado definido por sus adhesiones incondicionales, su deseo de ganar y su desresponsabilización en los medios, así como de las organizaciones en las que los presidenciables tienen que obtener su asiento mediante la seducción de los electores, se expanden en todos los ámbitos sectoriales y organizativos. La infantilización colectiva sustentada en los programas de las teles privilegia los debates entre dirigentes políticos devenidos en versiones de Moisés que conducen a la tierra prometida a los crédulos seguidores, mediante nuevas versiones de la separación de las aguas y la proliferación de distintas formas de maná.

La patética puesta en escena de rendición de cuentas en formato mediático se asemeja al mundo del fútbol regido por la ficción. También en los procesos electorales o los congresos partidarios se pueden encontrar las huellas del modelo futbolístico. Pero en los denominados debates se encuentra presente esta influencia. Son constituidos como acontecimientos mediáticos totales que se referencian en los partidos del siglo. Un formato que privilegia el espectáculo de la competición, donde las puestas en escena se sobreponen a los argumentos. La preparación y el postdebate, adquiere una importancia descomunal en detrimento del mismo. Pero la preponderancia de la victoria es incuestionable. Determinar quién ha ganado en esa extraña confrontación entre administradores de bienes públicos, es lo fundamental. En esta lógica el golpe de efecto adquiere protagonismo. Los dilemas y las dudas se difuminan. Gana aquél que meta goles al contrario.

Termino insistiendo en el misterio del fútbol que simultanea la adhesión incondicional y la ausencia de conocimiento del juego. Los fanáticos de club carecen de cualquier argumento. De ahí el éxito de programas como el Chiringuito de jugones que convierte a los participantes en hooligans que se interpelan a gritos e interrumpen. Me fascina Roncero y otras especies insólitas. De ese mundo viene Eduardo Inda, que es el antecedente del desembarco del formato futbolístico en la mediatización política. Se trata de escenificar los sentimientos de los hinchas, que en otras esferas se denominan ciudadanos.

1 comentario:

  1. Hinchas, ciudadanos que olvidan la contradicción principal, articulada con el resto de contradicciones,

    http://www.eldiario.es/zonacritica/contradiccion-principal_6_419318066.html

    saludos y gracias Juan.

    Mariano.

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