domingo, 28 de junio de 2015

LA EASP: DE LA FUNDACIÓN A LA RECTIFICACIÓN

La EASP nace a mediados de los años ochenta, en un contexto histórico caracterizado por la coexistencia de dos temporalidades de signo contrario. Mientras que el campo sanitario registra los impactos de la gran crisis de la salud de los años setenta, con la convergencia de críticas y propuestas procedentes de algunos sectores profesionales periféricos a la profesión médica, -salubristas, epidemiólogos, académicos y expertos de organizaciones globales-, en el entorno del mismo se está generando un acontecimiento fundamental, como es la emergencia del nuevo capitalismo global, que se funda en una contrarrevolución conservadora, que entiende la salud,  la asistencia sanitaria y el estado en unos términos justamente contrarios a los enunciados por la nueva salud pública y atención primaria, en las versiones originales asociadas a la OMS de los setenta. Los dos ciclos se solapan en el tiempo de la fundación de la escuela, ocultando, tanto el tiempo menguante salubrista, como el impetuoso y emergente renacimiento neoliberal.

Así, es inevitable que el código genético de esta organización se encuentre marcado por un origen confuso, en el que aquellos saberes que son percibidos como nuevos, van a ser denegados y relegados en muy pocos años, siendo reemplazados por los saberes emergentes, que provienen de los operadores globales de la reestructuración neoliberal. La coexistencia en los primeros años de la EASP de ambos saberes, genera una considerable confusión, así como un conflicto derivado de la coexistencia de las dos almas presentes, que en ese tiempo adquiere la forma de una confrontación entre los de la atención primaria y los de hospitales. De este modo, desde la perspectiva de su fundación,  la escuela puede ser definida, en cuanto a su evolución, como una institución huérfana del salubrismo de los años setenta, sobreviviendo  debido a su adopción  por sus nuevos padrastros neoliberales.

Pero, en el nacimiento de la escuela, además de la escisión derivada de la simultaneidad vivida de dos tiempos distintos, es relevante el contexto político. Tanto en España como en Andalucía el antiguo régimen y su “inteligencia” se derrumba abriendo el paso a la preponderancia de un PSOE en el que converge el aluvión de afluentes procedentes de la oposición antifranquista, dominada por las distintas versiones de organizaciones comunistas, que comparten sus códigos del siglo XIX, fundados en modelos periclitados, así como gentes bien situadas en el franquismo. Este partido se encuentra con una concentración de poder muy importante, que contrasta con su menguada capacidad de metabolizar las distintas aportaciones para convertirlas en recursos de conocimiento, imprescindibles para cualquier proyecto. Resulta, entonces, una extraña formación política, dotada de mucho poder institucional, pero con muy pocos recursos intelectivos, en tanto que los recién llegados no aportan otra cosa que su renuncia muda al pasado y su acentuado pragmatismo adaptativo.

En la fundación de la escuela se hacen presentes todos los actores de ese primer tiempo. Las primeras generaciones de los médicos de familia en distintas versiones; los primeros contingentes de médicos graduados en las escuelas de salud pública de la época; algunas personas vinculadas a experiencias de las mismas escuelas de salud pública, como la de Lisboa; alguna enfermera participante en la refundación de esta profesión; miembros relevantes de la izquierda sanitaria de la transición, como el primer director, Patxi Catalá, y también médicos especialistas de hospitales, ajenos a la menguante ola salubrista y la concepción original de la atención primaria entendida como centro de un sistema diferente al biomédico convencional.

Es importante resaltar quién no está presente en la fundación de la escuela. No está el poderoso psoe; ni las organizaciones profesionales médicas; ni el dispositivo de producción de conocimiento de los profesionales, las facultades de medicina; ni la sólida economía de la salud, que se encuentra infrarrepresentada en el equipo fundador, pero que va a sustentar la gran rectificación de los años noventa y la reconversión de los protagonistas de la fundación. Tampoco la industria biosanitaria y otros grupos de interés que se van a hacer presentes con posterioridad, en particular la institución gerencia, portadora de los saberes derivados de la nueva empresa, que representa el centro de la constelación emergente. La dialéctica de las presencias-ausencias va a ser determinante en el devenir de la escuela. Las fuerzas ausentes en la fundación se van a hacer presentes refundando la nueva organización y protagonizando una mudanza de sus propios fundamentos.

El grupo fundador se encuentra influido por la experiencia de la escuela de Lisboa. Constantino Sakellarides, primer director académico, elabora la teoría de “los paraguas”. Una escuela de salud pública tiene que protegerse de la intromisión del poder político, que tiende a instrumentalizarla, como del poder académico, que pretende subordinarla y silenciarla. Este es el fundamento de su ubicación en Granada, lejos de Sevilla, donde las familias del poderoso PSOE producen contiendas sin fin por el control de áreas de poder, asolando las organizaciones públicas, que son entendidas como el locus de poder de las disputas internas.

El primer director Patxi Catalá, es una persona muy respetada en toda la izquierda sanitaria desde la transición política. Sus habilidades personales, junto a la distancia de Sevilla, hacen que mantenga un grado razonable de autonomía de la escuela. Pero esas habilidades no se enseñan, se aprenden en coyunturas tan ricas como las de los años setenta, en conjunción con las cualidades de una persona específica. Así, Patxi significó los primeros años un factor de equilibrio entre todas las tendencias internas, un inteligente acogedor e integrador de los ausentes, que iban llegando haciéndose presentes, así como un contrapeso que amortigua las injerencias del partido.

 Su muerte prematura dejó un vacío que nadie pudo rellenar. Los sucesivos directores que lo reemplazaron allanaron el camino a la reconversión, constituyendo una organización subordinada a la estrategia del psoe. Asimismo, las fuerzas ausentes en la fundación se hicieron predominantes en la escuela desplazando a las fundacionales. Tanto los médicos especialistas de hospital, la economía de la salud -que en muy pocos años consigue la hegemonía incuestionable en algo tan decisivo como es el relato de los servicios de salud-, la nueva generación de gestores dependiente del SAS, así como la industria biosanitaria, adquieren preponderancia en la nueva organización. La muerte de Patxi y la conclusión, siempre provisional, de la A 92, erosionaron la autonomía inicial del proyecto.

Uno de los factores fundamentales de la expansión de la escuela en los primeros años es su coherencia con las políticas sanitarias implementadas desde la Conserjería de salud. Con todas las ambigüedades de esos años se decide impulsar la atención primaria mediante la creación de un sistema de territorialización basado en los distritos de atención primaria. Estos son unidades administrativas de atención con una población media de cien mil habitantes. Cada distrito tiene un equipo de dirección que integra un director, administrador, dirección de enfermería, coordinador de epidemiología, de educación sanitaria y otras funciones. Así se crea una estructura de varios cientos de técnicos que impulsan el cambio hacia el nuevo modelo, cuyo primer paso es el diagnóstico de salud de la población. Todo el conglomerado directivo produce unas necesidades de formación de gran envergadura. Es la edad de oro de la escuela, que es la instancia que nutre a los profesionales acumulados en los distritos.

En los años siguientes se manifiestan las dificultades del tránsito hacia ese modelo. De un lado los médicos y enfermeras de los centros de salud desarrollan una resistencia de gran eficacia. Algunos sociólogos la calificaríamos ahora como “resistencia molecular”. De otro lado, los hospitales siguen funcionando según la lógica tradicional. También la nueva gestión inscrita en el modelo del management de esos años hace acto de presencia. En los numerosos cursos de gestión comparecen los profesores-estrella, cuyo mérito radica en su experiencia en empresas ajenas al sector sanitario. Recuerdo las mitologías producidas por Moreu y Moreno. Pero todos estos factores son catalizados por el cambio en las cúpulas del gobierno, que cada vez tienen menos dudas y se inscriben decididamente en el giro que supone el informe Abril de 1991.

De este modo, los equipos fundacionales de la escuela quedan progresivamente aislados y evolucionan hacia posiciones establecidas por los ausentes en la fundación. El período fundacional concluye con una rectificación que significa el abandono de las posiciones iniciales del viejo salubrismo, ahora entendido como fundamentalista. Todo se reformula según los imperativos de la nueva reforma. El indicador más importante es la disolución de los distritos y la disgregación del contingente profesional que los nutría. La reforma inicial queda bloqueada. La organización se reconstituye para adaptarse al nuevo paisaje.

En los años de la rectificación, los sucesivos directores no actúan como intermediarios con la conserjería, sino como ejecutores de las líneas elaboradas desde el gobierno. La escuela pierde su autonomía muy rápidamente. Es reconstituida como una pieza de una red de organizaciones y empresas públicas por las que circulan una nueva categoría de directores caracterizados por su fidelidad a la cúpula política. Me gusta denominarlos como hombres-araña, pues su carrera es circular por la red, de organización en organización, con la esperanza de dar el salto hacia arriba, o el temor a ser deglutidos por la maquinaria política-administrativa, haciendo patente el concepto de Virilio de “la estética de la desaparición”. En esa red de poder se puede salir hacia arriba o constatar después de un tiempo que no se es más que una prótesis de un poder cruel  que se asemeja al viejo dispositivo colonial de gobierno, cuya lógica es sacrificial, en tanto que necesita sacrificar a algunos de sus peones para reafirmar a la cúpula.

La escuela es desustanciada por los directores que le expropian la autonomía y le ubican en el exterior de la toma de decisiones de las políticas sanitarias. La autonomía es una dimensión fundamental en una organización, en tanto que de la misma se deriva la inteligencia colectiva y la energía. Uno de los temores del equipo fundador era ser convertidos en una escuela de la administración. Eso es justamente lo que ocurre en el devenir de la organización. Los cambios del entorno terminan por bloquear el proyecto inicial y adquirir el estatuto de organización subordinada. Uno de los hombres-araña participante en la fundación, pronuncia la unas palabras ante el consejo docente que suponen un certificado de defunción de la, en sus años iniciales, vibrante organización  “No me interesan vuestras opiniones”.

Así se expresa la filosofía en la que se inspira el veterano partido que se nutre de los saberes emanados por los operadores globales, entendiendo que las organizaciones en las que se sustenta están compuestas por sus empleados. Estas condensan el modo de operar del nuevo PSOE resultante de las sucesivas modernizaciones. No le interesa escuchar, conversar, discutir, deliberar, pensar, compartir o intercambiar, su objetivo es gobernar sobre el principio de la subordinación. En una organización que tiene que conocer las realidades abiertas, esto significa una sentencia. La nueva administración deviene en una máquina de uniformidad y obediencia. Entiende la autoridad de modo restrictivo. Así termina por cancelar lo vivo. Digo piadosamente cancelar por no decir matar lo vivo. En mis frecuentes visitas a la escuela como profesor asociado percibía muy bien esta cuestión. Cuando me preguntaba mi compañera le decía que “allí ya nada vibra”.

Es importante precisar que el equipo inicial tenía limitaciones patentes y su proyecto era débil. Pero sólo un grupo directivo puede generar recursos internos y crecer mediante el gobierno de sus procesos internos y sus decisiones. Una organización que produce conocimiento requiere imperativamente de esos recursos que sólo pueden producirse de su interacción e inteligencia colectiva. Pero el modelo oficial andaluz se basa en dos pilares esenciales: Un gobernador colonial y un edificio desmesurado. De este modo, en la España postfranquista se han multiplicado los edificios con firma en detrimento de equipos directivos a los que se les niega la firma. Este es el diferencial español, que genera una ley de hierro que se hace elocuente en la escuela.

El proceso que estoy narrando es una realidad vivida, pero no racionalizada, ni elaborada colectivamente, en tanto que la regla de oro en un contexto así es adquirir una competencia elevada y sofisticada en el arte de callar. Por esta razón, la acumulación de los silencios genera un shock cultural que se evidencia en la vida cotidiana de la organización. En el próximo post analizaré los años de plomo de la etapa gerencial.

Lo que me decidió a escribir sobre la escuela fue la invitación que recibí por varios colegas para llevar mi cuerpo y mis manos aplaudidoras a un acto que celebraba el reconocimiento de la escuela como centro colaborador de la OMS en Atención Primaria. En este acto estaba presente  la presidenta Susana Díaz. En la tarjeta de invitación no decía el nombre de la persona de ocasión que intervenía por tan misteriosa organización, sólo el de la presidenta. Esta es el texto de la tarjeta de invitación

CONSEJERÍA DE IGUALDAD, SALUD Y POLÍTICAS SOCIALES
La Consejera
Se complace en invitarle al acto de designación de la Escuela
Andaluza de Salud Pública como
Centro Colaborador de la Organización Mundial
de la Salud en Servicios Integrados de Salud basados
en Atención Primaria,
acto que será presidido por
LA SRA. PRESIDENTA DE LA JUNTA DE ANDALUCIA.
Fecha: 8 de abril de 2015


lunes, 22 de junio de 2015

GUILLERMO ZAPATA COMO SÍNTOMA. LA VERSIÓN DE ANTÓN FERNÁNDEZ DE ROTA



 Descubrí a Antón Fernández de Rota en mis tiempos de profe de sociología de los movimientos sociales. La llegada a la clase del My Day, que representaba la voluntad de constituir un nuevo conflicto adecuado a las condiciones y las subjetividades de los precarizados, me llevó a leer uno de sus textos, que fue una lectura de la asignatura hasta su extinción. A partir de entonces sigo con interés a este antropólogo tan sugerente, cuyas aportaciones se integran con otros autores de la Fundación de los Comunes.

Por eso he decidido publicar este texto extremadamente inteligente y esclarecedor. Recomiendo su lectura, en tanto que aporta mucho a la comprensión de la forma de gobierno neoliberal, además de esclarecer el fondo de la cuestión Zapata, tan manipulada en los espacios político-mediáticos, que terminan por hacerla ininteligible. El pasado se cierne como amenaza para cualquiera que haya publicado tuits en otro tiempo, en un medio tan determinado por las emociones movilizadas en lastormentas virales.  Lo sugiero en particular a los jóvenes precarizados y a aquellos involucrados en la carrera profesional sin fin. El texto explica el guión de los programadores de sus vidas, así como que el vínculo laboral condicional es sólo uno de los elementos del gobierno de su vida. Los demás en el texto.
______________________________________________________________________





        Transparencia y disciplina neoliberal. El caso de Guillermo Zapata
                                Por Fundación de los Comunes

Guillermo Zapata no es racista, tampoco antisemita, ni negador del Holocausto, sino todo lo contrario. De hecho, siempre ha condenado las políticas xenófobas, como las de “caza al mendigo” y el “encarcelamiento del inmigrante” por indocumentado, implementadas precisamente por aquellos que desde el PP lo acusan de lo que no es. Y, no obstante, a causa de una conversación por Twitter sobre los límites del humor, que tuvo lugar hace cuatro años y en la que reproducía a manera de ilustración ejemplos extremos de humor cruel, ha sido linchado mediáticamente viéndose obligado a dimitir de su cargo de Concejal de Cultura del ayuntamiento que gobierna Ahora Madrid.
A la denuncia de estos tweets se ha sumado la de otros con sarcasmos que tiempo atrás empleó para criticar la instrumentalización de las víctimas del terrorismo por parte del PP; y un último tweet desafortunado a propósito de una de esas víctimas, Irene Villa. Ahora bien, más allá de lo particular, de las descontextualizaciones y del mal gusto de los chistes, el caso pone de relieve un problema político de máxima envergadura y que tiene que ver con la disciplina neoliberal en la Sociedad de la Transparencia.   
                            
                  Neoliberalismo, capital humano y agencias calificadas

Cualquiera que sea su forma, austríaca o británica, de la Escuela de Chicago o de Friburgo, el neoliberalismo establece como imperativo tanto la flexibilidad como la plasticidad del sujeto. En tanto que empresario-de-sí medido como capital humano, inversor en sí mismo y en busca de constantes inversores1, al sujeto se le exige:
1) la continua reinvención de sí mismo en vistas a maximizar su adaptabilidad en contextos cambiantes;
2) la diversificación dinámica de sí mismo mediante el diseño y la gestión de su portfolio, de su capital y carpeta de productos, con el fin de alcanzar siempre mayores niveles de “empleabilidad” y “banqueabilidad” (accesibilidad al crédito y capacidad de atracción de inversores).
Las redes sociales no son ajenas al “neoliberalismo cotidiano”2. Son, entre otras cosas, tecnologías de producción, gestión y diseño del portfolio, monitorizable por el propio usuario, para medir su desempeño, en términos de likes y tweets, visualizaciones de sus páginas y número de fans, followers y amistades, todo ello ranquinizado con índices de impacto y estadísticas que cualifican la información en bruto. La auto-estima o auto-apreciación es lo que está en juego. La cuestión es manejar tu stock como un capital bursátil; lograr que no pierda valor y a poder ser incrementarlo con las inversiones correctas. No se trata solo de Facebook o de Twitter, sino también de redes sociales que funcionan de manera análoga en otros sectores del capital humano: Tinder para la autogestión en red del capital erótico-amoroso de uno; Academia.edu para el capital de investigación; LinkedIn para “gestionar tu identidad profesional, etc.3
Todo ello forma parte de las transformaciones de la gubernamentalidad neoliberal que han acompañado al auge del capitalismo financiero y de la economía digital en las últimas décadas, inscritas, por tanto, en la financiarización y ranquinización de la vida cotidiana.
 
                        Del capitalismo financiero a la vida cotidiana

Las redes sociales son ambivalentes. Han contribuido a dar luz y a animar los procesos de revolución democrática, pero son también una vasta tecnología de control que mediante la transparencia extractiva y almacenable por el Big Data engorda la información disponible de cada cual, de su práctica cotidiana, a lo largo de su timeline.
Se almacenan las amistades y contactos, las operaciones comerciales, cada acto de consumo, la participación en eventos, las opiniones de todo tipo, los hobbies, los gustos musicales, sexuales y políticos. La vida, cualquier vida, deviene transparente, objeto del marketing, continuamente auditable y evaluable según su desempeño actual y previsiones futuras.
Michel Feher habla de “rated agencies” para definir la condición neoliberal4. El neoliberalismo impone una existencia donde cada cual está sujeto, en cada vez en más dominios, a las agencias de evaluación y calificación, similares a las rating agencies del capitalismo financiero. Tinder es la Standard & Poor’s de las finanzas del amor y del sexo; Thompson Reuters, el Moody’s del capital académico. Facebook y Twitter funcionan como extensiones de los departamentos de Recursos Humanos.
 
                                      Disciplina y formalización

El caso de Guillermo Zapata ilustra el ejercicio político de la disciplina en la Sociedad de la Transparencia. Serán premiados quienes tengan su historial limpio. Un higienismo extremadamente perverso pues, como demuestra el caso mencionado, impone una autocensura tenaz: no importa que uno sea anti-racista, la cuestión es no verter en la red nada que pueda ser descontextualizado.
Antes de internet, el miedo del político —o cualquier otra persona pública— consistía en utilizar las palabras exactas en una entrevista o ante las cámaras, de forma que los medios opositores no pudiesen descontextualizarlas. El efecto sobre el discurso fue notable. Cada vez se convirtió más en un montón de frases hechas, una ridícula formalización o estandarización que, paradójicamente, intentando defenderse cada político de la descontextualización, contribuyó al descrédito de los políticos en su conjunto: “hablan como lo hace un jugador de fútbol al terminar el partido, con un lenguaje extremadamente artificial, vacío y previsible”.
El efecto de esta hiperformalización del discurso y su relación con la pérdida de legitimidad han sido estudiados por Alexei Yurchak y Dominic Boyer para el caso del discurso post-stalinista en varios países del “socialismo real”. Estos antropólogos enfatizan además lo útil que resultaba en esta situación comunicacional el humor como herramienta de combate5. Su tesis es que la caída del “socialismo real” soviético y alemán tuvo bastante que ver con la rigidez de esta hiperformalización. En otro lugar he analizado esta cuestión en relación a la irrupción del movimiento de los indignados (15M) y la situación lingüística que encontró. También aquí el humor jugó un papel decisivo6.
 
                                        Transparencia y disciplina

Muy a menudo han sido cuestionadas varias formas de disciplina implícitas en las políticas neoliberales: disciplina mediante la deuda privada, que hará que el trabajador tema perder su puesto y no poder pagar sus mensualidades; disciplina del desempleado, que aceptará someterse al control y a la formación continua para no quedar fuera de la carrera por la “empleabilidad”7. Pero en verdad ésta va más allá. Llega hasta el auto-disciplinamiento moral que es el correlato de exposición mediática exigida para cada cual en su cotidianidad.
Dado que el timeline registrado se remonta al primer uso de internet, el político que no quiera arriesgarse a desvalorizar su capital debe censurarse desde el comienzo, incluso mucho antes de poder imaginar llegar a su cargo. Será premiado quien desde su más temprana juventud, en su continua reinvención de sí mismo y exposición, minimice a lo largo de su vida la posibilidad de entrar en contradicción consigo mismo, quien minimice los cambios de opinión, quien no se preste a excentricidades, quien no emita opiniones arriesgadas. En verdad, lo dicho para el político, o cualquier otra persona pública, será igualmente válido para casi cualquiera: el banquero tendrá el registro de la vida cotidiana del cliente que pida un préstamo, y el empleador de quienes buscan empleo y quienes ya tiene a su cargo.
El ideal neoliberal de un sujeto emprendedor, creativo, que rompe con lo establecido, que se enfrenta a las convenciones y acepta el riesgo de crear lo nuevo aunque desconcierte e incomode, choca con el disciplinamiento moral y la autocensura asumida al responder a la exigencia de prestarse a una continua exposición, evaluación y calificación de los actos propios, las palabras y la imagen. Lo que el caso hasta aquí comentado ilustra es, precisamente, esta aporía, así como la dimensión distópica de la utopías de la transparencia y el sujeto neoliberal.

Antón Fernández de Rota
@AntonFdezdeRota
versión original en www.zoepolitik.com
 

1. M. Foucault. 2007. Nacimiento de la biopolítica. México D.F./Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
2. P. Miroswki. 2013. Never Let a Serious Crises Go to Waste. Londres/New York: Verso. (Publicado en español por Deusto con el título Nunca dejes que una crisis te gane la partida).
3. W. Brown. 2015. Undoing Demos. Zone Books: New York.
4. M. Feher. 2009. "
Self-Appreciation; or The Aspirations of Human Capital" en Public Culture, 21(1): 21-41. Véanse también la serie de conferencias que dictó en el Goldsmiths de la Universidad de Londres (https://vimeo.com/search?q=michel%20feher%20lecture). El libro Rated Agencies: Political Engagements with Our Invested Selves, que próximamente publicará Zone Books, desarrolla estas cuestiones.
5. A. Yurchak. 2005. Everything Was Forever, Until It Was No More: The Last Soviet Generation. Princeton: Princeton University Press; A. Yurchak. 2003. “Soviet Hegemony of Form: Everything Was Forever, until It Was No More” en Comparative Studies in Society and History, 45(3): 480-510; A. Yurchak y D. Boyer. 2010. “American Stiob: Or, What Late-Socialist Aesthetics of Parody Reveal about Contemporary Political Culture in the West” en Cultural Anthropology, 25(2): 179-221.
6. A. Fernández de Rota. 2013. “El acontecimiento democrático. Humor, estrategia y estética de la indignación” en Revista de Antropología Experimental, 13: 1-21.

sábado, 20 de junio de 2015

ANA Y LOS LOBOS

Ana y los lobos es una película del mítico director Carlos Saura. Pero este post es algo más que una alegoría de dicha película. Se trata de la entrevista realizada por Ana Pastor a Manuela Carmena el pasado domingo. Esta es todo un síntoma de un fenómeno que pasa desapercibido a la gran mayoría de los ciudadanos televidentes / internautas, debido al estado de saturación en la que se encuentran por efecto de la multiplicación de fragmentos audiovisuales que se abaten sobre los mismos incesantemente. Dicha entrevista se inscribe en un contexto definido por la intensificación de la descalificación de las candidaturas municipales articuladas en torno a Podemos, alcanzando un umbral que puede ser definido como una persecución política. El linchamiento mediático puede ser el prólogo de un proceso de exclusión de facto del sistema político.

Aún a pesar de que en el último año es frecuente contemplar comportamientos violentos como respuesta a la emergencia de tal partido, con profusión ante las cámaras de técnicas de interrogatorio, las elecciones municipales han sido la señal que desvela un salto muy inquietante. Un dispositivo concertado de medios de comunicación, en conexión con el gobierno, la patronal y algunos grupos de interés, se ha volcado en la descalificación integral de los recién llegados a los ayuntamientos. La tensión mediática, así como la multiplicación de expertos dedicados a construir argumentos que evidencien la inviabilidad de sus programas,  se ha ensanchado con la movilización de un dispositivo detectivesco en busca de argumentos inculpatorios en el pasado de los recién llegados. De este conjunto resulta un complejo acosador,  que remite, siento repetir este argumento, al peor de los macartismos.

En este contexto cabe valorar la emergencia mediática de Ana, la Pastor que convoca a los lobos mediáticos concertados en forma de jauría. El argumento de referencia del dispositivo mediático de acoso y derribo radica en afirmar que Podemos debe someterse al mismo criterio de control mediático que los demás partidos, que denominan como “la lupa”. Pero no parece convincente este argumento. El estado de corrupción general de los partidos convencionales, que incluye tanto la acumulación de los casos-escándalo como los silencios partidarios, no es equiparable a los resultados de la explosión de las pesquisas realizadas sobre los recién llegados. Así, la homologación mediática carece de fundamento, en tanto que se pierden las proporciones. De este modo se crea un clima crispado exigiendo responsabilidades a personas por su participación en conflictos sociales hace años o comentarios censurables realizados también mucho tiempo atrás. Así, en el clima histérico de los platós, son homologados con los bárcenas, urdangas, ratos, blesas y otras especies que han participado en un saqueo general, y sobre los que el foco mediático se ha disipado con el paso del tiempo.

De esta forma, mediante la aparente recuperación de la crítica,  la élite de los periodistas hace una rectificación de sus silencios y encubrimientos de la corrupción, nacida en los años ochenta y expandida en los sucesivos ciclos. Imagino un grupo de detectives examinando lo escrito y dicho por los periodistas años atrás sobre el rey Juan Carlos, los sucesivos presidentes de gobierno o de las autonomías, o acerca de los protagonistas del milagro característico del postfranquismo español, como es la fusión mística de los partidos y las cajas de ahorro. El cambio de posición de la élite de los informadores es uno de los indicadores de la crisis del régimen. El asalto a la Cartuja de Sevilla de 1992 concitó un denso silencio de todos ellos, sólo roto por algún reportero audaz. Hay gente muy importante condenada por los tribunales por este saqueo.

En este contexto se ha formulado la falacia de la prensa libre, cuya primera versión es la de Pedro J. Ramírez. Ahora reaparece en el contexto de la crisis política y la gran rectificación de una parte de la prensa. Uno de los géneros que se rehabilita es el de la entrevista. Pero esta recuperación es parcial, en tanto que los poderosos no se someten a entrevistas abiertas. ¿Existe alguna entrevista independiente al rey Juan Carlos, o a Cristina, o a Aznar, O a González, o a Botín u otros similares? No. Pero en el contexto de la gran crisis política sí aparecen algunos fragmentos que rememoran  la entrevista realizada por Iñaki Gabilondo a Felipe González en los años noventa. En esta hubo tensión, un elemento extraño debido a la lógica de bloque de los medios desde la transición. Cada político va a ser alabado a sus terminales mediáticas y se ausenta en las del contrario.

Una de las últimas versiones de la falacia de la prensa independiente es la de Ana Pastor. Su fundamento es una entrevista realizada a Esperanza Aguirre hace unos años. En esta, la presidenta se comportó de forma desmesurada, como si su interlocutora fuera una servidora suya. Pastor no aceptó el papel y tuvieron lugar varias incidencias entre ambas, llegando a producirse secuencias propias de una conversación entre dos partes. Este extraño acontecimiento generó una leyenda acerca de la entrevistadora, que patentó su estilo conversacional repitiéndolo en otras entrevistas. Pero no volvió a entrevistar a personas verdaderamente poderosas. De modo que hace patente este estilo con interlocutores externos a los núcleos de poder. No tiene la oportunidad de entrevistar a Rato, a Chaves u otros personajes de este perfil.

Por esta razón, me conmovió la entrevista que realizó a Manuela Carmena. Esta fue un acto en el que se sintetizaron todas las desproporciones imaginables. Manuela todavía no había llegado a su despacho, lo haría el día siguiente. Pero Ana puso en escena un interrogatorio, que es una cosa distinta de cualquier conversación. Su tono era muy áspero; le formulaba una secuencia de preguntas y cortaba inmediatamente sus respuestas; algunas preguntas no podían tener respuesta en el tiempo del enunciado; utilizó permanentemente el efecto de halo, derivado del contexto comunicacional generado por la jauría mediática, acerca de la inviabilidad de su programa; en ningún momento respondió a las amables consideraciones ni a la intención de diálogo de Manuela; la comunicación no verbal puesta en escena fue crispada; cuando la respuesta no era la que esperaba utilizaba un tono descalificatorio; su posición era directiva en un grado extremo; el ritmo fue tan intenso como el de un interrogatorio; le faltó el respeto en varias ocasiones expresando desconsideradamente sus dudas, y, en conjunto constituyó un acto sumario de descalificación, pero no fundado en la conversación, que no tuvo lugar como tal, sino en el guion establecido con anterioridad y que ejecutó con independencia de su interlocutora.

Este acto de condena mediática fue ratificado por distintas jaurías mediáticas, que celebraron el papel ejecutado por Pastor. Manuela hizo gala de una  inteligencia y fuerza personal considerable. Encajó la secuencia de preguntas-sentencia y las interrupciones a sus respuestas sin protestar, así como sin mostrarse afectada. Su tono y su comunicación no verbal fueron cordiales en todos los momentos. Tampoco rectificó y se mantuvo en sus posiciones. A diferencia de Esperanza Aguirre nunca descalificó a la entrevistadora y en todo momento trató de abrir una conversación. Tuvo que aceptar finalmente que no hay conversación si las dos partes no quieren. Como es jueza tuvo que experimentar su presunción de culpabilidad completa y sin grietas.

Sin ánimo de entrar en el fondo de las candidaturas de Manuela y sus homólogas, que pueden suscitar dudas razonables, sobre todo con respecto a la compatibilidad de su proyecto con los grupos de presión representativos de los intereses fuertes, es evidente que han introducido algunas prácticas elogiables, como la limitación de sus salarios y prebendas, así como otras muy innovadoras en esta coyuntura de saqueo incesante. Pero estas no merecieron ni siquiera una señal de reconocimiento. La dureza del juicio y condena son terribles. No puedo imaginar qué dirían si se produjese un hecho similar al de una cacería en Botsuana o el cobro de comisiones millonarias, tal y como lo han desempeñado algunos miembros de la familia real. Me inquieta ser testigo de un deterioro intelectual y moral de un rango como el que estoy contando.

La llegada a las instituciones de colectivos cuyo origen es el 15 M suscita un conflicto entre los grupos de interés, con sus terminales políticas y mediáticas, y los mismos. Los procesos de constitución de un enemigo y de demonización, tienen consecuencias fatales, en tanto que, no sólo dificultan una salida a la situación, sino que envenenan el clima social. Lo que están haciendo las nuevas candidaturas es actuar a favor de los intereses de los sectores sociales no representados. Esto es lo nuevo y, no aceptarlo, conduce a una escalada de crispación. La añoranza del psoe e iu en los últimos no es realista por parte de los poderes económicos. No es probable que los nuevos sean intimidados como lo fue la izquierda convencional, tanto en los años de bonanza como los de crisis.

En cualquier caso, si la persecución iniciada crece, los recién llegados tienen que hacerla frente mediante la movilización de su potencial de réplica. Esta movilización tiene que estar presidida por la evitación de la confrontación frontal. Pero si se acepta la escalada de descalificaciones y la persecución política incipiente, esta crecerá mediante la extensión del miedo. Es una situación delicada que exige la profusión de la inteligencia y de la voluntad. De lo contrario,  asistiremos a la consolidación de una nueva versión del apartheid.

Esta noche he soñado que Ana interrogaba en un programa de máxima audiencia a una persona receptora de ayuda. En pocos minutos se derrumbó y confesó sollozando que a veces se compraba helados. Esta entrevista fue muy celebrada en los medios del poder y la entrevistadora muy elogiada.


martes, 16 de junio de 2015

LA EXPROPIACIÓN DE LA SALUD Y LA DOXA MÉDICA



La medicina es una institución caracterizada por simultanear su gran fragmentación interna con el monolitismo del conocimiento compartido. Este se encuentra muy arraigado en los participantes de tal institución. La homogeneidad resultante se asocia a una integración cultural muy pronunciada, lo cual favorece la conformación de una sólida ortodoxia. El grado de desviación existente, con respecto a los supuestos compartidos, es muy pequeña. En todas las esferas en las que las ortodoxias están muy consolidadas, las heterodoxias correspondientes son muy audaces, creativas, vivas y cargadas de energía. Este es el caso de Juan Gérvas y Mercedes Pérez Fernández, médicos heterodoxos, que han presentado su nuevo libro “La expropiación de la salud”, que significa tanto un cuestionamiento de las interpretaciones prevalentes en la institución como una propuesta que supone una rectificación de su trayectoria.

Pero, más allá de la crítica a los saberes médicos ortodoxos, en el libro se problematiza lo que se puede denominar como la doxa médica, en el sentido en la que la define Bourdieu, la cual es sometida a crítica y revisión rigurosa. La doxa es más que una ideología, se trata del sentido común compartido que sustenta los esquemas cognoscitivos  que se encuentran liberados de la reflexión y la deliberación. De este modo se explica la reproducción del consenso médico, que no es sustancialmente afectado por las críticas y las propuestas formuladas desde el interior de la profesión, que son expresadas en revistas científicas de acreditado prestigio.

En el libro, que es complementario del anterior, Sano y Salvo, se multiplican las dudas acerca de muchos de los preceptos médicos al uso; se desmienten algunas de las informaciones que sustentan las actuaciones profesionales; se recuperan algunos elementos esenciales, despreciados por el saber oficial; se critican muchas de las prácticas médicas consideradas superfluas y con efectos negativos; se discuten no pocos dogmas compartidos por la mayoría, así como se desvelan los sentidos de muchas de las convenciones que producen una ineficacia manifiesta.  El texto es una réplica al estado percibido de la institución.

El título “La expropiación de la salud” evoca al de Illich de Némesis médica, cuyo subtítulo es el mismo. Todas las iatrogenias enunciadas por Illich son puestas al día con una profusión argumental considerable, ilustradas por casos. Las iatrogenias clínicas, ahora determinadas por la intensa tecnologización, exceso de organización y dependencia creciente de los poderes políticos y económicos. Las sociales, que generan una vigorosa y múltiple sociedad enferma, que no deja de crecer como consecuencia de las definiciones acumulativas de los problemas de salud. También las iatrogenias estructurales, que intensifican la dependencia de las poblaciones ante la expansión de la medicina, ahora coaligada con las poderosas instituciones del mercado. El resultado es un debilitamiento de las capacidades de las poblaciones, generando un efecto de progreso invertido. Este es el vínculo principal entre ambos textos. De ahí la pertinencia del término “expropiación”, que sintetiza todos los análisis.

Sin embargo, en tanto que Némesis médica es una obra de crítica de la institución desde el exterior de la misma, que no se propone una alternativa sectorial, apuntando a un desenlace inevitablemente asociado a la industria y la sociedad global, la versión de Gérvas y Pérez Fernández es una construcción interna, que representa una perspectiva desde el interior de la medicina. Frente a lo que se valora como una institución peligrosa y arrogante, que ha superado sus límites alterando así sus sentidos, se propone una medicina prudente que recupere sus propios límites. De este modo, se sugiere que puede ser posible mejorar, o incluso invertir, la ecuación daños/beneficios desde el interior de la institución. Se trata de una crítica a los excesos de la medicina. En distintos pasajes se apuntan elementos de buenas prácticas profesionales, integrantes de un ejercicio profesional que recupere su espesor relacional con los pacientes y asuma las limitaciones determinadas por la biología misma.

En este sentido, cuando se reflexiona acerca de la ecuación salud/enfermedad, el libro representa una verdadera ruptura con la doxa médica. La frontera entre la salud, la enfermedad y la vida es recompuesta desde una mirada en la que se reconocen aportaciones procedentes de las ciencias sociales y otros saberes externos a la medicina. La vida adquiere una forma de verosimilitud extraña en un texto médico. La salud no se entiende como una combinación de atributos medibles, sino algo más, asociado a la mejor vida posible, que incluye una multiplicidad de situaciones y combinaciones. La subjetividad de los pacientes hace acto de presencia en sus páginas, en contraste con su ausencia en la práctica médica convencional. Así, la afirmación más importante es que la enfermedad es compatible con la salud. El paciente, definido como un ser doliente, tiene la capacidad de experimentar una vida aceptable. En estos términos, los conceptos de gradiente y umbral adquieren una preponderancia fundamental “Se ignora el problema del umbral (el estado individual de percepción de salud), la vivencia de la propia salud como una propiedad emergente y el inevitable enfermar y morir de los humanos. El umbral de la salud es cambiante” (p. 107).

Desde esta perspectiva se entiende al paciente como un ser en riesgo de ser expropiado. Sus capacidades de entender la enfermedad y responder ante la misma son desplazadas por el aparato asistencial, que subordina las vivencias y las representaciones de los pacientes a las definiciones de los profesionales articuladas en la tiranía del diagnóstico. Sobre esta realidad se constituye el espejismo de la medicina de las cuatro p: preventiva, predictiva, personalizada y participativa. Este formidable dispositivo presiona en la dirección de conseguir que el paciente renuncie a ser él mismo, autor de su vida y de su narrativa, para constituirse en un ser dependiente y guiado por una institución que los reduce a ecuaciones diagnósticas y biológicas. Por recurrir a un poeta como Joaquín Sabina, que sintetiza con precisión este reduccionismo del paciente, dice “Oiga doctor, déjeme como estaba, por favor…a ver si tengo cura, sólo quiero ser yo y ahora parezco mi caricatura”.

La recuperación del paciente como un ser vivo implica el reconocimiento de las desigualdades sociales, que conforman los colectivos menos dotados de recursos, o las enfermedades que presentan una carga mayor. La salud y la asistencia a las poblaciones en declive o penalizadas por la reestructuración social hacen su aparición en varios pasajes del libro. En particular, los prejuicios y los estigmas se incrementan en el caso de los enfermos mentales y otras categorías derivadas de la lógica de las clasificaciones de los diagnósticos y su construcción profesional.

La medicina prudente que proponen frente a los excesos de la medicina sin límites, parece escasamente factible en una medicina hiperespecializada. Aunque en varias ocasiones se alude explícitamente a la relación entre los problemas más importantes de la medicina sin límites con el dominio de los especialistas, no se clarifica suficientemente esta crucial cuestión. El dispositivo asistencial deviene en un entramado de especialidades por las que circula el paciente, haciendo casi imposible la integración. En esta estructura la misma atención primaria adquiere inevitablemente la mentalidad y el modo operativo de una especialidad. Todas las perversiones asociadas al imperio del diagnóstico están asociadas a esta organización. Así, es inevitable, tal y como señalan los autores, que las enfermedades y los diagnósticos sean interpretaciones médicas cargadas de ideología biológica y moral, cuyo impacto es la reducción de la visión de la persona.

La focalización en el interior de la institución médica característico del libro dificulta la comprensión del campo histórico en el que se inserta los últimos treinta años, determinando cambios de gran alcance. La construcción de vínculos entre las distintas esferas sectoriales tiene como consecuencia la multiplicación de áreas donde los legos son desplazados por los expertos. La medicina forma parte del paquete integrado de la nueva expertocracia, que reduce la autonomía de las personas y procede a una programación muy rigurosa de la vida, de toda la vida. La relación médico-paciente se encuentra afectada por esta transformación. En este sentido, la medicina modifica su estatuto al tener que compartir sus definiciones con la poderosa industria del bienestar, que adquiere un importante protagonismo en las áreas del cuerpo, la nutrición, la sexualidad, la salud mental y la vida, entendida también como una escalada del bienestar sin fin. La asistencia sanitaria es remodelada con el objetivo de mantener las coherencias con este complejo industrial del bienestar, que reemplaza históricamente al estado de bienestar, mediante una nueva definición de la salud, que abre el camino a la explotación de un mercado sin límites.

El texto está lleno de ideas sugerentes que abren el camino a preguntas, indagaciones y problematizaciones. El pensamiento heterodoxo siempre se acompaña de tensión creativa que agradece cualquier lector. La esclerotizada doxa médica es reavivada por este texto, que es coherente con la trayectoria de sus autores. La discrepancia sostenida en el tiempo con las definiciones oficiales y su doxa asociada, tiene como consecuencia la conformación de una heterodoxia o disidencia, que el tiempo va enriqueciendo. El pensamiento de los autores va renovándose en el transcurso de las sucesivas etapas por las que atraviesa la institución médica. Se trata de una estimulante propuesta.

Estos abuelos entrañables, llenos de energía, vitalidad y vigor intelectual, mantienen una tensión creativa que facilita una lectura más completa de la medicina. Representan un fenómeno singular, en tanto que unos profesionales jubilados, mantienen sus aportaciones críticas, las cuales son renovadas incesantemente. Así, en su obra fecundan el campo de la medicina, desvelando sus lados oscuros y abriendo interrogantes. Sus aportaciones se filtran imperceptiblemente por las grietas de la rígida doxa médica. A pesar del monolitismo profesional imperante, todo es distinto por efecto de su presencia y su persistencia. No hay un futuro abierto y perfectible sin sus aportaciones, así como de las de los distintos heterodoxos, independientes y disidentes que proliferan en este tiempo y los acompañan. Su obra erosiona el pensamiento oficial, tan fiel a los intereses a los que representa. Cualquier cambio futuro resultará de un acontecimiento que catalice todas las aportaciones de los heterodoxos en los tiempos en los que reinaba la aparente conformidad. Por esta razón los entiendo como gérmenes del futuro.

Como también soy heterodoxo, conozco bien los órdenes organizativos congelados de las instituciones. Las ortodoxias producen un conjunto de reglas implícitas entre las que se encuentran las del posicionamiento y las distancias. Cada cual debe situarse mediante las compañías adecuadas y tomarse las distancias programadas respecto a los distintos actores. Así se constituye un régimen de visibilidad que desplaza a los disidentes. Por eso uno de los costes de la heterodoxia es la soledad producida por el distanciamiento de quienes temen romper las obligaciones de situarse en el lugar adecuado. Intuyo las distancias experimentadas por Mercedes y Juan en sus largos años de heterodoxia. El tiempo actual reaviva las críticas y hace comparecer nuevas cohortes de médicos críticos. Así se produce una inesperada conexión entre generaciones y se renueva la pertinencia de ese dicho de  "bien sólo o bien acompañado". Tabién se hace posible pensar en un futuro mejor.


  
  

martes, 9 de junio de 2015

LA SEGUNDA REPÚBLICA Y LA DEMOCRACIA DE LOS MIL

El pasado miércoles se ha inaugurado en París un jardín que recuerda el papel de los 150 soldados republicanos españoles de la novena compañía de la segunda división blindada de la Francia Libre, al mando del general Leclerc, que desempeñó un relevante papel en la liberación de París. Tanto la alcaldesa, Anne Hidalgo, como el rey de España, se apoderaron, en ausencia de sus herederos verdaderos,  del único intangible que conserva la segunda república, que es su memoria, así como de las significaciones producidos y compartidos por sus protagonistas. Estos son desahuciados de su propio pasado, que es reconstituido mediante su marginación, resultando un vaciamiento y transmutación de los acontecimientos históricos que protagonizaron.

Los vencidos son reemplazados físicamente por los vencedores, de modo que son convertidos en habitantes de un espacio fantasmático. Así, se produce una nueva violencia, ahora simbólica, sobre los sobrevivientes a las violencias políticas que se han abatido sobre ella desde su fundación, y, aún después de su derrota en 1939. Este es el penúltimo episodio de la tragedia de la segunda república, que es derrotada sucesivamente por sus adversarios, que la combaten en todos los tiempos posibles: pasado, presente y futuro. Así se impone una narrativa que disuelve la de sus propios partidarios, sepultando su memoria. Esta derrota es todavía más importante que la militar.

La segunda república es una institución extraña, en tanto que, a pesar de que el escenario histórico en la que se produjo ha sido sustancialmente modificado, sigue siendo implacablemente perseguida por sus enterradores, que le asignan un estatuto de reprobación eterna, sin perdón posible. Así, tras el final del franquismo, las fuerzas que representaban  su memoria,  se integraron en el nuevo orden constitucional, renunciando a una parte de su identidad. Pero la república como acontecimiento histórico singular no es rehabilitada, siendo sometida a la denegación permanente.  En los grandes conflictos políticos y sociales aparece su memoria, que siempre desencadena la descalificación de los antaño vencedores.  De este modo se configura una condena intemporal, eterna, que trasciende la inevitable erosión del paso del tiempo, que la exilia de la memoria colectiva y la estigmatiza mediante su cadena perpetua, revisable sólo para volverla a condenar a muerte.

La república es una realidad ideal que se hace presente en todos los tiempos de mi vida. Se trata de algo distinto a una forma de gobierno, o una forma política que determina posicionamientos racionalizados. Para una persona de mi generación es un factor de identificación; un generador de emociones intensas; una forma de rechazo del presente, dominado por el nacionalcatolicismo en distintas versiones, mutaciones y simbiosis; un modo de afirmar que otro mundo fue posible, y, por consiguiente, puede ser factible. Porque representa la libertad y la igualdad, que en mi infancia y juventud se encontraban tan contundentemente aniquiladas por el franquismo. En este sentido, la república es algo más que lo político, se trata de la aspiración a liberar la vida cotidiana de las constricciones del autoritarismo múltiple, así como restituir los derechos de muchas de las personas que me rodeaban en este tiempo: las sirvientas, los porteros, los camareros,  los conductores de autobuses y trolebuses, los obreros de la construcción que comían en las obras y piropeaban a las mujeres que se ponían bajo su vista, así como otros muchos.

Mi imaginario de la segunda república está poblado de poetas; de escritores; de gentes del teatro; de músicos; de personas generosas y solidarias; de proyectos educativos; de políticos que no modificaban su vida ni su posición social; de una polis llena de periódicos y pasiones políticas;  de un espacio público vital; de una calle llena de energía, y todo ello presidido en mi mente por la figura de Luis Buñuel. Gentes como el personaje que representa Fernán Gómez en Belle Epoque, la película de Trueba, tan entrañable, que se contrapone a los sombríos personajes que me rodeaban en el franquismo, protagonistas del relato que se representaba entonces del camino hacia los mil dólares de renta per cápita. La república era lo contrario a todo eso.

También no pocas cosas negativas. La estructura de clases tan brutalmente desigual, con las violencias inevitables derivadas de la misma; la terrible clase dirigente española, caciquil y cerrada; la preponderancia de instituciones como el ejército y la iglesia; las ideologías totalitarias globales de la época; los efectos perversos de las utopías igualitarias; el primitivismo de muchos de los comportamientos y las mentes; los sectarismos; las consecuencias múltiples del atraso proverbial, con sus secuelas de dogmatismos.

Pero la mayor tragedia de la república es que sus mismos defensores han sido reconfigurados por la democracia resultante de la renta per cápita disparada, que produce un modelo de bienestar que se articula con un arquetipo individual tan diferente al predominante en la república. No imagino a Azaña en una ciudad dominada por los hipermercados, centros comerciales, autovías e infinitas segmentaciones. Los programas de los herederos de los partidos republicanos proponen cosas que se cuentan e inscriben en guarismos,  pero excluyen los valores y las prácticas sociales de su época dorada. Recuerdo la generosidad de muchos trabajadores manuales en los años sesenta, que habitaban bares con olores a fritangas, donde se producían conversaciones vivas, que concluían pagando las cervezas de los desconocidos. Estos personajes entrañables no estaban hipotecados, ni representados en otra cosa menor que la abstracta patria, ni mediatizados, ni comprometidos con ningún estilo de vida, carrera laboral ni relato fundado en la obligación de crecer.

La nueva sociedad derivada de la explosión de la renta per cápita, ahora renovada en jergas económicas sucesivas, se contrapone al ser social habitante de la república. El televidente a la carta, el dependiente del móvil, el comprador sofisticado, el conductor intensivo, el buscador de la excelencia en la vida personal, el sujeto involucrado en su carrera profesional sin límite, todas estas figuras son incompatibles con el espíritu del tiempo de la república.

La segunda república es otra cosa, lo cual determina la nostalgia de algunos de sus partidarios y el feroz estado de condena eterna de sus enemigos. Su alma se manifestó en los comienzos de la transición, mediante distintas señales emitidas por algunos de sus sobrevivientes. En algunos municipios pequeños andaluces, sus recién constituidas corporaciones aludieron solemnemente  a la humanidad y valores asociados a la revolución francesa. Pero el bienestar material creciente  fue disolviendo su alma ingenua. La república fue un estado de infantería, incompatible con la motorización de masas, que convierte a las clases subalternas en batallones motorizados, en donde las instituciones del crédito gobiernan lo social mediante la atomización de los endeudados.

Quizás por eso, porque la república no es un régimen político, sino algo más, es perseguida sin descanso por la coalición del poder española, que se renueva adaptándose a los nuevos entornos históricos conservando su núcleo invariante. Este es el temor y el odio al “populacho” estimulado por la república. De ahí la persistencia de la descalificación y la violencia ante cualquier signo de su restauración. De este modo se explica la deriva autoritaria creciente tras los años de bienestar material. Todos los dispositivos policiales y judiciales se abaten con una dureza inusitada sobre la última versión de la “chusma”, que es definida como gentes que han vivido por encima de sus posibilidades. El odio y la mala saña desplegados sin pudor sobre los desahuciados, desempleados y desasistencializados es congruente desde la perspectiva histórica.

Desde estas coordenadas cabe comprender la última violencia, que es una variante del concepto de violencia simbólica enunciado por Bourdieu, ejercida concertadamente por el rey y la alcaldesa progresista. La ceremonia ratifica el destierro renovado de los sobrevivientes y el cierre histórico de la segunda república. Se trata de la condena a vagar por los libros de historia, a aceptar la pérdida de los cuerpos enterrados, a ser instrumentalizada comercialmente mediante la rehabilitación  mutilada de algunos de sus ilustres intelectuales.

Recuerdo que, en los primeros años del postfranquismo algunas ilustres personalidades regresaron del exilio. Su encuentro con la sociedad resultante de la transición, en algunos casos, estuvo presidida por la perplejidad y el desencuentro. No cabe duda de que se encontraban atrasados, cosa lógica dada su avanzada edad. No entendían de ciencias sociales, uno de cuyos postulados es que a partir de los mil dólares de renta per cápita, es inevitable la democracia. Esta es con la que se encontraron y les parecía extraña.

Por esta razón nadie ha dicho ni una palabra al respecto de lo que ocurrió en París el pasado miércoles. Tan focalizados en el cálculo de escaños, concejalías y coaliciones. Esta es el alma de la democracia de los ya mucho más de mil dólares de renta, mucho más modernizada que la de la vieja república. Se puede sintetizar en la fórmula “dieciocho mil cien; dieciocho mil doscientos…”.

Inevitablemente recuerdo a Luis Buñuel y el Fernán Gómez de Belle epoque. También de esta escena de "Soldados de Salamina"


miércoles, 3 de junio de 2015

YO, MÍ, ME, CONMIGO: EL AULA IMPOSIBLE

Acabo de concluir un cuatrimestre de clases intensivas. En las aulas comienzan a hacerse visibles los efectos de la programación de los dispositivos de poder postdisciplinarios, así como las señales de la llegada de una nueva generación forjada en las redes sociales, resultantes de la gran mutación digital. La combinación de ambos fenómenos resulta altamente explosiva, en tanto que su impacto sobre el aula es de tal magnitud, que hace casi imposible tanto la comunicación como la cooperación. En esta aula, en donde lo social se reconfigura, he tenido que defender el papel del profesor, en tanto que muchos de los yoes acumulados en este espacio, lo perciben como un intruso en el mundo cerrado individual-ficcional de cada cual, resultante de su presencia permanente en otros mundos, en los que lo racional y lo común es desplazado por la ficción.

Las reformas educativas de la época actual, insertas en la gran mutación neoliberal, entienden la educación en términos de la apertura de un proyecto rigurosamente individual. Cada estudiante es definido como un sujeto tan individualizado, que transita entre grupos de asignatura que se conforman como una convergencia de las elecciones de sus miembros. Estos se hacen y deshacen cuando concluye cada sesión, según el modelo de las colas de autobús, para reconfigurarse la siguiente hora. Así, las relaciones son efímeras, y, en la trayectoria de cada yo, se encuentra acompañado de distintas personas. Este es el efecto de la gran segmentación derivada de la elección individual de asignatura y grupo.

Pero este estudiante viajero solitario, tiene que acumular méritos en una cantidad necesaria para continuar su larga carrera hacia el horizonte sin fin. Sus logros serán cotejados con los de los otros competidores, de modo que sus resultados siempre se interpretan en términos de comparaciones con otros. El éxito es sobreponerse a los demás viajeros. El sentido último no es alcanzar un estándar, sino ganar en una carrera frente a los otros. La función central de producir las diferencias se ubica en el centro de todas las reformas. Así, los transeúntes van internalizando que el éxito consiste en ganar a los yoes que se ubican en su proximidad, y que este depende en la mayor parte de las ocasiones de décimas, o, incluso de centésimas.

Ciertamente, en las aulas siguen existiendo relaciones primarias regidas por la subjetividad, que pueden fomentar la ayuda mutua entre los participantes en estas redes amistosas. Pero el ambiente general es de una competencia feroz entre los subgrupos conformados por redes afines. Así, los otros son un obstáculo que es necesario salvar. Durante cuatro meses he presenciado cómo la mayoría de sujetos en tránsito (estudiantes), que tienen que hacer una exposición en la clase, no se presentan a los demás, y se incomodan cuando les requiero para que lo hagan.

También, cuando terminan su exposición, no aceptan comentarios de sus iguales amenazadores,  que entienden como ataques a su yo. Tan sólo está permitido hacer preguntas, como en las conferencias de los políticos o de los profesores universitarios, así como de otras obsoletas instituciones. Sólo preguntas, no comentarios, ni críticas, ni matizaciones, ni dudas, ni objeciones, ni sugerencias, ni observaciones… En alguna ocasión, cuando alguien cuestiona algo, el ponente de ocasión lo denomina como un “ataque”. Así se hace inteligible la lógica de la competencia extrema en la significación de la producción individual de la cesta de méritos. La regla es que a los competidores no se les puede proporcionar la oportunidad de socavar su imagen.

Sin embargo, en este extraño desierto social se produce un acontecimiento aparentemente sorprendente. Cuando el ponente de turno concluye su intervención, es aplaudido por los demás. Si tiene subgrupo de apoyo, este lo hace ruidosamente, y, en el caso contrario, levemente. Así se conforma un pacto frente a la intervención del profesor, que es objeto de presión para que no “ataque”. De este modo, se hace presente la hegemonía de la televisión y sus sucesivas mutaciones, que han configurado un mundo en el que el código central es “un fuerte aplauso”. Este homologa a todos frente a la decadente autoridad externa del docente, que es neutralizada por la coalición basada en el aplauso.

El declive de la modernidad, de la razón, la pedagogía, la casta de los profesores y sus instituciones, resulta clamoroso. Lo que presenta cada yo es incuestionable, en tanto que responde a lo que se entiende como un yo interior profundo, basado en la existencia de un núcleo no socializado, y, por consiguiente, no puede ser objeto de deliberación. Yo elijo, y no tengo que justificar mi elección en términos racionales. Así, el aula se abre a las instituciones centrales de la época: el supermercado, la televisión a la carta y las redes sociales, todas fundadas en la apoteosis de la elección. Elijo porque me gusta, y lo que me gusta no tengo que justificarlo ante los demás. El mercado infinito invade todas las instituciones, también el aula, haciéndola imposible, en tanto que transforma el grupo, atomizándolo, segmentándolo y  liberándolo de cualquier vínculo.

El proceso de convergencia entre las estructuras sistémicas del mercado y los yoes acumuladores de méritos, reconvierte radicalmente todos los procesos educativos, remodelando el papel del profesor, antiguo mandarín, y ahora devenido en traficante de méritos.  Su papel privilegia las decisiones que configuran las actas y alimentan las maquinarias administrativas que seleccionan y discriminan entre el contingente de yoes viajeros. Él mismo es conformado como productor de méritos en el eterno retorno del ciclo de la evaluación.

Pero, si la influencia de los dispositivos postdisciplinarios es importante, las señales de que algo nuevo y  relevante está ocurriendo, no se pueden ocultar. Se trata del advenimiento de la primera generación que llega a las aulas como nativos digitales. Esta es una cuestión en la que se producen malentendidos de gran magnitud.  Dicho en pocas palabras: las tecnologías de la información y la comunicación pueden ser favorecedoras del desarrollo personal y de la comunicación, o del aislamiento y el acotamiento de la inteligencia. Sin embargo, frente a esta emergencia prevalecen visiones celebrativas y aproblemáticas, que ignoran los lados oscuros.

Las redes sociales son mundos vibrantes e intensos, en los que se producen euforias colectivas y oleadas de intercambios determinados por las comunicaciones virales múltiples. En este espacio, las personas son creadoras de contenidos y tienen la potestad de discriminar y seleccionar las comunicaciones.  Éstas circulan en formatos que privilegian los impactos sensoriales. Así, las personas adquieren el perfil de sujetos activos que generan contenidos y seleccionan las comunicaciones según sus preferencias. El problema radica en que, cuando se instalan en el sistema educativo, experimentan un síntoma de deprivación de su creatividad y personalización. Así se genera la última versión de la guerra de los mundos.

Pero la generación que llega a las aulas curtida en los mundos de las redes sociales, presenta dos problemas esenciales. El primero es la alteración de la relación entre su yo y el mundo. El egocentrismo adquiere proporciones desmesuradas. Las redes son espacios de exposición del yo, que adquiere un protagonismo incuestionable. Por el contrario, el mundo se hace pequeño,  pues cada cual puede crearse un mundo a su propia medida. Así, las grandes cuestiones comunes  se disuelven sepultadas por la exposición de los yoes. Las redes, para los nativos que no tienen una vida anterior, los aíslan severamente de algunos procesos fundamentales de la sociedad,  generando una  realidad invertida y mutilada.

El resultado es la proliferación de personas drásticamente descentradas, orientadas a su interior, para las que lo social es aquello que suscite su interés ocasional debido a la sobrecarga de estímulos a los que son sometidos por las grandes instituciones del marketing y la publicidad. Para estas personas es casi imposible constituir un mapa mental estable que les permita integrar informaciones. La consecuencia es la generación de un estado de saturación, que se resuelve mediante el repliegue al interior.

Las aulas son instancias que registran estos cambios manifiestamente, aunque estos no son interpretados en su verdadera dimensión. Así, no pocos de los alumnos que exponen trabajos, lo hacen desde una perspectiva tan individual, que no admite crítica de nadie exterior al yo. Muchos de ellos, una vez han expuesto abandonan el aula, manifestando su verdadera concepción de lo común. No se reconoce a los otros como seres sociales. Durante meses he sido testigo de un hecho insólito. Los días de exposiciones que se utilizaba el power point, nadie me ayudaba a bajar las persianas para que pudiera verse en buenas condiciones la presentación. La contribución a lo común adquiere en las aulas imposibles el grado cero de colaboración. Sólo se responde a conminaciones del profesor. Así, el aula adquiere un aspecto siniestro de suma de egos que se ignoran.

Ciertamente hay excepciones y grados en el proceso de desertización social de las aulas. Los tres grupos eran diferentes, pero el fondo de la cuestión es el que estoy exponiendo. Se trata de una tendencia emergente.  La indiferencia respecto a los demás es clamorosa. Lo peor estriba en que en estas condiciones, los yoes sólo responden a instrucciones cerradas y sencillas. Se solicita la determinación de los trabajos hasta en sus más mínimos detalles. Así el desierto relacional anticipa una transición hacia un estado de indigencia intelectual.

Me encantaría recibir el comentario de algún docente.