sábado, 6 de abril de 2013

LA BURBUJA IMAGINARIA Y SUS VÍCTIMAS: LOS DESHAUCIADOS

MIRADAS INCISIVAS

En los últimos tiempos comparece cotidianamente en las pantallas múltiples, la penúltima categoría de perdedores de la reestructuración que sigue la senda hacia una sociedad neoliberal avanzada: los desahuciados. Los medios de comunicación exponen las imágenes de su desamparo y dolor, de las solidaridades de quienes los acompañan, de los silencios de quienes los ignoran, de los episodios de suicidio, de su perplejidad y su rabia, así como de su terror. Los programas de tertulia y debate lo tratan como un problema convertido en un hecho audiovisual, cuyas audiencias pueden competir con cualquier otro de los que conforman el misterio de la actualidad.

Pero una institución como los medios, los trata mediante su extirpación del contexto global que los produce. Las dolorosas imágenes que se derivan de las expulsiones, son presentadas como un hecho audiovisual, que convoca audiencias considerables. Así se presenta el problema descontextualizado de su historia y sus raíces. La lógica de la producción de la realidad audiovisual, determina que mañana, o pasado mañana, será inevitablemente reemplazado por otro acontecimiento productor de imágenes espectaculares en la vertiginosa carrera y sucesión de contenidos temáticos cuyo impacto en el pueblo electrónico se encuentre acreditado y garantizado.

Pero ¿quiénes son los desahuciados? Se trata de un colectivo numeroso, definido principalmente por su vulnerabilidad laboral, cultural y social. Constituyen la parte visible de un iceberg en el que se conjuntan varias categorías de trabajadores agrarios e industriales constituidos en el tardofranquismo. Un colectivo que, en los tiempos de bienestar económico, se reinsertó en el mercado laboral resultante de la convergencia del maná europeo, invertido en obras e infraestructuras, así como en la explosión de la construcción de edificios. La concurrencia de ambos factores generó muchos puestos de trabajo, a los que se suman los de los servicios de baja productividad que acompañan a esta expansión, que se refuerzan con la llegada de colectivos de inmigrantes.

En una situación de empleo abundante, se dispara un clima de euforia, que se sustenta en un imaginario celebrativo, así como en un conjunto de instituciones privilegiadas por el crecimiento, que alimentan estos imaginarios y son los altavoces de narrativas que se fundan en la valoración de la advenida situación como la llegada a la tierra prometida atemporal y eterna, que garantiza irreversiblemente la abundancia. En este contexto, en el que se configura esta auténtica burbuja imaginaria, que es inseparable del desvarío español del tránsito entre siglos, el colectivo de los desahuciados, débiles en sus perfiles laborales, es seducido e inducido a tomar decisiones arriesgadas con respecto a sus viviendas, que les confería la condición de propietarios.

Así, los desahuciados son seducidos por los contenidos eufóricos de las instituciones del crédito; por las instituciones de las empresas, del marketing y la publicidad; por las imágenes y discursos que prometen la felicidad redentora, realizada en la abundancia general y en la nueva tierra prometida, que ahora se denomina la sociedad de la información; por los expertos económicos que desfilan por las pantallas pronosticando el crecimiento interminable; por los partidos políticos, embriagados por las fragancias emanadas de los flujos de la abundancia y el consumo, y por los medios de comunicación, multiplicados en la incipiente sociedad postmediática, que expanden y multiplican los climas de euforia ¿recordáis este tiempo?

Pero, a este complejo de instituciones optimista-delirante, se incorporan las instituciones políticas, ebrias de optimismo en la ola de los flujos de dinero, y, en particular, los mismos presidentes de gobierno. Es menester recordar a Aznar y su sentencia de la época, “España va bien”. Con posterioridad, Zapatero enuncia su pronóstico acerca de la inevitable victoria en la Champions, así como la solidez del sistema financiero en la carrera prodigiosa en la que van a alcanzarse las primeras posiciones. Los presidentes de los gobiernos, junto a sus séquitos de conmilitones y consejeros alimentan el delirio de los españoles devenidos en nuevos ricos en la nueva familia europea. Así se evidencia la ausencia de diagnóstico y de un proyecto del recién nacido estado emprendedor.

Los desahuciados forman parte de los colectivos sociales con menor acceso a la información, así como con escasos capitales educativos y relacionales, lo cual favorece su identificación con el clima de euforia reinante. Así, no se plantean dudas ni toman precauciones, dejándose arrastrar por los delirios de la recién descubierta abundancia en la escala que les corresponde. Se experimenta la novísima condición de propietarios, tal y como les es asignada por algunos de los sociólogos-tertulianos de la época. Entonces ¿podemos afirmar desde la perspectiva de hoy que las decisiones de los desahuciados han sido individuales, separándolas del contexto en el que se han producido? No, el clima social les induce a comprar y despreocuparse por el futuro. Así son seducidos trágicamente por el complejo de las instituciones del gobierno y del crecimiento eterno.

Por el contrario, los principales sectores sociales beneficiarios de los efectos de la expansión, las clases medias convencionales incubadas en el último franquismo, aprovechan los incrementos de precio de los suelos y otros factores de coyuntura, para blindarse frente al futuro, invirtiendo sus beneficios en lugares seguros, frecuentemente en los paraísos fiscales que ofrecen alta rentabilidad. Un contingente de, los mismos, los afectados por la estafa de las preferentes o la quiebra de la banca, protagonizada por algunos prohombres del sistema político, manifiestan su fragilidad, en este caso confirmando la obediencia incondicional a la autoridad económica, tan arraigada en la tradición española. Así son también seducidos, engañados y abandonados.

Los desahuciados y los afectados por las estafas son víctimas de una seducción que termina en un abandono radical, cuando la burbuja imaginaria, y sus acompañantes necesarios, se pinchan, desvaneciéndose la nube de pequeños negocios de ocasión que han generado pingües beneficios, pero que carecen de bases que aseguren su continuidad. Lo que se denomina crisis, deja al desnudo la naturaleza de la burbuja imaginaria, mostrando su naturaleza ideológica neoliberal. Tras los años prodigiosos de bienestares múltiples sólo quedan edificios vacíos, autovías, estaciones, aeropuertos, puertos deportivos, puentes, túneles y otras obras, porque las organizaciones, tanto públicas como privadas apenas han incrementado otra cosa que no sean sus recursos materiales, con alguna excepción como la del sistema sanitario público. La vieja España, comparece detrás de los maquillajes de los años felices y que la crisis ha diluido, adoptando la imagen de la cigarra.

En el presente, los desahuciados constituyen el emblema de la ruina inevitable de quien dilapidó los caudales monetarios de los años de la bonanza. Estos son abandonados, desplazados y violentados. Ahora impera la metáfora de las vacas flacas. La disminución drástica del mercado de trabajo es acompañada de recortes sociales severos, cuyas víctimas son rigurosamente selectivas. La reconfiguración del estatuto del empleo junto con la transformación del sector público, anuncia una época de nuevo esplendor de la economía, liberada de la pesada carga de una parte de la población que no es funcional para la misma. Los desahuciados forman el primer contingente de expulsados de las magnitudes que definen la nueva economía. El camino hacia “la recuperación”, que ya se anuncia, se inicia mediante el abandono de los seducidos, que son condenados mediante la asignación del estatuto de derrochadores, y son colocados en una situación imposible, esa que un chiste popular sintetiza con precisión: “no podemos apretarnos el cinturón y bajarnos los pantalones al mismo tiempo”.

El colectivo de los desahuciados es relegado mediante su infrarrepresentación política. Son denegados en tanto que son definidos, no en función de los factores singulares y específicos que los conforman, sino como una parte de un colectivo abstracto, la población o los desempleados u otros, disolviendo así su identidad. No se trata de saber cuántos son, sino de que representan las víctimas de un tiempo de desvarío general, en el que ellos fueron menos responsables que sus seductores. Los procesos de denegación y expulsión son acompañados de un conjunto de violencias sobre los mismos de gran intensidad.

De este modo, primero seducidos, después abandonados, denegados en su identidad, expulsados del paraíso, no representados y externalizados por las instituciones, convertidos en unos flujos espectrales que transitan rotativamente en la tangente de las instituciones políticas, judiciales, sociales y económicas. Tan sólo se los entiende como productores de desórdenes públicos, asignándolos a la custodia de la institución de la policía. Se les construye una identidad-problema y no son acogidos por las instituciones, en contraste con los bancos y otras instituciones seductoras, que son reconocidos, comprendidos, acogidos y ayudados. Me parece una situación terrible en términos de ética y equidad, pero lo que más me preocupa es el problema político, que evidencia un caso de no representación de gran magnitud, que abre camino a un sistema político inquietante ¿puede una democracia dejar sin representación a una parte de su población?

Pero lo más sorprendente es que los desahuciados, relegados de todas las instituciones, son acogidos por las instituciones mediáticas, que antaño los embaucaron como espectadores de las narrativas de la felicidad consumista. Sus dramas son presentados como espectáculo morboso y sus resistencias a las violencias que se abaten sobre ellos, como un oscuro placer estético que remite a sentimientos de compasión o de sadismo. Los guiones privilegian sus tragedias humanas, desplazando los aspectos de los déficits de educación o empleo, los recortes de ayudas y de la atención sanitaria. En esta situación de exclusión acumulada de los desahuciados, son mediatizados y convertidos en objeto de contemplación, presentándolos como desagregados, como un problema humano relativamente ajeno, como las hambrunas del sur.

Lo más positivo de esta situación es que los desahuciados, siguiendo la estela del 15 M y ante su desamparo en las instituciones políticas y sindicales, donde son invocados formalmente, pero no defendidos con energía y con arreglo al verdadero rango del problema político que encarnan, han generado un proceso de autoorganización y transformado su situación en un nuevo conflicto abierto en un escenario postfordista.

Incluyo un video del final de la película "Las uvas de la ira", que narra la deriva de un grupo de personas expulsadas de sus tierras y su busca de una salida. Su viaje presenta analogías con los deshauciados del presente. Las palabras pronunciadas por la mujer parecen estar en la boca de Ada Colau, ochenta años después.

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