domingo, 28 de abril de 2013

DERIVAS DIABÉTICAS: MÁS ALLÁ DE LOS GRITOS DE RIGOR

En los años del franquismo de mi adolescencia, siempre suscitó mi atención lo que se  denominaba como "los gritos de rigor". Estos se producían en las intervenciones públicas de las autoridades de todos los niveles. Consistían en vivas a Franco, España y otras realidades que tenían atributos místicos, situándose por encima del mundo realmente vivido. Acompañaban a los discursos que encadenaban frases cortas con afirmaciones drásticas, pronunciadas entre pausas amenazadoras. Los gritos de rigor se producían de forma teatral, de modo que no importaba tanto el contenido, sino los énfasis y la dramatización de su puesta en escena. La persistencia durante tantas décadas de los gritos de rigor, ha generado unos efectos demoledores sobre las inteligencias. No importa tanto exponer una idea, argumentarla, suscitar matices e interrogantes e integrarla en un contexto específico, sino que los énfasis  y los tonos constituyen la esencia en la comunicación con los auditorios.

Uno de mis héroes a los que debo tanto, el historiador polaco Isaac Deutscher, plantea en su obra monumental, la idea de que es frecuente en el devenir histórico, que un poder sólido y persistente en el tiempo, termine transfiriendo su esencia a su misma oposición. En el caso de los gritos de rigor ocurre así. Después del franquismo se mantienen las esencias de los mismos, entendidos como estereotipos solidificados,  inmutables, liberados de su verificación empírica e integrados sin grieta alguna, en los que cualquier matiz es imposible, siendo requeridos por las audiencias partidarias, corporativas o locales-territoriales. Ciertamente, estos han mutado las formas pero mantienen sus esencias dogmáticas y cerradas. Los gritos de rigor constituyen el reverso de la creatividad, de la innovación y de la inteligencia.

Los gritos de rigor no son sólo políticos, sino que se diseminan por el tejido institucional y social, configurando imaginarios profesionales, emblemas de grupos de interés e identidades sociales múltiples. En el curso de mi vida profesional, he podido contemplar el nacimiento y la decadencia de no pocos de estos, que van mutando en el ciclo de vida de los poderes que los producen y los instrumentan. Siempre he sido un crítico despiadado de cualquier grito de rigor. En este blog he comenzado, mediante la ironía, el acoso implacable a los que pueblan el presente. La senda, el matrimonio indestructible entre el crecimiento económico y la creación de empleo, la calidad, la excelencia, la vida entendida como encadenamiento de retos y otros, que pueblan las comunicaciones y los imaginarios de los esforzados súbditos de tan avanzada sociedad.

Uno de los conceptos más importantes de la época vigente es el de convergencia. Pues bien, los gritos de rigor, en sus renovados formatos, convergen en el presente con la utilización masiva del power point y con la multiplicación de los congresos. Los efectos de esta triple concurrencia, son demoledores, produciendo, en el interior de estos eventos, flujos de fugados que se refugian en los márgenes exteriores de las salas, donde se multiplican encuentros que alivian la repetición incesante de las palabras y símbolos que los articulan. Un atormentado congresista es sometido a un terrible bombardeo audiovisual, en presentaciones sucesivas y múltiples, que atentan contra el principio de la originalidad y la innovación, y en las que los gritos de rigor comparecen recurrentemente, bien en forma de marco teórico, o en otras más sutiles. Como acudo como invitado a algunos congresos, he sido violentado con gritos de rigor diferentes, incrementando así mi capacidad prodigiosa de implementar estrategias de fuga y disipación.

Uno de los gritos de rigor que me ha tocado sufrir es la transformación de los pacientes en la significación imaginaria "cliente". Esta mutación, de orden semántico, nunca suscitó reflexiones, controversias o indagaciones. Como tal símbolo fue aceptado sin más, para ser reproducido, sin piedad para los receptores, hasta que se produzca su seguro insípido e indoloro final, cuando sea abandonado para ser reemplazarlo por otra significación inscrita en el orden de lo maravilloso, destinado a públicos descentrados y buscadores de referencias, recetas y soluciones mágicas, que se producen en las mentes de algunos superhéroes externos, creadores de las narrativas protectoras, que ahora se denominan como "gurús".

Esta apelación al persistente e incesante proceso de reproducción de los gritos de rigor, y a sus siempre penúltimas versiones, viene al caso porque se ha producido un pequeño acontecimiento en este blog. Varios médicos han publicado comentarios en la entrada de "lo innegociable". Además, Jesús Blanco, un médico endocrinólogo, preocupado por las barreras existentes entre los médicos y los pacientes, ha enviado un link de una conferencia de Víctor Montori en un congreso de SEMFyC, sugiriendo una conversación sobre su contenido. Después de ver el video, me ha parecido que su contenido puede aportar mucho a esta discusión. Esta es la referencia   http://www.irekia.euskadi.net/es/web_tv/3601-victor-montori-semfyc-bilbao-2012 . Lo que propongo es que quien tenga interés en el asunto, vea el video y comente lo que considere. Yo esperaré un par de dias y escribiré una entrada sintetizando mi posición ante la sugerente intervención de Montori. Agradezco mucho la iniciativa de Jesús.

Las conversaciones y discusiones son poco frecuentes. Soy profesor de sociología, y, en varias ocasiones, he preguntado públicamente a alumnos de cuarto y quinto curso si conocían alguna discusión entre sociólogos. La respuesta es siempre no. La siguiente pregunta es ¿en alguna revista española una controversia? La respuesta sigue siendo no, en este caso acompañada de alguna sonrisa. Hice los cursos de doctorado en un programa en el que predominaban los psicólogos. Nunca olvidaré en una presentaciónde una compañera que afirmó, refiriéndose a Erwin Goffman, que participó en "una riña de sociólogos". El inconsciente se mostró en todo su esplendor. Las discusiones o controversias son consideradas como riñas en la distinguida comunidad académica.

Las discusiones son la mejor forma de estimular la inteligencia y construir un conocimiento que detente su validez mediante el contraste con posiciones plurales. La adhesión a las etiquetas, a las ideas o métodos investidos como verdad, terminan inevitablemente en dogmas, obstruyendo la construcción de una inteligencia adecuada a la complejidad del presente. En el curso de mi vida profesional, he vivido, como testigo aterrorizado,la destrucción de muy buenas ideas y propuestas mediante su aceptación acrítica y conversión en saber oficial incuestionable. Muchas de ellas proceden de las reformas sanitarias, muchos de cuyos enunciados son vaciados y destruidos al no ser sometidos a la duda. Todo lo que deviene en saber cerrado a la deliberación e interrogación, fenece inevitablemente y se convierte en alimento de mentes sumisas.

Por esta razón, me estimula cualquier conversación entre personas heterogéneas. El conocimiento no es nunca la reproducción de una supuesta realidad que pueda ser reducida a un conjunto de datos. Por el contrario,conocer es abordar un plano de una realidad desde un esquema predefinido que modela la mirada, así como de una posición y un mundo vivido. En este sentido, adelanto que mi interpretación del video entiende que Montori articula su discurso sobre el tratamiento de los enfermos crónicos, mientras que mi perspectiva se articula sobre la vida de los mismos. Es poco frecuente que un enfermo crónico tome la palabra, y, que tenga posibilidad de contrastarla con las miradas de los profesionales. Puede ser rica esta concurrencia. Por eso empiezo por negar el valor de las etiquetas, que presento irónicamente como la última versión posmoderna de los viejos gritos de rigor. Como no es la primera vez que discuto públicamente con profesionales, quiero evitar los conceptos solidificados, es decir, los prejuicios, los estereotipos y las etiquetas.


Una de las cuestiones que más me preocupa es que existe un concepto erróneo en España, que es el imperativo del consenso. El consenso político sobre el que se cimentó la transición, ha sido elevado a categoría mística y extendido a todas las esferas sociales. Sus efectos son equivalentes a terremotos de intensidad trágica. Las visiones de los problemas, derivadas de los procesos de creación de conocimiento en los que el consenso se produce sin identificar y confrontar las distintas posiciones, son inevitablemente parcas y pobres, se manifiesta la carencia de ideas y las mentes individuales se resienten de tal disparate. Nos hemos acostumbrado, en todos los ámbitos, a ocultar las diferencias, Me gusta denominar este dislate como "la obstrucción de la inteligencia". Uno de mis héroes del presente, Amador Fernández Savater, ha escrito algunos textos estimulantes resaltando la importancia del disenso. Las mentes en esta época son alimentadas con purés y sopas de baja calidad.

En espera de esta conversación pendiente, quiero manifestar mi preocupación de la medicina como institución, en tanto que ha aceptado sin resistencia las definiciones de los pacientes en los términos de las instituciones que la están reconfigurando. He sido testigo de este asalto cognitivo de "los comerciales" a la institución. Cuando algún alumno de sociología me pide bibliografía sobre la consulta como relación social, me encuentro con la realidad del diluvio de artículos sobre diagnósticos y tratamientos, que contrastan con la minimización de la cuestión del paciente, ahora desplazada a la bioética. Entonces me acuerdo de Jordi Gol, que es el primer médico que leí, que tanto me estimuló , y que iba por otro camino que el actual.

domingo, 21 de abril de 2013

EL ENSAÑAMIENTO


Uno de los filósofos que aporta y estimula frente a algunos dilemas  del presente es Günther Anders. Su pensamiento arroja luz sobre los sótanos y los lugares oscuros de las sociedades de progreso tecnológico, suscitando muchas preguntas inquietantes. Se trata de un pensador original, comprometido, lúcido, heterodoxo y poco académico. Uno de los conceptos más importantes que plantea, remite a las zonas invisibilidad en las sociedades industriales, protegidas de las miradas por lo que se denomina, desde la Escuela de Frankfurt, como "industrias de la conciencia", que incluyen los medios de comunicación y las instituciones del pensamiento, la cultura y las  ciencias humanas y sociales. El concepto de "oscurecimiento"  puede entenderse como el conjunto de procesos mediante los que los acontecimientos sociales se diseminan , dispersan y fluctúan, dificultando su ubicación en un esquema global y proporcional al grado de complejidad social. El concepto de descentramiento, al que me he referido en alguna de las entradas anteriores, se relaciona con el sistema conceptual aportado por este pensador.

Una de las aportaciones de Anders, radica en el análisis  de los conflictos en el escenario de la era atómica, en los que la tecnología ha incrementado la potencia destructiva de los actores, pero no se ha producido un proceso de incremento equivalente en la mente humana y en los sistemas de comunicaciones.  El resultado de este desequilibrio, es que, los mismos actores que se confrontan, no reconocen sus papeles y su misma naturaleza, construyendo así una zona de sombra en los conflictos y sus efectos. Este concepto es lo que denomina como "cegueras". Anders distingue entre cuatro cegueras: El dominador o agresor no reconoce al dominado o agredido como tal; el dominador no se reconoce a sí mismo como tal; el dominado no reconoce al dominador como tal; el dominado no se reconoce a sí mismo como tal. Estas conforman las cuatro cegueras.

El esquema de las cegueras de Anders, puede ser útil para entender la naturaleza de algunos delos conflictos que conforman el cuadro de la España presente. Los sectores sociales perdedores en la gran reestructuración neoliberal, iniciada por el gobierno de Felipe González,  son ahora expulsados a las tinieblas exteriores de la nueva economía, definida por un conjunto de ecuaciones, proporciones y magnitudes que se emancipan de los contingentes de la población superfluos a ellas. Estos sectores sociales, perjudicados por el final de las burbujas múltiples, son cruelmente penalizados por las políticas públicas de austeridad, pero lo más importante es que carecen de representación política y sindical efectiva. Son como las piedras y los lodos que quedan en los márgenes amontonados después de la riada, en espera de ser retirados. Se trata de las personas que estuvieron empleadas en los negocios de ocasión que cíclicamente genera el capitalismo español, tan deficitario en términos productivos, y que en los últimos treinta años ha empleado una mano de obra numerosa en los negocios de las infraestructuras y construcción principalmente.

Las reformas ejecutadas por el gobierno, con el respetuoso disentimiento de la oposición, que inició  las reformas en la dirección vigente,en el tiempo inmediatamente anterior a su desautorización electoral, se presentan como la marcha triunfal hacia una sociedad esplendorosa de crecimiento. En esta senda no se distingue entre distintas categorías de población. En el finalde la misma, se supone que la abundancia de puestos de trabajo asegura por sí misma el beneficio de todos sin distinción. Amparado en este precepto, sin oposición efectiva alguna, la maquinaria gubernamental actúa decididamente, intensificando la marcha,  gestionando las resistencias que suscita en términos de orden público, y descalificando a las víctimas que produce, que se sobreentienden como un precio necesario para arribar de nuevo al mítico crecimiento.

En los conflictos derivados de la marcha hacia el feliz crecimiento, se producen situaciones que el concepto de las cegueras de Anders ilustra nítidamente. El gobierno y el complejo de fuerzas que lo acompaña, no dialoga, ni delibera, ni negocia los contenidos de las reformas en las instituciones del estado, sino que las impone, comunica unilateralmente y construye a sus opositores como enemigos, activando mecanismos represivos e iniciando un escalamiento en la penalización de los conflictos. Esta actuación confirma las dos primeras cegueras de Anders. Ni  reconoce a las víctimas o a los perdedores por sus decisiones como tales, ni se reconoce a sí mismo como agresor o violador. Toma las medidas sin considerar que los destinatarios son víctimas humanas. Las imágenes terribles de la presentación optimista de las decisiones como medidas técnicas, ignorando los sufrimientos de las víctimas. Ni una palabra o gesto de consuelo o comprensión. Por el contrario, ni una palabra o gesto de reprobación de las actuaciones de las instituciones del crédito y sus beneficiarios que han desempeñado un papel tan importante en el desplome. La vida pública muestra la puesta en escena del mal en estado de solidificación. La comunicación pública de estas medidas-sentencias se efectúa con una mezcla de brutalidad, optimismo ideológico, cinismo y dosis intensas de mentira institucional, que suscitan escalofrios.

Esta dialéctica de las políticas públicas y los conflictos que se derivan de las mismas, implican un plano de comunicación mediante el que complejo gubernamental descalifica a los afectados. El desprecio a los profesores, los funcionarios, los jueces y los médicos y enfermeras, se manifiesta en el dispositivo mediático de apoyo, así como en frases antológicas pronunciadas por algunas autoridades en el trance de encontrar la senda al paraiso. Los casos de Esperanza Aguirre con los docentes, Wert con los universitarios, Ignacio González con los médicos y enfermeras o Gallardón con los jueces, muestran inequívocamente el imaginario aristocrático del PP, en el final de su viaje de ida y vuelta a sus atormentados orígenes históricos. Pero en este caso, la reforma significa la reconversión del estatuto de estos sectores, desplazándolos hacia un grado mayor de subalternidad en el nuevo orden social, pero conservando su integración en el sistema. De ahí que se produzcan conflictos y réplicas, en los que se manifiesta su representación política, sindical y mediática.

 Pero en el caso de los expulsados del mercado de trabajo por la reforma laboral, los interinos del sector público despedidos, los desempleados múltiples, los autónomos y clases medias empobrecidas, los trabajadores precarizados de todos los niveles, los trabajadores informales sin regulación, los jóvenes eternos sin posibilidad de reinserción, los receptores de ayudas del estado, los que han experimentado una privación súbita de sus condiciones de vida, los empobrecidos, los deshauciados, las mujeres frágiles, las víctimas de las preferentes y otros abusos de las instituciones de crédito, los inmigrantes atrapados en la recesión, así como otros sectores empobrecidos, no sólo son sepultados por la avalancha de recortes y la desregulación del mercado de trabajo, sino que son descalificados y humillados por el complejo gubernamental. Estos sectores son los vulnerables, tan bien definidos por Robert Castel, que carecen de discursos que definan sus intereses, de identidades colectivas consistentes, de representación política, sindical y mediática. Son aquellos que no aparecen en las campañas electorales, los que son representados, en ausencia de su especifidad, mediante categorías generales tales como "ciudadanos", "trabajadores" o "excluídos".

Las víctimas de la conmoción económica y de la obsolescencia de las instituciones políticas en el tránsito hacia el nuevo capitalismo global, producen dramas múltiples que se filtran por las rendijas de los medios de comunicación. Desprovistos de significación política, así como de posible representación, sus sufrimientos son expuestos en el espectáculo mediático incesante y morboso. Son susceptibles de manipulación simbólica, en tanto que, al carecer de un discurso autónomo, no pueden ejercer réplicas en el sistema mediático ni en el político, ni siquiera castigo electoral alguno a sus intrépidos agresores. Así se cumplen rigurosamente las cegueras de Anders referidas a las víctimas, es decir, ni reconocen a sus dominadores como tales, ni ellas mismas se entienden como agredidas. Se trata de una tragedia contemporánea sin antecedentes. Se presentan sus sufrimientos como una morbosa versión contemporánea del hombre-elefante, siendo percibidos como un "otro ficcional", ubicado en el otro lado de la pantalla, pero desprovistos de su condición humana. Nadie les teme, sus malestares pueden ser instrumentados y utilizados en cualquier proyecto político.

En este contexto se pueden leer algunas de las frases pronunciadas por algunos dirigentes del PP en la última semana. Cristina Cifuentes, la directora de "la guerra" contra los desplazados y expulsados.  María Dolores de Cospedal, afirmando que los suyos sí pagan las hipotecas, sugiriendo así que los que no lo hacen es porque son unos aprovechados. Vicente Martínez Pujalte, el arquetipo del capitalismo atrasado español, inscrito prístinamente en su rostro, su retórica y sus modales. Pero lo más importante es lo que simboliza Fátima Báñez. Ella representa el asalto a la estructura sistémica matriz de todos los dramas: el mercado del trabajo. El impacto de esta remodelación se extiende a todas las áreas sociales constituyendo el factor esencial de la dualización. Cumple esta función con gran virulencia y descalificando cruelmente a sus víctimas. La última semana ha denominado como "movilidad exterior" a los jóvenes que se tienen que marchar a buscar trabajo por el mundo, incorporándose al nuevo ejército de reserva planetario que transita por el espacio de los flujos.

La señora Bañez debe conocer  que las migraciones producen muchas víctimas: No todos los que salen alcanzan sus objetivos, y una parte considerable de la diáspora queda en el camino. Pero ella ignora el reverso de los sufrimientos, porque toma decisiones que no le afectan y se distancia de los seres humanos. Representa la condensación de la aristocracia financiera española, que ahora, después de un largo viaje por las sucesivas modernizaciones, converge con las élites de la nueva economía-mundo. No le importan las víctimas ni los sufrimientos, porque los desprecia, porque no los representa en su mente como humanos, reduciéndolos a un valor productivo. Los entiende como recursos humanos inanimados, de los que hay que prescindir cuando no son necesarios, como hicieron con los inmigrantes. En estas coordenadas, son inteligibles sus vigorosas acometidas sin piedad contra los perdedores de la reestructuración. Así, representa la punta de lanza de un intenso y cruel ensañamiento sobre colectivos que no tienen capacidad de defensa.

La señora Báñez, así como sus ilustres colegas, instauran un vínculo inequívoco con el pasado de la posguerra española, en la que las definiciones delirantes del desarrollo de la nueva España victoriosa, y su imperio simbólico-galáctico, coexistía con un cuadro social en el que millones de personas, - campesinos, trabajadores industriales y migrantes -, caracterizados por la pobreza, las carencias múltiples y la inmovilidad social, no encuentran un lugar, siendo invisibilizados drásticamente. Los comportamientos sumisos generalizados de los temerosos súbditos, son recordados con nostalgia.Pero estos sectores, devenidos, desde el final del franquismo, en trabajadores con legislación laboral; propietarios condicionales de sus viviendas; consumidores de bienes y servicios; ciudadanos con derecho a la sanidad, la educación , los servicios sociales y las pensiones, han sustentado un imaginario en el que comparecen aspiraciones a una mayor igualdad y de un orden social que se regule por el mérito individual. En los años felices de la democracia se expanden las expectativas al alza y la creencia en la movilidad social.

Las reformas en curso tienen un componente de revancha imaginaria con respecto a los comportamientos sociales que se entienden como excesivamente igualitarios y desmesurados en las nuevas condiciones. Se entiende el presente como una oportunidad para reestablecer el orden jerárquico añorado. En este sentido, tanto la señora Báñez, como las personas citadas en este texto, representan un papel de héroes culturales de este proyecto. Son quienes, con sus frases y tonos guerreros, desvelan el trasfondo real de la propuesta. Ser duros, contundentes y despiadados, es un factor fundamental para reconducir a la masa desviada en el orden keynesiano al nuevo orden simbólico y de valor requerido por el proyecto neoliberal.

No soy enemigo de la señora Báñez ni de sus conmilitones, en el sentido de que no quiero destruirla ni eliminarla, sino situarla en un contexto democrático donde ocupe el lugar de lo que representa en un orden político que se instituya sobre la deliberación y el respeto a la diferencia. Por eso le recomiendo la lectura de un libro de Anders que puede ayudarle a recuperar la dimensión moral con respecto a los efectos de sus decisiones. La referencia es, Nosotros, los hijos de Eichmann: carta abierta a Klaus Eichmann. Barcelona: Paidós 2010. Entre tanto, a modo de aperitivo, estoy convencido que sería pertinente que reflexionara sobre estas frases de este autor, tan vinculado al mundo que vive, definido por la relación entre las decisiones y los afectados por las mismas, que con seguridad son personas humanas.

"Cuando se ha perjudicado a un ser humano resulta difícil consolarse...usted tuvo la desgracia de haber apagado doscientas mil vidas. ¿Dónde se encontraría la potencia de sufrimiento correspondiente a doscientas mil vidas apagadas?... Sea el que sea el esfuerzo que usted haga, el dolor de ellos y vuestro arrepentimiento nunca estará a la altura de este hecho"

"lo preocupante es que no seamos incapaces de imaginar y de sentir los efectos que producimos con nuestra acción...el desfase o discrepancia entre el sentir y el hacer que ha conducido al individuo a una auténtica esquizofrenia...Lo que resulta desconcertante es la irrelevancia de los fines de las acciones para la conciencia individual, y la incapacidad para experimentar una reacción de sentimientos morales ante los efectos perjudiciales de los actos"


miércoles, 17 de abril de 2013

EL MISTERIO DEL DESAYUNO

El desayuno es uno de los espacios cotidianos sobre el que se abaten las sucesivas modernizaciones inspiradas por la industria alimentaria y el inevitable dispositivo científico que lo acompaña. El  convencional café con leche, reforzado con el pan con mantequilla, ha sido reemplazado por las opciones múltiples resultantes de la expansión de la pareja de estructuras sistémicas de los consumos/ medios de comunicación, que van ocupando todos los microespacios de la vida, para instaurar la lógica de la diferencia y la segmentación inevitable, única forma posible de expandir la oferta en la carrera del crecimiento sin fin. Los buffetts de los hoteles sintetizan la imagen de esta mutación. La variedad de la oferta permite múltiples combinaciones que estimulan a cada uno a construirse su desayuno, vivido como un acto supremo de elección en la apoteosis de la hipermodernidad comercial.

En mi infancia y adolescencia el desayuno era una comida frugal, que sólo planteaba el dilema en torno al acompañante del café con leche. Preferentemente pan con mantequilla, o las magdalenas y productos equivalentes según las regiones. Nada más para afrontar la larga mañana, que concluía en la comida familiar en la que se devoraban los tres platos para reparar las energías consumidas. Con el paso de los años, se han modificado los horarios, los espacios de las ciudades, así como diversificado las trayectorias de los miembros de la familia. La comida común ya no es posible por imposibilidad de concurrencia de los tiempos cotidianos. No pocos de los modernizados súbditos inscriben su jornada de trabajo en un letal de "ocho a tres", de modo que su vida es modificada sustancialmente. Tan dilatada mañana requiere de la modificación de las viejas pautas de desayuno. Las convergencia entre la industria de la alimentación y los novísimos aspirantes a la carrera profesional, completada con una vida privada encauzada por la excelencia en los consumos, requiere prepararlas mañanas eternas de forma adecuada. La aparición del zumo de naranja como complemento del desayuno fue el primer paso del proceso de la reconfiguración del desayuno.

Todo este proceso moldea la vida cotidiana según el guión de las instituciones centrales resultantes de los procesos de desarrollo y modernización: los supermercados, los grandes almacenes y los centros comerciales. Su código es la multiplicación de los productos y la espectacularización de su presententación, de modo que el nuevo converso transite para ser estimulado a descubrir lo inesperado. El desayuno se transforma así, en un acto de deliberación y decisión individual, para diferenciarse, inscribiéndose en un colectivo portador de un criterio singular y distinguido. El acto central de la compra se configura como la elección en un paraíso de multiplicidad: las leches, los cafés, los tés, los yogures, os panes, los cereales industriales, los churros, las mantequillas, las frutas, los zumos, la bollería y otros productos ofrecidos para este acto de elección con el que se comienza el día en las racionalizadas y prósperas sociedades, que ahora son denominadas como "de la información y el conocimiento". Los desayunos tienen que ser congruentes con la totalidad social en la que se producen.

Mi desayuno tiene lugar en mi casa y se encuentra determinado por las recomendaciones de los expertos providenciales que exploran cada parte minúscula de nuestras vidas para convertirlas en un mercado potencial. Desde hace muchos años acompaño el inevitable café con leche con panes integrales de buena calidad, margarinas vegetales y una buena ración de fruta. De este modo cumplo con la obligación de satisfacer mis necesidades, determinadas por los expertos. Como colaboro en el campo sanitario, no puedo evitar sonreir cuando recuerdo las deliberaciones y recomendaciones acerca del desayuno saludable, emitido por los técnicos, para mí misteriosos, expertos en promoción de la salud. En mis estancias, tan frecuentes en los últimos años en los hospitales, me gusta observar el desayuno de los médicos y las enfermeras. Es difícil encajar los discursos y las prácticas. Otro día hablaré de esto, pero no quiero dejar de comentar que, muchos de los que evitan la mantequilla y grasas semejantes,preparan la tostada con tomate rallado, al que untan con una cantidad de aceite de oliva desproporcionada. Pero por aquí, el aceite de oliva es considerado como una medicina, al igual que en Francia o Suiza la mantequilla. Esto son misterios de la ciencia que nunca alcanzaré a comprender.

Pero, a media mañana, frecuentemente entre dos sesiones de las clases, acudo a desayunar a una cafetería. Me encanta ver desayunar a gente con condiciones personales y temporalidades tan diferenciadas. En la cafetería que frecuento, desayunan especies tan distintas como profesores, estudiantes, funcionarios, trabajadoras de la limpieza y alguna enfermera o personal sanitario. Las diferencias de horarios y desayunos son sustantivos, según la estructura horaria de la mañana de cada categoría.Ahora cuento mi desayuno de media mañana que es muy sencillo, pues consta de un café cortado y una tostada de pan integral con mantequilla. En Granada decimos media tostada, en vez de una. Parece un desayuno en el que no es posible la diferenciación y la divergencia entre segmentos. Pues no, voy a desvelar la complejidad de este minidesayuno. Todo lo que cuento a continuación es rigurosamente veraz. Además, soy una persona más bien austera, en muchos campos de mi vida me ubico en la frontera de un ser "antisocial", que no reconoce las necesidades programadas por el creciente complejo entre industrias/expertos/comunicación, que escinden nuestras necesidades en múltiples partes para construirnos como un nuevo ser, cuya propiedad esencial es ser derivable para circular por los circuitos de expertos.

El servicio que demando se puede definir así: El café debe tener la proporción adecuada con la leche, ésta no puede representar más de una quinta parte, aproximadamente; debe ser servido en taza pequeña, no en vaso; debe estar limpio; tiene que estar caliente, luego, sincronizado con la tostada;la leche tiene que colarse, de modo que no haya nata; debe acompañarse con sacarina, bien de pastilla o líqida, no de sobre edulcorante. Ahora la tostada: debe ser de pan integral de buena calidad; debe tener muy poca mantequilla; debe servirse sin la miga; tiene que llegar caliente, en su punto, para que esté hecha, no cruda, y la escasa mantequilla se difunda proporcionalmente por la superficie del pan, fundiendo así los sabores.

Cuando demando estas cosas es porque he tenido múltiples experiencias de insatisfacción, a saber: cortados en los que la excesiva leche modifica el sabor del café; servidos en vasos no saben igual; te sirven primero el café y la tostada se demora varios minutos y cuando llega está frio; te lo sirven con nata; la taza conserva la huella de los labios del cliente anterior, que han sobrevivido a la apresurada limpieza; las sacarinas-edulcorantes le imprimen un sabor dulzón insoportable; el pan está duro o es de mala calidad; sobre el mismo se extiende una capa de mantequilla tan espesa que anula el sabor del pan y obliga a practicar el arte de no mancharse; se sirve frío o quemado, y otros problemas, a veces insólitos.

Este es un ejemplo de la complejidad de un servicio tan básico. Es susceptible de múltiples finales, tan personalizadas. El problema que tiene es cómo comunicarlo. En un sitio nuevo, lo solicito con un tono de voz que no sea muy arrollador y no se entienda como arrogancia. Pero es difícil decir de seguido: Sácame un cortado en taza, con poca leche, que esté caliente y una tostada de pan integral, sin miga y con poca mantequilla, con muy poca mantequilla, y no me sirvas el café antes, para que esté caliente cuando llegue la tostada. Como puede observarse me he dejado lo de nata, la limpieza y otras cosas en espera de que puedan resolverse por sí solas. Pues en la mayoría de lugares que desayuno ocasionalmente, es imposible y voy renunciando, de modo que tengo que sintetizar el núcleo del mínimo final, que es: Un cortado con sacarina y media tostada de pan integral con poca mantequilla. Como puede verse, mi desayuno tiene la ventaja de articular la virtud de la síntesis con la de la esperanza. Además cultiva mi paciencia, e, incluso el control de la ira. Así aprovecho esta oportunidad para modelar mis competencias, que en este caso trascienden las específicas, para alcanzar las genéricas, e incluso las transversales.

Tengo suerte de haber encontrado tres sitios donde aceptan mi demanda en las distintas mañanas determinadas por mi vida profesional. Una se ubica en el entorno de mi facultad, donde ya saben cuál es mi desayuno. Cuando me ven me preguntan y le dicen a la persona que se encuentre haciendo las tostadas "saca la de Juan, con muy poquita mantequilla". No obstante, cada cierto tiempo, las normas se relajan y tengo que pelear lo de la mantequilla, porque tiende a incrementarse inevitablemente. La memoria de la escasez se encuentra presente en los desayunos y las tapas en Andalucía, de modo que es preciso recombinar distintas estrategias comunicativas para mantener la " poca mantequilla". Otros dos lugares, uno cerca de mi casa y otro céntrico, también cumplen con el servicio que demando. Los bares y las cafeterías, que son también instituciones centrales, tienden a ser modernizados para adecuarlos al proyecto en el que se sustentan las industrias y los expertos del crecimiento sin fin. Pero este es tema de otro dia.

Porque lo importante de un bar es que es un lugar para estar. He evitado narrar cómo desayunan las distintas categorías de personas con las que comparto mi desayuno. Pero el sistema resultante de los procesos de modernización, amenaza el desayuno social-convivencial, reconvirtiéndolo en un acto mecánico de reparación de energías, en las que lo importante es el cálculo de las calorías en función de las energías. Así se entiende como un acto individual que consume poco tiempo. Me impresiona mucho las comidas de algunos colegas que han pasado largo tiempo en Estados Unidos. Lo hacen en solitario y frente al ordenador. Por eso, uno de mis sueños es que la salida a la situación histórica presente, se sustente sobre el reparto del trabajo. De ahí tiene que resultar un desayuno social-convivencial, lento y gratificante, en el que los alimentos se acompañen de las conversaciones y la calma. Pero eso se parece mucho a las comidas de antaño, con sus sobremesas pausadas, y por consiguiente, no encaja con el molde del progreso y sus sentidos.

sábado, 13 de abril de 2013

DERIVAS DIABÉTICAS. DULCES HIPOGLUCEMIAS


Las hipoglucemias constituyen un problema de gran envergadura en la vida cotidiana de las personas diabéticas. Son sucesos críticos mediante los que la enfermedad se hace presente, mostrando su cara más amenazadora. Las sensaciones corporales experimentadas en las mismas son muy devastadoras. He tenido distintos tipos de hipoglucemias,que han comparecido en variadas situaciones, dejando  grabada en mi cerebro, la imagen de debilidad súbita, de mis brazos que pierden fuerza, de mis manos que tiemblan, de mi cuerpo que "se ausenta" al carecer de vigor y de mi mente que se desvanece, en tanto que aparece un sudor intenso. Las personas que me han acompañado en esta situación coinciden en resaltar las huellas patentes en mis ojos y mi rostro. Las siguientes horas después de su desenlace tienen un impacto sobre el cuerpo, generando una fatiga severa. En dos ocasiones he estado en una situación límite.

Cuando debuté como enfermo dependiente de la insulina, ingresado por la cetoacedosis en el hospital, me realizaron un estudio para determinar el tratamiento y las dosis de insulina adecuadas. En estos días de hospitalización, no realizaba ningún ejercicio, con la excepción de paseos furtivos por los pasillos para contemplar el espectáculo sociológico de lo que me gusta denominar como "el poblado de los hospitalizados", que es el singular sistema social que resulta de las visitas y acompañamientos de los enfermos ingresados. A pesar de que me dijeron que podía y debía modificar las dosis de insulina, en función de mi estado, fui incapaz de hacerlo cuando, saliendo de ese poblado regresé a mi entorno. El primer año de mi nueva vida,las hipoglucemias me arrasaron. En este tiempo, me mostré inepto para tomar en mis manos las decisiones diarias y acredité mi adhesión a la  programación que me fue asignada, desde los datos tomados en el tiempo que viví en la burbuja del hospital-laboratorio. En este sentido, creo que fui merecedor de uno de esos premios a los buenos enfermos hiperobedientes.

Cuando salí del hospital y comencé a caminar y realizar mis actividades diarias, pude constatar que había recuperado la condición de un sujeto vivo que se desenvuelve en un contexto específico, abandonando la condición de "animal de laboratorio" en la que se me habían programado las dosis de insulina. El precio de la recuperación de mi vida fuera del laboratorio, fue la aparición de una secuencia de hipoglucemias de gran intensidad y muy frecuentes. En alguna ocasión, algún médico se ha escandalizado cuando le he comentado esta situación. Las hipoglucemias aparecieron en mi vida de forma impetuosa, obligándome a convivir con ellas y a manejar sus efectos. Porque una de las modificaciones que introduje en mi cotidianeidad fue una sobredosis de ejercicio físico, que mantengo hasta hoy con una perseverancia neurótica, y que se encuentra muy por encima de las prescripciones.

La recuperación de mi "condición humana", más allá de sujeto de experimentación productor de series de cifras, generó un proceso de aprendizaje y conocimiento de todas las esferas de mi vida, así como las relaciones entre las mismas. La asunción de las restricciones asociadas a la enfermedad, determinó la emergencia volcánica de mi inconsciente,tan bien definido por Freud. Las frecuentes hipoglucemias nocturnas comenzaban en mis sueños, en los que habitaban mis placeres recién prohibidos. Cuando despertaba en la madrugada, tembloroso, débil y con el cuerpo vacío, tenía que responder inmediatamente para reparar mi glucemia desplomada. Pero en ese tiempo, era un sujeto tan disciplinado, que, en la situación de emergencia característica de la hipoglucemia, primero comprobaba la cifra, obtenida con dificultad para pincharme en mis dedos huidizos, para saber la dimensión de la hipoglucemia antes de responder. Carmen me tuvo que apoyar en las numerosas noches difíciles de hipoglucemias muy importantes. Recuerdo una que llegó a 32, perdiendo la consciencia, teniendo que ser inyectado con Glucagón.

Esta es la época en la que seguía las indicaciones recibidas en el hospital estrictamente. Una de las cuestiones más importantes es que, en el conjunto de la información que te transmiten, todo gira alrededor de las prohibiciones y las amenazas derivadas del incumplimiento.Las revisiones se viven como un examen de la glucosilada, que delata tus transgresiones ante la autoridad experta.En este contexto, las pautas recomendadas para afrontar las hipoglucemias son insuficientes y triviales. Te dicen que tomes un caramelito, bebida dulce o equivalente. Pero pronto descubrí que una hipoglucemia severa exige de mucho más que una pequeña dosis de dulce. En la referencia profesional prima la subordinación ante a los resultados de los procesos, minimizando el valor de las incidencias agudas, paradójicamente, a la inversa del funcionamiento de la medicina.

Aquí comparece algo tan importante como es lo que en la entrada anterior denominé "el resarcimiento". La complejidad de las situaciones de la enfermedad y la presencia en el inconsciente de las añoradas "edades de oro", en las que los dulces y los placeres sin limitaciones amueblaban la vida. En mi infancia y adolescencia, el chocolate desempeña un protagonismo esplendoroso. Los recuerdos de las largas tardes, interrumpidas por la merienda, que constaba de pan y chocolate; las celebraciones familiares que concluian con unos pastelillos deliciosos (bocaditos de nata); los desayunos especiales con bollos celestiales mojados en el café con leche, todos ellos han dejado una huella mítica, sólo comparable a los primeros besos y exploraciones táctiles de otros cuerpos. El chocolate, la nata, los pasteles, las múltiples variantes de las galletas, los cruasanes, los suizos, las ensaimadas,los flanes, el arroz con leche, los batidos y los helados, conforman un paraiso de sabores, inscrito dentro de mí. Todo este imaginario se disipa con la enfermedad, que se configura como una amenaza fatal que se cierne sobre mis ojos, mis riñones, mi pene, mis pies y mi atormentado sistema coronario.

El choque permanente entre estas dos fuerzas, la enfermedad y la vida, genera una necesidad de construir un territorio de la excepción, un más allá que posibilite la esperanza de que esos placeres, grabados en tu imaginario, pueden regresar y hacerse factibles, aún ocasional y provisionalmente. Este es un terrritorio oculto a los demás, que tiene la propiedad de ser una tierra soñada, que palía las prohibiciones y  proporciona una esperanza. Mi tierra liberada de prohibiciones se hizo posible en las hipoglucemias, única oportunidad de transgredir las normas con lo dulce, minimizando sus consecuencias. En mi nevera se hizo presente el chocolate, que se encontraba ahí, en espera de ser requerido cuando el ascensor de mi glucemia descienda hacia los sótanos de los temblores y sudores. Llegué a comprar esas cajas de galletas de Artiach o Fontaneda, que representaban, en mi infancia, la abundancia de opciones para elegir en un mundo tan parco en productos. Carmen llegó a llorar en alguna ocasión al verme devorar las galletas y los chocolates.

Ese fue mi resarcimiento principal, esperar pacientemente a la aparición de la hipoglucemia, que me proporcionaba un viaje fantástico a "mi edad de oro", para reencontrarme con los sabores de antaño. Pero este resarcimiento se ha debilitado con el paso del tiempo, porque después de largos años en los que el objetivo era conseguir una hemoglobina glucosilada inferior a 7.5, me obligó a realizar una vida de sacrificios cotidianos excesivos, en los períodos entre las hipoglucemias. Siempre he estado entre 7 y 7.5, sólo una excepción superior a 8. En otras entradas contaré mis severas gramáticas cotidianas. La obsesión de bajar me llevó a estar un año por debajo del 7, llegando a 6.1, que es una cifra conseguida con situaciones próximas a hipoglucemias terribles. Por suerte, un médico me propuso modificar los tipos de insulina y el tratamiento. Me insistió en que no me importara estar más cerca de 8, pero reduciendo las hipoglucemias. Así se inició un giro que juzgo muy positivo, en el que he mejorado mi vida y disminuido drásticamente las hipoglucemias, que ahora comparecen en pocas ocasiones. De este modo, mi resarcimiento dulce ha disminuido. Pero no penséis que me he reconvertido en un enfermo de los que aspiran a premios por sus renuncias, sino que mis resarcimientos se han transformado y ahora he inscrito en mi mente otras tierras prometidas que me proporcionen oportunidades para disfrutar y aliviarme.

Las hipoglucemias no sólo amenazan al control de la enfermedad y el estado del enfermo,sino que interfieren en la vida personal amenazando la vida profesional, los pequeños acontecimientos de los tiempos sociales, la vida sexual, los desplazamientos y los viajes, los tiempos de descanso y las pequeñas gratificaciones de la vida cotidiana, realizadas en actividades sin finalidad. Después de cada hipoglucemia se requiere de un tiempo de recuperación. En el curso de la enfermedad, el cuerpo habla y solicita, de modo que puedes ir aprendiendo algunas claves. Lo más importante que me ha enseñado mi cuerpo es que muchos estados metabólicos no se explican mecánicamente, por la relación entre la dieta, el ejercicio y la dosis de insulina. Existen otros factores tales como efectos acumulados de excesos o déficits que tienen otra temporalidad. Volveré a contar con detalle esta cuestión.

Pero lo peor de esta enfermedad no son las hipoglucemias, sino el estado general físico y mental cuando estás por debajo de 130. Este es el gran dilema. Si tienes una vida muy activa no puedes estar muy bajo. Pero la clave de un buen control son los horarios. Este es el aspecto más tiránico y cruel de esta enfermedad. El tiempo te enseña la decisiva importancia de la estabilidad de los horarios. Cualquier desviación pasa una factura desmesurada. En mi caso, me he disciplinado severamente, pues es difícil sortearlo. El control de mis horarios afecta muy negativamente a mi vida profesional, puesto que muchas actividades se realizan en la última hora de la tarde, terminando con relaciones sociales en el espacio de los bares. Mis horarios me exigen pincharme no mucho antes ni después de las nueve de la noche. Los rigores horarios han determinado que mi sociabilidad sea muy restringida, así como mi vida cultural, reducida por las renuncias horarias. Sin embargo, sí puedo salir después de cenar. Las noches que salgo por ahí me encuentro con una divinidad ubicua, a la que llaman Baco, que se encarna en múltiples líquidos fantásticos, que crean sociabilidades imposibles sin su presencia. Pero ese es tema de otro día. Hoy toca lo dulce.

Las hipoglucemias y su control remiten a lo que denomino "gramáticas de la vida", que son cálculos y acciones que conforman una especie de contabilidad general, que trata de maximizar satisfacciones que tengan precios asumibles. Una enfermera, inolvidable para mí, la que me impartió un curso de diabetología en el hospital, nos decía que con dos pasteles nos ponía en 500. He comprobado que tenía razón. Por eso el dulce sólo es posible en hipoglucemia. Pero, al no renunciar, es preciso construir una carta de placeres cotidianos low cost para diabéticos. De su busca incesante resultan las gramáticas de la vida, que son rompecabezas en los que la solución radica en mover las piezas para alcanzar equilibrios. Porque lo fundamental es vivir, y si es posible, estar bien en los controles metabólicos.

Termino planteando una cuestión de fondo. ¿cómo comunicar todas estas cosas en una consulta? ¿en qué categorías cognitivas se pueden inscribir? ¿ cómo registrar esta información? ¿es posible en las condiciones de asistencia masificada? En las próximas entradas abordaré esta cuestión y conversaré con Jesús Blanco y Víctor Montori que han suscitado cuestiones muy interesantes.








viernes, 12 de abril de 2013

LAS SOMBRAS DEL PASADO

Hoy han reaparecido en mi vida algunos entrañables amigos con los que compartí militancias en el movimiento estudiantil de los años setenta, así como en la oposición al franquismo, en los años previos a la transición. Ha sido muy emocionante para mí recordar y rebuscar en mi memoria. Sus fotografías me han conmovido, porque están muy guapos y vivos. Todavía no he escrito nada en este blog al respecto. Mi valoración de los resultados del advenimiento de la democracia en España, desde la perspectiva del presente,  es muy crítica. Lo que me une a los amigos que hoy han aparecido en mi pantalla y en mi recuerdo es que hemos sobrevivido a un acontecimiento. Después del mismo, muchos hemos tenido que aprender a vivir en otro contexto. Porque la historia oficial nos ha desplazado y disipado.
Mi interés por la memoria histórica como persona sobreviviente a un acontecimiento histórico me hace seguir con interés el devenir de las situaciones postdictadura en Argentina, Chile, Uruguay y otros países latinoamericanos. Son inevitables las comparaciones.

No sé porqué he establecido una asociación con un fragmento de la película argentina "Iluminados por el fuego". Quizás porque uno de los soldados me recuerda a mí mismo en aquellos tiempos. Volveré a esta cuestión.








sábado, 6 de abril de 2013

LA BURBUJA IMAGINARIA Y SUS VÍCTIMAS: LOS DESHAUCIADOS

MIRADAS INCISIVAS

En los últimos tiempos comparece cotidianamente en las pantallas múltiples, la penúltima categoría de perdedores de la reestructuración que sigue la senda hacia una sociedad neoliberal avanzada: los desahuciados. Los medios de comunicación exponen las imágenes de su desamparo y dolor, de las solidaridades de quienes los acompañan, de los silencios de quienes los ignoran, de los episodios de suicidio, de su perplejidad y su rabia, así como de su terror. Los programas de tertulia y debate lo tratan como un problema convertido en un hecho audiovisual, cuyas audiencias pueden competir con cualquier otro de los que conforman el misterio de la actualidad.

Pero una institución como los medios, los trata mediante su extirpación del contexto global que los produce. Las dolorosas imágenes que se derivan de las expulsiones, son presentadas como un hecho audiovisual, que convoca audiencias considerables. Así se presenta el problema descontextualizado de su historia y sus raíces. La lógica de la producción de la realidad audiovisual, determina que mañana, o pasado mañana, será inevitablemente reemplazado por otro acontecimiento productor de imágenes espectaculares en la vertiginosa carrera y sucesión de contenidos temáticos cuyo impacto en el pueblo electrónico se encuentre acreditado y garantizado.

Pero ¿quiénes son los desahuciados? Se trata de un colectivo numeroso, definido principalmente por su vulnerabilidad laboral, cultural y social. Constituyen la parte visible de un iceberg en el que se conjuntan varias categorías de trabajadores agrarios e industriales constituidos en el tardofranquismo. Un colectivo que, en los tiempos de bienestar económico, se reinsertó en el mercado laboral resultante de la convergencia del maná europeo, invertido en obras e infraestructuras, así como en la explosión de la construcción de edificios. La concurrencia de ambos factores generó muchos puestos de trabajo, a los que se suman los de los servicios de baja productividad que acompañan a esta expansión, que se refuerzan con la llegada de colectivos de inmigrantes.

En una situación de empleo abundante, se dispara un clima de euforia, que se sustenta en un imaginario celebrativo, así como en un conjunto de instituciones privilegiadas por el crecimiento, que alimentan estos imaginarios y son los altavoces de narrativas que se fundan en la valoración de la advenida situación como la llegada a la tierra prometida atemporal y eterna, que garantiza irreversiblemente la abundancia. En este contexto, en el que se configura esta auténtica burbuja imaginaria, que es inseparable del desvarío español del tránsito entre siglos, el colectivo de los desahuciados, débiles en sus perfiles laborales, es seducido e inducido a tomar decisiones arriesgadas con respecto a sus viviendas, que les confería la condición de propietarios.

Así, los desahuciados son seducidos por los contenidos eufóricos de las instituciones del crédito; por las instituciones de las empresas, del marketing y la publicidad; por las imágenes y discursos que prometen la felicidad redentora, realizada en la abundancia general y en la nueva tierra prometida, que ahora se denomina la sociedad de la información; por los expertos económicos que desfilan por las pantallas pronosticando el crecimiento interminable; por los partidos políticos, embriagados por las fragancias emanadas de los flujos de la abundancia y el consumo, y por los medios de comunicación, multiplicados en la incipiente sociedad postmediática, que expanden y multiplican los climas de euforia ¿recordáis este tiempo?

Pero, a este complejo de instituciones optimista-delirante, se incorporan las instituciones políticas, ebrias de optimismo en la ola de los flujos de dinero, y, en particular, los mismos presidentes de gobierno. Es menester recordar a Aznar y su sentencia de la época, “España va bien”. Con posterioridad, Zapatero enuncia su pronóstico acerca de la inevitable victoria en la Champions, así como la solidez del sistema financiero en la carrera prodigiosa en la que van a alcanzarse las primeras posiciones. Los presidentes de los gobiernos, junto a sus séquitos de conmilitones y consejeros alimentan el delirio de los españoles devenidos en nuevos ricos en la nueva familia europea. Así se evidencia la ausencia de diagnóstico y de un proyecto del recién nacido estado emprendedor.

Los desahuciados forman parte de los colectivos sociales con menor acceso a la información, así como con escasos capitales educativos y relacionales, lo cual favorece su identificación con el clima de euforia reinante. Así, no se plantean dudas ni toman precauciones, dejándose arrastrar por los delirios de la recién descubierta abundancia en la escala que les corresponde. Se experimenta la novísima condición de propietarios, tal y como les es asignada por algunos de los sociólogos-tertulianos de la época. Entonces ¿podemos afirmar desde la perspectiva de hoy que las decisiones de los desahuciados han sido individuales, separándolas del contexto en el que se han producido? No, el clima social les induce a comprar y despreocuparse por el futuro. Así son seducidos trágicamente por el complejo de las instituciones del gobierno y del crecimiento eterno.

Por el contrario, los principales sectores sociales beneficiarios de los efectos de la expansión, las clases medias convencionales incubadas en el último franquismo, aprovechan los incrementos de precio de los suelos y otros factores de coyuntura, para blindarse frente al futuro, invirtiendo sus beneficios en lugares seguros, frecuentemente en los paraísos fiscales que ofrecen alta rentabilidad. Un contingente de, los mismos, los afectados por la estafa de las preferentes o la quiebra de la banca, protagonizada por algunos prohombres del sistema político, manifiestan su fragilidad, en este caso confirmando la obediencia incondicional a la autoridad económica, tan arraigada en la tradición española. Así son también seducidos, engañados y abandonados.

Los desahuciados y los afectados por las estafas son víctimas de una seducción que termina en un abandono radical, cuando la burbuja imaginaria, y sus acompañantes necesarios, se pinchan, desvaneciéndose la nube de pequeños negocios de ocasión que han generado pingües beneficios, pero que carecen de bases que aseguren su continuidad. Lo que se denomina crisis, deja al desnudo la naturaleza de la burbuja imaginaria, mostrando su naturaleza ideológica neoliberal. Tras los años prodigiosos de bienestares múltiples sólo quedan edificios vacíos, autovías, estaciones, aeropuertos, puertos deportivos, puentes, túneles y otras obras, porque las organizaciones, tanto públicas como privadas apenas han incrementado otra cosa que no sean sus recursos materiales, con alguna excepción como la del sistema sanitario público. La vieja España, comparece detrás de los maquillajes de los años felices y que la crisis ha diluido, adoptando la imagen de la cigarra.

En el presente, los desahuciados constituyen el emblema de la ruina inevitable de quien dilapidó los caudales monetarios de los años de la bonanza. Estos son abandonados, desplazados y violentados. Ahora impera la metáfora de las vacas flacas. La disminución drástica del mercado de trabajo es acompañada de recortes sociales severos, cuyas víctimas son rigurosamente selectivas. La reconfiguración del estatuto del empleo junto con la transformación del sector público, anuncia una época de nuevo esplendor de la economía, liberada de la pesada carga de una parte de la población que no es funcional para la misma. Los desahuciados forman el primer contingente de expulsados de las magnitudes que definen la nueva economía. El camino hacia “la recuperación”, que ya se anuncia, se inicia mediante el abandono de los seducidos, que son condenados mediante la asignación del estatuto de derrochadores, y son colocados en una situación imposible, esa que un chiste popular sintetiza con precisión: “no podemos apretarnos el cinturón y bajarnos los pantalones al mismo tiempo”.

El colectivo de los desahuciados es relegado mediante su infrarrepresentación política. Son denegados en tanto que son definidos, no en función de los factores singulares y específicos que los conforman, sino como una parte de un colectivo abstracto, la población o los desempleados u otros, disolviendo así su identidad. No se trata de saber cuántos son, sino de que representan las víctimas de un tiempo de desvarío general, en el que ellos fueron menos responsables que sus seductores. Los procesos de denegación y expulsión son acompañados de un conjunto de violencias sobre los mismos de gran intensidad.

De este modo, primero seducidos, después abandonados, denegados en su identidad, expulsados del paraíso, no representados y externalizados por las instituciones, convertidos en unos flujos espectrales que transitan rotativamente en la tangente de las instituciones políticas, judiciales, sociales y económicas. Tan sólo se los entiende como productores de desórdenes públicos, asignándolos a la custodia de la institución de la policía. Se les construye una identidad-problema y no son acogidos por las instituciones, en contraste con los bancos y otras instituciones seductoras, que son reconocidos, comprendidos, acogidos y ayudados. Me parece una situación terrible en términos de ética y equidad, pero lo que más me preocupa es el problema político, que evidencia un caso de no representación de gran magnitud, que abre camino a un sistema político inquietante ¿puede una democracia dejar sin representación a una parte de su población?

Pero lo más sorprendente es que los desahuciados, relegados de todas las instituciones, son acogidos por las instituciones mediáticas, que antaño los embaucaron como espectadores de las narrativas de la felicidad consumista. Sus dramas son presentados como espectáculo morboso y sus resistencias a las violencias que se abaten sobre ellos, como un oscuro placer estético que remite a sentimientos de compasión o de sadismo. Los guiones privilegian sus tragedias humanas, desplazando los aspectos de los déficits de educación o empleo, los recortes de ayudas y de la atención sanitaria. En esta situación de exclusión acumulada de los desahuciados, son mediatizados y convertidos en objeto de contemplación, presentándolos como desagregados, como un problema humano relativamente ajeno, como las hambrunas del sur.

Lo más positivo de esta situación es que los desahuciados, siguiendo la estela del 15 M y ante su desamparo en las instituciones políticas y sindicales, donde son invocados formalmente, pero no defendidos con energía y con arreglo al verdadero rango del problema político que encarnan, han generado un proceso de autoorganización y transformado su situación en un nuevo conflicto abierto en un escenario postfordista.

Incluyo un video del final de la película "Las uvas de la ira", que narra la deriva de un grupo de personas expulsadas de sus tierras y su busca de una salida. Su viaje presenta analogías con los deshauciados del presente. Las palabras pronunciadas por la mujer parecen estar en la boca de Ada Colau, ochenta años después.