miércoles, 2 de enero de 2013

EL PRESENTE

La época actual se distingue de cualquier pasado en tanto que los cambios se multiplican, se producen en todas las esferas, se acumulan y sus efectos se recombinan. El cambio se integra así en el tiempo cotidiano presente. Sin embargo, desde la perspectiva de algunos paradigmas imperantes, éstos son percibidos como aislados entre sí y ubicados estrictamente en las diferentes esferas, tales como la economía, la política, la educación o la vida cotidiana. Pero no es posible obviar el juego de interacciones existentes entre ellos. Hargreaves, uno de los sociólogos británicos más relevantes en el campo de la educación y analista de los impactos de los cambios múltiples operados en esta esfera, propone que los cambios deben de ser entendidos más bien como efectos de la nueva época global, que producidos por factores internos en cada campo. Los cambios en la educación no tienen una etiología interna, sino que deben de ser entendidos como el efecto de la nueva globalidad en esta esfera.

El tiempo actual representa el comienzo de una nueva era global, difícil de entender desde las perspectivas de los sistemas de conocimiento convencionales tan fragmentados. La estrecha relación existente entre el inicio de la nueva era fundante y la crisis del conocimiento, refuerza el desasosiego y multiplica las incertidumbres en todos los órdenes. En las ciencias sociales se incrementan las etiquetas “post” para designar y conceptualizar las transformaciones identificadas en esferas sociales específicas y que tienen impacto en la totalidad social.

Si se acepta el argumento de que los cambios se producen interrelacionados y que conforman una sociedad global nueva, es pertinente interrogarse acerca  de la ruptura, ¿se ha producido una ruptura? En caso afirmativo, cuándo, dónde y cómo ha sucedido o está sucediendo. Existen algunas propuestas teóricas que pueden suministrar buenas pistas. El punto de ruptura puede ser la mutación o revolución tecnológica de los años ochenta de la que nace un nuevo sistema tecnológico; el nuevo paradigma tecnorganizacional que impulsa la reindustrialización a partir de los años ochenta; la mutación organizativa que da lugar a una nueva generación de organizaciones postburocráticas; los cambios radicales en el sistema-mundo que se identifican con la globalización; la nueva norma de consumo postfordista; el nacimiento de la sociedad postmediática con el desarrollo de Internet; o el ascenso del neoliberalismo desde finales de los años setenta.

Pero la cuestión fundamental radica en comprender que la sociedad naciente, sea cual sea el peso de los factores de cambio apuntados, no nace en el vacío. Nace y crece en la antigua sociedad. Nace ocupando un espacio, y a partir de él se va expandiendo. La consecuencia principal es que en el largo periodo de transición, convivirán varias sociedades y varios mundos sociales coexistentes que interactúan entre sí, dando lugar a procesos de reestructuraciones y reajustes entre los mismos.

Si el núcleo duro de la sociedad naciente es el nuevo sistema productivo, las instituciones que crean las tecnologías, las empresas postfordistas, las organizaciones de la galaxia del marketing que inventan y definen las necesidades y los nuevos medios de comunicación que convergen en la nueva economía; se puede afirmar que la reindustrialización iniciada en los ochenta es el acontecimiento fundamental instituyente de la sociedad emergente. A partir de ésta se desarrolla un proceso que hace crecer esta sociedad expansiva. Junto a ella, las esferas sociales que no han estado presentes en su génesis y siguen funcionando con la lógica anterior, van a ser reformadas para adaptarse a las exigencias que impone la sociedad emergente que conquista y detenta la hegemonía en el conjunto.

La nueva sociedad emergente se fundamenta sobre un conjunto de tecnologías muy dinámicas, y transfiere al sistema productivo la tensión de la novedad permanente. La renovación continua de los objetos y servicios en intervalos temporales cada vez más cortos genera una propiedad esencial de la época: la velocidad. Paul Virilio conceptualiza la significación y los efectos de la velocidad.

De la conjunción entre novedad, renovación permanente y su singular temporalidad, resulta el concepto de presente. Éste es un tiempo instituido sobre la novedad continua y el devenir veloz del sistema productivo y de consumo. El presente es un espacio definido por la dificultad de ser pensado, sólo puede ser un espacio y una temporalidad vividos. De aquí resulta la tensión entre lo vivido y lo instituido. Sólo se puede vivir el presente porque su naturaleza es ser efímero y se reconstituye velozmente.

El presente es el espacio social constituido sobre los impactos de las tecnologías, los consumos, los sistemas de comunicación y los usuarios involucrados. En el mismo, se inventan y modifican los usos de los productos, las significaciones y los sentidos de las novedades. Estar en él implica un estado personal en el que concurren la disposición a la novedad, el estado de conexión permanente y la experimentación continua. De esta concurrencia resulta una configuración social o subsociedad específica y un arquetipo individual, en el que se conjuntan subjetividades, sociabilidades e inteligencias inéditas.

El presente crea un sistema de relaciones sociales que coexiste con los sistemas sociales convencionales. Introduce así un alto grado de complejidad, pues una persona que viva el presente, también está involucrado en otros sistemas institucionales y relacionales. Su vida está caracterizada por tránsitos entre distintos sistemas. Me viene a la memoria el título de un libro de Cortázar que puede ilustrarlo: “La vuelta al día en ochenta mundos”. De este modo, la configuración social derivada del presente se superpone a las demás creando un espacio social siempre en mutación y caracterizado por sus geometrías variables.

Pero el efecto principal de la emergencia de las configuraciones sociales del presente es que desplazan a las instituciones nacidas en el pasado. Constituidas sobre la novedad y la aceleración terminan erosionando los órdenes sociales instituidos sobre otros supuestos. Así se conforma el conjunto de instituciones que, sin estar en el presente, siguen su estela y terminan ubicándose en las categorías de rezagadas, desautorizadas y  desplazadas en la nueva sociedad por esa configuración emergente. Se constituye así una extraña sociedad de varias velocidades lógicas, donde algunas de las instituciones centrales como la política o la educación son severamente penalizadas mediante desafecciones múltiples. Así se configuran crisis institucionales permanentes que tienen su causa principal en la pérdida de validez vivida por las instituciones mismas. Me enfrento a esa crisis cotidianamente como profesor y me gusta decir que muchos estudiantes “están en el aula de cuerpo presente”, pero viven en otros mundos conectados al presente. En las ciencias humanas y sociales este orden social se designa con el término postmodernidad, aunque existen muy distintas versiones e interpretaciones de la misma.

La emergencia de una configuración social derivada del presente y su instalación y articulación con los distintos sistemas sociales es un fenómeno susceptible de distintas valoraciones e interpretaciones. En este texto he tratado de definirlo y problematizarlo, pues sus efectos son demoledores. Sustrae legitimidad a las instituciones centrales y a los proyectos de cambio, reduciendo las energías que pueden aportar sus miembros y que se diseminan en los sistemas relacionales definidos por lo vivido.  De ahí resultan sociedades altamente desintegradas y segmentadas. Los mundos sociales derivados del presente son como placas tectónicas que producen efectos demoledores sobre las estructuras sociales. Quizás ésta sea la condición necesaria para poder ser gobernadas por sistemas regidos por el principio inexorable del crecimiento, ¡de bienes y servicios, por supuesto!

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