miércoles, 27 de abril de 2022

LA GESTIÓN DE LA PANDEMIA COMO EJERCICIO DE VIOLENCIAS INSTITUCIONALES

 

 

Desde la perspectiva que otorga el tiempo transcurrido, la gestión de la pandemia aparece inequívocamente en un territorio del más allá de la salud. Su dimensión principal ha consistido en el perfeccionamiento de una nueva forma de gobierno autoritario que se funda en la administración de varias coacciones recombinadas. En este sentido, las medidas de confinamiento; de reglamentación y usos de espacios públicos; las restricciones a la movilidad; las conminaciones mediáticas expertas en régimen de monopolio ; las regulaciones domiciliarias y del ámbito privado; las sanciones policiales a los renuentes, y el apartamiento, silenciamiento y lapidación mediática de los discrepantes, configuran un conjunto de acciones que solo pueden ser definidas como violencias institucionales.

Sobre el concepto mismo de violencia existe una confusión considerable. El sociólogo francés Jean Baudrillard, pronunció dos conferencias en Madrid en 2005. En una de ellas, con el título de “Violencia de la imagen. Violencia contra la imagen”, indaga sobre la naturaleza de la violencia. Ambas están publicadas por el Círculo de Bellas Artes de Madrid en un clarificador libro editado en 2006, cuyo título es “La agonía del poder”.  En este, Baudrillard define varios tipos de violencia y anticipa algunos de los rasgos esenciales  de los gobiernos autoritarios que se van a imponer en los años siguientes, y que con la pandemia se han reforzado considerablemente. Presento algunos fragmentos de este texto cuyo valor por su elocuencia, es indudable. Entre todos los variados conceptos que utiliza, me parece que el más importante es el que alude a la necesidad del sistema de que las personas seamos “legibles”. Todas las reformas de los últimos años convergen en esta cuestión. Se trata de instaurar dispositivos que hagan visibles a las personas, de modo que todos podamos ser leídos mediante los códigos instituidos. De ahí que este autor aluda al secreto como una cuestión fundamental.

Podría comentar profusamente estos fragmentos de texto, pero tengo la convicción que se definen por sí solos. Los gobiernos autoritarios del tiempo de pandemia han funcionado mediante el uso de la fuerza estatal, mediática y experta, combinada con los dispositivos que nos hagan legibles a sus portentosos ojos. El texto es extremadamente rico y certero. La legibilidad integral de las personas por los poderes públicos no puede ser interpretada como incremento de la democracia, sino, por el contrario, implica su abolición fáctica, así como la creación de un nuevo tipo político de infraciudadano obediente a las castas expertas.

Estos son algunos de los párrafos del fértil texto de Baudrillard.

 

 

Podemos distinguir una forma primaria de violencia: la violencia de la agresión, de la opresión, de la violación, de la relación de fuerzas, de la humillación, de la expoliación; la violencia unilateral del más fuerte. A esta se puede responder mediante una violencia  contradictoria: violencia histórica, violencia crítica, violencia de lo negativo. Violencia de ruptura, de transgresión (a la que podemos añadir la violencia del análisis, la violencia de la interpretación, la violencia del sentido). Todas ellas son formas de violencia determinada, con un origen y un fin, cuyas causas y efectos pueden establecerse y que se corresponde con una trascendencia, ya sea la del poder, la de la historia o la del sentido.

A esto se opone una forma propiamente contemporánea de violencia, más sutil que la agresión: es la violencia de la disuasión, de la pacificación, de la neutralización, del control, de la violencia suave del exterminio. Violencia terapéutica, genética, comunicacional, violencia del consenso y de la convivencia forzada, que es como la cirugía estética de lo social. Violencia preventiva que –a fuerza de drogas, de profilaxis, de regulación psíquica y mediática-  tiende a anular las raíces mismas del mal, y, por tanto, toda radicalidad.  Violencia de un sistema que persigue cualquier forma de negatividad, de singularidad (incluida la muerte como forma última de singularidad). Violencia de una sociedad en la que se nos prohíbe virtualmente la violencia, se nos prohíbe el conflicto, se nos prohíbe la muerte. Violencia que, en cierto modo, pone fin a la violencia en sí misma – a la cual ya no se puede responder mediante una violencia igual- por medio del odio.

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Esta violencia por excelencia, la violencia de la información de los medios de comunicación, de las imágenes, de lo espectacular. Violencias ligadas a la transparencia, a la visibilidad total, a la desaparición de cualquier secreto. Violencia que puede ser también de orden neuronal, biológico, genético (en breve se descubrirá el gen de la rebelión, puede que incluso el de la rebelión contra la manipulación genética), auténtico secuestro biológico, del que en última instancia solo quedarán los reciclados, los zombis, todos lobotomizados , como en La naranja mecánica. Hoy en día, esa violencia adopta la forma de lo virtual, es decir, trabaja para establecer un mundo liberado de cualquier orden natural, ya sea el del cuerpo, el del sexo, el del nacimiento, el de la muerte.

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Nos encontramos más allá del panóptico en el que la visibilidad era fuente del poder y del control. Ya no se trata de que las cosas resulten visibles para un ojo exterior, sino de que sean transparentes, esto es, de borrar las huellas del control y lograr que también el operador sea invisible. La capacidad de control se interioriza y los hombres ya no pueden ser víctimas de las imágenes: ellos mismos se transforman inexorablemente en imágenes [...] Esto significa que son legibles en cualquier instante, están sobreexpuestos en todo momento a las luces de la información y sujetos a la exigencia de producirse, de expresarse. Es la expresión de sí mismo como forma última de confesión de la que hablaba Foucault.

Hacerse imagen es exponer por completo la propia vida cotidiana, todas las desgracias, todos los deseos, todas las posibilidades. Es no guardar ningún secreto. Hablar, hablar, comunicar incansablemente. Esta es la violencia más profunda de la imagen.  Es una violencia penetrante que afecta al ser particular, a su secreto. Y al mismo tiempo es una violencia contra el lenguaje que –desde el momento en que se convierte en un operador de visibilidad, en un medio, -pierde también su originalidad, su índole irónica de juego y de distancia, su dimensión simbólica autónoma.

 

Desde esta perspectiva se puede comprender bien la apoteosis de violencia del Estado Epidemiológico reforzado en el tiempo de la Covid. El aparato experto, comandado por Simón, movilizó un modo de coacción basado en las fuerzas armadas y de seguridad. Tras esta etapa, apareció la violencia que identifica Baudrillard, basada en el monopolio experto, que anatemiza a aquellas voces independientes de científicos y profesionales e instaura la condena moral a aquellos que son etiquetados como “negacionistas”, que en sí mismo es un término altamente clarificador. Frente a la verdad científica  enunciada por los expertos gubernamentales se encuentra un variado repertorio de herejes, renegados y apóstatas que son expulsados del espacio público y mediático de la ortodoxia. Se trata de las legiones de los “no legibles”, condenados por el poder epidemiológico. En el caso de las vacunas, el dispositivo estatal ha llegado muy lejos en cuanto a persecución de los renuentes.

La nueva violencia instituida que Baudrillard califica como “sutil”, constituye una pieza esencial del entramado del nuevo poder. En el curso de la pandemia ha adoptado varias formas, pero las más notorias han sido la ejecución de medidas de gobierno que han deshumanizado a los destinatarios, según el modelo de la epidemiología más agresiva. Cada cual es considerado como un ente estadístico, privado de los sentidos y de las capacidades de inteligir. Así se ha asaltado el territorio de la vida cotidiana y el espacio vital, suprimiendo drásticamente la interlocución con los gobernados. El complejo epidemiológico y los medios de comunicación han instaurado una tiranía experta que prohíbe a cada cual pensar o decir acerca de su propia realidad. Cada uno de nosotros ha sido literalmente enmudecido e infravalorado. La amplia gama de situaciones con las que se ha ejecutado esta política de inhabilitación de las personas ha sido considerable.

Otra forma de violencia institucional ha consistido en confinar a las personas en unidades de población artificiales, como las zonas básicas de salud, cuyos límites administrativamente instaurados por los tecnócratas no se corresponden con los movimientos de la vida real. Esta programación del espacio ha ejercido una presión autoritaria de gran envergadura sobre las personas. Del mismo modo, la intensificación de la comunicación de las autoridades y el complejo experto en los medios audiovisuales ha adquirido el perfil de un acoso asfixiante. El abuso en esta presión, así como la supresión del pluralismo de las interpretaciones y la persecución hacia las personas relevantes que mantenían posicionamientos diferentes, ha resultado una verdadera pesadilla autoritaria. Todas estas violencias institucionales han resultado insufribles para no pocas personas, y han instaurado un orden social en el que se han multiplicado las inadaptaciones y las incapacidades de mantener el equilibrio personal.

La conceptualización como violencia sutil de Baudrillard se puede equiparar a otras realizadas desde las ciencias sociales. En mi opinión, se puede vincular con el concepto de violencia simbólica enunciado por Bourdieu. Este enfatiza la potencia del poder simbólico en un orden social, que no emplea la violencia física sino la simbólica, que es un poder legitimador que aspira a imponer un consenso en torno a sus posiciones. Este es un poder “que construye mundo”. En esta ocasión la epidemiología ha desempeñado el papel de reforzar y blindar la dominación social. Bourdieu plantea que el estado posee, no sólo el monopolio de la violencia física, sino también de la violencia simbólica. Así se abre una nueva línea de interpretación del gobierno del tiempo de la Covid como gestación de un nuevo modo de violencia simbólica. En sus propias palabras “es un tipo de violencia  amortiguada, insensible, invisible para sus propias víctimas que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y el conocimiento, o más exactamente, del desconocimiento , del reconocimiento o, en último término, del sentimiento”. El aparato epidemiológico que ha sustentado el gobierno, ha constituido la base desde la que se ha ejercido una violencia simbólica de un nivel extraordinario sobre una población que ha aunado la condición de cómplice y víctima de los operadores salubristas de la violencia simbólica ejercida en nombre de la salud.

A pesar de que estos expertos parecen haberse retirado sugiriendo un punto y final, el estado terapéutico instaurado continúa ejerciendo las violencias institucionales ensayadas en el periodo de gobierno epidemiológico. Es conveniente  comprender este tiempo y no olvidarlo. Las elocuentes imágenes de sanitarios y policías chinos, provistos de EPI y garrotes golpeando a los desobedientes, abren el camino de un futuro de proliferación de violencias de todas las clases.

 

sábado, 23 de abril de 2022

UNIVERSIDAD: LA SINFONÍA DE LOS YOES PROGRAMADOS

 

El sujeto de rendimiento neoliberal, ese <<empresario de sí mismo>>, se explota de forma voluntaria y apasionada […] La técnica de poder del régimen neoliberal adopta una forma sutil. No se apodera directamente del individuo. Por el contrario,  se ocupa de que el individuo actúe de tal modo que reproduzca por sí mismo el entramado de dominación que es interpretado por él como libertad. La propia optimización y el sometimiento, la libertad y la explotación coinciden aquí plenamente.

Byung-Chul Han

La invasión de Ucrania abre una guerra de considerables dimensiones y potenciales amenazas, al tiempo que genera una secuencia de destrucciones y víctimas. La posibilidad de escalada de la misma, remite a un inquietante salto, debido a la productividad y eficacia de las armas nucleares salidas del yacimiento científico-tecnológico de la última mutación industrial. Este acontecimiento, suscita un creciente interés, en tanto que seleccionado y tratado por los grandes grupos de comunicación. Sin embargo, se hace patente el silencio y distanciamiento de la inteligencia, dispersa y convocada selectivamente por las televisiones para reforzar sus relatos. Así se conforma la paradoja de que, justamente cuando la situación lo hace más imprescindible, se constata la ausencia de un pensamiento crítico independiente. En las llamadas sociedades de la información, el pensamiento es segregado y confinado en el interior de la producción universitaria, alejándose así de la sociedad que se manifiesta como opinión pública.

En este contexto cabe realizar una reflexión sobre la universidad. Esta se ha recompuesto mediante una apoteosis de especialización y producción de profesionales rigurosamente encuadrados en especializaciones que mutilan cualquier visión general. Lo holístico se ha debilitado hasta su desaparición. Ha sido inevitable recordar el canónico libro de Edgar Morin “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, publicado en 1999. En este se privilegia el concepto de planeta, que se manifiesta en la recomendación de enseñar la ciudadanía terrestre, que se referencia en la comunidad planetaria de destino. La inteligente propuesta de Morin, ha quedado sepultada por un verdadero ciclón que privilegia las identidades locales, y, al tiempo, entiende al planeta como reconocimiento de los países que representan la civilización industrial, que se acompaña de unos ejércitos dotados de armas caracterizadas por una eficacia y potencialidad terrorífica. Tras las fronteras de estos, se entiende que habitan pueblos bárbaros en espera de ser colonizados por los bienes y servicios que articulan los mercados globales. Desde esta perspectiva, parece coherente el distanciamiento de los universitarios de la guerra y su concesión de monopolio a las televisiones.

La universidad es un campo en el que se ha realizado una reforma neoliberal completa. Se trata de un territorio institucional que ha consumado un modo de individualización extremadamente riguroso, que convierte a sus habitantes en yoes absolutos, que, como afirma Vicente Manzano, son convertidos en sospechosos por las agencias de evaluación, que escudriñan sus actividades para sancionarlas en el eterno retorno de la revalidación de los méritos individuales, que sanciona a cada uno como sujeto hacedor de méritos en una competencia sin fin con los yoes rivales. Cada cual es inserto en un campo programado de premios y castigos en el que es obligado a lo que me gusta denominar como competencia decimal o centesimal. Así, cada cual es ubicado en una jerarquía que se recompone incesantemente tras la (pen)última evaluación.

Ricardo Forster afirma que “la subjetivación neoliberal  trabaja en el interior de ese vínculo, lo refuerza y lo expande hasta convertirlo en el centro del imaginario de la autoconsciencia del individuo gerenciador de su propia vida convertida en capital humano que hay que saber administrar con astucia y sin ahorrar esfuerzo y autoexplotación”. Los gerentes de sí mismos son gobernados mediante las evaluaciones de las agencias, de las que se espera que disciplinen a los candidatos a los méritos reconocidos, de modo que estos adopten sus decisiones en función de las estrictas actividades cuyo valor ha sido determinado por las agencias. En este campo institucional, los departamentos, grupos de investigación e instancias disciplinares son fuentes de recursos de los candidatos a la operación central de la acreditación. Así se instaura un nuevo tipo de servidumbre voluntaria que se basa en la subjetivación de los candidatos, que no tienen otra opción que aceptar el juego y su entramado de reglas.

En este contexto tiene lugar la conversión de cada cual en un estricto yo que se funda en un proyecto rigurosamente individual, y que busca logros que necesitan los recursos escasos existentes en el campo académico.  Este yo se independiza y libera de aquellos lazos que no sean estrictamente orientados al logro de los méritos avalados por las agencias. Los objetivos son individuales y los supuestos se basan en el modelo del éxito obligatorio definido por las ideologías del management y la excelencia. Así se instituye una versión particular de la guerra de todos contra todos, que no excluye alianzas para generar méritos compartidos.

Una gran parte de esas alianzas tiene lugar con la asociación de personas que aportan recursos asociados a su posición jerárquica. De ese modo se institucionalizan un conjunto de relaciones que, de nuevo aludiendo a Vicente Manzano, constituyen relaciones de opresión, que define como una injusticia continuada en el tiempo que implica el par opresor/oprimido. Esta tiene como fundamento la distribución desigual de beneficios para la parte opresora y perjuicios para la parte oprimida, que se ve forzada a hacer aportaciones que exceden el valor del mérito final reconocido. El mundo de las publicaciones registra estas prácticas. La opresión en este entorno académico genera un extrañamiento de gran envergadura, en tanto que estas relaciones perversas se ausentan de las conversaciones y se almacenan en el baúl de lo no dicho, de los secretos. He visto con mis propios ojos situaciones insólitas de explotación cruel de las inteligencias y voluntades de muchos débiles por los despiadados fuertes.

El punto fuerte del guion institucional de la universidad neoliberal es el imperativo de salvarse a sí mismo. Todas las actividades se encuentran determinadas por esta obligación. Para ello, cada cual debe convertirse en un gestor de su productividad determinada por las agencias. Se trata de superar su condición de culpable y de demostrar su inocencia. De ahí la reconversión de la actividad de un profesor. Tiene que cumplimentar expedientes múltiples; que realizar cálculos para fundamentar sus decisiones; que escribir informes a distintas instancias; que cumplir con las estadísticas requeridas por las autoridades; que responder a numerosos cuestionarios determinados por las actividades de inspección individual del rendimiento; que conseguir ayudas económicas para sus actividades, y también realizar un esfuerzo ingente para interpretar circulares y normativas emitidas incesantemente por las nuevas autoridades, y cuyo contenido es, en muchas ocasiones, más que enigmático. Un candidato a la salvación tiene que convertirse en un virtuoso de la lidia con la nueva burocracia universitaria.

Así se cumplimenta la afirmación de Forster de que “Los sujetos, liberados para buscar su propia mejora como capital humano, emancipados de todas las preocupaciones por lo social, lo político, lo público y lo colectivo, así como de la regulación de éstos, se insertan en las normas y los imperativos de la conducta del mercado y se integran en los propósitos de la empresa, la industria, la región, la nación o la constelación posnacional a la que está atada su supervivencia”. Así se hace inteligible la ausencia de cualquier pronunciamiento o iniciativa en las aulas y departamentos, configurados como contenedores de yoes que compiten entre sí para maximizar los méritos requeridos institucionalmente. El mundo externo deviene en una realidad espectral, ajena a las funcionalidades de la institución, devoradora de los tiempos escasos de sus miembros absorbidos por su proyecto individual.

En la universidad de antaño, fue posible la convergencia de profesores ubicados en disciplinas diferentes convocados por un acontecimiento externo. La universidad neoliberal dificulta ese comportamiento. La reforma completa ha instituido con eficacia el “cada uno a lo suyo”. De este modo, se confirma un retroceso hiperdisciplinar. La guerra, es un acontecimiento que es despiezada por las distintas disciplinas para nutrir sus productos docentes y de investigación requerida. Así se confirma la institución como factoría de productos orientados a su propio interior. Los papers, publicaciones, TFG, TCM, Tesis y demás producción académica se encuentra determinada por su finalidad de clasificar a sus propios miembros.

En mi opinión, esto constituye una tragedia de un rango tan cuantioso, como incluso la propia guerra. Se confirma esa paradójica afirmación de los microsabios macroignorantes o de las inteligencias ciegas que afirmaba Morin. En este momento, más bien inteligencias mudas y sordas. Así se evidencian los fantasmas extravagantes de médicos ajenos a la guerra como multiplicador de la mortalidad y las mutilaciones, filósofos expertos en la evasión de la realidad, sociólogos forjados en el arte de la lupa o feministas ajenas al armamentismo y el belicismo, entre otras especies disciplinares desnortadas. Así se consuma la universidad anticosmopolita y de compromiso social 0%. En palabras del título de este texto, la sinfonía de los yoes programados que solo cantan en sus territorios parcelados y segmentados.

 

 

 

 

martes, 19 de abril de 2022

LAS ARMAS NUCLEARES TÁCTICAS EN LA GUERRA NUCLEAR SUCIA

 

La apoteosis de la propaganda y la desaparición de los análisis formulados por intelectuales independientes propician los pronunciamientos de sectores de la opinión pública a favor de la guerra y de su producto estrella: el binomio victoria-derrota. La verdad es que en esta ocasión, los arsenales de las potencias involucradas tienen una capacidad de destrucción imponente, que es ocultada cuidadosamente por los expertos de ocasión que pueblan los platós televisivos. El resultado es una resurrección de la épica y los valores heroicos en detrimento de una visión integral de los efectos de la invasión de Ucrania.

En esta confusión inducida, que se fundamenta en un metarelato bélico que se legitima en los microrelatos innumerables de los reporteros-víctima, las armas mortíferas de la última generación, producto del portentoso y próspero sistema tecnoindustrial, quedan difuminadas en tan piadosa narrativa. La noción de escalada de la guerra queda neutralizada mediante la ocultación de sus significaciones. En esa burbuja mediática tienen lugar pronunciamientos a favor del rearme y de la solución bélica, que prescinden de la constatación de la escalada del potencial destructivo de dichas armas.

Por esta razón me he decidido a subir aquí un artículo de Eduardo Subirats en EL PAÍS en 2005, que clarifica el panorama e ilustra sobre los antecedentes de este conflicto. Estoy convencido de que puede ayudar a entender mejor esta confrontación bélica, al tiempo que puede inmunizar frente a la irresponsable posición de los expertos de los platós, orientados a la solución militar de la guerra. El espectro del silencio civil e intelectual se ha acrecentado en los últimos años acentuando los peligros.

 

LAS NUEVAS ARMAS NUCLEARES Y EL FUTURO DE LA HUMANIDAD

EDUARDO SUBIRATS

EL PAÍS, 22 JULIO 2005

 

La Conferencia de las Naciones Unidas para la Revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear se ha clausurado en Nueva York el pasado mes de mayo bajo el signo de una esperada decepción. Los medios globales de comunicación han guardado, por lo demás, un cauteloso silencio sobre los significados de la muerte de este tratado que debía regular el desmantelamiento de las cabezas atómicas activas existentes, la prohibición global de investigaciones y experimentos conducentes a incrementar el potencial destructivo nuclear no de una u otra, sino de todas las naciones, y la interrupción de los tráficos estatales o paraestatales de los componentes materiales y técnicos de la guerra nuclear avanzada. Tampoco han considerado esos medios lo que puede significar la criminalización y eliminación de aquel espíritu civil de resistencia que el genocidio nuclear de Hiroshima y Nagasaki despertó a lo largo de las manifestaciones pacifistas que se han sucedido en el mundo hasta 2001. Y una constelación de crecientes tensiones políticas globales coronadas por nuevas generaciones de armas y estrategias de guerra nuclear.

Durante las negociaciones de "no-proliferación", los grandes titulares de la prensa y la televisión globales los han monopolizado, como era de esperar, las agresivas consignas de la Administración norteamericana contra las tentativas de soberanía nuclear de Corea del Norte e Irán (que la invasión de Afganistán y las dos sucesivas guerras contra Irak han justificado con contundentes argumentos). Y bajo los fuegos cruzados de halcones americanos, comunistas coreanos y chiíes iraníes se ha enmudecido confortablemente el conflicto fundamental que genera la escalada nuclear: el conflicto político y económico entre las cinco superpotencias nucleares y la gran mayoría de Estados no-nucleares. Allí donde estos últimos exigen un desarme total, los superpoderes atómicos responden con nuevas tecnologías, estrategias y tests de efectos contaminantes globales.

En los últimos años, la Administración norteamericana ha formulado repetidas veces la necesidad de revisar los medios y fines de la guerra nuclear del siglo XXI. Sus 8.000 cabezas activas son en gran parte una herencia obsoleta de la guerra fría. Deben reducirse a 2.000 para el año 2012. Pero, lejos de señalar un progreso en el camino de una seguridad y equilibrio mundiales entre las naciones y los pueblos, esta reducción de ojivas abre las puertas a una situación más alarmante todavía. Lo que se pretende desarticular no es la amenaza del holocausto nuclear, sino sus superadas tecnologías. Inglaterra, Rusia y Francia han coreado la misma canción.

Las metáforas que la jerga tecno-industrial-militar del Pentágono utiliza para documentar este proyecto modernizador son elocuentes por sí mismas: "entirely new types of nuclear warheads" [tipos enteramente nuevos de ojivas nucleares], "bunker-buster warheads" [ojivas revientabúnkeres], "low-yield, precision-guided nuclear weapons" [armas nucleares de precisión y baja potencia], "usable nuclear weapons" [armas nucleares utilizables], "earth penetrating weapons..." [armas que penetran bajo tierra]. La visión histórica que subyace a estas definiciones es brutalmente elemental. Ya no existe una lógica binaria que legitime el principio de destrucción mutua total entre superpotencias contrincantes. Las nuevas soberanías nucleares se extienden a lo ancho de territorios aleatorios de fronteras indefinidas, sus sujetos son política e ideológicamente móviles, sus tácticas se han vuelto aleatorias. Las nuevas armas tienen que ser, por este mismo motivo, a la vez más flexibles y específicas. Sus efectos letales deben minimizar su visibilidad mediática.

Una ulterior ventaja de las revisadas estrategias es la eliminación de escenarios catastróficos de guerras totales con saldos de centenares de miles o incluso millones de víctimas. Los nuevos objetivos nucleares no son ciudades, sino búnkeres e instalaciones industriales. Las nuevas microcabezas nucleares poseen 1/13 parte de la fuerza devastadora de la primera bomba A. Sus explosiones configuran cráteres del tamaño limitado del Ground Zero de Manhattan, no de la extensión espectacular de los Ground Zero de Hiroshima y Nagasaki. Por todo lo demás, estas nuevas tecnologías nucleares están clasificadas estratégica y jurídicamente como convencionales, porque sus objetivos son dispositivos militares y se han legitimado en el Senado de los Estados Unidos como armas de efectos radiactivos controlados.

Seguirán siendo armas de destrucción masiva que dejarán por todo legado una contaminación indefinida. Pero no será posible contabilizar sus víctimas. Sus consecuencias materiales tampoco son espectaculares. Y la ya fragmentada resistencia intelectual y civil a la guerra nuclear quedará aún más debilitada con ello.

El Informe del Departamento de Defensa al Congreso de los Estados Unidos "Nuclear Posture Review", de enero de 2002, definió implícitamente un nuevo tipo de guerra nuclear. Los cientos de toneladas de misiles de alta precisión con uranio empobrecido que se han lanzado en Irak, los Balcanes y Afganistán son solamente un anticipo de los futuros campos de batalla. El uranio empobrecido es un residuo tóxico de la industria nuclear utilizado como metal denso de alta capacidad de penetración en búnkeres, instalaciones industriales y vehículos acorazados. Pero su vida radiactiva es indefinida y su oxidación genera un polvo microscópico que se disemina en la atmósfera y cuya inhalación provoca el cáncer pulmonar y la leucemia. Cientos de miles, principalmente niños, han muerto en aquellas regiones como consecuencia de estas bombas nucleares sucias, de acuerdo con informes forenses de las Naciones Unidas.

Bombas nucleares sucias, armas nucleares híbridas, estrategias nucleares mixtas, y el silencio civil e intelectual: éste es el balance de la última conferencia de las Naciones Unidas que exhibe las palabras "Non-proliferation" en su bandera. Su esperado fracaso ha significado una victoria para las posiciones globales más beligerantes: las de Corea del Norte y Washington. También ha puesto de manifiesto la ausencia de una voluntad civil e intelectualmente lo suficientemente articulada para poder hacer frente a la carrera científica, técnica, industrial y militar hacia la extinción de la humanidad.

Eduardo Subirats es profesor de filosofía, estética y literatura; actualmente enseña en la Universidad de Nueva York.