Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

LOS DIABÉTICOS DEPORTADOS DEL EDÉN

En las situaciones límite se muestran algunos elementos de las realidades que permanecen semiocultos y encubiertos  en las tesituras normalizadas. Por eso presento un caso que se ubica en el límite de la asistencia sanitaria. Este es un paciente diabético en una situación de exclusión social, se trata de una persona “sin techo”, al que tras un incidente, el médico le niega la insulina. El desenlace tuvo lugar en un juzgado, donde el afectado denunció al médico. Este suceso consiguió atravesar las densas barreras informativas, llegando a los medios de comunicación. Pero este no es un evento aislado, sino que es compartido por un contingente de personas deportadas del edén asistencial sanitario, que proporciona la atención y los medicamentos a la población.

Este paciente lleva 13 años viviendo en la calle, en Granada. Esta es una ciudad muy rica en cuanto a la diversidad de formas de vulnerabilidad y exclusión social. Cuando alguna institución u ONG desarrolla alguna iniciativa, comparece una población numerosa que se concentra para beneficiarse del bien o servicio que se ofrece, tras el cual se disipa en múltiples direcciones, retornando a los huecos en el tejido urbano donde viven ocultos a las miradas de la sociedad oficial. Mi facultad se encuentra muy próxima al Hospital de San Rafael, donde se ofrece por las mañanas una ducha, así como un comedor social. Muchas personas se hacen presentes en la espera de este servicio, mostrando la pujanza y la diversidad de las poblaciones de los márgenes.

Esta población se encuentra afectada por una primera discriminación esencial, al ser regulada por los servicios sociales que gestionan sus situaciones límite. La asistencia sanitaria tiene lugar, no en el edén asistencial de la población general, el sistema sanitario público, sino en un centro de acogida gestionado por el proyecto Hombre, al cual el Ayuntamiento asigna  un médico que pasa consulta y les proporciona las medicinas. En el caso que nos ocupa nada menos que la insulina. En esta consulta tan especial tiene lugar un encuentro extraordinariamente difícil. El incidente que comento es frecuente en este medio y distintos pacientes recriminan al médico lo entienden como un trato vejatorio. Dicen que en ocasiones, en la consulta  se refiere a ellos como “gentuza”.

He trabajado durante muchos años en temas de comunicación en servicios públicos, tanto en el sistema sanitario como en servicios municipales. Conozco la complejidad de las situaciones que se producen en el día a día. Estas desbordan el esquema piadoso del ciudadano o paciente cargado de bondad frente al profesional supuestamente desmotivado o carente de competencias comunicativas. No. La gente sencilla en muchas ocasiones no puede ser encajada en el concepto de la benevolencia. Una sociedad de hiperconsumo altera los modelos individuales y genera muchos problemas en las relaciones. En muchas ocasiones he defendido la idea de “la tentación de la inocencia” de Pascal Bruckner. Esta muestra a una persona desresponsabilizada, devenida en un niño supuestamente inocente que exige todo de los demás renunciando a aportar nada.

Pero lo cierto es que, en general, estos consultorios constituidos en una situación de excepción por los ayuntamientos o diputaciones, seleccionan a los médicos en coherencia con una idea de beneficencia. Además, como las plazas que no salen a concurso público, es frecuente la designación de lo que se puede denominar en la España invariante como “los cuñaos”. El resultado es que estos servicios ubicados en el exterior del Edén asistencial no se ajustan a las características de los moradores a los que prestan servicios. En estas poblaciones proliferan los problemas de salud, los cuadros clínicos en los que se coexisten varios elementos críticos asociados, unas condiciones de vida deplorables, un sistema de relaciones personales pésimo y  los efectos devastadores de estos factores en la personalidad.

Me pregunto acerca de la asistencia sanitaria a estas personas resultantes del diluvio de la desindustrialización y la concurrencia de varios procesos de desorganización social, congregadas en las periferias en las que impera el estado de emergencia permanente. Si se compara con algunas de las poblaciones del espacio-mundo en situación de catástrofe, asistidas por ONG especializadas que conforman dispositivos que se adecúan a la especificidad de los destinatarios. En estas intervenciones  los profesionales son cualificados e involucrados. Por el contrario, las poblaciones marginales de los países desarrollados son tratadas en instituciones residuales regidas por el principio de beneficencia, la atribución de responsabilidad individual y la presunción de culpabilidad. Expulsadas del paraíso asistencial, sólo retornan a él por la vía de las urgencias, para retornar a los consultorios externos que suponen, en la gran mayoría de los casos, una verdadera deportación sanitaria mediante la denegación de una asistencia homologable a los demás.

Como enfermo diabético he problematizado la asistencia sanitaria a los pacientes crónicos en el edén mismo. En general se puede definir la consulta como una instancia en la que el paciente va elaborando un relato acerca de su experiencia y su vida, de modo que tiende a justificar su comportamiento y desviar a terceros las responsabilidades. También el profesional termina por producir una narrativa desde su posición de centinela de la evolución de los parámetros clínicos. Tras la apariencia de consenso, en muchas situaciones pervive un desencuentro amable, que puede terminar en una relación personal estancada, en la que los estereotipos se solidifican y se extienden a la totalidad del vínculo, generando una relación cómoda para ambas partes fundada en la incomunicación construida y consensuada.

Tengo que hacer un esfuerzo y movilizar toda mi empatía para imaginar la situación del paciente diabético que vive en la calle y sus encuentros con el médico en el consultorio. El paciente tiene que tener una sólida presunción de inocencia frente a las contingencias de la vida, que le han arrojado al margen. Esta ideología se refuerza cuando siente el rechazo de la sociedad en renovadas ocasiones, generando emociones negativas. Su robusto esquema referencial influye de un modo determinante en la percepción, de modo que genera una predisposición colosal a confirmar el rechazo del sistema encarnado en el profesional.

Pero otro factor incrementa la dificultad de la consulta. Se trata de la experiencia de ambas partes en el fracaso de la relación. En ambos casos han fracasado anteriormente en la relación con pacientes o profesionales. De ahí resulta el escepticismo y el fatalismo que se hace presente en el consultorio y bloquea la situación haciéndola difícil. También la normalización de episodios de enfrentamientos inevitables con otros pacientes, que generan un clima tenso que influye en los siguientes encuentros. El espacio de la consulta es un campo de batalla que influye en todas las interacciones que tienen lugar allí, constituyendo las condiciones para producir conflictos.

En este clima de incredulidad mutua tiene lugar la consulta. En la misma es casi imposible apelar a las condiciones de vida del paciente o a comportamientos racionalizados que solo son factibles en un entorno favorable. Cualquier palabra del médico deviene en un sermón profesional carente de factibilidad. La suma de factores negativos crea las condiciones para el desencuentro. En esta situación el profesional  ve reducido su rol a suministrar la insulina y los fármacos necesarios. De este modo tiende a valorar muy negativamente la situación, pero, por el contrario, el paciente tiende a sobrevalorar el fármaco. Así lo biológico adquiere una preponderancia incuestionable en la situación, en detrimento de lo psicológico y social, que es minimizado y obligatoriamente silenciado. Cualquier apelación a su vida pone de manifiesto la distancia infinita entre las representaciones del profesional y las del paciente. Así los efectos de los sermones son volcánicos movilizando la hostilidad del paciente marginado.

El mundo del paciente es inapelable en la consulta en el que las distancias sociales adquieren una dimensión colosal. Pero la diferencia principal estriba en el papel que desempeña el futuro. Todos los discursos profesionales apelan al futuro, que se constituye en un horizonte que ampara y otorga sentido a los comportamientos en el presente. Pero este paciente se define justamente por lo contrario. En sus circunstancias no puede pensar en ningún futuro, incluso tiene que defenderse de él mediante su negación. La lógica de su situación es sobrevivir hoy. Sólo estrictamente mañana es factible. Después no hay nada. La coherencia está en no pensarlo. De este modo los discursos del médico devienen en impertinentes sermones fundados en una irrealidad percibida como una agresión.

He definido las dificultades del encuentro. Entonces ¿no se puede hacer nada? La respuesta es que sí se puede hacer y que es posible pensar una asistencia sanitaria en estas condiciones adversas que no reproduzca el apartheid vigente. Sin ánimo de dar una receta es factible construir una relación de mínimos que sea abierta y mejorable. Para ello es necesaria la renuncia a los sermones y la capacidad para trasmitir inequívocamente una actitud de respeto al paciente, con todas sus diferencias. Pero lo principal radica en que el paciente perciba que el sentido del profesional es ayudarle. Esto es lo que ocurre en la asistencia a poblaciones en estado de catástrofe en las poblaciones penalizadas del espacio-mundo.

La población excluida es el resultado de déficits severos de las instituciones de la sociedad. En España es alojada en el espacio de unos servicios sociales raquíticos y afectados por lo que puede denominarse como “deuda histórica”. En el caso de la asistencia sanitaria sencillamente no se encuentra formulado como problema. Ni está presente ni se le espera. A pesar de que existen valiosas experiencias en el caso del sida y en otros campos de intervención, estas se producen  aisladas. Introducir este problema en la agenda profesional de médicos y enfermeras. Pensar en el mismo y experimentar. Se trata de una cuestión urgente.

 Aunque la intervención sanitaria no sirva de mucho si no existe un sistema de ayudas en la perspectiva de una renta básica, así como una educación inclusiva, unos servicios sociales consistentes y una política de vivienda que compense el desvarío de los años de postfranquismo, que ha sustentado el crecimiento en una privatización salvaje  de la construcción. Me pregunto qué clase de sociedad es esta. Me siento agredido por los discursos oficiales optimistas y manipuladores de las realidades. Me reafirmo en que una sociedad desarrollada se mide por los recursos que disponen los más desfavorecidos, nunca por las medias ni por los excesos de los más afortunados. Una sociedad sin deportaciones y donde el edén de lo común sea compartido.


sábado, 26 de diciembre de 2015

LA FUTBOLIZACIÓN DE LA SOCIEDAD

El fútbol es un juego que excede sus propios límites invadiendo la vida cotidiana, de modo que ocupa una creciente centralidad social. Se trata de un factor de producción de energías, de una fábrica de pasiones colectivas, un dispositivo generador de idolatrías y héroes mediáticos, así como una industria de identificaciones. Las imágenes y los sonidos del fútbol amueblan la vida cotidiana y reconfiguran la sociedad, constituyendo un centro simbólico que contribuye a la configuración de  una sociedad policéntrica. Pero su aportación más sustantiva estriba en su progresiva expansión, de modo que sus supuestos y sus lógicas penetran en todas las esferas sociales. Así se puede hablar en rigor de futbolización de la sociedad.

La paradoja en que se funda es fascinante, porque suscita pasiones colectivas de gran magnitud y vehemencia al tiempo que son muy pocos los que verdaderamente entienden de fútbol. Soy una de esas personas que me gusta el fútbol y creo entender del mismo, y por eso me siento aturdido por los delirios que origina, amplificados por los medios, que multiplican su impacto invadiendo toda la vida. Los ciclos de la vida cotidiana son influidos por el calendario  futbolístico. Los fines de semana se reconfiguran las actividades para hacerlas compatibles con los horarios de los partidos, amplificados por las televisiones y las ardientes redes sociales. El miércoles deviene en día sagrado de Champions, fiesta de guardar obligatoria. La información deportiva ocupa un tiempo creciente tras los informativos, e invade las noches mediante múltiples programas con audiencias muy importantes. Así se crea una burbuja mediática de la que es imposible escapar, en tanto que sincroniza la presencia de sus imágenes y sonidos con los comentarios de las personas en cualquier rincón de la sociedad y la vida.

El espectáculo del fútbol se amplifica por su alianza indestructible con la sociedad postmediática. Cuando uno de los equipos ganadores llega a una ciudad es recibido en el aeropuerto por contingentes de aficionados que les aclaman, fotografían y les piden camisetas u otros símbolos. Esta ceremonia se reproduce en el hotel y en la llegada al estadio. Las identificaciones de los hinchas llegan hasta el infinito. La felicidad inducida por las victorias y la decepción por las derrotas,  generan unos fluidos de energía de dimensiones insólitas. Los media multiplican sus cámaras para capturar cualquier imagen que pueda interpretarse en la narrativa de los grandes programas que estimulan a las audiencias. Ningún acontecimiento social suscita una vivacidad tan intensa.

Las personas a las que no les gusta el fútbol lo entienden como “dar patadas a un balón”. No comparto esta definición. Se trata de un juego de cooperación que tiene lugar en un espacio. Mover la pelota y realizar jugadas en las que se combine y se generen posiciones de ventaja es la clave. Por eso disfruto viendo a Xavi Hernández y otros jugadores creativos que inventan jugadas mediante el dominio del balón y la capacidad de percibir los huecos posibles. Algunos términos como “ganar la espalda”, “jugar sin balón”, “leer el partido” o “abrir espacios” constituyen un manual de inteligencia que puede llegar a ser casi sublime en el caso de entrenadores como Guardiola y otros.  En mi caso personal resuelvo muy bien la contradicción entre ser madrileño y culé a favor de esta última condición. Pero llevo peor simultanear mi lealtad al Barça y al Athletic de Bilbao.

El principio que rige el mundo futbolístico es el de ganar. Lo importante es vencer, no importa tanto cómo hacerlo. Las emociones son mayores cuando se marca un gol dudoso en el último minuto. No importa jugar bien si se pierde. Ganar, esa es la cuestión, porque la victoria suscita emociones que alimentan a la hinchada, proporcionando un sentimiento de bienestar que compensa las dificultades de la vida. El triunfo recompensa las afiliaciones y el relato simbólico que constituye un equipo, protagonista de hazañas puntuales en espera de su revalidación. Esta es una de las razones de la convergencia entre el fútbol y el neoliberalismo. El éxito es el principio que articula los guiones de la vida de las personas, las empresas o cualquier formación social. En el caso de la mayor parte de los equipos, es preciso perseverar en una larga espera que culmine en un acontecimiento victorioso.

El juego de identificaciones en espera del éxito conforma una  sociabilidad singular que modela un sistema social, que es la hinchada. Esta se rige por las emociones compartidas; los estados de ánimo;  los ídolos de quita y pon; la producción de cánticos, pareados, insultos, chistes, mofas, alabanzas, y otros rituales; la construcción de un enemigo; la fe en el advenimiento de la victoria, así como en la identidad compartida. La hinchada se compone de los incondicionales que acompañan al equipo y desempeñan un apoyo activo en el estadio, los seguidores más condicionales presentes en el mismo, y aquellos contingentes que lo siguen mediante los medios. Todos ellos se diseminan por la vida diaria produciendo retroalimentaciones que unifican la hinchada. Esta se cohesiona en las ocasiones excepcionales, en las que alegrías o penas son compartidas.

Uno de los atributos de las hinchadas es que su cohesión se funda en torno a las emociones comunes y la contingencia de los resultados, siempre en espera de la victoria. La ausencia de un discurso o racionalizaciones determina que constituyan un colectivo extremadamente fácil de manipular por parte de las directivas, vinculadas inevitablemente a los poderes económicos. Así se configuran unas extrañas organizaciones en las que los presidentes son elegidos por un pueblo carente de argumentos. El papel de la presidencia radica en generar ilusiones y gestionar las emociones compartidas. Este es uno de los argumentos principales de la hipótesis de la futbolización de la sociedad. El progreso y expansión de organizaciones reguladas por la elección, pero en la que la racionalización de la gestión está excluida. Los resultados dependen de contingencias en las que el azar desempeña un papel relevante.

Un sistema social como la hinchada se encuentra fatalmente asociado a un arquetipo personal inquietante: el espectador infantilizado. Su móvil es ganar y los medios son irrelevantes. De este modo, la gestión de estos inquietantes socios es comprarles juguetes que estimulen sus fantasías y sus sueños. El resultado es la multiplicación de las deudas en un contexto de irrealidad manifiesta. En estas condiciones se constituye una alianza entre la prensa local y los directivos reyes-magos, para conducir las emociones colectivas de las hinchadas. Una organización así es incapaz de afrontar las crisis, que devienen en una rigurosa caza de brujas. El caso actual de Rafa Benítez es elocuente. Sus resultados no son malos en términos comparativos,  pero está sentenciado por la concurrencia de los brujos directivos y mediáticos que quieren conjurar el fantasma de las victorias del Barça infundiendo esperanzas místicas.

Pero, además, el fútbol se constituye en paradigma de la posmodernidad y la sociedad postmediática. Lo que ocurre en el estadio es desmenuzado, fragmentado, recombinado en múltiples imágenes que  las televisiones y los medios digitales multiplican hasta producir otra realidad. Los goles de los cracks se reiteran desde distintas posiciones, tiempos y presentaciones. Así, un espectador puede acceder al visionado de los goles separados de su proceso de producción y su contexto. Alimentado por este material audiovisual, cuando se encuentra en el campo y tiene que presenciar el juego real, carece de la paciencia de esperar el desenlace. De este modo se producen crisis cuando Messi, Ronaldo u otros no marcan en uno o dos partidos. Recuerdo en ambos casos que se generó una crisis histérica, cuando sus números de temporada eran estratosféricos.

Así se fabrica al espectador irreal, al niño caprichoso, al hincha manipulable que vive en el mundo ficticio generado por la mediatización del fútbol. De esta forma se producen polémicas fantasmáticas o rivalidades imposibles de reducir a términos inteligibles. Los estados de ánimo cambiantes, la fe ciega, la esperanza en el milagro y los sentimientos de orgullo de esas patrias fabricadas, son tratados en las programaciones mediáticas para alimentar a los espíritus de estas extrañas organizaciones.

Pero la futbolización de la sociedad radica en la penetración de estos vectores futbolísticos en toda la sociedad. Los paradigmas de hinchada futbolística, sujeto infantilizado definido por sus adhesiones incondicionales, su deseo de ganar y su desresponsabilización en los medios, así como de las organizaciones en las que los presidenciables tienen que obtener su asiento mediante la seducción de los electores, se expanden en todos los ámbitos sectoriales y organizativos. La infantilización colectiva sustentada en los programas de las teles privilegia los debates entre dirigentes políticos devenidos en versiones de Moisés que conducen a la tierra prometida a los crédulos seguidores, mediante nuevas versiones de la separación de las aguas y la proliferación de distintas formas de maná.

La patética puesta en escena de rendición de cuentas en formato mediático se asemeja al mundo del fútbol regido por la ficción. También en los procesos electorales o los congresos partidarios se pueden encontrar las huellas del modelo futbolístico. Pero en los denominados debates se encuentra presente esta influencia. Son constituidos como acontecimientos mediáticos totales que se referencian en los partidos del siglo. Un formato que privilegia el espectáculo de la competición, donde las puestas en escena se sobreponen a los argumentos. La preparación y el postdebate, adquiere una importancia descomunal en detrimento del mismo. Pero la preponderancia de la victoria es incuestionable. Determinar quién ha ganado en esa extraña confrontación entre administradores de bienes públicos, es lo fundamental. En esta lógica el golpe de efecto adquiere protagonismo. Los dilemas y las dudas se difuminan. Gana aquél que meta goles al contrario.

Termino insistiendo en el misterio del fútbol que simultanea la adhesión incondicional y la ausencia de conocimiento del juego. Los fanáticos de club carecen de cualquier argumento. De ahí el éxito de programas como el Chiringuito de jugones que convierte a los participantes en hooligans que se interpelan a gritos e interrumpen. Me fascina Roncero y otras especies insólitas. De ese mundo viene Eduardo Inda, que es el antecedente del desembarco del formato futbolístico en la mediatización política. Se trata de escenificar los sentimientos de los hinchas, que en otras esferas se denominan ciudadanos.

jueves, 24 de diciembre de 2015

EL MUNDO

Nuestra verdadera nacionalidad es la humanidad. H.G. Wells.

La pobreza del hombre como resultado de la riqueza de la tierra. Eduardo Galeano.


La situación sobre nuestra Tierra es paradójica. Las interdependencias se han multiplicado. La conciencia de ser solidarios con su vida y con su muerte liga desde ahora a los humanos. La comunicación triunfa; el planeta está atravesado por redes, faxes, teléfonos celulares, módems, Internet. Y sin embargo, la incomprensión sigue siendo general. Edgar Morin.

En este día quiero recordar a los penúltimos contingentes humanos que vagan por la opulenta Europa. Son varios millones y estuvieron de actualidad hace un par de meses porque la foto de un niño ahogado saltó a la actualidad. Ayer murieron ahogados varios niños pero sus imágenes no aportan novedad. El depósito de buenos sentimientos se encuentra a la espera de algo verdaderamente nuevo e inesperado. Y los cientos de miles que han recorrido Europa ¿donde están ahora? En espera de su retorno a la actualidad mediante la producción de algún suceso extraordinario que pueda ser facturado en imágenes.

Pero para los demás, la vida sigue. Dicen que la cara es el espejo del alma. Estos videos muestran la diversidad de la humanidad. Son magníficos. Buenas fiestas para todo el mundo.





Estos hay que mirarlos con pausa. Algunos me son familiares porque pueblan los transportes públicos que frecuento.



viernes, 18 de diciembre de 2015

DOS VOTOS Y DOS BESOS (O TRES)

En las recientes elecciones andaluzas del 22 de marzo de este año hice público mi voto a Podemos en este blog, exponiendo las razones que lo avalaban en un post que se denominaba “Un voto, un beso y una recomendación”.  El domingo volveré a votar a ese partido. Pero en esta ocasión me embarga un sentimiento de pérdida de Carmen. En su ausencia se ha producido los cambios en los últimos dos años, que alivian mi estado de distanciamiento ante el devenir político del régimen nacido en 1977, cuando éramos jóvenes y que tanto contribuimos a su llegada. Siento mucho no poder compartir con ella este tiempo.

La mayoría absoluta del pesoe en 1982 generó un sentimiento de esperanza para nosotros, que sustentó una posición optimista, aunque con importantes reservas por mi parte. Las ilusiones se fueron debilitando con el paso de los años. La llegada del pepé al gobierno en el 96 acrecentó su crítica. Recuerdo que durante muchos años renunció a la información política y se refugió en las  las novelas negras y en el cine. Cuando veía a Aznar, Álvarez Cascos , Trillo y otros personajes similares, no podía evitar la manifestación de un sentimiento de rechazo primitivo. Recuerdo nuestras conversaciones al respecto cuando ella los calificaba de franquistas detestando sus máscaras.

1992 fue un año crucial para los dos. El espectáculo de la expo de Sevilla acrecentó nuestro distanciamiento y acentuó las críticas al psoe. En los años siguientes comenzamos a vivir en nuestro entorno los primeros síntomas de la gran reestructuración. Para Carmen fueron los primeros casos de jóvenes cercanos sometidos a unos contratos pésimos y las confidencias de algunas trabajadoras de ayuda domiciliaria, cuyas condiciones laborales eran preindustriales. Por debajo de la visión triunfal de la España del ladrillo y el hormigón, se conformaba una realidad dura que comparecía en nuestras vidas. También la tragedia del estrecho y la presencia de inmigrantes en condiciones de emergencia le inquietaba. Desde estas coordenadas percibía a las autoridades de la época cuanto menos como portadores de dosis de cinismo muy considerables.

Con el paso de los años este malestar se fue acumulando, potenciado por los nuevos indicios que se proliferaban en su vida diaria, de personas con trayectorias bloqueadas y sometidas a guiones inquietantes. Ella seguía rechazando la información política y me reprochaba que viese el telediario. Cuando aparecían políticos o traficantes de capital en la pantalla llegaba a volverse y dar la espalda. Me decía ¿ya no están? Entonces recuperaba su posición. Ella era muy simbólica y sobrevaloraba los portes de las personas. Hacía un vínculo entre las estéticas de los años setenta de los señoritos concentrados en la calle Serrano y las de muchos de los jóvenes conservadores que hacían su aparición en las pantallas sin complejos. Su infancia siempre la acompañó mediante un rechazo visceral a los señores de este tiempo tan mezquinos y autoritarios.

En diciembre de 2010 le fue diagnosticado el cáncer de colon. En febrero fue operada y en marzo comenzó el tratamiento de quimioterapia. Este tuvo consecuencias devastadoras para su persona. En ese mes de mayo, cuando los efectos de los ciclos de la quimio se acumulaban sobre ella se encontraba  en un estado fatal. Apenas podía caminar y hacer su vida.  Los vómitos y los mareos interferían cualquier actividad. Entonces estalló el 15 M. Desde el primer momento entendí que se trataba de un acontecimiento que rompía las simetrías del sistema político y abría un nuevo tiempo. Todos los días acudía a la plaza donde contemplaba el espectáculo de la heterogeneidad y la multiplicidad de iniciativas. Era un experimento democrático insólito que movilizaba mis emociones. En alguna ocasión la llamaba para que escuchase los sonidos de la plaza. Ella lamentaba no poder concurrir.

Pero lo mejor era cuando llegaba a casa y comentábamos acerca de lo que había sucedido. Me preguntaba sobre los jóvenes y soñaba con que aquello fuera un prólogo de una sociedad de cooperación diferente a la selva de los poseedores de cosas. En alguna ocasión habíamos soñado juntos acerca de otro mundo. El primer sábado me dijo que quería cocinar algo para la gente de la plaza. Su situación física se lo impidió pero me requirió para que llevase comida, cosa que hice. Fue emocionante comprobar la ayuda que suscitó desbordando a los participantes. No puedo olvidar a un paisano que llevaba un jamón con los ojos llenos de lágrimas. Muchos mayores, perdedores en varias ocasiones, íbamos a la plaza a contemplar el ensayo convivencial que tenía lugar allí.

El tratamiento terminó en junio con una intoxicación terrible. Pasó un verano fantástico en Santander liberada de los tóxicos de la quimio. En otoño le diagnosticaron una metástasis en el riñón. En enero fue operada. En abril apareció una metástasis general y volvió a la quimio. El 1 de mayo acudió a la manifestación de los sindicatos que fue masiva como todas las de este tiempo. El 15 de mayo convinimos que yo iría a Madrid para participar en la manifestación del primer aniversario para contarle después. La llamaba desde Cibeles, la calle Alcalá y Sol para que escuchase los sonidos de este acontecimiento. Estaba muy indignada con los recortes, con el autoritarismo del gobierno y la debilidad de la oposición. Pero estaba ya muy débil. Me preguntaba si los chicos de la plaza harían una oposición que pudiera infundirnos alguna esperanza. En junio murió.

En los años siguientes el 15M se bifurcó en varias direcciones. El grupo que impulsó Fort Apache y la Tuerka saltó a las televisiones. Es el núcleo fundador de Podemos. Desde el primer momento se evidenciaba su energía y su forma de estar presentes que contrastaban con la izquierda sometida del parlamento, que seguía sus rutinas como si nada estuviese ocurriendo. La defensa de los penalizados por la reestructuración neoliberal era vibrante y sólida. En contraposición a la energía cero de los parlamentarios, la acción de los nuevos críticos era impactante. Su forma de estar frente a los portavoces mediáticos de la derecha y neutralizar sus violencias verbales era inédita. En las ocasiones que fui espectador de esta emergencia añoré a Carmen, que hubiera respaldado con entusiasmo a los insólitos replicantes y defensores de los sectores sociales  degradados por la reconversión.

Los dos años siguientes se han acelerado los efectos de esta emergencia política. Sin ánimo de valorar aquí la misma, sus ambivalencias y las problematizaciones que suscitan, lo cierto es que ha desembocado en varios acontecimientos insólitos. Algunos de los más importantes ayuntamientos son gobernados por grupos y coaliciones que se sitúan en la estela que suscita esta emergencia. Pero lo más importante es que Podemos ha roto el techo asignado a la izquierda en el guion escrito por los programadores, ubicada en el cuarto oscuro del parlamento desde el principio. Nunca olvidaré las risas y gestos de desprecio que desde los orígenes producían las intervenciones de los portavoces externos al sólido poder bicéfalo y excluyente. Muchas veces compartí la reprobación de los mismos con Carmen. En coherencia, el primer post de este blog es “del cero al uno”, reivindicando la importancia de ser uno, nada más y nada menos que uno, que es una cifra despreciada por los portavoces de este poder bifronte.

Por eso, la mañana del domingo, cuando deposite la papeleta lo haré con el orgullo de ser uno, de votar acompañado de dudas, pero con la certeza de que lo fundamental no es el resultado. Rechazo el espíritu neoliberal de asignación de los conceptos ganador y perdedor.  También con la convicción de saber que va a ser más difícil burlarse y menospreciar a los nuevos replicantes. En los momentos previos hablaré con Carmen y escucharé sus palabras indignadas por la terrible frase de Pedro Sánchez cuando afirmó que “Pablo Iglesias no tiene pinta de presidente”. Eso es todo un tratado de ideología conservadora y de elitismo patético. Recuerda a la calificación de perroflautas a los jóvenes presentes en las plazas del 15 M.

En la noche de ese día el espectro de Carmen se hará presente en el cuarto de estar, de modo que podré reeditar mi diálogo con ella que votaría en una apoteosis de identificación cargada de emociones en el recuerdo de cada uno de los perdedores que han desfilado por nuestra vida. Frente a su entusiasmo yo expresaría mis dudas y precauciones. Pero sus emociones no se verían afectadas por mis argumentaciones. En ella prevalecería un sentimiento de resarcimiento y celebración, como si pudiéramos expulsar los sufrimientos de los años oscuros recubiertos por los maquillajes del poder bicéfalo y autoritario. Pero nuestro sentimiento sí converge la celebración  del cuestionamiento de esa España oscura de los nuevos ricos de ocasión y los señores de siempre transformados por sucesivos procesos cosméticos.

Por eso, además de votar quiero advertir que ese día, algunas personas como Carmen también lo harán, a pesar de no estar en el censo. Es muy importante tener en cuenta lo que estoy planteando. Junto a los votos de los que hemos estado padeciendo una larga espera es inevitable que os enviemos muchos besos. En particular los que no han llegado a vivirlo. Por eso la noche del domingo actuaré duplicando mis emociones y sobreponiéndome a mis pensamientos, que se focalizan en los siguientes peligros de este viaje que inicia a mis espaldas una nueva generación. Tendremos que reservar emociones para la constitución del parlamento donde las estéticas, las pintas en palabras de los señores, serán plurales. También la aparición de muchos jóvenes, cuya presencia no se debe a cooptación sino a un acontecimiento fundante producido por ellos mismos ¡qué emoción¡ Carmen no pudiera haber evitado llorar ese día.

Durante el tiempo que he escrito este texto, mi perra Totas, que me acompaña en mis lecturas, escrituras y paseos, ha protestado por sentirse excluida. Ella es mestiza y fue abandonada por esta razón. Me recuerda que su mundo es muy aristocrático y racista en un sentido integral. Ella intuye que algo está ocurriendo porque desde hace tiempo percibe que algo trasciende lo normal. Cuando Eduardo Inda levanta la voz y descarga sus violencias sobre los jóvenes emergentes, ella estira sus orejas y gruñe. Por eso digo dos votos, dos besos o tres. Pero la verdad es que nuestro afecto es mucho mayor que la que representan estos dígitos.

Mucha suerte, no para el domingo, sino principalmente para el lunes, fecha de comparecencia ante el tribunal de lo posible, en la que las antaño burlas y desprecios se transformarán en vigilancia, estrategia de desgaste y acoso político-mediático.



miércoles, 16 de diciembre de 2015

APOTEOSIS DE LOS EFECTOS ESPECIALES EN LA ÚLTIMA VERSIÓN (ELECTORAL) DE KING KONG

La campaña electoral que tiene lugar ante nuestros sentidos es un acontecimiento postmediático en la que los efectos especiales alcanzan la apoteosis en detrimento del guion. Las técnicas audiovisuales que producen composiciones visuales, efectos ópticos múltiples, sonidos inéditos y entornos donde los candidatos realizan sus representaciones, son dominantes como en el cine de última generación. El relato que aquí y ahora se pone en escena viene a ser semejante al de la célebre película de King Kong, en la versión de Peter Jackson de 2005, en la que la tecnología permite componer escenarios y secuencias insólitas sin renovar el argumento. En estos días las fuerzas políticas se conjuran para abatir al King Kong local, que desde el gobierno ha arrasado el estado y la sociedad en los últimos cuatro años.

Pero el dominio de los efectos especiales, que reconstituye los llamados debates como acontecimientos mediáticos totales, relega el papel desempeñado por las ideas. La explosión de las iconografías sustentadas en las tecnologías transforma a los votantes en una audiencia sobre la que todas las opciones despliegan sus seducciones en forma de espectáculo. De esta forma las propuestas son investidas de magia mediática facturada en las fábricas de fantasías electorales, que en los últimos años progresa a una velocidad de vértigo. Los programas, las propuestas, las comunicaciones y los falsos debates son convertidos en escenificaciones, tramoyas, juegos visuales y seducciones sofisticadas. Así se instaura un estado de excepción político, en el que es crucial la transfiguración partidaria para maximizar los apoyos en los juegos entre semiologías rivales.

La apoteosis de los efectos especiales no quiere decir que desaparezcan los programas. Por el contrario estos son objeto de tratamiento por distintas clases de expertos, cuyo efecto es la configuración de una extraña presión a la uniformidad. Quien trascienda  los límites de los dictámenes expertos es sancionado severamente. Los especialistas en los distintos campos que desmenuzan los programas en partes dotadas de autonomía, se sobreponen a la diferencia y penalizan a quien se atreva a pensar más allá de sus fronteras. La fusión de los expertos y los medios constituye una presión formidable que nadie puede resistir. De este modo las controversias pierden interés. Todos se subordinan a los dictámenes de los especialistas y las discusiones devienen en la vigilancia de posibles incumplidores o presuntas áreas ocultas. Así, los candidatos son subordinados a los verdaderos influyentes, que son los intermediarios mediáticos. En este medio es imposible abatir a King Kong, que se presenta investido de una máscara entrañable, prodigando ternura a la doncella que porta en su mano.

Es así como se constituye el imperio de los efectos especiales donde impera la ficción. Las maquinarias semiológicas construyen una versión de la realidad completamente diferente. El precepto fundamental de esta factoría es la ocultación de los penalizados por la gran reestructuración histórica en curso, de signo neoliberal. La homologación de todos en la categoría de ciudadanos disuelve las diferencias sociales y esconde la especificidad de los sectores vulnerables. Así estos son denegados mediante la falacia de la ciudadanía única. Sus realidades no se hacen presentes en los discursos y sus necesidades son fragmentadas, siendo asignadas en los programas y los juegos dialógicos a los expertos sectoriales. Así se elude el problema de la ausencia de voz.

Porque en los juegos electorales se apela a la ciudadanía como condición sublime. Pero esta es laminada mediante la acción de poderosos dispositivos. Así la precarización salvaje que erosiona radicalmente la autonomía de las personas convirtiéndolas en sujetos débiles en dependencia permanente. La centralidad del consumo que refuerza la escalada de las necesidades. De esta deriva la multiplicación del endeudamiento. El tipo de persona resultante de esta situación incrementa el sentimiento de inseguridad que resuelve mediante la mediatización, entendida como la nueva subordinación a los guías mediáticos, que alivian su desamparo y le ofrecen un escenario de futuro esperanzador.

Este es el escenario en el que los electores son convertidos en espectadores tutelados por los expertos y los animadores mediáticos que ponen en escena el argumento de que se asiste a un juego en el que el ciudadano racional decide mediante la adquisición de información y reflexión. Pero la verdad es que la campaña se funda en el supuesto de la espiral del silencio formulado por Noëlle Newmann. Esta explica las conductas mediante la adhesión a la opción triunfadora, representada en la vida cotidiana en las opiniones las personas que le rodean. Así, los expertos de las necesidades desmenuzadas inciden en sus programas y las maquinarias demoscópicas de conducción de la opinión pública señalan las opciones triunfadoras para advertir a los desconcertados acerca de los riesgos de convertirse en sujetos aislados. Esta es una formidable operación de uniformización colectiva. Así King Kong se presenta como el representante de la sensatez, del sentido común y de la normalidad, en contraposición con sus excéntricos cazadores.

Pero en tanto que se mantiene la narración del sujeto racional que decide, las maquinarias partidarias despliegan un repertorio de seducciones iconográficas en las pantallas. En estas se repiten varias ideas sencillas que se respaldan por argumentarios que refuercen la marca, siguiendo la pauta comercial establecida. Las fotografías y los videos se referencian en un conjunto de frases que se multiplican mediante reiteraciones infinitas que saturan al receptor. De ahí resulta una realidad en la que parece imposible hacer distinciones y matizaciones. En la misma solo se encuentran confortables los incondicionales que se involucran en los juegos de rivalidades, que en la mayoría de las ocasiones reproducen el duelo entre la coca cola y la Pepsi.

En este mundo irreal generado por los aparatos partidarios se difuminan los perjudicados por King Kong. Este ha destruido una parte de sus trabajos, de sus viviendas, de sus territorios y de sus esperanzas. Sus andanzas impunes han generado un estado de miedo al gigante, que ha terminado en la asunción de la inevitabilidad de convivir con él. Por eso los efectos especiales crean un mundo invertido en el que las víctimas son seducidas para ser convertidas en electores. Así se configura una excepción, un día de asueto en el que es posible imaginar que Kong ya no está. Pero el día 21 se hará presente de nuevo encarnado en el complejo de lo posible, que conforman los expertos autorreferenciales en economía y gobernabilidad junto a los portavoces mediáticos erigidos en la última conciencia colectiva.

Antes de que aparezcan sus disertaciones y sus pizarras puedo soñar que Rato, Blesa y sus múltiples acompañantes pueden perder el domingo. Pero en las últimas elecciones andaluzas, después de la campaña en la que la corrupción fue tratada en este peculiar mundo de los efectos especiales, su incidencia en los resultados fue muy modesta. Pero en la semana siguiente a la jornada electoral tuvieron lugar redadas de numerosos empresarios y miembros de la administración involucrados en los falsos cursos de formación. Nadie comentó nada al respecto, porque se entendía fuera del mundo de los efectos especiales de la campaña  que había concluido.

En el torrente de imágenes y sonidos que me rodea estos días pienso en los jóvenes expulsados, a los que se niega el voto mediante la perversa formula del “voto rogado”. Así se instaura una confiscación de la movilidad social generacional. Los descendientes de los trabajadores son bloqueados en sus trayectorias profesionales en una paradójica devaluación de la formación. Esta penalización se difumina en el alegre mundo de las comunicaciones electorales. Me pregunto acerca de si podré vivir en un mundo en el que no esté este letal simio,  albergando la esperanza de no sufrir campañas en las que los contendientes me martilleen con la repetición de sus eslóganes y puestas en escena. King Kong  ¡vete ya¡

sábado, 12 de diciembre de 2015

LAS ARQUITECTURAS DE LAS AULAS CONFINADAS

El enigma de las aulas radica en su constitución como una arquitectura que resiste todos los cambios sociales. El sociólogo español Alberto Moncada dice que en el caso de que una persona del siglo XIX volviera a la vida, experimentaría un shock considerable frente a una realidad  irreconocible. En el caso de que se encontrase muy afectado por tal extrañamiento, la mejor solución para calmarlo sería enviarlo a algún centro educativo. Allí se sentiría aliviado al reconocer un elemento de su mundo que permanece incólume. El aula es un verdadero inmueble en todos los sentidos posibles, constituyendo así un misterio contemporáneo.

El sociólogo norteamericano Charles Tilly, entiende que el siglo XIX mantiene sus códigos en muchas esferas de la vida social, constituyendo una pesadilla. Una de ellas es el aula. La siguiente cita es clarificadora “Lo mismo ocurre en muchas de nuestras ideas e instituciones. En el mundo educativo todavía nos comportamos como si el modo más eficaz de preparar a las mentes jóvenes …consistiese en dividirlos por edades en grupos de veinte o treinta, colocar a cada grupo en una sala cerrada, con un adulto, sentar a los jóvenes en filas de pequeños escritorios, de modo que esa persona de más edad les hable cada día durante horas, les haga escribir diferentes tipos de ejercicios que ella misma evaluará, les exija que hablen periódicamente en clase sobre los ejercicios escritos, sobre lecturas realizadas o sobre temas generales que ella había propuesto” (Grandes estructuras, procesos amplios, comparaciones enormes. P. 15-16).

De acuerdo con Tilly en su definición del aula como “sala cerrada”. Pero estos extraños espacios cerrados, que mantienen sus geometrías invariables en cualquier tiempo, se encuentran en el siglo XXI en un entorno en el que los cambios son vertiginosos. Pero ellas son insensibles a lo que ocurre en el exterior, continuando su programación ejecutada  en el atril y los bancos, en los que se ubica una población dispuesta en filas y columnas. Así se configuran como contenedores de poblaciones para las que sus actividades representan un tiempo de excepción con respecto a la vida.

Los territorios en los que la vida tiene lugar responden a otras lógicas y supuestos. Espacios como la calle, el tráfico, el bar, la discoteca o el centro comercial, donde cada uno se encuentra dotado de individualidad y movilidad en el entorno donde se congregan distintas gentes que transitan. En el espacio doméstico la televisión, el ordenador y el smartphone reproducen la individualidad y movilidad de las relaciones. La socialidad derivada de estas esferas concluye en el dintel de las aulas. En estas salas cerradas tiene lugar una experiencia de confinamiento en las condiciones actuales, que concluye en un estado de excepción cotidiano.

Las arquitecturas hablan con nitidez con respecto a los sentidos de las actividades que albergan en sus espacios. El aula puede ser un escenario en el que impere la educación entendida como un proceso de crecimiento personal de las capacidades intelectivas, emocionales y de comunicación. Pero asimismo puede ser un espacio para la homogeneización y el disciplinamiento que persiga la pasividad y la obediencia. También puede ser un contenedor que organice una espera, un tiempo de prórroga  cuyo desenlace es lo que se denomina como inserción laboral. En las aulas actuales se combinan al menos estas tres modalidades.

Uno de los misterios más sorprendentes de las sucesivas reformas educativas en España radica en que los contenidos que propugnan se contraponen con las arquitecturas de los múltiples centros que se construyen. Así se puede enunciar la tesis de la regresión inmobiliaria. Los centros de nueva construcción son recintos amurallados al exterior, que presentan rasgos de los centros comerciales y de las prisiones. En otra ocasión hablaré de esta cuestión, pues hoy quiero referirme a las singulares aulas. Una dimensión de esta regresión arquitectónica radica en las nuevas aulas desnudas, sin decoración alguna, en la que la contraposición entre la luz y el power point se resuelve a favor de este último. En la mayoría de los casos las aulas solo se distinguen por su tamaño, en tanto que capacidades de alojar unidades de receptores. Por eso me gusta designarlas como contenedores de cuerpos. Apenas hay aulas circulares y en la mayoría de los casos predominan las aulas grandes.

Ahora voy a presentar varias imágenes muy elocuentes que voy a comentar sucintamente.




Esto es un call Center en el que el trabajo no requiere de colaboración. Es el paradigma de muchos de los empleos que esperan a una parte de los habitantes de las aulas. La arquitectura es muy agresiva y remite a una individuación laboral coherente con la precariedad.



Este es el origen de las aulas de las filas y columnas. En este caso es coherente con el medio. Se trata de un pastor que administra la palabra a los fieles presentes.


Esta es un aula donde es imposible la comunicación entre los presentes. La disposición de espacios tiene la virtud de establecer un sistema de barreras múltiples. Además, la ausencia de luz y la decoración constituyen un castigo que se acrecienta cada hora de presencia en este contenedor. Lo más paradójico es que algún profesor de este tiempo convoque a la participación en este medio.



Este aula es un monumento a la segregación espacial y social. La mesa, los notables congregados a ambos lados y el público común. Su uso privilegia la ceremonia de las élites académicas.


Un ejemplo de aula magna. En los congresos profesionales es frecuente la presencia de una azafata que transita por la sala para proporcionar el micrófono a los aspirantes a hablar.


Una de las aulas frecuentes del presente que sanciona la hegemonía de la pantalla en el nuevo imperio del ppt y youtube.


Un monumento a la regresión del aula. Se mantiene la estructura física masificada y la proporción de espacios junto con la individualización derivada del ordenador individual. Explosivo.


El advenimiento del aula circular que estimula las comunicaciones en plural y privilegia el grupo. Un requisito para que cada uno sea un actor en su aprendizaje.



Aula  tipo de la Escuela Andaluza de Salud Pública, en las que he impartido clases durantemuchos años. La estructura es excelente pero la luz natural es desplazada por  la pantalla.

Lo dicho, las aulas como espacios confinados extraños al mundo vigente. Se agradece cualquier comentario


domingo, 6 de diciembre de 2015

UNA MIRADA DIACRÓNICA SOBRE EL PARTIDO POPULAR

La legislatura que concluye ha constituido una apoteosis del partido popular, tanto por su modo imperativo y autoritario de ejercer el gobierno, como por la protección  sin complejos a sus miembros involucrados en tramas de corrupción de gran envergadura, que se muestran en una situación de simbiosis con los dispositivos del estado. El autoritarismo ha alcanzado cotas insólitas, consiguiendo reducir a sus oponentes amedrantados;  paralizar a los sectores sociales penalizados por sus políticas, asumiendo su indefensión, así como anestesiar a la sociedad civil mediante la profusión del miedo. Así se ha creado un estado de intimidación y depresión social generalizada que remite a una peculiar y extraña dictadura.

La proliferación de las prácticas autoritarias de gobierno es posible por la conjunción de varios factores. Pero el elemento facilitador fundamental radica en la preponderancia de los enfoques sincrónicos en el conocimiento de la sociedad, en detrimento de los enfoques diacrónicos. Los enfoques sincrónicos en las ciencias sociales son los que estudian una realidad sin considerar el tiempo. Por el contrario,  los enfoques diacrónicos consideran las situaciones como parte de procesos sociales en los que el tiempo es una variable esencial. Tanto los aparatos de gobierno, como los dispositivos de producción de conocimiento y mediáticos que los acompañan, son manifiestamente sincrónicos. Así, la actualidad se construye cada día para disiparse mediante la que le sucede al día siguiente. De este modo el presente se hace opaco, en tanto que no se considera a los distintos procesos que lo conforman. Una viñeta de El Roto lo ilustra certeramente con esta proposición “No hagas caso. Nos quieren entretener con la actualidad para que nos olvidemos del presente”.

Los enfoques  sincrónicos permiten aislar cada acontecimiento, que se entiende como una jugada que caduca cuando comienza la siguiente, haciendo abstracción de sus antecedentes.  Así, el caso Bárcenas se entiende como un episodio aislado.  Y la Gurtel, la Púnica y otras incesantes. De este modo consigue destruir los vínculos entre las mismas y situarse días antes de las elecciones en un nuevo escenario prefabricado en el que se difuminan sus actuaciones anteriores. La preponderancia de lo sincrónico permite anular y cancelar los episodios críticos, tanto en la corrupción sin fin, como en el deterioro del estado y las instituciones mediante las rigoristas políticas de austeridad, que penalizan a importantes sectores sociales, así como el desprecio manifiesto por la oposición y a las reglas democráticas, configurando unas instituciones en las que la deliberación queda suspendida. De esta forma se relega un enfoque diacrónico, que integre los orígenes de los acontecimientos así como su ubicación en los procesos específicos que conforman la realidad.

La apoteosis de lo sincrónico se produce en las campañas electorales en las que los expertos en comunicación política cortan, pegan, inventan, ocultan y constituyen una realidad en la que impera la ficción y la memoria queda neutralizada. En esta realidad el pepé se amnistía a sí mismo desplazando al limbo exterior sus responsabilidades en ausencia de la “t”. Es insólito contemplar el despliegue del ínclito señor Rajoy, que hasta ayer ha permanecido ausente en el parlamento y los medios. Ahora desempeña su papel de persona “cercana” en el escenario de cartón piedra diseñado por sus asesores, que resulta manifiestamente asimétrico al que ha desempeñado mediante la aplicación rigurosa de su guion autoritario. Las sociedades de opinión pública y su sistema de medios de comunicación contribuyen al olvido del pasado y la desubicación en un presente continuo.

Este texto pretende ser una mirada diacrónica que contribuya a clarificar el nexo entre las actuaciones del pepé. Por esta razón es imprescindible retroceder al pasado, porque este no desaparece en la magia de las refundaciones de las instituciones y organizaciones que se pretenden como novedosas y carentes de  vínculos con el pasado. Por el contrario, en todo componente vivo del presente se encuentran elementos invariantes que han permanecido incólumes, combinados con otros ingredientes nuevos. En el caso que nos ocupa es evidente la persistencia de elementos del pasado que se remontan a etapas muy anteriores al franquismo mismo.

Una cuestión fundamental es comprender que el pepé es algo más que un partido político nacido y ubicado en el postfranquismo. Se trata de la forma política que en este tiempo representa a un conjunto de clases, categorías sociales y élites cuyo origen se remonta a un pasado histórico lejano. Los sucesivos procesos de cambio determinan su adaptación a las nuevas situaciones. Así, el partido es el resultado de una refundación que congrega a distintas élites participantes en el franquismo. Pero debajo de los discursos, los imaginarios y las nomenclaturas subyace un núcleo perenne de preceptos no sometidos a la verbalización o la discusión.

El pasado se hace presente en lo inmanente de estas élites, que conservan algunos rasgos de identidad que se sobreponen a los cambios. En una entrada de este blog escribí sobre la relación entre este partido y el gobierno de las colonias interiores. Esta es una pista esencial. Las élites que en un pasado ejercieron como administradores coloniales, conservan un elemento incuestionable e inmutable de ese orden social. Este es la convicción de su superioridad sobre la población administrada, que ampara la legitimación de su dominio y el uso de la fuerza. La población es concebida como una muchedumbre que hay que gobernar imperativamente para prevenir sus excesos, en tanto que es percibida como un peligro para el orden social.

Esta concepción del poder y de la población, se refuerza en las sucesivas etapas históricas en ausencia de una revolución industrial. Las clases dirigentes conservan sus formas y contenidos aristocráticos de un modo diferencial a Europa, formando parte de la singularidad española. La sociedad española de principios del siglo XX genera unas diferencias sociales explosivas, que determina un conflicto que culmina en una guerra civil. Sin ánimo de entrar en la complejidad de este conflicto, este albergó algunos elementos inequívocos de una revolución social. Por consiguiente, las clases aristocráticas y burguesas en España han experimentado los efectos de episodios revolucionarios. De ahí resulta una memoria de odio que permanece viva en las clases dirigentes aún a pesar de los cambios sociales operados.

La industrialización, el consumo de masas y la sociedad mediática han modificado las relaciones sociales, pero los años de crisis han puesto de manifiesto la persistencia del supuesto de la superioridad. La falta de consideración con respecto a los afectados por las decisiones de gobierno es manifiesta. La distancia con respecto al destino de los numerosos jóvenes que emigran es patente. Se pueden poner múltiples ejemplos al respecto que ilustran la indiferencia radical respecto a los sufrimientos. Las movilizaciones de respuesta al empeoramiento de las condiciones de vida son respondidas con la puesta en marcha de una legislación represiva, instaurando un orden que pretende ser la penúltima versión de “rebelión a bordo”. El presupuesto de la penalización es coherente con el estatuto de inferioridad atribuido a la población subordinada. Muchas de las actuaciones mediáticas de dirigentes partidarios están provistas de una desmesura aristocrática-colonial inconcebibles en este tiempo.

Desde esta perspectiva se puede comprender la coherencia de las actuaciones del pepé con los supuestos que los rigen. La convicción de que el gobierno les corresponde como resultado de su superioridad y la memoria del conflicto de la guerra civil, determinan la fuerza con que se sobrepone a sus adversarios. Todas sus actuaciones están presididas por la fuerza. Los procedimientos democráticos se entienden como constricciones que pueden ser neutralizadas mediante artificios y trampas, de las que han hecho un verdadero arte creativo. La contundencia de Esperanza Aguirre, Rato, Aznar y otros dirigentes partidarios es inconmensurable. Sus actuaciones se fundan en el precepto de la superioridad y el desdén a la oposición plebeya.

En los años finales del franquismo tuvo lugar un proceso de crecimiento económico que tuvo como consecuencia la ampliación de la base social de la derecha convencional. El capitalismo español de pies de barro generó múltiples empresas y negocios de ocasión que constituyeron una subsociedad beneficiaria de nuevos ricos. Este proceso se intensificó en los desde los años ochenta hasta el comienzo de lo que se denomina crisis. Los beneficiarios de esos negocios de quita y pon componen la base del pepé. Se trata de los contingentes “criollos” incorporados a la España de la abundancia.

Pero la fuerza del partido radica en una cuestión fundamental. Esta se deriva de la inexistencia de una ruptura con el franquismo. La consecuencia de la transición radica en que la democracia se funda en un imaginario débil, con una insuficiencia simbólica manifiesta, que posibilita la persistencia del sustrato del imaginario franquista. Todas las discusiones acerca de la memoria histórica, los símbolos, las banderas y la nación muestran la debilidad del consenso. El pepé aglutina una base social identificada con un concepto de nación entendido como una instancia superior incuestionable que se sobrepone a la pluralidad. Estas ambigüedades simbólicas debilitan los espectáculos de masas que refuerzan los imaginarios. El franquismo privilegió los desfiles, fiestas y espectáculos de masas identitarios.

La articulación entre ambos factores, la sociedad de los negocios y la adhesión a lo simbólico tradicional, configura la sólida comunidad que representa el pepé. Paradójicamente, su situación es inversa a la sociedad del trabajo. Mientras la crisis afecta a las condiciones de las clases medias y trabajadoras convencionales, la sociedad de los negocios rancios, en los que la tecnología o la innovación son prescindibles, mantiene sus privilegios y posiciones. Todas las discusiones políticas del presente, en particular la de las privatizaciones de los servicios públicos,  se encuentran involucradas con esta realidad.

La peculiar sociedad del pepé, que se identifica como la derecha española, constituye un suelo inexpugnable, en tanto que sus posiciones sólo pueden ser defendidas mediante la fuerza. Su alta cohesión deviene en una suerte de fanatismo que le protege de cualquier desgaste. Alguien externo podría pensar que la corrupción galopante o el mal gobierno puede generar grietas en ella. No. La naturaleza del partido es similar a la de un club de futbol, que es gobernado mediante la gestión simbólica amparada en la adhesión incondicional. No importan tanto los resultados sino la cohesión emocional del nosotros. Las posiciones públicas de los periodistas-mercenarios, defendiendo las actuaciones del partido, constituyen un verdadero monumento de desinteligencia y fanatismo. Así se hace inteligible el comportamiento de Esperanza Aguirre, productora de mensajes y de tonos adecuados a sus reductos incondicionales.

Las élites españolas convencionales han mantenido una relación peculiar con el estado y la administración. Debido a su proverbial y menguada capacidad de generar una estructura productiva, el control ha devenido en la cuestión principal. De ahí la preeminencia de lo jurídico y de la centralidad de lo judicial. Así se instituye una invariante de la sociedad española: la sobredimensión de la justicia y la sobrecarga de abogados en las élites sociales. La relación entre el pepé y los tribunales es paradigmática. Los episodios más impresentables de esta legislatura son los relacionados con la impunidad fáctica de la corrupción de la clase dirigente y la depuración de los jueces proactivos. Este es un verdadero lado oscuro de la sociedad española. El partido privilegia esta relación y la fuerza que preside sus actuaciones se funda en el respaldo obtenido en este entramado de instituciones que sobreviven a los cambios sociales y cuyas coherencias se manifiestan en el color negro de las togas.

La diferencia española, que radica en la preponderancia de esta sociedad de productividad limitada, tan bien representada por el pepé, sobre la sufrida y penalizada sociedad del trabajo, se encuentra reforzada por la instauración de un nuevo capitalismo global que asigna al sur de Europa un destino congruente con la hegemonía de una élite de abogados, constructores y dueños de hoteles. El nuevo escenario es favorable a la perpetuación de este diferencial español, ahora funcional para la nueva Europa. Así es como el nuevo neoliberalismo y la veterana élite española consuman una relación de pareja tan especial.

La coherencia del pepé con respecto a la sociedad a la que verdaderamente representa es incuestionable. Del mismo modo, se evidencia el peligro que supone para la sociedad del trabajo subordinada, debilitada por la desindustrialización intensa. El imaginario de origen preindustrial y colonial, resultante de varias metamorfosis,  le proporciona una fuerza inusitada en sus actuaciones y una voluntad de acero en cuanto a su dominio en una sociedad heterogénea. Las leyes aprobadas en solitario con la oposición de la mayoría lo acreditan. De este modo, los conflictos del presente suponen un riesgo muy considerable de escalamiento. Este es el verdadero argumento que debilita a la intimidada oposición.

Pero el problema más importante de la sociedad española no radica solo en la derecha incapaz de reconstituirse en torno a un proyecto inclusivo con las otras sociedades, lo cual determina un estado de conflicto permanente, sino en la debilidad de sus opositores, cuyo devenir histórico desde la transición resulta trágico. Todos los partidos diferentes a esta derecha han ocupado el estado expansivo colocando sus huestes. Este juego les perjudica en este caso por la gran experiencia histórica de la derecha en este campo, así como por sus posiciones de partida. La oposición al partido popular ni siquiera ha sabido hacerse respetar.

Una mirada diacrónica es mucho más fértil para comprender el flujo social en el que se producen los acontecimientos. Mi padre, que formaba parte de la élite social, me contaba que un amigo suyo, en un país que no logro recordar, era del del Caribe, se entretenía por las mañanas sentado junto al mar en un puerto arrojando monedas al agua, porque le divertía contemplar a los muchachos negros tirarse a por ellas. El marcaba el ritmo de las pausas y los hacia mover en una apoteosis de superioridad que se instala en la frontera del sadismo. No sé la razón pero esta noche de víspera de la celebración de la Constitución del 78, he soñado con Fátima Báñez tirando contratos de un día en el muelle de Santander. Los chicos y chicas que se tiraban a por ellos eran jóvenes de hoy, portadores de unos cuerpos que cumplían los requisitos de la época. Me he despertado pensando en la crueldad y en la persistencia eterna de lo colonial.