domingo, 22 de febrero de 2015

EL PSOE ENTRE TINIEBLAS: ENTRE EL "DE ENTRADA NO" Y EL "DE ENTRADA SÍ"



En los primeros años de su trayectoria ascendente, el psoe  tuvo que pagar un alto precio por su acceso al poder. En  el referéndum de la otan hizo de la ambigüedad un arte mediante el eslogan “OTAN de entrada no”, que anunciaba un tiempo de ambivalencias, en el que se bifurcaban las direcciones del cambio en líneas incompatibles. En el presente, después de tantos años de marcha, se inscribe decididamente en la regresión autoritaria del sistema político, mediante un pacto con el pp, renovando su  ambigüedad, ahora sintetizada en la fórmula “De entrada sí, pero”.  Así,  deja abierta la cuestión de la prisión permanente en espera de tiempos mejores. Pero, más allá de este pacto fatal,  la ambivalencia se instala en todas sus decisiones, generando un espectáculo de bochornosa decadencia.

El signo más patente que pone de manifiesto el declive es el del tormentoso final de las elecciones primarias. Estas adquieren la naturaleza de  “ni sí ni no”, transformándose en la “decisión interpretada de Madrid, que fragmenta el censo, neutraliza los programas y propuestas, difumina los candidatos, comprime los tiempos,  falsea la discusión pública, y, sobre todo, elimina el voto secreto, emulando la  "elección” de Susana Díaz en Andalucía. Todo es verdaderamente patético. Inevitablemente he recordado las elecciones del SEU, sindicato español universitario en los tiempos de Franco, en el que también se votaba en sus últimos tiempos, pero el delegado era designado. El señor Gabilondo, candidato nominado  sin votación secreta, respaldado por la dirección  y favorecido  por el avasallamiento de Pedro Zerolo y su compañera Amparo Valcarce, quizás recuerde aquél tiempo del seu.

El proceso de descomposición del partido, que acelera el pobre Pedro, se manifiesta en la ausencia de un proyecto de futuro solvente, que pueda contribuir a tomar decisiones fundadas en un sentido definido. Pero lo que ocurre es todo lo contrario. Desde hace mucho tiempo, se ha instalado en una situación adversa, que amenaza los escasos gobiernos municipales y autonómicos sobre los que ejerce el control, sosteniendo así los apoyos de los esperanzados habitantes de sus sedes. Pero sus decisiones se fragmentan según las circunstancias determinadas por la evolución del contexto en que se ubica.

Pero lo peor no radica en su minimización como partido de gobierno, sino su manifiesta incapacidad de ejercer la oposición. Esta es imposible en ausencia de un proyecto de futuro. En los distintos ámbitos de gobierno que fue desplazado, sólo es capaz de producir una comunicación de baja intensidad intelectiva, fundada en estereotipos desgastados y en los errores gruesos de quienes les han desplazado. En la ciudad que habito, ausentes del gobierno municipal desde hace muchos años, asisten a su inevitable minimización electoral produciendo un discurso monótono y plano,  que se asemeja al de los entrañables perdedores que habitan las barras de los bares nocturnas para ahogar sus penas. Repiten machaconamente el lamento por los barrios abandonados frente al centro privilegiado por las políticas municipales. Cuando llegan las elecciones desentierran el fantasma del proyecto de ciudad que avaló la Barcelona del 92. Este proyecto de ciudad representa una ficción en el presente.

En estas condiciones, se produce un permanente goteo de deserciones, pero lo peor es que, en este ambiente, se genera inevitablemente un refuerzo del enclaustramiento frente al entorno amenazador. Las sedes se pueblan de personas portadoras de cogniciones defensivas y solidaridades emocionales que ayudan a rememorar  el pasado. Ese ambiente tiene analogías con algunos universos almodovarianos. Recomiendo la peli de “Entre tinieblas”, que narra tan prodigiosamente un ambiente cerrado, poblado por distintas clases de personas refugiadas, devenidas en monjas que no han perdido la esperanza difuminada que anida en sus sueños. En este contexto de desvarío, comparece el espíritu del azar como la gran ilusión de que algún libertador se haga presente y obre el milagro.

La esperanza compartida radica  en que ocurra algo inesperado que impulse la recuperación. Todas las decisiones tienen ese fundamento. Se trata de estar pendientes de las encuestas, que son el objeto de las plegarias de los esperanzados pobladores de las sedes. Estas pueden anunciar algo insospechado, que devuelva al partido su esplendor añorado. Todo el proceso decisorio, en ausencia de un proyecto futuro, queda a merced de un golpe de efecto mágico. Así se puede entender el comportamiento de la atormentada pareja de Susana y Pedro. Se trata de tomar una decisión que conjure los pronósticos de las encuestas. Así, la promoción de Gabilondo como salvador de Madrid, que compense los estragos derivados de su incapacidad manifiesta de ser oposición.

Pero,  en tanto que el inexorable declive electoral refuerza el cierre al exterior de esta peculiar comunidad, generando una fatal clausura de la organización, comparecen en los medios de comunicación los fantasmas de su pasado, que son aquellos dirigentes de la era esplendorosa de la multiplicación de los gobiernos. Estos se presentan como espectros que representan justamente lo contrario a las esencias históricas de la socialdemocracia. Comparecen como agentes del dinero y del poder global. Envejecidos, con un pragmatismo encanallado, incapaces de trascender las coordenadas de su tiempo de gloria, pavorosamente ausentes del presente, así como portadores de unos usos de poder obsoletos. En sus comparecencias mediáticas, muestran su insensibilidad absoluta hacia los nuevos desfavorecidos por la regresión.

En una situación así, ninguno pronuncia alguna palabra de comprensión con los empobrecidos convertidos en números. Sus intervenciones siempre asociadas a reforzar la legitimidad del poder absoluto global. La puesta en escena de todos ellos, que privilegia su antigua situación de preponderancia, de la que sólo conservan sus máscaras. Sus trayectorias están asociadas a las entidades financieras y las corporaciones globales. Ninguno ha optado por un final vinculado a alguna causa social. Así, su cruel distanciamiento con las víctimas y su fusión con las entidades del dinero. Ni siquiera un gesto. Entre todos me impresiona mucho Joaquín Leguina. Una persona que se presenta de forma tan zafia e inequívoca  en el servilismo a la derecha. Recuerdo que en un programa de televisión, Eduardo Inda, el hombre que el poder económico y mediático ha situado como gestor de la comunicación de los intereses de las corporaciones en la crisis general, comentó en directo que acababa de recibir un mensaje suyo contando alguna cuestión negativa de uno de los portavoces de  podemos presente en el programa. El servilismo de esta generación parece no tener límites.

En una situación así, la comparecencia de fantasmas múltiples es inevitable. Junto a los dirigentes posicionados al servicio del dinero y el poder global, se alinean los huidos de la justicia por sospechas de corrupción. Los espectros de los dirigentes aforados;  las decisiones de instalarlos en los órganos transitorios de los parlamentos cuando estos se disuelven para garantizar su protección; la caída de los líderes simbólicos, como el sindicalista minero asturiano Fernández Villa, devenido en arquetipo de una nueva categoría de sindicalistas con fortuna. Sobre esta realidad se sustenta la convergencia con el pp. Los historiadores del futuro analizarán la trama presente en algunos acontecimientos como la boda de la hija de Aznar, y su réplica de la fiesta de Rodiezmo, en la que algunos sindicalistas y líderes partidarios afortunados ponían en escena su éxito y ascenso social.

En este contexto cabe entender el proceso de decisiones definido por la ausencia de coherencia. El grupo dirigente, instalado frente la bola de cristal opaca de las encuestas, apura su tiempo mediante la esperanza en un golpe de suerte. En esta situación de debilidad patente, se abraza al pp en el blindaje del sistema político frente a las acciones de los no representados en las decisiones. Los desempleados, los precarizados, los subempleados, los marginados múltiples, los prejubilados expulsados, los sectores desasistencializados crecientes, los deshauciados, así como otras poblaciones penalizadas. La acción colectiva procedente de estos segmentos sociales es gradualmente objeto de represión policial y penal, en ausencia de una oposición rigurosa y vigorosa. Lo peor es que los intereses de esos sectores son nombrados por los portavoces de este partido, en espera de su reconversión en los votos necesarios para recuperar el gobierno.

El problema de fondo radica en que se encuentra atrapado en el nuevo social-histórico. Este se define por una severa dualización social, en la que las clases altas y acomodadas han tomado la iniciativa para configurar un orden social en el que quedan relegados y penalizados los vulnerables, expulsados más allá de una frontera social blindada. Este es el sentido de todas las políticas públicas. La sede de elaboración de estas políticas se encuentra ubicada en las instituciones europeas, en las que el psoe desempeña el papel de delegado en España. De este modo, el partido se engaña a sí mismo con sus propias memorias, tanto la de la república como la del gobierno en los años ochenta. Ahora todo ha cambiado y se encuentra con que su base social tradicional se ha disipado.

Por eso establezco una analogía con las entrañables monjas almodovarianas, refugiadas entre las tinieblas de su convento, sus imaginaciones y sus desvaríos. Lo que cambia es su refugio. Estos comparecen en las televisiones como mayordomos de los representantes del pepé, al tiempo que en sus mítines activan la memoria para capturar a sus públicos asustados y desorientados. Pero, donde se libra la contienda efectiva, en los medios, sus extensiones mediáticas gastan toda su energía, he dicho toda, el cien por cien, en la estigmatización de los recién llegados, que se posicionan a favor de los perjudicados por la gran dualización.  En este caso,  la ambigüedad está ausente y la coherencia garantizada. Dicen sí, no “de entrada sí”.



domingo, 15 de febrero de 2015

EL OBISPO DE GRANADA, EL MILAGRO DE SANTA FE Y LA DISIPACIÓN DE LA OPOSICIÓN

Hace unos meses estalló en Granada el escándalo que los medios de comunicación denominaron como el del “ clan de los Romanones”. Se trata de un caso de abusos sexuales protagonizados por distintos sacerdotes. Una de las víctimas se lo comunicó al papa, y este le respondió,  propiciando una denuncia que saltó a los medios de comunicación. Fueron identificados siete sacerdotes ejercientes en distintas parroquias, que poseían varias propiedades inmobiliarias, en las que tenían lugar los abusos sobre algunos de sus jóvenes colaboradores.

Al tiempo que aparece esta información, tanto el obispo, los medios de comunicación y las instituciones locales, cierran el caso mediante su cancelación mediática y su desplazamiento a los tribunales. En tanto no haya dictamen judicial, se levanta un muro de silencio. A día de hoy, los sacerdotes afectados siguen ejerciendo en las parroquias, en tanto que el tema se ha disipado en  la monótona actualidad granadina, que privilegia las narrativas épicas de las distintas autoridades locales en detrimento de los contenidos asociados a problematizaciones. Nadie se pregunta por el origen de las propiedades de los sacerdotes o por el sufrimiento de las víctimas. La sociedad local ha cerrado el caso haciéndolo invisible. El silenciamiento y la ocultación de este evento,  se asemeja al prevalente  en el franquismo, en donde los medios silenciaban cualquier escándalo que afectase a las instituciones o los poderosos.

De este modo, se configura un espacio invisible a la opinión pública, en el cual se ejercen negociaciones e influencias entre las instituciones involucradas, que operan en las tinieblas de sus intimidades. En esta trama invisible de relaciones, se toman las decisiones, amparadas en el supuesto del olvido  por el paso del tiempo. Ahora se anuncia que los delitos han prescrito para casi todos los encausados. Imagino a las víctimas intimidadas, temerosas de represalias, debido a la inversión de la justicia, que mediante el secreto protege a los poderosos. Así, este acontecimiento evoca el recuerdo de los distintos pasados, en donde las víctimas se encontraban indefensas frente a los verdugos impunes.

La investigación que suscitó este acontecimiento,  impulsada por algunos periodistas independientes, arrojó luz sobre el actual obispo, Francisco Javier Martínez. Amina Nasser, una solvente periodista granadina, publicó distintas informaciones al respecto. En el periódico digital “andaluces.es”,  el día 6 de febrero saca a la luz una información acerca del obispo. En resumen dice que vive en un palacio dotado de 1000 metros cuadrados de residencia; que recibe un sueldo mensual de 1200 euros al mes; que tiene a su disposición una tarjeta visa oro de la diócesis con la que gasta entre 2000 y 3000 euros al mes; que tiene todos sus gastos cubiertos, incluidos extras que suman 180000 euros al año; que dispone de coche, chófer, secretarias, servicio doméstico y cocineras; que maneja un presupuesto de 7,2 millones de euros, que gestiona mediante una oficina de apoyo que impulsa algunas sociedades, colocando a unos 60 seglares afines de “comunión y liberación”.

Esta información no fue desmentida, sino, al igual que en todos los tiempos en la sociedad española en los asuntos que afectan  a los poderosos, sólo relegada. Nadie ha comentado nada al respecto. La sociedad local, con sus instituciones y grupos, permanece ajena a la cuestión. Los conceptos modernidad o modernización se muestran en un estado de desolación patente. Pero la idea principal que quiero destacar en este texto, es que en esta sociedad local persistente a cualquier cambio, no existe oposición. Esta es una función imprescindible en una democracia. Pero su estado de ausencia es clamoroso en los niveles locales. Nadie exige responsabilidad alguna ni transforma  este asunto en una cuestión que pueda tener la naturaleza de deliberación pública. Se trata de un secreto compartido por los clanes que conforman el complejo del poder local que lo silencia.

Pero el secreto y la protección de las informaciones críticas no es sólo propiedad de la iglesia católica. El diario Ideal del domingo 28 de diciembre,  publica una información escalofriante. Se trata del municipio de Santa Fe, próximo a Granada. Este es gobernado desde hace muchos años por el psoe. Los dos últimos alcaldes, son personas jóvenes, y fueron el símbolo de la renovación generacional del partido, debido a su juventud y al conflicto que tuvieron con el alcalde socialista anterior, en la que se manifestaron dimensiones generacionales. El periódico pudo acceder a 200 emails enviados entre distintos miembros del equipo de gobierno, que desvelan un modo de gobernar que se inscribe inequívocamente en los patrones de la mafia.

En síntesis, se ponen al descubierto las contrataciones a dedo, los pagos en B, las insinuaciones de perdonar multas y otros elementos de un modo de gobierno caciquil y antidemocrático. Tanto el primer alcalde, Sergio Bueno, como el nuevo, José María Aponte, se expresan en los términos zafios, con un pragmatismo patético,  tan común  a la clase dirigente española, manifestando sus vínculos con una sociedad oculta a la que denominan como familia o familia socialista. Su acción de gobierno privilegia a su familia política, mediante decisiones continuadas que manifiestan su radical desprecio a las normas o a los principios de igualdad.

La información en su conjunto es escalofriante. Pero no me preocupan tanto los hechos como las consecuencias. Porque, al igual que en el caso del señor obispo, una vez que aparece la información, se compatibilizan el silencio e indolencia  social, la ausencia de oposición, que contrasta con el apresurado movimiento de clausura pública y silenciamiento. El psoe acuerda con el alcalde su dimisión, de modo que el caso es remitido al ámbito de lo penal. El argumento que utilizó la presidenta socialista es que “así puede defenderse mejor”. Pero no sólo el asunto no se transforma en materia de deliberación, sino que queda silenciado, no suscitando palabras de reproche en ninguno de los sectores sociales de la inerte sociedad local.

Aponte ha sido vicepresidente de la Diputación Provincial. Me gusta ironizar acerca de esta institución, a la que denomino en mi ámbito íntimo como “la diligencia”, pues, asentándose en un territorio ajeno a los locales,  es asaltada y saqueada continuamente por todos los participantes en ella. Esta es la institución en la que el control democrático se minimiza hasta la miniatura más microscópica imaginable. Las risas y las lágrimas de los diferentes aspirantes-asaltantes las noches electorales municipales, se deben al resultado,  que les abre el control o la exclusión de tan prodigiosa institución.

Pero lo que más me preocupa es justamente la desaparición de la oposición en los niveles locales. Cuando un partido ocupa las instituciones de gobierno municipal durante un período, desarrolla unas malas prácticas de gobierno tan manifiestamente, que le inhabilitan para ejercer la oposición cuando pierde las elecciones. Su deslegitimación es de tal envergadura que le resta cualquier energía. De este modo, las instituciones municipales en el presente se encuentran en estado de ruinas múltiples y acumuladas. Así se invierte el supuesto de que el municipio es el nivel en que se encuentra más cercano al ciudadano. No. La verdad es que es el nivel más cercano al suelo, al dinero, a los poderes económicos locales, así como a los tráficos producidos por estos agentes. El municipio representa la apoteosis de sometimiento a los poderes locales. Así, el gobierno municipal deriva en una perversión institucional que afecta a todos los presentes, neutralizando cualquier alternativa. El último episodio del desdichado alcalde de Parla es elocuente. Su pasión y muerte política fue determinada por la desmesura del tranvía.

Lo mismo los medios de comunicación. Si en el nivel estatal es posible cierto juego, en el regional las posibilidades disminuyen. En el local es sencillamente imposible. Los medios son cajas de resonancia del poder y sus contenidos derivan fatalmente en una forma de propaganda en tonos grises. Ciertamente, ahora algunos medios digitales abren la información, pero la agenda local la determinan los grandes periódicos, radios y televisiones locales. El ejercicio más duro para un ciudadano es contemplar el espectáculo de la información local, en la que predomina un agente que pone a disposición del poder municipal un altavoz, sin posibilidad de réplica o conversación. Es un monólogo absoluto.

Una institución que carece de alternativas se degrada inevitablemente. La prueba más patente de esta degeneración la expresa el declive de las rancias narrativas que produce acerca de la ciudad y de sí misma. Pero hacer oposición no es esperar a la campaña electoral para arbitrar un juego de seducciones. Tampoco producir comunicaciones en tonos agrios. Hacer oposición es generar una sociedad civil activa, que tenga la capacidad de exigir responsabilidades a las instituciones, de producir ideas y  comunicaciones horizontales, de asegurar la autonomía de las organizaciones locales, de gestionar la heterogeneidad derivada de las condiciones de esta época.

Los acontecimientos locales me conducen a la certeza de que las estructuras, las instituciones y las relaciones han cambiado poco en los últimos cuarenta años de postfranquismo. Lo que han cambiado son las cosas materiales. Como la estructura de poder y comunicación se encuentra incólume, me temo que en las elecciones locales apenas habrá cambios. Pero, peor aún, que en el caso de que los hubiera no supondrían nada verdaderamente nuevo, sino sólo cambio de pareja para los poderes económicos locales. Porque de un sistema sin oposición no se puede esperar nada. Nadie ha exigido responsabilidades al obispo ni a los jóvenes renovadores socialistas de Santa Fe. Sólo en el subsuelo en donde gobierna el secreto de los poderosos se ha cocinado la solución.

miércoles, 11 de febrero de 2015

LA MEDICALIZACIÓN Y LA EXTRAÑA FELICIDAD

La medicalización expansiva sigue siendo definida desde una perspectiva muy interna del sistema sanitario. Pocos filósofos, sociólogos o antropólogos han desarrollado discursos más generales, que trasciendan la ubicación sectorial de este fenómeno. Desde mi posición personal, la medicalización es un proceso inseparable del contexto global en el que se produce. Por eso me parece imprescindible entenderla como un acontecimiento asociado a las nuevas sociedades de control. Así, es importante distinguir entre, al menos, dos medicalizaciones sucesivas. Nos encontramos en la segunda medicalización, en la que tiene lugar una fusión del nuevo complejo médico-industrial con el entramado emergente de  esferas productivas, culturales, mediáticas y de poderes.

 En 1981, Norbert Bensaïd publicó un libro " La Luz Médica. Las ilusiones de la prevención". En este desarrolla una visión muy inteligente acerca de los efectos de la conversión de la salud en un valor absoluto. El pronóstico acerca del futuro de una sociedad que pierde el sentido de las proporciones, es muy negativo. Treinta y cinco años después algunas de las cuestiones intuidas por Bensaïd se han hecho realidad. Otras se encuentran presentes como amenaza todavía más factible. Este es el primer texto que leí, junto a Némesis Médica de Illich. Presento ahora algunos fragmentos del prólogo, que sigue siendo un texto fascinante por su capacidad de intuir. El vínculo con el post que escribí sobre Black Mirror es manifiesto. Se trata sobre todo de una reconfiguración de la vida, neutralizando las diversas formas de gozar, que es lo que imprime su sentido más relevante. Lo científico-tecnico avasalla a la vida, relegando los placeres de un modo más efectivo que el de las prohibiciones religiosas convencionales.

Al sacarlo ahora, mi intención es que lo pueda ser leido por algunos de los estudiantes de medicina inconformistas con la línea que se reproduce en las facultades. Es un buen estímulo para pensar juntos y movilizar las inteligencias y las intuiciones. Comparar el pronóstico del texto con el presente es un ejercicio más que estimulante. La salud es un valor asociado a otros. Nada menos, pero nada más que eso. Restablecer la proporción del valor salud en el conjunto,  es el dilema más importante para la inteligencia colectiva en el presente. Así puede ser posible  reducir los malestares generados en la era del exceso.


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                                                           Pórtico
                                         UNA EXTRAÑA FELICIDAD
                    Es imprudente hacer proyectos, sobre todo en lo que se refiere al futuro.
                                                          Pierre Dac

A las 6 horas 12 minutos Jean-Pierre 881 CVE 65 se despertó espontá¬neamente. Nada le obligaba a despertar. Durante su última estancia (bianual) en la SC 171 DBR (estación de control número 17, división de balances y revisiones, que los nostálgicos todavía denominaban «la Sal-pariere»), la sección cronobiológica había puesto sus ritmos al día. La cantidad de sueño que necesitaba era, exactamente, de 7 horas y 40 minu¬tos con una sola condición: que el sueño comenzara y acabara a horas fijas. Un desajuste respecto al ciclo natural lo trastocaba todo. Por tanto, se dormía todas las noches entre las 22,30 y las 22,35 horas y se despertaba todas las mañanas entre las 6,10 y las 6,15. Se trataba, por supuesto, de horas biológicas que no correspondían más que en raros casos a las convencionales, que obedecían a exigencias y comodidades de órdenes muy distintos. Todos los relojes marcaban simultáneamente ambas horas. Por otra parte, se le permitía un repiqueteo de varios minutos al dormirse y al despertarse. Otros fenómenos que no fueran el simple movimiento de la tierra en relación con el sol, que aún eran poco conocidos, podían interve¬nir sin saberlo. Fijar un horario demasiado rígido no tenía sentido y existía el riesgo de provocar un desarreglo global de los ritmos biológicos, en perjuicio del equilibrio y la salud. Por tanto parecía que 5 minutos serian suficientes.
Antes de dejar la cama —una delgada capa de espuma sobre un sopor¬te rígido— JP 8 (abreviatura de la matrícula oficial) ejecutó, para despe¬jar los últimos restos del equilibrio-sueño que aún subsistían en su sistema regulador, los 17 movimientos de recuperación que le habían prescrito:
flexión metódica de los miembros, movimientos respiratorios, extensiones vertebrales, etc. A continuación se dio una ducha, 12 minutos a 24 grados centígrados sin jabón ni champú. La ausencia de contaminación hacía innecesaria la limpieza a fondo de tegumentos y faneras; con una ducha diaria se conservaba un aseo suficiente, sin alterar por agresiones química o mecánica la protección que las secreciones naturales proporcionaban a la piel y al cabello. La dentadura justificaba una acción más agresiva: cepillo a chorro y dentífrico con flúor, pero no la barba que jamás se apuraba al afeitarla, dejándola a un cuarto de milímetro de la piel, también pa¬ra respetar la integridad de la protección epidérmica. Las coqueterías pilo-sas (barba, bigote, cabello largo) estaban excluidas desde hacía tiempo, por carecer de sentido y ser antihigiénicas. Una vez hecho todo esto, se vistió. En cuestión de atuendo se admitía en principio la más absoluta fantasía. Las únicas reglas impuestas eran la prohibición de todo lo que pudiera ir en contra de una fisiología armoniosa. Nada de cinturones ni calcetines pegados al mollado, ni pantalones que comprimieran la vejiga y el vientre apretando la entrepierna. Nada de calzado antinatural, puntiagudo o de tacón alto, ni de telas sintéticas o teñidas químicamente. Pero también la vigilancia de estos puntos era extremadamente laxa. Se pensaba que a nadie podía ocurrírsele oponerse a tales consignas, que eran fruto del sentido común, la comodidad y el buen gusto. Pero como había que controlar bien, se hacía a posteriori.
Estaba convenido que toda enfermedad imputable a incumplimiento de las reglas era castigada. Los enfriamientos o las insolaciones, las afecciones digestivas, cutáneas, circulatorias, sexuales que pudieran deberse sin discusión a ropas demasiado ligeras o gruesas, excesivamente ajustadas o teñidas fraudulentamente, eran atendidos, por supuesto, pero en servicios especializados donde los infractores recibían, simultáneamente, una reeducación moral. Solamente la estupidez, la ausencia de espíritu cívico o una coquetería malintencionada podían conducir a comportamientos tan aberrantes, así que la estancia en estos servicios dejaba una marca infamante que no era fácil de borrar. Los crímenes contra la salud eran los únicos verdaderos.
Después de instaurarse la autogestión de la salud, la responsabilidad de cada uno era, en efecto, total. Esto significaba que cada uno debía obedecer, de buena gana, prescripciones lo bastante precisas para evitarle la angustia intolerable de portarse mal por no saber exactamente cómo hacerlo bien. Ya que la salud era el único bien absoluto de que disponía cada uno, como las verdades de la medicina eran las únicas verdaderas y el bien y el mal estaban perfectamente definidos, era inimaginable e inaceptable no atenerse a las reglas. Una vez establecida la verdad médica y habiendo difundido inteligentemente la reglamentación higiénica, la libertad consistía, evidentemente, en respetarlas.
Por otro lado las ocasiones para hacer el mal eran escasas. La ropa reglamentaria sólo se podía adquirir en los almacenes oficiales y era necesaria una especial obstinación por el mal para obtener prendas que no lo fueran, o para transformar uno mismo las que lo eran. Un boletín meteorológico preciso y detallado permitía elegir cada día el atuendo apropiado en función de la sensibilidad de cada cual a las condiciones climatológicas; así pues no era posible equivocarse en el vestuario, elegir ropa demasiado caliente o excesivamente ligera a no ser que existiera la voluntad de hacerlo mal. Sin embargo, habían subsistido demasiadas costumbres antiguas, estúpidas y nocivas. Todavía se producían a veces insolaciones o excesos de calor, testimonio de una extraña creencia: que la exposición al sol era agradable y sana para broncearse, como antes se decía. La ciencia había hecho justicia con este prejuicio. El único efecto de tal bronceado era favorecer los cánceres de piel, la desecación de la dermis y las arrugas antiestéticas. A pesar de las repetidas y detalladas advertencias y de haber redoblado la vigilancia en las playas, el error persistió largo tiempo. Algunos imbéciles inveterados llegaban a extremos de perversión, bronceando sólo las partes del cuerpo habitualmente cubiertas a fin de no delatarse ante los demás. Al principio, la lucha contra el bronceado dio lugar a errores lamentables. Se había sospechado injustamente de individuos que tenían la piel naturalmente mate, pero bastó con añadir el dato codificado en el carnet de identidad para evitar estos malentendidos y parecía ser que, desde hacía algunos años, ninguna persona tomaba baños de sol. En todo caso las estadísticas de los tribunales ya no consignaban este delito. El desayuno esperaba a .11) 8 sobre la mesa de la cocina. Desde hacía tiempo, las prescripciones dietéticas habían dejado de ser generalizadas e impersonales. Los alimentos que cada uno debía ingerir los calculaba rigurosamente la central dietética, se preparaban en una cocina central y se distribuían. No era cuestión de dejar a cada cual la tarea de alimentarse según su propio gusto. No es que se abandonaran los placeres de la mesa, pero evidentemente se supeditaban a las exigencias sanitarias. Se había descubierto con sorpresa que el que parecía más anodino de los siete pecados capitales, la gula, era de hecho el de consecuencias más gra-ves y uno de los más arraigados, tal vez por razones genéticas. Se hizo necesario tener en cuenta esta disposición lamentable.
La alimentación era pues controlada severamente. Tras la desaparición de enfermedades de tipo infeccioso, traumático, climatológico y tóxico hubo que rendirse a la evidencia: los hombres provocaban sus propias enfermedades. Se hacían cómplices de los agentes patógenos externos y, entre los agentes responsables, sobre todo de enfermedades degenerati-vas (cardiovasculares, cerebrales, articulares), cancerosas y, por supuesto, digestivas, la alimentación era uno de los más importantes. El lema más difundido por los medios de comunicación era: «Comer lo justo es vivir bien», pero se sabía que nadie podía comer lo justo basándose en sus pro¬pios conocimientos y, menos aún, en sus gustos o su instinto. Así los regímenes se programaban para una duración de 6 meses y eran constantemente corregidos en función del peso, las constantes biológicas y su rendimiento. Lo que en otros tiempos estaba reservado a deportistas de competición, se había generalizado a toda la población.
Pero no se tuvo en cuenta la glotonería: miembros de una misma familia se intercambiaban los alimentos; otros obtenían fraudulentamente productos que estaban prohibidos o racionados, y finalmente otros no consumían todo lo que se les había prescrito. Por tanto hubo que programar las salidas de alimentos distribuidos por la estación central, pero también se hizo necesario controlar las devoluciones. La cocina constaba únicamente de una mesa, 4 sillas y dos ventanillas, una para lo que llegaba y otra para lo que se devolvía. No obstante hubo que admitir que una serie de desobediencias escapaban a todo control. Sucedía en efecto que se declaraban esporádicamente aquí y allí, casos de enfermedades que sólo podían explicarse por una alimentación mal adaptada. Tras muchas inves-tigaciones se formuló esta hipótesis, pues sólo así se podía confirmar la exactitud de las medidas médicas. Las enfermedades serían inconcebibles sin el engaño, y el engaño indesvelable sin las enfermedades. Estas excepciones confirmaban la regla.
A los 5 años de edad, JP 8 se había enterado de que padecía intolerancia al sodio y de que hasta su muerte debería abstenerse de cualquier ali-mento salado. Era el único medio, para aquellos que como él padecían esta tara hereditaria, de evitar la hipertensión arterial y los accidentes vasculares que resultarían inevitables. Para JP 8 no suponían problema alguno. En las pocas ocasiones en que, por accidente o curiosidad, se había saltado la prohibición consumiendo sal, su sabor no le había agradado en absoluto. Le gustaba lo que comía o, más exactamente, no pensaba en ello. Pensaba que era más adecuado liberar su libido y sus pensamientos para dedicarlos a objetos más dignos de interés. A veces se preguntaba cuáles podían ser esos objetos, pero descubría espontáneamente por si mismo que tal planteamiento era estúpido. Había sido condicionado para no plantearse otras preguntas que aquellas que tenían una respuesta pre-vista. Las preguntas sin respuesta sólo podían ser peligrosas. Cuando le venían a la cabeza excepcionalmente, las rechazaba, pero en cualquier caso la alimentación nunca fue para él fuente eventual de placer. Pesaba lo que le habían fijado; las comprobaciones bianuales de su organismo eran satisfactorias, estaban satisfechos de él, y eso le bastaba.
Aunque sus hijos no eran suyos, se le parecían. Para ellos la alimenta-ción no tenía interés alguno. Comían sin refunfuñar y sin gozar todo lo que se les ofrecía. Habían tenido suerte de no conocer ninguno de los ve-nenos que arruinaban la salud de niños y adultos en otras épocas: caramelos, dulces, bombones, pasteles. Es cierto que la desaparición de estos ve-nenos no habían bastado para suprimir todas las tentaciones. El recuerdo de estas golosinas mortales perduraba en forma de huellas inconscientes en bastantes memorias y, a pesar de una censura meticulosa, ocurría que algunos libros hacían vagas alusiones a ellos de tal forma que el efecto conjugado de estas perniciosas lecturas y los recuerdos inconscientes empujaban a los desgraciados niños, convertidos en víctimas, hacia perver-siones alimenticias muy peligrosas. Al primer signo de estas tendencias malsanas, eran sometidos a un recondicionamiento intensivo que en oca-siones, por desgracia, había que repetir varias veces.
Afortunadamente los hijos de JP 8 habían escapado a todos estos peligros, disfrutaban, por suerte, de unos dientes fluorados, una tez ater-ciopelada, un desarrollo pondoestatural y psicomental perfectamente normales. A sus 13 años el mayor medía ya 1 metro 90. Los sabios de la prehistoria médica habían necesitado mucho tiempo para comprender que la talla también estaba en función de la alimentación. Generación tras generación, los niños crecían más que sus padres porque comían mejor. Razas enteras crecían. Por ejemplo, había bastado que la alimentación de un pueblo llamado japonés se aproximara a la del más desarrollado, el norteamericano, para que su talla media aumentara espectacularmente. Lo habían pagado caro contrayendo enfermedades que les eran desconocidas, pero alineándose a la nueva política dietética de los pueblos des-arrollados pudieron a su vez deshacerse de otras.
Anna-Lise 266 GMA 92 (AL 2) era la única que curiosamente presen-taba ciertos síntomas inquietantes. JP 8 la había sorprendido cierto día le-yendo un libro de cocina rescatado de no se sabe dónde y que escondía con tal cuidado que nunca fue capaz de encontrarlo y destruirlo. Estaba tan ensimismada observando las repugnantes imágenes que no le oyó lle-gar y al darse cuenta de su presencia enrojeció hasta la raíz del cabello. Él mismo, tremendamente molesto y descorazonado pese a lo poco que había logrado ver, se excusó y se alejó. No mencionaron el asunto, pero era como si él tuviera una ventaja sobre ella y, al mismo tiempo también, como si ella no le perdonara que hubiera descubierto su secreto. Después de esto tan pronto se mostraba demasiado dulce y sumisa como agresiva sin razón alguna.
JP 8 no fue capaz de decidirse a denunciar como debiera haber hecho. Seguro de que los ortopsiquiatras estaban capacitados para curar este residuo de gustos arcaicos, tenía que haber hablado en seguida, pero intentó comprenderla primero. No llegó a conseguirlo y en poco tiempo se hizo demasiado tarde. Se convirtió sin quererlo en cómplice de su mujer, sujeto también él de reeducación. ¡Si al menos hubiera podido encontrar y destruir aquel maldito libro! En eso pensaba al dirigirse hacia la habitación donde aún dormía AL 2. Se despertaría a las 7,56. Ella podría haber-se permitido dormir más tiempo, pues no trabajaba fuera de casa, pero no había razón para sobrepasar las 8 horas y 25 minutos de sueño que le habían asignado; eso estaba descartado. De todos modos, como estaba embarazada de su tercer hijo, tenía que acudir al centro eugénico donde pasaría el día.
Sus hijos no eran, evidentemente, de JP 8. Cuando se determinó que padecía intolerancia genética a la sal le seccionaron los canales deferentes. El esperma de calidad no escaseaba, no necesitaban el suyo especialmente; la paternidad ya no tenía sentido ni interés y seguía utilizándose el tér-mino «reproducción» sólo por comodidad. Los niños únicamente tenían una remota, o nula, relación genética con sus padres que ya no los reproducían. Por tanto no existía compromiso socioafectivo alguno entre la pareja pues no comportaba consecuencias. Sin embargo, después de haberla suprimido como institución, se volvió a ella evaluando cien-tíficamente el crecimiento y la conducta de los niños que identificaban a la persona que ejercía el papel de padre (HPP) y a otra que ejercía el papel de madre (HPM). Se había constatado que eran más satisfactorias que la de los niños que vivían en comunidades infantiles mixtas (adultos-niños). De hecho se adoptó una solución de compromiso: en cada bloque la familia disfrutaba de un apartamento, pero los niños disponían de lugares re-servados. Las actividades conjuntas se desarrollaban en lo que común-mente se denominaba SAC (sede de actividades comunitarias).
Pero la reproducción tenía muy poco que ver con esta estructura familiar y comunitaria que sólo pretendía resolver los problemas de crianza. El eugenismo había sustituido paulatinamente a la improvisación, que era casi una aventura. Gracias a esta política eugenésica las enfermedades he-reditarias y transmisibles estaban en vías de desaparición. El OMS (orde-nador médico y sanitario) había calculado que en 60 años todos los adultos en edad de procrear serían de tan buena calidad que la reproducción podría volver a ser libre. Se estaban elaborando las medidas necesarias pa-ra que esta nueva revolución fuera asimilada por la población. Se sabía que una cultura metaboliza más difícilmente una nueva libertad que una nueva servidumbre.
A decir verdad, el ordenador no era categórico. Se había reservado su opinión; no estaba seguro de que solamente debieran prevenirse las enfer-medades genéticas y transmisibles. Aun cuando el concepto de buena y mala calidad no estaba claro, había que reconocer que ciertos individuos pertenecientes a determinadas familias o descendientes de antiguos grupos étnicos o culturales estaban, inexplicablemente y sin padecer enfermedad clasificada alguna, continuamente enfermos o eran poco resistentes a los agentes externos, o incluso estaban socialmente mal integrados. De mo-mento estaban autorizados a reproducirse, pero tal vez deberían ser elimi-nados como reproductores. Una vez que desaparecieran los portadores de taras genéticas, el OMS realizaría activamente un estudio estadístico preventivo.
De la misma forma preocupó anteriormente el problema de la inteligencia. Se era riguroso en la elección de los más inteligentes, pero con el tiempo lo que planteaba dudas era si los hombres debían ser inteligentes. Habían sido necesarias inteligencias superiores para poner en marcha la civilización y salir así de la barbarie, pero actualmente planteaban numerosos problemas y no eran necesarias ya para resolverlos. Los ordenadores, que habían vislumbrado su posible desaparición o deterioro (el riesgo era escaso pero no había sido completamente eliminado) adoptaron en asamblea (el ordenador de enlace se ocupó de ello) una solución de compromiso. Una civilización basada en la eliminación de todos los riesgos no podía despreciar el riesgo que suponía que los ordenadores se estropearan. Por tanto se había continuado favoreciendo la reproducción de los más inteligentes y la eliminación de los CIP (cociente intelectual perfeccionado) inferiores a 120, pero al mismo tiempo se adoptaban todas las disposiciones para neutralizar, mientras que los ordenadores funcionaran convenientemente, a todos los que superaban un CIP de 150. Previendo eventuales averías, sólo trabajaban bajo el control directo de los orde¬nadores y a su servicio. Éste era el caso de JP 8.
A medida que se acercaba a la habitación de AL 2 notó súbitamente cierto malestar y una ligera vergüenza que lo obligaron a pararse sorprendido. La víspera habían hecho el amor, pero no como de costumbre. Ser una ovulatriz colmaba de orgullo a AL 2. Ella se defendía pensando que ninguna emoción o sentimiento eran legítimos: sólo lo eran los que estaban previstos, pero cuando se quedó embarazada de un hijo que sería doblemente suyo —genética y obstétricamente— AL 2 se sintió resplandeciente.
Sensible a esa luz que emanaba de ella, JP 8 se sorprendió expresan¬do sentimientos en un acto que no justificaba tal comportamiento. La intensa educación sexual que había recibido no los mencionaba ni mínimamente. Tal vez él estaba enfermo, quizás, incluso, corría el riesgo de convertirse en «sexualmente no actuante». Habían realizado el acto según las reglas, pero una cierta distracción, unos fuertes impulsos y arrebatos inesperados habían perturbado incuestionablemente su desarrollo.
Decidió que en el futuro lo evitaría, elegiría otras parejas. Las relaciones sexuales eran libres; podían desarrollarse en el local familiar pero lo normal es que tuvieran lugar en el SAC. La pluralidad de intercambios sólo tenían ventajas: impedía la costumbre o el apego y permitía la even¬tual fecundación directa de las ovulatrices por los inseminadores, lo que aliviaba el febril trabajo de los centros de inseminación que debían consagrar todos sus esfuerzos a la fecundación artificial o a la implantación de embriones en los úteros de las portadoras. Hubo que establecer una política genética: podía echarse de menos la comodidad de la fecundación tradicional, «natural». Además también había sido necesario sustituir to¬do lo que en épocas anteriores favorecía la convivencia: alcohol, tabaco, hierba, juergas, espectáculos y conversación. No se habían podido esclarecer por completo las leyes de la,conversación. ¿De qué podían hablar los que en tiempos pasados conversaban? Como todo estaba programado nunca había qué prevenir ni comentar. El sexo era por tanto el único lazo, la única actividad común que podía subsistir. Se había revalorizado y perfeccionado. La actividad sexual propiamente dicha se realizaba en silen¬cio. Todos estaban suficientemente bien ejercitados como para que hu¬biera necesidad de expresar la más leve petición, el más ligero rechazo. Ni por supuesto la más leve emoción. Solamente el placer.

No tuvo que despertar a AL 2. Ella le sonrió y él correspondió a su sonrisa. Nada tenían que decirse; se callaron encantados, pero molestos por las sonrisas que intercambiaban. Intrigados también; no comprendían. Desde que reinaba el optimismo, todo estaba cuidadosamente previsto. La salud fue considerada el objetivo prioritario; primero porque respondía a la exigencia general y después porque, en este campo al menos, la ciencia era capaz de responder con premura a la demanda. El optimismo ya no era una simple disposición de ánimo, sino la determinación de hacer óptimas las condiciones de vida .y las facultades de cada uno. Es decir obtener el máximo efecto. Todo había comenzado cuando la medicina se esforzaba por utilizar los medicamentos, y en general los medios te¬rapéuticos en la forma más favorable posible. Así se desencadenó la gran revolución de la calidad frente a la cantidad: lo mejor había suplantado a lo mayor. Todos habían aplaudido, salvo algunos reaccionarios atrasados, nostálgicos de no se sabe qué fracasos y desgracias. El optimismo respondía con tanta exactitud a las necesidades de cada cual, las preveía con tal precisión, que ya no se manifestaba oposición alguna. No se puede plantar cara a un gobierno de hombres que encarne simultáneamente la verdad y el bien. En cuanto a los escasos oponentes, hacía tiempo que se comprendió que había que tomarles por lo que realmente eran, unos enfermos. Se les impedía reproducirse —tal disposición de ánimo no podía tener otro origen que el genético— y se los cuidaba. Cuando fracasaba la psico farmacología o el recondicionamiento, se recurría a varias aplicaciones menores de láser, o a una pequeña intervención. El tratamiento de las dolencias mentales, de éstas en particular, no planteaba ya problema alguno.
JP 8 pensó que tal vez estaban enfermos de verdad. Aun en esta ocasión se preguntó a sí mismo si no habría sido más razonable ponerse en contacto con la central ortopsicológica (ortopsi como la denominaban) y pedirles ayuda. Pero se dijo que una sonrisa de algunos segundos no justificaba tan grave actitud. Se marchó. Fuera el aire era fresco, cristalino. Ni la más leve contaminación, ni un solo ruido que no perteneciera a la natu¬raleza más natural; por todas partes reinaba un silencio que en épocas anteriores sólo existía en lo más recóndito de la campiña. Si por ejemplo era obligatorio escuchar la radio en los medios de transporte, había que hacerlo con un receptor individual. Más concretamente los receptores se reducían al tamaño de un aparatito acústico que se introducía en la oreja y únicamente podía escucharlo el interesado. Era obligatorio hacerlo porque no había otro medio para estar al día. JP 8 sólo había desobedecido una vez, y hubo de arrepentirse de ello: ése día la radio le advirtió que su lugar de trabajo había sido trasladado durante su vacación semanal de 3 días, pero él no escuchó el aviso de su nueva dirección y los medios que debía utilizar para llegar a él. En lugar de su antigua oficina se encontró sorprendido ante una obra llena de enormes máquinas automáticas que montaban una casa repleta de árboles completamente nuevos. No sabía
adónde ir, ni siquiera a quién dirigirse. Aquello se solucionó, pero no sin problemas. Conservaba de esta aventura un doloroso recuerdo y el cons¬tante temor de no estar al corriente. Siempre le asombraba, y a la vez le tranquilizaba, encontrar su casa cuando volvía a ella, y su oficina cuando se dirigía al trabajo.
Trasladarse era sencillo, y a la vez muy complicado. Únicamente los incendios (excepcionales), las urgencias médicas (rarísimas) y el transporte de enfermos o ancianos (aún subsistían algunos) justificaban el uso de vehículos aislados, llamados «libres». Las calles estaban flanqueadas ininterrumpidamente por medios de transporte eléctricos totalmente silenciosos y teledirigidos que, por una referencia conmovedora y autorizada al pasado lejano, todavía llamaban familiarmente «tranvías». Ya no había ciudades propiamente dichas, sino un territorio indiferenciado formado por elementos construidos repartidos por el campo y enlazados por una tupida red de comunicaciones. No existía razón, considerándolo bien, para preferir un sitio a otro y el tiempo transcurrido en los transpor¬tes, que eran tan confortables, silenciosos y agradables, tampoco lo justificaba. Una vez que se sabía que había que coger el 17 A 12 y después el 23 G 42, etc. (hasta 10 vehículos distintos) para ir desde el punto A al del territorio ya no era posible equivocarse, pero la búsqueda de otro itinerario desde A hasta C o D (claro que sólo excepcionalmente, pues no había razón para ir a C o D si se vivía en A y se trabajaba en 13) era tan dificil que generalmente habla que interrogar el terminal más próximo del ordenador de transportes, que entonces entregaba una tarjeta donde figuraban todos los vehículos y los puntos donde había que efectuar el cambio (semiautomático).
Como uno de los principios fundamentales de la sociedad optimista era que jamás debía producirse ruptura entre las actividades, los lugares y los momentos, los desplazamientos suponían un ejercicio corporal, una actividad cultural, un reciclaje informativo, etc. Así pues una sencilla ley obligaba a todo el mundo a realizar a pie parte del trayecto. Sólo estaba permitido coger el tranvía una estación más allá del punto de partida y apearse una antes del punto de destino. Las estaciones estaban separadas entre sí unos 500 metros lo que suponía un paseo diario obligado de dos kilómetros (los días laborables, es decir, cuatro veces por semana). Habitar en un bloque no sólo significaba vivir, dormir y comer en él. Todas las demás actividades: sexo, ejercicio físico, creatividad cultural, trabajos agrícolas, se realizaban también por sectores. En el habitado por JP 8 y AL 2 la vitivinícola era la actividad agrícola que más se practicaba. Claro que ya no se hacía vino. Se comía uva, pero en poca cantidad (era dema¬siado rica en azúcar directamente asimilable). La uva modificada y enri¬quecida solamente se utilizaba como fuente excepcional de energía. Se había sopesado mucho el riesgo de que los trabajadores saborearan el líquido que resultaba de su fermentación, pero desde que ésta se realizaba en circuito cerrado, en centrales automáticas, sin intervención humana, el peligro había sido desterrado y el líquido combustible resultante de esta operación era tan repugnante que nadie, salvo algunos ancianos, sabía a qué podría saber lo que los manuales denominaban vino, aguardiente, etc.
Efectivamente, en los libros se mencionaba a veces el tiempo pasado, sus errores y locuras; el tiempo en que los hombres fumaban, ingerían be-bidas alcohólicas, comían lo que les apetecía, fabricaban hijos a voluntad, vivían en un mundo que contaminaban a placer, padecían enfermedades que contraían por su culpa sin atender al bien público y morían tontamen-te cuando podrían haberlo evitado. Sólo Dios sabe si tenían miedo a la muerte. Por ejemplo, algunas películas conservaban imágenes de los hombres de aquel tiempo practicando lo que denominaban jogging: corrían y corrían sin prescripción médica ni control, pero, sobre todo, daban largas carreras por las calles o por unos raquíticos islotes verdes que llamaban «parques» o «bosques» y que estaban tan contaminados corno el resto de la ciudad. Ofrecían un espectáculo asaz asombroso y paradójico. Consumían considerables energías respirando un aire viciado por otras fuentes energéticas. Corrían por el mero hecho de correr, sin meta ni producción algunas. Hoy era impensable realizar un ejercicio físico no programado e inútil. Toda actividad debía responder a una doble exigen-cia sanitaria y energética. Según la concebían los médicos, era siempre fuente, o más bien transformación, de energía. Una especie de vehículo, complejo descendiente de las antiguas bicicletas, permitía desplazarse por el campo, pasear, ejercitar los músculos y, además, recargar las minúscu-las baterías cuya energía se utilizaba para las necesidades domésticas.
Cuando JP 8 escuchaba la radio en el tranvia, evidentemente no escuchaba la radio sino su radio. Para ser más exactos, escuchaba la radio de los humanos de su categoría. Efectivamente, exceptuando algunas escasísimas noticias destinadas al público en general, el programa consistía fundamentalmente en informaciones y órdenes individualizadas que dependían de la profesión, edad, estado de salud, región y situación familiar. La individualización había sido ampliamente desarrollada. Cada carnet de identidad contenía tal cantidad de referencias que era imposi-ble pensar que pudieran existir dos iguales. Por simple comodidad se habían constituido grupos muy numerosos según las actividades (grupos dietéticos, de vestuario, deportivos, intelectuales, geográficos, profe-sionales, etc.).
Los asientos del tranvía habían sido proyectados para el descanso y para el ejercicio. Cada persona, siguiendo las órdenes radiodifundidas, se relajaba científicamente o, según los métodos gy-bio-yo-te (armoniosa síntesis de todas las técnicas gimnásticas del mundo) recobraban el domi-nio total de su propio cuerpo. Como cada cual recibía su propio mensaje, los viajeros no realizaban simultáneamente el mismo ejercicio, salvo por mera coincidencia, lo que estadísticamente era poco probable. Pero cu-riosamente, a pesar de que lo que gobernaba la vida de los hombres estaba dictado por la sabiduría médica y tenía como fin supremo evitar la muerte, la idea y el miedo de morir no existían en absoluto. Ya se sabía que to¬do estaba concebido para evitar la enfermedad y la muerte únicamente. Al postular que la muerte era el mal absoluto y que no había más muerte que la del cuerpo, la sociedad optimista había adoptado las medidas convenientes, pero al mismo tiempo había hecho olvidar para lo que estaban destinadas. Descubrieron que es la vida la que mata y que para alejar la muerte había que reducir todo lo que no fuera previsible en la vida y todo lo que hiciera el juego a la muerte: la aventura, lo imprevisto, las invenciones, los vicios y los placeres. Para neutralizar el peligro de muerte lo más sencillo era organizar minuciosamente la vida más neutra posible.
No se moría ya de enfermedades de origen externo ni de las de origen interno; sólo de vejez. En efecto, ningún ser organizado puede vivir eternamente sin escapar, tarde o temprano, al envejecimiento, al desgaste del tiempo. En este punto fue donde la sociedad optimista tropezó y sufrió su crisis más grave: si nadie debía morir más que por vejez, ¿qué hacer con los viejos? Al retrasar el envejecimiento, al enlentecerlo, sólo conseguían agravar el problema. En principio se había ideado parques de ancianos donde las personas demasiado gastadas serían reunidas. Se pensaba que de esta forma sufrirían menos por su decrepitud y no ofenderían la visión del resto de la gente. Pero el intento fracasó. Separados del mundo los ancianos eran aún más desgraciados. Aunque no los vieran, existían y los demás lo sabían. Posteriormente se intentó definir el estado de salud a partir del cual no se debía seguir viviendo. Se trataba simplemente de liquidar físicamente a los agotados por la edad. Pero entonces, al tiempo, reaparecieron el miedo a la vejez y a la muerte. Se acechaban los signos fatales en uno mismo y en los demás y los difíciles criterios cambiaban constantemente. ¿En qué basar la decisión? ¿En función del estado físico mental, en la molestia que suponía para los demás o en el propio sufrimiento de los ancianos? En una sociedad cuyo fin estaba expresado por el prefijo «eu» (euforia, eutimia o humor equilibrado y feliz, eusexualidad, eugenismo), la eutanasia caía por su peso. Sin embargo todos estos euestados se obtenían por medio de ortoacciones (ortopedia, ortodoncia, ortofonía, ortopsique, ortoptia, ortosociología) y en el caso de la eutanasia no había ortomuerte imaginable. Era arbitraria y resultaba algo chocante. La solución la aportó el ordenador al que confiaban los problemas de lógica pura. Su veredicto fue claro y simple: «En lo que respecta a la muerte, sólo el azar es necesario.»
A partir de ese momento, se decidió que se podía morir a cualquier edad. Para corregir el efecto en el conjunto de la población, se convino que la distribución no sería igual en todos los grupos de edad: entre O y 5 años se condenaría a un niño entre 1000; entre 5 y 10 años, uno de cada 800, etc., y así hasta los grupos de edad más avanzada, en los que debía perecer una tercera parte. En fechas fijadas por el azar, el azar decidía quién debía morir. La muerte ya no era consecuencia de enfermedad o degradación. Se había convertido en la diosa imprevisible que escogía a sus víctimas con su guadaña. Pero a su vez la imprevisión perdía su horror por no haber sido prevista. Como antes, seguían siendo víctimas del destino, pero ahora era un destino decidido, y esto lo cambiaba todo.
El ordenador Balthazar no se había parado aquí. JP 8 que, precisa¬mente, era quien lo servía, sabía que también había previsto las modalidades de muerte, pero eso era todo. De hecho la gente sabía que en los días u horas precedentes a su muerte, los condenados disfrutaban de una felicidad totalmente nueva. Una sensación de aventura, un sentimiento desconocido (ternura, amor), una necesidad de placer los invadía y proporcionaba de pronto, un sabor desconocido a su vida provocando una extraña alegría, como angustiada. Morían sumergidos en esa extraña felicidad que no podían reconocer como lo que realmente era, tan peculiar e intransferible que nadie soñaba en participarla a los demás. Cada uno se llevaba su secreto a la tumba.
La tarde caía. 1P 8 se acercaba a su casa. El campo le parecía especialmente bello, y sintió ganas de mordisquear fresas y de cantar. Pensó en AL 2 con ternura. Se sentía inexplicablemente feliz.
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sábado, 7 de febrero de 2015

MEMORIAS DE LA EXTRAVAGANCIA. EN LA PEQUEÑA PRIMAVERA HOSPITALARIA

Durante muchos años he trabajado para direcciones de organizaciones sanitarias en el campo de los pacientes. En los años ochenta, la reforma salubrista y democrática se propuso la mejora de las políticas de usuarios mediante una serie de medidas organizativas, que compensasen el retraso de las organizaciones con respecto a los avances en la calidad técnica de la asistencia, determinada por el progreso científico-tecnológico. En los años noventa cambia el paradigma sobre el que se sustenta la nueva reforma Abril, que es una reforma gerencialista y neoliberal. El principal supuesto de esta es que el paciente es un cliente y la asistencia es un servicio homologable a los servicios personales.

En las próximas entradas de estas memorias, entraré en este opaco campo, en tanto que uno de los rasgos más importantes de las nuevas reformas, radica precisamente en su propio ocultamiento. El resultado de la superposición de estas dos reformas es la multiplicación de la confusión conceptual, la generación de una anomia cultural creciente, así como el debilitamiento del tejido organizativo. En este contexto emerge la gestión, que es una institución que se sitúa más allá de la dirección convencional, conformándose como una instancia transversal de producción de profesionales  autodisciplinados.

El advenimiento de la nueva gestión, asociada al proyecto de reforma, así como la ingeniería de su implementación, encuentra en el campo sanitario muchas dificultades, debido principalmente a la naturaleza de la producción de servicios sanitarios y al control que las profesiones ejercen sobre el mismo. Estos factores limitan la eficacia de la institución gestión, en la versión emergente en los años noventa. En algunos textos del sociólogo Juan F. Hernández Yáñez se pueden comprender las complejidades específicas de estos procesos de transformación, especialmente la contraposición entre nuevo paradigma empresarial, tan radical como proyecto de cambio organizacional, y las condiciones de este campo organizacional.

En este contexto de mutación organizativa general, en los hospitales públicos, la división entre la figura del gerente y del director médico, adquiere unas nuevas dimensiones asociadas a un conflicto latente. Los equipos de dirección de los años ochenta se encontraban sustentados en otros supuestos, también en una situación abierta e indeterminada, lo que minimiza este conflicto. Pero en el curso de implementación de la reforma gerencialista y neoliberal se pueden identificar tensiones y resistencias en los equipos hospitalarios, cuya dirección se funda en el precepto de reducir la autonomía de los profesionales.

Durante muchos años pude impartir clases en la escuela andaluza de salud pública, a gerentes, directores médicos y jefes de servicio,  sobre cultura organizacional. En estas aprendí mucho sobre esas realidades, confirmando  mis hipótesis sobre la segunda reforma gerencialista. Ciertamente, una parte de directores médicos se sometían sin resistencia a los imperativos de los gerentes y de las conserjerías de salud. Pero otros, planteaban objeciones y funcionaban como intermediarios entre los servicios y el mundo de la conserjería. Esos equilibrios, que se renuevan todos los días, son verdaderas obras de ingeniería relacional, protagonizados por autores anónimos que carecen de identificación.

Uno de esos héroes es Pepe Expósito. Es un oncólogo sólido que ha desarrollado una carrera profesional múltiple. Durante años fue gerente del hospital Virgen de las Nieves de Granada. En una segunda etapa fue director médico del mismo hospital. En su periodo de dirección ejerció su papel, no como un efecto mecánico de su posición en un organigrama, sino como una instancia viva que intermediaba, negociaba y estimulaba a muchos servicios. Fue algo parecido a un liderazgo en ese contexto. Los resultados de su gestión se notaron en su ausencia. La siguiente dirección rompió todos los consensos y acuerdos que se habían generado en su etapa, que se puede caracterizar como “una pequeña primavera hospitalaria”.

Cuando concluyó esta primavera, sus protagonistas hicieron un libro colectivo, que reivindicaba su gestión, y, entre líneas, en tanto que en la era gerencial-neoliberal no se considera la pluralidad de opciones, proponían un modelo de dirección médica dotado de cierta autonomía. Es un libro colectivo, en el que participan distintos autores. La referencia es:  José Expósito (editor). El trabajo de gestión desde una Dirección Médica. Los profesionales, las prácticas clínicas y los gestores. Hospital Universitario Virgen de las Nieves. Granada 2002.

El libro está organizado por capítulos monográficos. En cada uno, un autor expone el contenido. Junto a él, otro autor hace un comentario, del que se espera que establezca una distancia. A mí me pidió que hiciera el comentario del  capítulo último, sobre “La verdadera experiencia de gestión” que escribían varios profesionales con los que había tenido relación en los primeros años de la escuela. El texto que escribieron, estaba articulado en torno a la palabra verdadera, que connotaba la excepción de su proyecto que denomino como pequeña primavera. Como el texto, siendo sólido, en coherencia con el perfil de los autores, tenía algunos elementos de lo que me gusta denominar como “piadoso”, hice el mío con alguna ironía, compendiando lo que había aprendido en los distintos hospitales en los que colaboré en esos años.

Me encantó participar en este episodio de cierta excepción, que concluyó en un otoño-invierno severo, después del reemplazo de esta dirección. El enfriamiento posterior, conllevó la densificación del campo interorganizacional, en el que se inscribe en el hospital, en el que el protagonismo de las empresas privadas es patente y creciente. El proceso de privatización se hace presente gradualmente, maquillando su avance y sus consecuencias.  Los actores de este acontecimiento han ido regresando a sus lugares de origen o han sido ubicados en el excedente de staff, que es un lugar parecido al limbo. Ahora los gerentes me requieren menos. Por eso presento el texto que escribí en ese libro.
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                        DE LA VERDADERA EXPERIENCIA DE GESTIÓN

La apelación a la verdadera gestión cotidiana revela una antigua distinción entre apariencia y realidad. La realidad siempre es otra cosa que las apariencias. La realidad en el hospital o en cualquier organización no se agota en lo visible o lo declarado. Además incluye acontecimientos, relaciones y procesos que siendo visibles no se encuentran conceptualizados. Así, cuando se apela a la realidad, a la verdadera realidad, se refiere no sólo a la realidad percibida, sino que se incluye lo subyacente, lo implícito, lo oculto o lo no dicho. Todos estos componentes de la verdadera realidad terminan compareciendo en forma de sucesos y eventos que causan sorpresa en aquellos que tienen una idea restrictiva de la realidad, la que permiten observar los esquemas simples compartidos. En este capítulo aparecen los espíritus que pueblan las organizaciones y que contribuyen a configurar la realidad tal y como es.   
    La experiencia de gestión analizada tiene lugar en un contexto histórico específico. En éste la gestión no incluye sólo la administración rutinaria de la organización sino el pilotaje de un cambio sustantivo para que el hospital se adapte a los requerimientos de un nuevo entorno complejo y exigente. Responder a los retos del nuevo entorno implica la adquisición de competencias afirmativas, expansivas y generativas de gran alcance. Los cambios organizativos requeridos son relevantes en todos los ámbitos. La etapa analizada no es un tiempo ordinario cualquiera en los que la organización se reproduce sin más.
    En estas condiciones la dirección médica tiene necesariamente que configurarse como una fuerza instituyente que convoca a la transformación de lo instituido. Pero este proceso de cambio conlleva peculiaridades. Estas radican en que no todas las fuerzas instituyentes se comportan como tales. Si se quiere actuar como factor instituyente frente a lo sólido-instituido se corre el riesgo de quedar atrapado entre factores instituidos por arriba y por abajo. El cambio organizacional resulta de la dialéctica entre lo instituido y lo instituyente. Si éste carece de la consistencia necesaria el cambio se bloquea. Esta situación paradójica puede afectar a cualquier agente de cambio instituyente. En el caso de una dirección médica de un hospital el humor es un ingrediente clave para afrontar en no pocas ocasiones los efectos de este estatuto de encontrarse ubicado entre falsas fuerzas instituyentes y lo instituido.
    Lo que más me llama la atención del capítulo es la constatación de la dificultad de los cambios. Significativamente se lamenta que la coalición de la informática, las gestorías de usuarios y los sistemas de información no hayan obtenido los resultados esperados. Estos han operado entre la inmovilidad tradicional de los estamentos. Se constata así que la resistencia al cambio es consustancial a las organizaciones. La concepción de Ilya Prigoguin acerca de que la realidad es una suma de incertidumbres que cristaliza en un sistema dinámico inestable, en el que cualquier variación en un lugar puede originar efectos de gran alcance en otros, el efecto mariposa, parece no evidenciarse en la realidad hospitalaria los últimos años. Por el contrario los cambios parecen operar reforzando un núcleo sustantivo que neutraliza y reabsorbe cualquier transformación. Los cambios terminan confirmando lo que se quiere cambiar y muchos aspectos de lo emergente terminan por diluirse.

                                               DE LA PARÁBOLA DE PERROW

    Todos los casos relatados confirman la parábola de Perrow sobre las organizaciones de profesionales. Estos son como los eunucos en el harén. Pueden hacer todo salvo lo principal. En el caso que nos ocupa, cambiar significativamente la organización. Así el grado de eficacia para contratar por perfil, organizar su trabajo centrándose en sus prioridades sin la interferencia de los servicios centrales, asegurar los objetivos de las unidades estratégicas dirigidas al paciente o introducir sentido en las tareas es manifiestamente escaso. Las interferencias de los espíritus de la verdadera gestión son patentes.  En no pocas ocasiones parece confirmarse una situación parecida a la enunciada en el teorema de Ginsberg: “usted no puede ganar, tampoco puede empatar, ni siquiera puede abandonar el juego”.
    La minimización del poder efectivo de la dirección contrasta con la manifiesta capacidad de otras fuerzas menos visibles, que actúan para perpetuar las situaciones establecidas. Cuando se lamenta “el constante sabotaje por parte de temas no previstos o que surgen con tal espontaneidad y arrebato” se está aludiendo a la emergencia cotidiana de las fuerzas imprevistas situadas en los márgenes de los organigramas dotadas de  la capacidad de interferir. Parece evidenciarse un fenómeno similar al conceptualizado como organización del desgobierno por Alejandro Nieto. Se trata de un proceso de usurpación cotidiana de las funciones y del poder. Eso sí,  este proceso de usurpación se realiza mediante formas de exquisita cortesía si se acepta con resignación como inexorable.
    Entre los espíritus citados a lo largo del trabajo merece por su naturaleza y singularidad la mención a los servicios centrales. La equivalencia asignada entre la relación profesional/paciente y servicios centrales/direcciones hospitalarias es sumamente significativa. Pero en el segundo caso las asimetrías de la relación sugieren la existencia de un mundo enigmático que funciona según una lógica difícil de desvelar. Se trata sin duda de uno de los misterios más persistentes de las organizaciones contemporáneas. Frente a determinadas realidades de naturaleza espectral nos encontramos desarmados. Así se comprende que los autores afirmen que la organización se dirige a resolver los problemas de los pacientes. De ese modo terminan conjurando sus experiencias más espirituales, reafirmando la realidad como algo inteligible y que puede llegar a responder a alguna lógica susceptible de ser percibida por los sentidos. Los discursos propios de la época que propugnan la descentralización acaban siendo desmentidos por la centralización fáctica con máscara descentralizada.
    Respecto a otros espíritus presentes en el texto comentado se encuentran las fuerzas estamentales y sindicales como factores que configuran de la realidad y limitan las decisiones. Se confirma lo que Víctor Pérez Díaz denomina refiriéndose a la dirección de los hospitales españoles en 1987 como “modelo de administración colonial”. Este radica en servir los intereses de la burocracia y autoridad sanitaria manteniendo tranquilos a los nativos dejando intactas las estructuras de poder correspondientes a las distintas tribus. Las estrategias particularistas utilizadas en general por los profesionales y la falta de un espíritu de hospital limitan el liderazgo moral y cultural de cualquier dirección carente (casi fatalmente) de la necesaria legitimidad profesional y administrativa. Después de la aplicación de diferentes políticas públicas sanitarias parece persistir con otras máscaras esta realidad.
    La parábola de Perrow se solapa con el modelo de administración colonial limitando el papel de la dirección, siempre sorprendida por los espíritus diversos que emergen de las sombras de la organización. Así lo imprevisto se hace cotidiano y se apodera de la agenda. Hacer frente a lo imprevisto capeando problemas consume una parte sustancial del tiempo y las energías.

                        DE LA MEMORIA Y LAS RUTINAS CULTURALES DEFENSIVAS

    Víctor Pérez Díaz, en el trabajo citado con anterioridad plantea que la función de dirección en el hospital incluye funciones culturales que contribuyen decisivamente a producir y reproducir el consenso y la identidad de la organización. En este sentido el director es un oficiante en el ritual y culto del hospital, entendido como una comunidad de tradiciones culturales, que comparte identidad y la fe en ciertos principios referidos a la medicina de calidad y servicio a la comunidad. En todos los casos narrados en el presente capítulo aparece como fondo el sentido, la existencia de una multiplicidad de sentidos frente a la unidad de los acontecimientos. La proliferación de los sentidos amenaza la coherencia interna necesaria para que el conjunto del hospital afronte los retos propios del presente.
    Con anterioridad se ha apuntado a la naturaleza excepcional del tiempo en el que se realiza esta experiencia de gestión. En pocos períodos ha existido una tensión tan manifiesta entre las estructuras de significación instituidas, determinadas por la cultura organizacional, y la expansión de los acontecimientos nuevos. En este sentido la dirección se encuentra ubicada en un espacio cultural intermedio entre la cultura de gestión y las culturas clínicas prevalentes en los servicios. Entre ambas existe una brecha en cuanto a la significación de la realidad vivida, claramente marcada. Se confirma el precepto clásico de Watzlawick  de que toda realidad es una construcción de quienes creen haberla descubierto.
    Así se configura el aspecto más delicado de cualquier dirección en tiempo de cambios requeridos: la gestión de la memoria. Está definida como un conjunto de pautas de interrelación de hechos y acciones que son internalizadas y recapituladas por los individuos, y modeladas y vividas en historias compartidas, puede constituirse como la barrera más difícil de remover para el cambio. Memoria organizacional e innovación pueden contraponerse. En todos los casos apuntados aparece la memoria como inercia y obstáculo a la transformación.
    Las organizaciones imponen a sus miembros un contrato significante. Esto es, una convención implícita por la cual se comprometen a asignar ciertos significados y no otros a los acontecimientos vividos colectivamente. Se trata de asegurar la cohesión mediante una actividad interpretativa convergente. Así se construye un orden simbólico que es difícil vulnerar y que termina imponiendo preceptos, códigos de reconocimiento y categorías conceptuales que aseguran un orden y estructura a la realidad vivida. La emergencia de la gestión complejiza el sistema cultural del hospital y amenaza el contrato significante destruyendo los sentidos únicos. La delicada y cotidiana labor de una dirección médica es oficiar de intermediario entre sistemas de significación. El signo distintivo de muchas organizaciones en el tiempo actual es la percepción compartida por unos sectores de que otros (casi siempre las direcciones) padecen de privación sensorial ante una realidad construida desde esquemas de significación tan distintos.
    La tarea más importante por parte de la dirección médica que acompaña a la emergencia de la gestión es la revisión gradual de los contratos significantes  que se relacionan con los cambios organizativos propuestos. Si no se termina de construir un consenso mínimo el cambio será reversible y precario, en tanto que un cambio sociopolítico referido a equilibrio de intereses unido a un cambio administrativo, es insuficiente si no se acompaña de un cambio cognitivo. Aquí radica una de las cuestiones centrales de la época actual. El conjunto del texto confirma que los autores se inscriben en las coordenadas culturales compatibles con diversos sistemas de significación, única posibilidad para una dirección que propugne cambios compatibles con el mantenimiento de la cohesión interna.
    Detrás de todos los casos expuestos se manifiesta una situación que se puede definir como estado de ambigüedad , que implica la existencia de lógicas y sistemas valorativos que se pueden encontrar en contraposición. La resistencia al cambio no se encuentra sólo en las personas, aunque se puede constatar en muchas ocasiones que las personas que resisten a los cambios terminan cambiando a peor. En las organizaciones existen elementos constitutivos que refuerzan la estabilidad. El concepto de rutinas defensivas de Argyris es ilustrativo. Se trata de barreras constituidas por factores objetivos o institucionales que generan inercias que refuerzan la estabilidad y protegen frente al cambio. Estas propiedades del sistema cultural son acompañantes inevitables de los movimientos en torno a la defensa de los intereses de los distintos grupos, de los integrantes de la realidad boscosa  que tan acertadamente señala el texto.

                          DE LAS PERSONAS, DE SUS PASIONES Y EMPATÍAS

    Cuando se analiza el conflicto de la anestesia epidural en parto se alude a “la coincidencia desafortunada de personas de escasa empatía”. Esta situación puede llegar a ser relativamente frecuente. Porque toda organización, y más una organización profesional, está compuesta por muchas personas entre las que no tiene porqué haber necesariamente empatía. Desde la posición de una dirección médica se hacen visibles los flujos de empatías y antipatías. Estas pasiones personales que pueden parecer pequeñas y marginales terminan teniendo consecuencias desproporcionadas debido a las sinergias con los intereses de los grupos como en el caso de los anestesistas y los ginecólogos. Para distinguirlas de los espíritus podemos denominarlas como los fantasmas propios de toda realidad organizacional.
    Las organizaciones tienen tareas manifiestas que exigen cooperación y esfuerzo de sus miembros. Esto exige un contacto con la realidad y un razonable control de las emociones. Pero como ha conceptualizado Bion, esta estructura coexiste con otras que operan a nivel primitivo y son regresivas. De esta lógica nacen fobias y sentimientos diversos que desempeñan un papel negativo. No se pueden minimizar el papel que juegan las fantasías y proyecciones activadas en los períodos de cambio y conflicto.
 Bion distingue los grupos de ataque/fuga que funcionan mediante la identificación de un enemigo del que tienen que defenderse y huir. Además existen los grupos de dependencia desarrollados en torno al sentimiento de protección. Por último los grupos de apareamiento cohesionados en torno a una esperanza de futuro. Las transacciones de sentimientos, las escisiones rígidas en torno a amigos o enemigos, los miedos e inseguridades y las simpatías, antipatías y empatías terminan por configurar una estructura operativa que comparece en la realidad como en el caso que nos ocupa. Mi opinión es que se trata de un tema relevante en la vida cotidiana de la organización. Las categorías enunciadas por Bion resisten el paso del tiempo y de las generaciones.

                                    DE LOS PACIENTES Y LOS CIRCUITOS

    Aludir a los pacientes en los términos expresados en el capítulo comentado, es propio de todos los discursos de la época. Los usuarios, clientes o consumidores son ahora rehabilitados en un sistema que tiende a la coproducción de los bienes y servicios. Las empresas sofisticadas de tecnología de vanguardia o de servicios personales generan modelos que extienden a todos los ámbitos del conocimiento. El resultado es la clientelización progresiva del mundo. Por eso estimo muy positivo que en todo el capítulo se mantenga el término pacientes, más adecuado a la realidad del sistema sanitario que el de clientes, que conlleva ingredientes de espejismo y no puede ser aplicado con rigor a todos los públicos en un hospital. Aplicar modelos de calidad total sólo puede sostenerse en los discursos y en la actualidad roza el delirio debido a la sobrecarga del sistema.
Parece necesario reflexionar acerca de las dificultades que encuentra la adecuación de las relaciones asistenciales a los estándares imperantes de calidad de servicios. En el capítulo comentado se mantiene una actitud reflexiva al respecto. Pero cuando se sugiere el diseño de circuitos administrativo-asistenciales para el tránsito de los pacientes, quizá se esté proponiendo una vía que ha dado escasos resultados. La solución descansa más en el cambio sustantivo del aparato asistencial que de la complejización administrativa. La metáfora del tráfico es ilustrativa. Cuando no se puede solucionar el problema de fondo se instauran medidas paliativas que pueden llegar a empeorar la situación. No se trata de crear islas peatonales o carriles bici rodeados del caos motorizado. El momento decisivo e irremplazable  para el paciente en el hospital es el del encuentro con el profesional.
Desde el espacio institucional de un hospital público se puede apreciar la naturaleza paradójica de la condición de enfermo en las actuales sociedades de servicios. Esta  contrasta con la explosión de expectativas vitales que promueve un mercado tan activo y vital. Los ritmos de muchos tipos de enfermos no se corresponden a tan compulsiva sociedad. Quizás el papel de las instituciones sanitarias sea el de constatar estas especifidades y adecuarse a las mismas.

                                                                     DEL FUTURO

Esta experiencia de gestión se inscribe en un tiempo específico que se puede sintetizar afirmando la existencia de un alto consenso acerca de la necesidad del cambio así como de la definición de las principales líneas de futuro. Esto se contrapone con la dificultad de hacer operativo ese cambio. Para esta tarea los recursos cognoscitivos disponibles hasta hoy han resultado insuficientes. Se constata así un déficit significativo de innovación.
    Cualquier valoración se inscribe en lo que Michel Crozier denomina crisis de la inteligencia, que se plantea como un problema global. El tiempo inmediatamente pasado demuestra que los cambios aislados y sectoriales tienen un límite estrecho. Sin embargo, los impulsos al cambio han sido aislados y fragmentados.
    El valor último de cualquier experiencia aislada está en inscribirse en un flujo de reflexibilidad. Sólo multiplicando los recursos cognoscitivos se puede afrontar el cambio en condiciones de complejidad. La única garantía para afrontar el futuro con éxito es la capacidad de aprender de los actores. Aquí radica el auténtico valor de esta experiencia.
                                                  Juan Irigoyen. Sociólogo.
                                                 Universidad de Granada

                                                    BIBLIOGRAFÍA

Alejandro Nieto, La organización del desgobierno, Ariel.
Víctor Pérez Díaz, El retorno de la sociedad civil, Instituto de Estudios Económicos.
C. Argyris, Cómo vencer las barreras organizativas, Díaz de Santos.
Wilfred R. Bion, Experiences in Groups, Tavistock.
Michel Crozier, La crisis de la inteligencia, Ministerio de Administraciones
                          Públicas.
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domingo, 1 de febrero de 2015

LAS TRES MUERTES DE LOLA GONZÁLEZ RUIZ




En los años de la oposición al franquismo tuve el privilegio de conocer a muchas personas dotadas de un valor cívico inconmensurable. Entre ellos destacaban los abogados laboralistas. Estos desempeñaban un papel primordial en todo el dispositivo de oposición en esta época. Sus despachos eran un oasis,  donde los militantes éramos acogidos por personas tan generosas, inteligentes, competentes y comprometidas, cuyo servicio  se ubicaba mucho más allá de lo profesional. No sólo informaban acerca de lo legal, asumiendo la defensa  de los perseguidos, sino que proporcionaban  información, apoyo  y afectos. Su papel era fundamental en estos tiempos. Ayer falleció una de esas abogadas, Lola González Ruiz, una de las sobrevivientes de la matanza de Atocha. Su vida y su muerte es un símbolo de las ambivalencias y de la tragedia de la generación que se rebeló contra el franquismo.

Lola es una de las personas que representa la oposición a la dictadura. El rasgo más característico de esta es  la crueldad con sus adversarios, que es invariante en todas sus etapas, y también tras su metamorfosis democrática, que con el paso de los años resurge en el presente mediante la ley de seguridad ciudadana y otras disposiciones. Ahora se trata de penalizar a las víctimas de la gran reestructuración, algunas de las cuales comparecen en las calles mediante sus protestas. En sus años de estudiante de derecho, Lola era una activista estudiantil de la época. En 1969, su entonces novio, Enrique Ruano, fue detenido y asesinado por la policía. Fue presentado a la opinión pública como un suicidio, afirmando que se arrojó desde un tercer piso. Nunca hubo investigación alguna al respecto, en coherencia con el ejercicio del poder protegido y libre de control,  característico del franquismo, y que se conserva en lo esencial incólume tantos años después.

En 1969  yo era un activista estudiantil muy relevante. Recuerdo la información del asesinato y la conmoción que nos causó. Nunca olvidaré la terrible manipulación del periódico ABC, introduciendo reportajes que descalificaban a Enrique,  sugiriendo que tenía problemas sexuales. Desde entonces,  hasta hoy mismo, no puedo evitar una asociación con este evento cuando aparece este periódico. Recuerdo la asamblea en la facultad de económicas para convocar la huelga general en respuesta al crimen. Las movilizaciones terminaron en un estado de excepción. Dos estudiantes de Económicas, Carlos Sáez de Santamaría y yo mismo, fuimos objeto de un expediente académico, que conllevaba la prohibición de entrar en la universidad. Para Lola el golpe fue terrible. Sus marcas la acompañaron toda la vida. El dolor de la pérdida en esas condiciones se multiplica cuando, con el paso de los años, se desvanece la perspectiva de su esclarecimiento y la responsabilidad de sus autores.

Años después,  la encontré ejerciendo como abogada laboralista. Era una persona animosa, inteligente y entrañable. Se había recuperado con una nueva pareja. Estaba casada con un abogado de su despacho, Javier Sauquillo. Representaban muy bien a los amores  de la época del antifranquismo. Tuve alguna relación política informal con ellos,  al compartir dudas sobre el eurocomunismo y la salida que proponía el aparato del partido. Javier representaba un enlace  importante entre distintos críticos ubicados en varios sectores profesionales del partido. Recuerdo alguna cerveza con ellos intercambiando informaciones y conspiraciones.

En enero de 1977 el despacho de abogados laboralistas de Atocha fue atacado por varios pistoleros. Fueron asesinados varios de sus miembros, entre ellos Javier, el marido de Lola. Esta sobrevivió, a pesar de las graves heridas del disparo que recibió en su cabeza. Tuvo que vivir la entrada de los asesinos en el despacho, la concentración de todos en una habitación y su ejecución. Esos dos minutos dejan una huella insuperable. Lola tardó años en recuperarse de las secuelas físicas, pero no pudo liberarse nunca del fantasma del dolor de la pérdida. En ocho años acumuló dos traumas terribles. Hasta su muerte, en 2015, transcurrieron treinta y ocho años. Casi catorce mil noches, parafraseando la célebre canción de Joaquín Sabina.

Años después nos encontramos en Santander. Ella tenía una casa en Miengo donde se refugió de los fantasmas de su pasado. Nos vimos varias veces. Estaba muy mal, aunque tan afectuosa como siempre. Necesitaba acompañamiento y afecto que le proporcionaban sus numerosos amigos. Pero nunca remontó. Adoptaba una apariencia de normalidad, pero no podía ocultar su dolor permanente, siempre presente.  Creaba una ficción de distanciamiento de su problema  en las relaciones cotidianas, pero, al mismo tiempo, mostraba su necesidad imperiosa de ser querida. Estuvo muchos años en Cantabria, pero volvió a Madrid, donde se encontraba su pasado y sus intensos afectos. Allí volvió a los mundos de los abogados progresistas y sus ambientes. En todos los lugares donde vivió fue muy querida.

 En las ocasiones que nos encontramos en Santander  me reprochaba mi abandono del partido. Ella tenía la institución-partido y la época que vivió grabada en su mente.  Mi salida de este mundo se asociaba a un proceso intelectual en el que había cuestionado las referencias en las que se fundamentaba. En su caso, su crítica se agotaba en lo que me gusta denominar como accidente. La actuación de Carrillo y otras circunstancias la distanciaban del partido, pero no había ruptura, como en mi caso. Lo comentamos varias veces. Ella necesitaba blindarse frente al mundo que tan mal le había tratado. La narrativa de la transición actuaba como protección frente a la realidad externa.

Desde que me fui de Santander no volví a saber nada de ella. Sólo alguna referencia por terceras personas de su retorno  a su  Madrid. Allí fue cortejada por el psoe. Alguien me informó que le ofrecieron algún cargo. Estuvo rodeada de su colectivo humano, político y profesional, que tuvo un devenir incierto. Diego López Garrido, Cristina Almeida, Paca Sauquillo  y otros viajaron al psoe. Personas como Nicolás Sartorius, Héctor Maravall  y otros se ubicaron sobre un espacio transfronterizo de la constelación de este partido. Todos fueron  neutralizados y ubicados en un espacio inerte políticamente, pero socialmente acomodado. Dudo de que Lola hiciera una renuncia total, en ausencia de un proceso de reflexión, amparado en el cinismo,  como en el caso de la mayor parte de las personas afectadas por el diluvio y naufragio comunista.

Su terrible dolor personal se hacía presente en su rostro, su mirada  y  su voz. Pero lo peor era el destino compartido por la generación del antifranquismo. En tanto era incitada a ocupar algún cargo honorífico en el entramado estatal, el cambio resultante de la transición era ejecutado por terribles ministros del interior, como Barrionuevo o Corcuera, con una corte de acompañantes, tales como Vera o Amedo, que no podían aparecer ni el peor de los sueños. La regresión en los usos de poder de la joven democracia recuperó a muchos de los antiguos policías que nos persiguieron y maltrataron.  No sé cómo vivió Lola esta situación. En mi caso, me hubiera obsesionado la posibilidad de que alguno de los asesinos de Enrique Ruano ocupase cargos directivos en la policía del progreso y del cambio. Sin un proceso de reflexión más allá de las referencias intelectuales de la generación de Lola, esto es muy duro metabolizarlo.

En los últimos veinticinco años no la volví a ver. Ignoro cómo vivió la terrible crisis y la reestructuración, la aparición en las calles y las pantallas de sus víctimas. También el proceso de reformas laborales que privan de derechos a los trabajadores, así como el retroceso en la educación, la sanidad y los servicios sociales. Todo ello con el consentimiento tácito de los compañeros de generación, ahora acomodados en las instituciones. Supongo que se construyó un espacio de recuerdo, activado en cada aniversario, que la protegiese del presente. Así es como viven algunos de los excombatientes de esta generación.

Ayer la noticia de su muerte sólo salió en Público. El silenciamiento de las víctimas ilustra acerca del destino fatal de los héroes de la oposición al franquismo, y a los de los últimos años  en particular. En mi memoria se ha asociado a la noticia de muertes de otros destacados militantes de este tiempo. Todavía recuerdo a Tranquilino Sánchez, destacado líder de la construcción, que murió en soledad en Asturias, en ausencia de reconocimiento alguno. Es la tragedia común de la oposición al franquismo, que tan bien encarna Lola. Participó en un conflicto que ha sido suprimido de la memoria, en tanto que no se sabe a ciencia cierta si se ganó o se perdió.

Según la noticia de Público, falleció en su casa con su nuevo marido, que murió junto a ella dos días después. Una historia tan trágica y hermosa como la ocurrida en 2007, con André Gorz y Dorine Keir, que compartían vida y enfermedad, decidiendo morir en común para amarse también después. Se ha publicado su testimonio en un libro Carta a D., en Paidós.  Así, Lola se resarce de las tres muertes en vida que tuvo que soportar. Ahora vive en nuestra memoria con Enrique, con Javier y con su último compañero. No pasará ninguna noche más con la amenaza de su ausencia. Ni tampoco minimizada por la sociedad que ha vivido.

Lola, me enteré de tu muerte el sábado por la mañana, por un periódico digital. En la misma hora que te estaba llorando se escucharon sonidos de gentes que se congregaban en nuestro Madrid para reclamar un cambio y democracia. Pensé que era una fantasía, pero no, era verdad. Las imágenes eran de ese día, aunque fuesen tan similares a nuestras carreras por La Moncloa tantos años atrás. A pesar de todo traté de encontrarte entre la multitud. Un beso muy fuerte para los cuatro.