Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

jueves, 24 de octubre de 2013

EL CONSULTOCENTRISMO Y EL MÁS ALLÁ


 DERIVAS DIABÉTICAS

El consultocentrismo es un enfoque predominante en el tratamiento de los enfermos diabéticos, que entiende que los problemas derivados del curso de la enfermedad, así como su control,  pueden resolverse en las consultas de revisión, en las que los médicos tienen una preponderancia absoluta. El más allá es la vida del enfermo, cuando, después de la consulta, se enfrenta a su cotidianeidad, en la que se suceden eventos recurrentes, que exigen su sacrificio y disciplina renovada, así como la aparición inesperada de pequeños acontecimientos que alteran su precario equilibrio cotidiano y de su estado de salud. Asimismo, los sistemas humanos en los que se integra su vida.

El consultocentrismo entiende a los enfermos como seres mecánicos, homologados por la enfermedad, así como por las variables que los definen, y cuyas vidas son reductibles a un pequeño conjunto de prescripciones sencillas. Pero en las vidas las cosas no son tan simples ni tan homologables como los páncreas y sus problemas. En ellas es preciso abstenerse permanentemente en las situaciones que desafían las restricciones exigidas por el tratamiento de la enfermedad. Cuando se producen transgresiones, es preciso que no se acumulen sus efectos y saber recuperarse, penosamente en no pocas ocasiones.

Todos los cálculos permanentes, acerca de los sucesos que se presentan en el curso del tiempo y las variaciones de los estados del enfermo, que en estas páginas he llamado la “contabilidad de la vida”, se encuentran minimizados, diluidos, y en la mayoría de los casos excluidos, de las comunicaciones que se producen en la consulta. Esta se focaliza a las cifras obtenidas en las pruebas, que se interpretan mediante la comparación con los promedios estándar y con las anteriores mediciones. Cuando los resultados son considerados deficientes, se recurre a un gradiente de conminaciones cuyo máximo grado es la riña, acompañada de medidas de intensificación del tratamiento farmacológico, así como de la vigilancia más estrecha del enfermo.

Del consultocentrismo se deriva el hecho de que los enfermos son transformados en series de datos multidimensionales que alimentan múltiples investigaciones recurrentes, que se reproducen sin fin. Así, el enfermo es transformado en un numerador, en tanto que sus series de datos son interpretadas en función del denominador, que representa la totalidad del grupo registrado.

Pero la explosión de trabajos e investigaciones sobre los enfermos-numeradores, contribuye a ocultar sus propias vidas. Estas son opacas a las miradas del dispositivo terapéutico devenido en investigador. Los cuerpos son desmaterializados para inscribirse en el monumental campo de las bases de datos que alimentan el dispositivo de la investigación clínica. Las vidas se disipan, en tanto que el esplendor estadístico de los terapeutas-investigadores contrasta con la miseria de sus categorizaciones sobre la vida y el entorno en la que se produce. La complejidad y variabilidad de estas, contrasta con la simplicidad de su tratamiento en las consultas,  donde son reducidas a un catálogo general de prescripciones.

Así se reafirma “el alma” de la medicina, configurada en la respuesta a las enfermedades agudas, confirmando su dificultad de abordar las enfermedades crónicas, en las que la tecnología sólo puede ser una parte de la terapéutica. En el curso de la enfermedad, es inevitable que el paciente vaya generando un escepticismo no siempre racionalizado, que lo predispone a disminuir el control sobre su vida. La certeza de la no curación y la amenaza de la progresividad, configura un horizonte en el que no se vislumbra un final. Así se erosiona la relación asistencial.

El enfermo diabético, cuando después de la consulta regresa a su vida, se encuentra en una situación en la que, los fantasmas de las amenazas derivadas de la enfermedad, pueblan su presente, así como su inmediato futuro, haciéndose siempre perceptibles. En la presencia permanente de las mismas tiene que gestionar su tiempo cotidiano, en el que tiene que administrar sus renuncias, así como su integración social, que en muchos de los casos implica la transgresión al tratamiento.

El consultocentrismo implica la constitución de un esquema cognitivo que se produce sobre el núcleo de la perturbación biológica, desplazando hacia la periferia tanto las vidas y su conducción, como las distintas condiciones sociales de los enfermos. De este modo, se constituye como un saber insensible al cambio de las condiciones en las que se desarrollan las vidas de los diabéticos. Porque ¿se puede valorar en rigor el nivel de salud del colectivo de enfermos prescindiendo del impacto sobre sus vidas de lo que se denomina como crisis?

La denominada crisis, que en realidad es una reestructuración del sistema social, es un acontecimiento del que resultan segmentos sociales ganadores y perdedores. Los enfermos diabéticos que se inscriben en los perdedores de la gran reestructuración, desarrollan sus vidas en unas condiciones mucho más difíciles. Son las víctimas mudas de una regresión sin antecedentes. No sólo se les restringen medicamentos y empeora su atención sanitaria, sino que se endurecen sus condiciones de integración social. La crisis/reestructuración es un factor decisivo en la conformación del más allá de la visión del consultocentrismo.

En el acceso al mercado de trabajo, definido por una selección más exigente que con anterioridad, la diabetes es una desventaja que ha incrementado su valor. No sólo en el trabajo material sino también en el inmaterial.  Los enfermos desempleados, buscadores de primer empleo, o con trayectorias laborales discontinuas y severamente precarizadas, tienen más barreras y dificultades que nunca. Sobre esta cuestión no hay líneas de investigación definidas.

Los enfermos que forman parte de la población activa tienen que responder a una competividad creciente y a unas exigencias no siempre compatibles con el estado derivado de su enfermedad. Las bajas laborales se encuentran cuestionadas, de modo que penalizan a los enfermos crónicos y discapacitados. En este ámbito,  la mayoría de los enfermos opta por hacer clandestina su enfermedad, bien ocultándola o silenciando sus problemas cotidianos.

Pero la desventaja principal es la que aludí en la entrada anterior. El endurecimiento laboral y la hipercompetividad generalizada en todas las esferas, están transformando las empresas y las organizaciones en sistemas congelados, penalizadores de las desventajas,  insensibles a las diferencias y poco acogedores para los extraños portadores de patologías. Estos tienden a ser desplazados a los márgenes por los requerimientos de los patrones del crecimiento sin fin. Sólo un grupo de héroes diabéticos permanece en estos mundos tan prósperos en lo económico, pero tan congelados en lo convivencial.

En el ámbito  privado, en las familias, las redes de amistad y vecindad, también prospera el concepto de que la vida es un proceso rigurosamente individual, en el que el código que la rigen radican en alcanzar logros crecientes en todas las esferas vitales. Este contexto endurece las condiciones de los enfermos, receptores de cuidados que se sitúan en el exterior de las fronteras de lo que se entiende por “buena vida”, que ahora también es designada como “calidad de vida” para hacerla compatible con la excelencia en el consumo.

Un enfermo es una carga para un grupo que se disgrega todos los fines de semana, en los que las variadas actividades convocantes adquieren el rango de obligaciones. Ciertamente, algunas familias o redes de amistad tienen la voluntad y la capacidad de hacer compatibles estas actividades “de ocio” con la integración y el cuidado de los enfermos. Pero en no pocos casos, se producen marginaciones de los enfermos en este ámbito íntimo. Sobre esta cuestión tampoco hay líneas de investigación.

El consultocentrismo constituye un campo de conocimiento ciego a los contextos sociales en los que se desarrolla la vida de los enfermos. Pero mejorar los resultados en el control de la enfermedad depende, en una medida muy relevante, tanto de las capacidades de los enfermos para gobernar sus vidas, como de la capacidad de acogida y apoyo que tengan los sistemas sociales en los que habitan, tanto los macro como los micro. Pero este campo es mudo por parte de los enfermos, ciego para los terapeutas y huérfano de conceptualizaciones.

En futuras entradas desarrollaré estas cuestiones. Pero quiero clarificar una posible confusión derivada de algunas de las lecturas que pueden hacerse de este texto. Las consultas, el trabajo de los médicos y las enfermeras, la producción de datos para valorar la situación patológica y la investigación biomédica son muy importantes, y en ningún caso se pueden menospreciar. Pero sin una conceptualización rigurosa de los escenarios de la vida de los enfermos y un incremento de capacidades de estos para gobernar su vida, los resultados serán deficientes. Cruzar la frontera del más allá es un requisito esencial para mejorar la situación. Los devenires entre la clínica y la sociedad, a los que algunos profesionales aluden, que ahora sólo experimentan algunos "viajeros románticos", pero que son ajenos al colectivo profesional y su conocimiento.

En una consulta cada tres meses no se puede conversar sobre la vida y los dilemas de la misma. Es preciso constituir otras formas de interacción que se funden en el saber cotidiano de los enfermos. Porque el consultocentrismo privilegia, en el mejor de los casos, compartir información técnica administrada por el profesional. Así construye al pueblo diabético como un sumatorio de portadores de variables, sin verdaderas relaciones en la que puedan compartir sus saberes y las interpretaciones de sus problemas y prácticas cotidianas.

Si fuera más joven me atrevería a decir lo que pienso, que es que el consultocentrismo constituye un rebaño diabético, un grupo conducido rigurosamente, expropiándolo de su autonomía, única forma de desarrollar sus capacidades. Así se explica la drástica individualización de los enfermos y los resultados tan menguados. De uno en uno, como en las instituciones del mercado, hegemónicas en esta época.

Pero el mientras el más allá se encuentre constituido por una sociedad en la que sus esforzados súbditos entienden sus vidas como la producción y acumulación de méritos en el trabajo y en el consumo,  en donde la satisfacción es el elemento vertebrador de la vida social,  los enfermos crónicos no serán bien acogidos. Somos unos intrusos en el común de la satisfacción comercial. En este cuadro de la época, es comprensible que los diabéticos constituyan la materia prima de una industria asistencial, tecnológica, industrial y política. El consultocentrismo sólo puede cambiar si se transforma el más allá.

viernes, 18 de octubre de 2013

DERIVAS DIABÉTICAS. LA VIDA SECRETA DE LOS ENFERMOS

Regreso a mis derivas diabéticas después de la pausa de verano. En las entradas anteriores he señalado la diferencia existente entre el control de la enfermedad en las consultas de revisión y la vida de los enfermos, que es gobernada mediante una contabilidad que administra las transgresiones al tratamiento, aprovechando las oportunidades que se presentan. La vida transcurre entre fases de descontrol y fases de restauración del  riguroso equilibrio de la vida impuesta por el tratamiento.

La diabetes ha incrementado su incidencia, ha multiplicado sus impactos y se ha hecho presente en el imaginario colectivo, generando un dispositivo de respuesta multidimensional y de gran amplitud. Desde la atención primaria, a las especialidades médicas involucradas en su tratamiento y sus complicaciones; también desde la investigación, tanto biomédica como  epidemiológica;  la educación, la alimentación y otros aspectos del control de los enfermos.  Las industrias farmacéuticas, de la alimentación y de las telecomunicaciones se encuentran con un nuevo nicho de mercado sustancioso. En todos los dispositivos de respuesta participan distintas profesiones cada vez más especializadas, los recién llegados podólogos, expertos en comportamiento y otros múltiples. El conjunto de este dispositivo crece continuamente, paralelamente al incremento de los enfermos.

Pero, en tanto que el dispositivo tecnológico, industrial y profesional del tratamiento de la diabetes se incrementa, generando un valor económico incuestionable, el valor producido en términos de salud  es manifiestamente menor. De este modo la diabetes se conforma como uno de los problemas de salud pública, del que resulta un colectivo de enfermos que es objeto de cuidados crecientes, pero también de un estigma no formulado explícitamente, que se hace patente cuando aparece una complicación. La diabetes se sobreentiende como una enfermedad asociada a un comportamiento problemático.

Mientras que las condiciones de vida de muchos de los enfermos mejora, debido tanto a las tecnologías y a la intervención de este dispositivo, como a otros factores asociados a la calidad de vida material, los sistemas sociales en los que se encuentran integrados, el laboral, el escolar, el familiar y el comunitario o local, no mejoran sus condiciones de acogida de tan importante colectivo. Este se encuentra definido por la diferencia y la desventaja, que tiende no sólo a reproducirse, sino incluso a incrementarse, debido a la  amenaza derivada  de algunos cambios sociales que se conforman en el presente.

 El declive de la sociedad protectora de las familias, vecindades y compañeros de trabajo,  el decrecimiento intenso de la convivencialidad,  la configuración de una nueva individualidad menos social, la explosión del segundo mundo artificial, articulado en torno a las pantallas múltiples,  el retroceso de la protección del estado y por la configuración de un mercado laboral fundado en una competividad inédita hasta el presente. Estos cambios colocan a los enfermos en una situación problemática, acentuando el riesgo de ser situados en el margen de la vida social.

Pero, en tanto que el  dispositivo industrial y profesional de respuesta crece constantemente, la vida cotidiana de los enfermos no sigue esta pauta, sino, por el contrario, permanece en la oscuridad, en tanto que no mejora la acogida en los sistemas humanos en los que se integran. Tanto los diabéticos activos en distintos ámbitos u organizaciones, laborales, sociales u y otros, como los pasivos, que desarrollan su vida en sistemas sociales familiares, mantienen en secreto sus vidas, que suelen ser mudas con respecto a los que les rodean. Por eso el título de esta entrada: la vida secreta de los enfermos diabéticos. Los enfermos diabéticos son invisibles en el exterior de la asistencia médica.

No existe conocimiento acerca de cómo nos las arreglamos para vivir en sociedad, de cómo llevamos las desventajas derivadas de la enfermedad, de cuáles son nuestras tácticas para resolver nuestros problemas singulares de adaptación. El testimonio de estas derivas diabéticas tiene esta finalidad. Narrar cómo es nuestra vida, cómo negociamos con nuestra enfermedad, cómo nos resarcimos de nuestras severas restricciones. Ni la literatura profesional, ni las ciencias sociales, ni los media, ni el arte el cine o la literatura, contribuyen a esclarecer esta importante cuestión.

Para los enfermos activos, que desarrollan una vida intensa laboral y profesional, así como personal en otras esferas, la adaptación se realiza de forma rigurosamente individual. Cada cual construye sus prácticas de inserción y las hace compatibles con el estado de la enfermedad. Pero no se comunica, impidiendo así que se articule en términos de un discurso social. Así se constituye un campo de experiencia y de aprendizaje mudo, no visible ni accesible para los demás, ni siquiera para los propios enfermos, cuya comunicación se reduce a los tratamientos médicos, resultando así un grupo altamente dependiente del sistema sanitario.

Pero los enfermos diabéticos desempeñan su trabajo en organizaciones complejas y empresas. Estas son también sistemas humanos que se distinguen por sus culturas específicas. Estas definen lo que se considera normal y otros preceptos mediante los que se conoce la realidad. Pues bien, los enfermos crónicos o los discapacitados en distintos grados,  no se encuentran en el interior de estos esquemas, sino como excepción que les exime de la normalidad. De este modo se reproduce el concepto de enfermedad del sistema sanitario, que les hace inteligibles sólo a partir de sus desventajas, y no de sus potencialidades.  En esta situación, los enfermos tienden a ocultar su enfermedad y pasar desapercibidos.

Pero una de las dimensiones de una sociedad de ciudadanos es que la igualdad se manifieste en que,  los sistemas humanos que la conforman tengan la capacidad de ser plurales, de modo que integren a las personas en desventaja. La integración no es otorgarles un estatuto especial, sino adecuar el sistema humano a sus características. Es decir, que si entre todos hay alguna persona en desventaja, es el grupo el que se adapta a esta situación. Es menester modificar lo que sea preciso para que se encuentre en el grupo en situación de igualdad, integrando su diferencia. Esta es una regla de oro.

Sin embargo, la realidad para los enfermos y discapacitados dista mucho de acercarse a este modelo. Varía entre el paternalismo,  la negación y la culpabilización sutil. De este modo, muchos diabéticos se encuentran intimidados y mantienen en silencio su enfermedad. Por decirlo claro, las culturas de las organizaciones son rígidas y poco acogedoras de cualquier diferencia. En los últimos tiempos, los huracanes conservadores, que adoptan máscaras gerencialistas, desarrollan sistemas de una rigurosa individualización, que incrementa la competitividad entre las personas. En este clima, la desventaja de los diabéticos se acrecienta. Si los promedios del enfermo se encuentran por debajo de la media, se puede culpabilizar al enfermo y su enfermedad puede convertirse en una sentencia.

Pido a quienes lean este texto que piensen la situación de un enfermo diabético, con buena trayectoria académica y que busque empleo. En su curriculum o en una entrevista de trabajo ¿debe exponer su enfermedad sin que tenga consecuencias negativas? No quiero ni siquiera pensarlo. Los enfermos diabéticos comparten, con las mujeres, sospechosas permanentes de quedar embarazadas, un verdadero estigma en los tiempos de la utopía desbocada de la eficiencia.  El peligro de ser desplazados a los márgenes del sistema productivo es patente.

La progresión del dispositivo de la asistencia sanitaria y la industria se sobrepone a la oscuridad de la integración en la vida social, en la que los enfermos son un grupo mudo, y las organizaciones en las que se encuentran presentes, son manifiestamente ciegas. Este es un signo inequívoco de la expansión de una nueva medicalización, que adopta distintas formas.

Las industrias de tecnologías de la comunicación ilustran la situación, produciendo una nueva generación de máquinas que permiten enviar datos de la situación de salud instantáneamente a los médicos. Así se refuerza la dependencia de los enfermos. Pero el problema no es sólo la evolución del estado de salud, sino la situación de integración de este colectivo en un mundo tan hipercompetitivo y poco acogedor.

Hace algunos años, una alumna me visitó en la tutoría para decirme que era diabética, y, por tanto, no podía acudir a la clase de las nueve de la mañana porque tenía que pincharse. Me lo dijo muy avergonzada. Cuando le conté que yo también era diabético y le propuse quedar una hora antes y pincharnos juntos y después desayunar, se quedó perpleja. Su dependencia de su endocrino era patológica. Era una persona completamente intimidada y carente de autonomía.  Cuando me pidió “consejos”,  le sugerí que aprovechase el verano para viajar sola a algún país en el que la gente se muera de enfermedades deficitarias y no hubiera muchos endocrinos. Terminó apareciendo su madre por la tutoría para mediar, destapando el sistema de sobreprotección entre la familia y el sistema sanitario que anulaba a su persona.

Es necesario suscitar con energía el problema de la vida secreta de los enfermos. Cuáles son las barreras, los problemas y las alternativas. Porque no sólo es un grupo definido por su dependencia del sistema industrial y biomédico que lo controla. La vida en sociedad es una cuestión fundamental. La conquista de un estatuto de visibilidad y reconocimiento en la superficie de la conciencia colectiva. De no ser así, el colectivo de enfermos será ubicado en la periferia de la sociedad, siendo desplazado a los servicios sociales, donde se acomodan los colectivos-problema. Esto significa, entre otras cosas,  la expropiación de sus capacidades.







viernes, 11 de octubre de 2013

LA ALMADRABA DE LOS INQUILINOS EN GRANADA

La pesca de atunes de almadraba, es una técnica que consiste en colocar un dispositivo de redes en espera al seguro paso de los bancos de atunes, en sus trayectorias de migración anual. En Granada, la actividad de la ciudad gira en torno a la universidad, que impone su temporalidad a todo el conjunto urbano. En el final del verano, cuando va a comenzar el nuevo curso, los propietarios de inmuebles ejecutan un arte de pesca de los estudiantes-inquilinos recién llegados a la ciudad, cuyas propiedades se asemejan a la almadraba del atún.

Dicen que Granada es una ciudad de contrastes.  El arte de la pesca de inquilinos ilustra esta afirmación. La pretensión de la universidad de erigirse en sede de la ciencia y la producción de conocimiento, así como su transmisión a tan esforzada masa de aprendices, contrasta con  la almadraba residencial de septiembre y octubre, en la que los métodos utilizados para capturar a los buscadores de alojamiento, ponen de manifiesto el atraso de los métodos y los supuestos de este sector de la economía granaína.

Las redes operativas para la captura de inquilinos, se especifican sobre las paredes de los edificios cercanos a los campus, en donde se pegan innumerables ofertas redactadas en unos términos muy elocuentes del imaginario premoderno que define a esta sociedad ofertante de inmuebles. Cada folio lleva escrita la oferta, el contacto y en el final, se conforma una tira recortable con varias unidades. El buscador puede así arrancar el papel sin tener que copiar.

La estética es horrible. En múltiples lugares se conforman murales que adquieren distintas formas geométricas con las ofertas. Los postes de la luz y otros elementos del mobiliario urbano, son invadidos por los carteles de los pescadores de inquilinos. La rehabilitación del patrimonio histórico y arquitectónico se contrapone con la irrupción pública de este mercado tan importante de la economía granaína, que conforma una de las subsociedades que representan su contramodernidad.

Este es un elemento significativo de la economía sumergida de Granada, que ratifica su extraño capitalismo incompleto. Las agencias inmobiliarias, todopoderosas en esta débil economía local, se dedican a los clientes con más recursos y capacidad económica. Pero la mayoría de estudiantes son capturados por este dispositivo primitivo, cuyos canales de comunicación son congruentes con el estado de los inmuebles, de los cuales sólo se puede recurrir a los términos “aventura”, “sur” o “versión posmoderna de los viajeros románticos”, para suavizar las calificaciones.

Pero ese público efímero, que es alojado en pisos cuyas carencias son manifiestas, está despreocupado por la transitoriedad de sus tiempos y la fascinación de su experiencia habitacional autónoma. La vida diaria de las clases, los largos fines de semana y  los tránsitos de los puentes, reducen considerablemente la vida en el piso, que en la mayoría de los casos se puede definir como un híbrido entre vivienda e infravivienda. En época de exámenes, la universidad abre múltiples salas de estudio, en tanto que los estudiantes-inquilinos no pueden hacerlo en sus casas debido a sus malas condiciones de habitabilidad.

Pero sobre los inmuebles que conforman las redes de la almadraba residencial granaína, no sólo se abate la fuerza destructiva de los propietarios, que mediante su inversión cero se suman al alegre capitalismo español, representado por el patrón de Mercadona, quien afirma que el secreto de su éxito es el acumulado “céntimo a céntimo”, sino la poderosa energía destructiva de muchos de los inquilinos, encerrados durante tantos años en instituciones educativas que limitan su responsabilidad y contienen sus energías. La convergencia entre ambas fuerzas, determina que una parte del patrimonio inmobiliario granaíno se encuentre en un verdadero estado de devastación.

Todas las transacciones entre los propietarios ofertantes y los inquilinos, son en negro. Así se reconstituye un sector de la economía local que no alcanza el estatuto que, analizando la hostelería granaína, denominé como “capitalismo incompleto”. Algunas de las fuentes de la economía local se fundan en la caza de las poblaciones en tránsito, turistas e inquilinos. Así se configura una de las “almas granaínas”, que representa el envés de la modernización, configurando mercados inversos a los modelos propugnados por las últimas versiones de las sociedades de servicios y sus arquetipos de calidad y cliente.

He tenido muchas experiencias insólitas,  para gentes externas a esta misteriosa ciudad,  en materia de alquileres. Desde una casa que tenía jardín y piscina, en la que cuando casi estaba cerrado el acuerdo, a pesar de que en la situación se hacían visibles algunas cosas que no cabían en mi cuadro mental, el propietario me dijo que si no nos importaba, el abuelo vendría todos los días a la piscina, asegurando que no molestaba. El concepto contrato se encuentra en el exterior de esta mentalidad premoderna imperante entre los ofertantes.

En el curso pasado, una alumna gallega, me contó que vivía en un piso de alquiler muy mal equipado y en un estado deficiente. El propietario hacía oídos sordos a sus quejas. Su colchón estaba en muy mal estado y no podía descansar. Agotadas las posibilidades de negociar, la chica se compró un colchón y se lo descontó de la mensualidad. La reacción del propietario se puede imaginar. Para él era inconcebible que una “inquilina”, que representa una figura estigmática en la subsociedad de pescadores de inquilinos, que sobre todo se definen como propietarios de más de un inmueble, hubiera desafiado su filosofía de crecimiento cero en el equipamiento del piso. Como no existen contratos, o estos son redactados para evitar a hacienda, la relación queda a merced de las relaciones de fuerza.

En una economía de esta naturaleza, que se basa en actividades dirigidas a públicos que se renuevan, la calidad es un parámetro extraño. Por eso uno de los acontecimientos que me fascinan es el de las élites “progresistas”, ejecutoras de obras múltiples, que comparecen en las elecciones locales con la bandera de la ciudad de la ciencia y la cultura. Una parte muy importante de las economías familiares procede de estas transacciones múltiples, que son invisibles para la hacienda, pero visibles y perceptibles por los transeúntes mediante la prodigiosa multiplicación de papeles por las paredes de los edificios próximos a los centros universitarios, en donde los cazainquilinos muestran sus habilidades en la conformación de murales que exaltan la fealdad.

Por eso,  Don José, el vigente alcalde, que renueva mayorías electorales aplastantes, conecta muy bien con los pescadores de inquilinos, que representan la contramodernidad. Don José no se oculta y pronuncia frases que parecen insólitas, pero que evidencian esa conexión. Recuerdo su afirmación de que en Granada tiene más poder de convocatoria Fray Leopoldo que el Parque de las Ciencias. Este aparente dislate no es tal. Una parte esencial de la ciudad está representada por las economías y sociedades de la contramodernidad granaína.

Las élites que se denominan a sí mismas como de progreso, han entendido que la modernización es un proceso unívoco, unidireccional y continuo, que se produce a partir de un umbral de renta. Bastaba activar la economía local mediante la prodigiosa multiplicación de circunvalaciones, trenes de penúltima generación, edificios con firma de arquitectos reconocidos, una universidad expansiva que renueva principalmente sus edificios y las nuevas mitologías expresadas en el ámbito local en los parques de la salud y las ciencias y el ave. Sobre todos estos logros materiales se difunden, mediante imágenes mediáticas, los símbolos y narrativas de la nueva sociedad del conocimiento.

Pero la mítica sociedad del conocimiento, en Graná se asienta sobre las sociedades basadas en economías atrasadas, que conforman la contramodernidad granaína, que hace vacíos y patéticos los discursos y ficciones de las élites constructoras en nombre del progreso. Esa contramodernidad aparece en la superficie con todo su esplendor, mostrando su vitalidad. Tras los pescadores de inquilinos, comparecen con sus mismas estéticas los sectores laborales informalizados, que pueblan las sufridas paredes con sus mensajes, ahora también en clave doméstica: los electricistas, los pintores, los fontaneros, los reparadores múltiples, los 24 horas, cerrajeros, los cuidadores, los empleados domésticos y otros. Cada actividad productiva genera su sociedad.

Para terminar, de nuevo los contrastes. En tanto que en la ciudad se configura un sólido sector de pescadores de inquilinos, en el nivel del estado, las almadrabas financieras tienen como víctimas a numerosos granaínos “emprendedores”, que quieren colocar sus dineros procedentes en parte de los beneficios de los alquileres, en lugares que prometen tan altos intereses que terminan en desastres. La cofradía de creyentes en el capitalismo representado por los Ruiz Mateos, se encuentra sobrerepresentada en Granada. La explicación se encuentra en este mismo texto.












sábado, 5 de octubre de 2013

LOS TRAFICANTES DE DECIMALES

Los traficantes de decimales son las personas integrantes de las instituciones políticas y de gobierno en todos sus niveles, así como de los dispositivos expertos y de comunicación que los sustentan. Este conjunto de organizaciones, instituciones y medios de comunicación constituyen una comunidad de sentido autorreferencial, que conoce la realidad y decide según un sistema de representaciones que tiene su origen en las instituciones que desempeñan el gobierno del sistema-mundo. Este complejo institucional gobernante transmite a los votantes, constituidos en audiencias, su singular construcción de la realidad. En ese mundo intelectivamente constituido, es imposible pensar la sociedad fuera de las estrictas fronteras lingüísticas y conceptuales determinadas por el mismo. Así se refuerza el pensamiento único, que cierra el camino a cualquier alternativa.

El sistema de conocimiento producido en ese complejo institucional se sustenta en la idea central del crecimiento. Si se crece, se incrementa el consumo, se genera empleo y es posible sostener el sistema de protección social.  Sobre esta circularidad se constituye una frontera cognitiva infranqueable, que hace imposible cualquier indagación o problematización en el exterior de sus márgenes. Los efectos perversos de este déficit cognitivo del complejo institucional  imperante son patentes. La pobreza analítica,  la simplicidad y la construcción de un sentido común de baja definición, son las divisas de los intercambios en las instituciones representativas y sus terminales mediáticas. Nada imprevisto puede prosperar en ese medio saturado, tautológico y cerrado.

La racionalidad resultante del conjunto de representaciones producidas por el complejo institucional gobernante se articula sobre un supuesto fundamental: La realidad se puede reducir a un conjunto de indicadores que se miden en tiempos determinados, tales como trimestres o años. Pues bien, el significado de las magnitudes resultantes en cada medición, resulta de su comparación con el inmediatamente anterior. Este sistema de conocimiento y  valoración pierde la visión de los procesos y orienta el sistema de decisión y acción a la siguiente medición. Por eso me gusta designarlos como los traficantes de decimales, porque  actúan para compensar o mejorar los resultados en los intervalos temporales entre mediciones, que sólo pueden modificarse en decimales.

El efecto de este sistema cognitivo es que los acontecimientos son interpretados en función de su relación con las dos últimas mediciones. De este modo, el presente, reducido a este fugaz intervalo,  se deslocaliza de los procesos sociales de temporalidad mayor, en detrimento de su inteligibilidad, pues los eventos que lo conforman  no pueden entenderse extraídos de su contexto global y su devenir.

 En este sistema de conocimiento cerrado se constituye  un vacío temporal. Sólo el pasado es factible, y su mejor versión es utilizada por los contendientes que pujan en el interior del complejo de gobierno. El efecto más pernicioso  de la atemporalidad construida, radica en que el futuro sólo se puede entender como retorno del mejor pasado. El consenso se polariza en volver al crecimiento, que impulsa el incremento del consumo, los puestos de trabajo y la protección social. En este sistema de representaciones inertes no puede aparecer una idea de futuro capaz de impulsar proyectos y energías. En el veloz viaje hasta la siguiente medición, es impertinente pensar en otras perspectivas y dispersar los esfuerzos.

La ventaja de tal sistema de valoración y significación, es que favorece el avance del proceso hacia una sociedad neoliberal avanzada, haciendo opacos los macroprocesos intermedios. Así, en el eterno tránsito entre series de cifras, se disipan cuestiones tales como el cese de actividades productivas de la agricultura y la industria, la precarización intensiva de la población activa, el retroceso de la industria del cine y otras culturales, la proletarización de los profesionales de la información, de la educación y la investigación, el bajo perfil de las nuevas actividades económicas, o la configuración de élites empresariales de escasa productividad y capacidad.

Este sistema de conocimiento  crea un campo real, un sistema de preceptos compartidos que hace posible que, en un proceso de derrumbe de muchas actividades productivas y retroceso del estado, se pueda afirmar que las cosas van bien si se produce un incremento de los decimales en alguna de las magnitudes seleccionadas.  Sobre este sistema se construye la falacia de la recuperación, que no supone volver al  mítico escenario del pasado de la abundancia, sino sólo a uno de sus elementos: el crecimiento. Si crece la economía se produce la recuperación. Los pronósticos se expresan en decimales y las diferencias entre los contendientes en el complejo de gobierno también se expresan en decimales.

De estos supuestos y del modo de operar que resulta de los mismos, se construye una gran manipulación. Pero no sólo se trata de presentar una metamorfosis de la realidad, sino que se construye un sujeto receptor de la comunicación institucional y de sus terminales mediáticas, que se caracteriza por su desubicación del proceso histórico en el que se encuentra. En esta situación se refuerza la infantilización y la dependencia en términos que cuestionan el mismo progreso y anuncian el advenimiento de una nueva brujería mediática. El patético espectáculo de prohombres que se ofrecen a resolver los problemas mediante fórmulas simples, para retornar al orden del mejor pasado recordado, pone en escena las miserias de la modernidad española y su clase dirigente.

En este ecosistema intelectivo y comunicativo es imposible generar el mínimo de reflexión que requiere una alternativa, entendida en términos de un más allá de la vuelta a la abundancia de los tiempos de explosión de la construcción de edificios e infraestructuras. El no futuro es el resultado del sistema cognitivo imperante. Esta es la tragedia de la clase política, que pilota un viaje a ninguna parte, a una provincia periférica de la declinante región europea. La condena es movilizarse para el siguiente episodio de medición, en espera de que aparezca una décima que permita imaginar el retorno a ese pasado, reforzando el imaginario formateado por los expertos de lo positivo y facturado por la maquinaria mediática.

Sin posibilidad de pensar un proyecto que trascienda los límites del sistema conceptual de los traficantes de decimales, la crisis de liderazgo es inevitable, así como el bloqueo de las instituciones y la minimización de la inteligencia. Es imposible aportar a un sistema cerrado y bloqueado. Las terribles imágenes de las instituciones blindadas por las fuerzas de seguridad, primero el parlamento, después muchos ayuntamientos y ahora las universidades, remiten a la sordidez que adquieren los conflictos sociales en este medio en donde la inteligencia es extraña. Escribiendo esta entrada he recordado el libro de Chomsky “La (des) educación”.

No quiero terminar sin hacer una propuesta positiva. Propongo que las autoridades estatales de todos los niveles concierten con los empresarios el despido simultáneo de todas las personas que sea posible. Esta operación debe efectuarse inmediatamente antes de una de las mediciones, la EPA u otra. Inmediatamente después de esta, se vuelven a recontratar a todos los afectados. De este modo se fabricaría una gran ruptura devenida en milagro y convertida en mitología lista para ser empaquetada y puesta en escena.

No sé si se puede imaginar el efecto en términos de discursos políticos y su facturación en la maquinaria mediática. Sería “verdad” el crecimiento desmesurado de las cifras con respecto a la última medición. Los números  explotarían sobre los atemorizados receptores suscitando la ilusión del retorno al pasado. Pero se trataría de una ficción, una gran ficción, que es la divisa de este empobrecido sistema intelectivo que se sobrepone. En las siguientes mediciones sería inevitable el retorno a la miseria de los decimales. Además, los decimales se transformarían en unidades, debilitando la naturaleza y la identidad de los traficantes de decimales, que rigen las sociedades en el presente.