Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

sábado, 31 de agosto de 2013

UNIVERSIDAD: FICCIÓN ATEMPORAL E INMERSIÓN COGNITIVA

Decía San Agustín que el tiempo es una noción compleja, en tanto que estando integrada en el sentido común, de modo que las personas entienden su significado, es muy difícil de definir, explicar y verbalizar. La universidad actual es una encrucijada de temporalidades. La larga espera para el acceso al mercado laboral es descompuesta en tramos, itinerarios y trayectorias múltiples. Se constituye una temporalidad lenta para la interminable etapa de la vida dedicada a la formación para el empleo, que contrasta con las temporalidades aceleradas de otras esferas sociales vividas por los estudiantes.

Pero el verdadero problema, estriba en que, debido a la preponderancia de las instituciones del mercado, que imponen sus códigos en todas las esferas sociales, cada estudiante-cliente tiene un margen de elección de sus propias asignaturas, siendo preparado así para su integración laboral, en la que tendrá que acreditar permanentemente sus diferencias con sus antaño compañeros, así como en la vida personal, en donde su estilo de vida deberá fundarse en la búsqueda constante de la diferencia.

El resultado es que se produce una diversificación  de tal magnitud que hace imposible la anterior planificación docente del curso, en la que las distintas asignaturas programaban actividades cuyos tiempos requeridos tenían cierta coordinación y proporción. Las últimas reformas han abolido el curso como unidad, en favor de una situación en la que la planificación académica se produce como una carta de restaurante, en la que los estudiantes-clientes configuran su menú personal. Así, se ignora el tiempo real disponible de los estudiantes. La programación se realiza mediante las asignaturas competitivas entre sí, adquiriendo una naturaleza atemporal, en la que la suma de los tiempos requeridos por estas desborda el tiempo real máximo de un estudiante-cliente, que en una semana no es posible ni deseable que trascienda las cuarenta horas.

La desconexión entre el tiempo real disponible y el tiempo desintegrado que resulta de la suma de los tiempos e las asignaturas múltiples, genera un problema de rendimiento de gran magnitud. El estudiante-cliente tiene que responder a un conjunto de requerimientos que sobrepasan su tiempo real. La ignorancia de esta cuestión genera un notable grado de dispersión, saturación y mecanización del trabajo. Pero, también, de implosión, simulación, irrealidad y ficción.

No se puede aceptar que la propuesta docente total exceda las cuarenta horas semanales, incluyendo todos los conceptos.  Las asignaturas, que representan al entramado de disciplinas, cada vez más desagregadas y autorreferenciales, se hacen presentes mediante una oferta que exige un tiempo para la realización de sus actividades. Un estudiante puede tener seis asignaturas en un cuatrimestre. Cada una tiene programadas cuatro horas de clase a la semana. El tiempo total de las actividades de aula llega a veinticuatro horas semanales. Pero cada asignatura es diseñada según los parámetros que rigen la vida laboral en el capitalismo cognitivo, teniendo que satisfacer las necesidades de la evaluación permanente,  que lleva aparejadas actividades tales como prácticas, elaboración de trabajos, participación en actividades virtuales o tutorías. En total  pueden representar no menos de doce horas.

Así, un estudiante-cliente cumplidor, no dispone de tiempo real para hacer trabajos que se inscriban en una  temporalidad media o larga. Los profesores, en este sistema saturado y de temporalidad ficcional,  comentamos con frecuencia que los estudiantes no leen libros ni desarrollan trabajos sólidos. Ciertamente, el sistema se lo impide. No hay espacio para la reflexión ni para ninguna inversión estratégica. Clases, actividades mecanizadas de aula, trabajos sucesivos de baja definición, participación en tareas virtuales y preparación de pruebas. El trabajo fragmentado, de cumplir obligaciones a plazo inmediato, que prescinde del tiempo real disponible, supone el principio de destrucción de un sujeto en situación de aprendizaje, y su conversión en un oportunista maximizador, un sujeto ejecutor de varias tareas simultáneas, capaz de simular y cumplir los requerimientos de las pruebas, pagando el precio de su propia formación personal deficitaria.

El estudiante-cliente es desposeído del tiempo necesario para la realización de tareas de recorrido medio y largo. Su trabajo es un sumatorio de tareas mecanizadas y desintegradas, que carecen de generalidad y coordinación. En esa situación el sentido se va difuminando. De este modo se genera un estado personal de inmersión cognitiva, de distanciamiento de su propia comunidad científica y profesional. La vida académica, que adquiere una forma fabril, mecanizada y pierde su sustancia. Así el tiempo académico es percibido como tedioso, en espera de ser aliviado por los mundos sociales vibrantes que aguardan entre las actividades repetitivas.

El estudiante-cliente, no tiene otra opción que ser cómplice del sistema que lo configura como una víctima. Así, deviene en un artista de la simulación, que adquiere la categoría de un arte menor. Su mundo vivido es un sumatorio de las obligaciones derivadas de las asignaturas múltiples desconexionadas entre sí. En este contexto, el estudiante tiene que compatibilizar su trabajo de operador múltiple en una cadena de montaje ficcional, en el que la coordinación tiene que ser  realizada por él mismo, siendo además invisible e imperceptible para el sistema segmentado.

De este modo, cortar, pegar, reutilizar, maquillar y realizar otras operaciones sobre textos, constituyen su única oportunidad de desarrollar una inteligencia práctica requerida por el ensamblaje de las tareas. Este es el fundamento del arte de la chapuza. El sistema desintegrado, constituido por paquetes de créditos que compiten entre sí para captar estudiantes-clientes, requiere el cumplimiento de las normas, así como la transformación en un artista chapucero que resuelva los problemas de coordinación y haga posible cumplir en los tiempos reales disponibles. Esta es una forma de mutilación de la inteligencia.

Puedo poner múltiples ejemplos en mi vida como profesor. Imparto una asignatura troncal que es contigua a otra en la que se realizan pruebas (exámenes) en tiempos de aula. Los días que se realiza la prueba, no viene nadie a mi clase. Sólo me queda la opción de penalizarlos. Pero esto no conduce a nada bueno. Un catedrático vecino muchos años en el curso, imponía a los estudiantes una prueba en la que debían acreditar la lectura de un texto. Esta actividad era obligatoria y se realizaba en una tutoría programada en el mismo tiempo que mi clase. Durante años he recibido quejas de estudiantes que querían asistir a mi clase pero eran obligados a acudir a esa prueba de control en el mismo tiempo. Algún lector ingenuo puede pensar que este problema se podía negociar. Pero en la jungla académica esto no es posible. Cada profesor tiene una autonomía sideral frente a sus alumnos, entendidos como ejecutores de trabajos fragmentados.

El desorden académico es insólito. Los estudiantes-clientes, víctimas de ese orden institucional, aprenden a interiorizar que esta situación es inamovible y se sobrepone a ellos. El único camino es burlarla erigiéndose en un artista chapucero de brocha gorda. Así aprenden el mensaje principal de la institución, que es obedecer. La universidad es una máquina de obediencia renovada, donde se premia  lo que el pensamiento positivo denomina como adaptación y flexibilidad. La autonomía es penalizada severamente en este orden que ha renovado sus máscaras conservando sus esencias autoritarias.

Así son preparados para su inserción gradual en el orden laboral, en el que será contratada su competencia en las nuevas tecnologías, su capacidad de conexión, la ejecución de tareas simultáneas y la subjetividad congruente con esta situación. En determinados espacios del sistema educativo, van a ser seleccionados los profesionales que se van a insertar en las actividades de creación de conocimiento y que tienen que responder a exigencias y cualificaciones avanzadas.

Este sistema educativo, en el que resplandecen nuevas burocracias, tecnocracias, redes de agencias múltiples, así como los nuevos expertos psicopedagógicos, necesarios para el gobierno de los procesos educativos articulados al orden del mercado, conlleva un estado de dispersión y saturación que cristaliza en una inmersión cognitiva preocupante. La afirmación de que la generación universitaria actual es la más preparada de la historia es una rotunda falsedad. Lo que verdaderamente representa es la generación más obediente de la historia. Pero su obediencia es sólo funcional, en tanto que se realiza mediante la fuga a otros mundos, que con frecuencia también se encuentran sustentados en la ficción.

viernes, 23 de agosto de 2013

LA GESTIÓN COMO PROCESO DE INTIMIDACIÓN

El presente es el resultado de una gran mutación que se desarrolla a partir de la materialización y acumulación de cambios en todas las esferas sociales, que se recombinan entre sí. La emergencia de la nueva sociedad global desborda todos los esquemas cognitivos preexistentes, de modo que, aunque se reconozcan las realidades nuevas, estas son integradas en los esquemas de percepción y valoración propios de la sociedad antecedente, ya desaparecida. Se produce así una alta dosis de desconcierto y perplejidad, en ausencia de un esquema general en el que encajar los nuevos hechos y acontecimientos.

Entre todas las dimensiones presentes en esta mutación global, quiero seleccionar dos. La primera se refiere a lo que se denomina la producción inmaterial. Los sistemas productivos se encuentran determinados por las nuevas condiciones tecnológicas resultantes de la gran ruptura tecnológica de los años ochenta, sobre las cuales se posibilita  la renovación permanente y acelerada de sus productos y servicios. También,  por la vigorosa sociedad de consumos de masa que le acompaña, con la que concurren para escudriñar  y crear las nuevas necesidades. De esta convergencia nace la producción inmaterial que implica la intensificación de la función de la concepción de los productos y los servicios, que se sobrepone a la de fabricación en el conjunto del ciclo de producción.

De la ampliación de las funciones cognitivas en la producción, convirtiendo los conceptos de producto en el centro de todo el proceso, resultan organizaciones industriales y de servicios radicalmente diferentes de sus predecesoras. La empresa postfordista privilegia los procesos de creación de los productos,  los análisis de los mercados y la multiplicación de la comunicación, incrementando así exponencialmente el trabajo cognitivo. Una legión de trabajadores del conocimiento accede a  las empresas y a la red de organizaciones tecnológicas y de análisis de mercados que constituyen su soporte. De esta nueva situación nace un nuevo tipo de dirección, coherente con los atributos de los procesos productivos y de los trabajadores del conocimiento que los desempeñan. Esta es la gestión, un nuevo tipo de dirección que representa un salto histórico, convirtiéndose en una institución social central.

La segunda dimensión esencial es la que se deriva del terremoto productivo que termina con el antiguo sistema industrial fordista  y abre el camino al  nuevo sistema postfordista. Este proceso desestabiliza secuencialmente las múltiples posiciones sociales estables, que se derivaban del antiguo orden productivo. Todo el sistema de profesiones se reconfigura drásticamente. Las antiguas profesiones dominantes, las tecnocracias nacidas en el final del fordismo y las burocracias profesionales de las grandes empresas y corporaciones, son desplazadas gradualmente del nuevo orden productivo. Esta desestabilización  tiene un impacto considerable en los imaginarios de riesgo de los últimos treinta años.

En esta nueva situación global, resultante de la mutación global en curso, se configura una nueva matriz individual.  Esta se encuentra definida por la emergencia de un sujeto móvil, inestable y en permanente tránsito entre posiciones productivas. En este texto me refiero principalmente a los trabajadores del conocimiento, en el nivel de  la creación del mismo.. Este nuevo sujeto, se desenvuelve en un orden social desestructurado y móvil. De esta situación resulta la emergencia de nuevas subjetividades, que Bauman, en algunos fragmentos de sus textos, describe con precisión.

En coherencia con la nueva realidad emergente de la mutación global, desde los dispositivos principales del sistema social, se produce la gran idea que articula todas las narrativas de la época. Esta es la invención del sujeto autónomo y autodeterminado, responsable de su autoconducción en su carrera profesional y en su buena vida privada, realizada esencialmente en el consumo inmaterial. Los autores anglofoucaultianos registran y conceptualizan estos procesos y sus impactos en todas las esferas sociales.

Desde la sociología, Beck abre el camino al nuevo paradigma biográfico. Cada sujeto afronta las contingencias del tránsito permanente que conforma su vida. Pero, el concepto subyacente esencial,  radica en aceptar que la vida es un desafío permanente, una sucesión de retos, Así,  la vida profesional y la personal, consiste en afrontar los desafíos sucesivos que se presentan. Aquí radica la esencia de la invención del individuo libre, que constituye un acontecimiento cuyos efectos se diseminan por todos los sistemas sociales.

La concurrencia de la producción inmaterial y la multiplicación de los trabajadores del conocimiento, con la invención del individuo libre que fundamenta los guiones de la vida, crea las condiciones para la emergencia de la gestión, una nueva institución cuyas funciones esenciales radican en la consecución de  la maximización de las aportaciones de los nuevos brainworkers  a los procesos productivos;  la conducción de los nuevos sujetos inestables en sus exigentes carreras laborales, y la producción de un imaginario managerial que ocupa un lugar central en el vacío de la sociedad postfordista. El advenimiento de la gestión-institución genera una situación inédita, que desborda los sistemas conceptuales de los analistas convencionales anclados en el pasado, así como las ciencias sociales, desplazadas por los nuevos analistas simbólicos al servicio del conglomerado de empresas productivas.

La gestión es una institución nueva, caracterizada principalmente por sus coherencias con el entorno global en el que se ubica. Sus modos de operar privilegian la función de conducción de los profesionales. Para ello funciona articulando varios planos, lo que permite la constitución de un dispositivo flexible. Por un lado programa rigurosamente el entorno, mediante la selección de los objetivos, los incentivos y  los procesos, de modo que siempre haya más de una alternativa; actúa en el plano simbólico mediante la manipulación de la cultura de la organización; confiere una relevante importancia al grupo pequeño, el equipo, y, por último, crea una relación personal con cada uno.  Cada profesional se encuentra inmerso en una tela de araña que simultanea varias dimensiones. Pero la esencia de la nueva institución gestión es individualizar rigurosamente a los trabajadores cognitivos.

La gestión es una institución coercitiva, pero su operatoria, confiere una importancia fundamental a la relación personal. Así, se configura como una instancia rigurosamente dialógica,  a diferencia de las direcciones antecesoras. Suelo advertir en las clases, que en el mundo que se van a insertar, la participación es obligatoria. Su esencia radica, precisamente, en construir una relación, en la que inevitablemente termina por configurarse un común compartido por ambas partes, que deviene inevitablemente en un compromiso. El nuevo gerente es un artista que construye y gestiona una red de relaciones personales.

La gestión se asienta precisamente sobre esa red de vínculos constituida por el gerente. Cada relación es un lento proceso, en el que se suceden distintas fases de distinto signo, y que es gestionada por el gerente. El contrato subyacente de esta relación es la sugerencia inicial del gestor acerca de la primera versión de la ecuación entre costes y beneficios, que adopta una forma que estimula al receptor. El sujeto gestionado es capturado, seducido y conformado en esa relación. En el curso de la misma el gerente pregunta, escucha, propone, estimula ante las dificultades, informa, comparte confidencias, conversa y decide.

La relación cristaliza en un compromiso creciente por parte del sujeto gestionado. El gestor moviliza sus activos en términos de compromisos informales, resultantes de la relación desde su posición de autoridad.  La presión comparece de múltiples formas implícitas, explícitas e incluso imperativas. De este modo, el sujeto gestionado va descubriendo que los términos de la ecuación costes-beneficios sobre los que se había iniciado la relación, resultan modificados a la baja. De este modo, es moldeado lentamente, como los buenos vinos, por parte del gerente.

Me gusta llamar escultores a los gerentes que moldean a las personas lentamente,  mediante un repertorio de formas. Trabajan asentando una relación que no tiene vuelta atrás. El sujeto gestionado es intimidado, descubriendo gradualmente su posición de inferioridad estructural y su ausencia de alternativas en el campo relacional gerenciado.  Se trata de una intimidación gradual y consentida, en la que se encuentra atrapado por los secretos que conforman las promesas, los requerimientos y otros elementos que  conforman tan íntima relación. De este modo el sujeto gestionado va aceptando secuencialmente la realidad, que en términos de costes-beneficios es mucho peor de lo que sus previsiones iniciales.

La aceptación gradual y resignada de la realidad. Aquí radica la gran verdad de la institución-gestión para muchos trabajadores cognitivos. Por eso, aún cuando esta institución se encuentra en su infancia, ya produce numerosos malestares y patologías de gran envergadura. Su naturaleza y su operatoria, la convierten en un espacio oscuro de la naciente sociedad postfordista, donde los nuevos brujos-gestores despliegan sus repertorios de acción y escenifican sus guiones. Así se configura  el nuevo misterio de la gestión.

lunes, 19 de agosto de 2013

LA RECONVERSIÓN DE LA INTELIGENCIA

La inteligencia, o más bien, las inteligencias, están experimentando una transformación de tal magnitud, que se puede afirmar que la civilización del presente se ha emancipado de sus orígenes, que representa, entre otras, la Grecia de la filosofía y la razón. En el presente se pueden identificar múltiples acontecimientos que cuestionan la hegemonía de la razón, entendida desde las coordenadas convencionales de la civilización occidental.

La cuestión es muy compleja, porque no se trata de que la inteligencia haya disminuido, sino de que ha sido reconvertida, para ser desviada a espacios sociales escindidos de la sociedad global.  Se puede afirmar que la inteligencia ha sido liberada de lo social colectivo, para aplicarse en otras actividades realizadas en los espacios fragmentados, caracterizados por su autorreferencialidad. La consecuencia principal de este acontecimiento, es que, la inteligencia convencional, derivada de la ciencia y el pensamiento, declina y emite signos de estancamiento. La política y los estados comparecen como el emblema del decrecimiento de la inteligencia, mientras que crecen las tecnologías y las economías. Así se configura una situación peculiar y extraña.

Pero no se puede afirmar que el volumen total de inteligencia sea menguante, sino que esta se desplaza hacia otros ámbitos externos a la ciencia y al pensamiento. La educación registra este fenómeno de disociación creciente entre la ciencia / pensamiento y  la vida, ubicada en espacios sociales resultantes de las nuevas configuraciones institucionales dominantes en la época. Estas son todas las asociadas a la empresa, la tecnología, el marketing y los mundos de los consumos, así como el expansivo sistema mediático y postmediático. En  estos ámbitos, se desarrollan múltiples actividades que requieren la activación de funciones cerebrales, tales como la percepción, la selección, la velocidad, los cálculos y la solución de problemas.

En todas estas actividades cotidianas, se requiere de la activación  del cálculo y la puesta en acción de competencias personales intelectivas, pero no es lo mismo que en el caso de la inteligencia convencional. Aquí aparece el dilema del videojuego. Esta es una actividad desarrollada en un campo complejo que requiere de respuestas inmediatas. Los jugadores desarrollan un tipo de inteligencia. Por eso he dicho en el comienzo de esta entrada “inteligencias”. Algunos autores han afirmado que el grado de complejidad de un videojuego es muy superior al de una clase o actividad académica del vetusto sistema educativo.

Las instituciones preeminentes en las sociedades actuales, impulsan un proceso de individuación mediante un conjunto de actividades y prácticas que formatean la inteligencia, una clase determinada de inteligencia. La sociedad global se rompe en mil mundos que son consagrados por los nuevos sujetos, que viven lo social en estos ámbitos relativamente liberados del estado y de las grandes estructuras, ahora entendidas como constrictivas de la autonomía personal.

Esta época puede ser definida a partir de la emergencia del juego. Este adquiere unas proporciones insólitas y se extiende a todos los contextos sociales, incluidos aquellos antaño regulados por la razón instrumental. El juego es el gran factor del presente. Como no puede ser de otra forma, ha sido integrado en un lugar preeminente del control social y de los dispositivos sistémicos productores de sujetos y subjetividades. Las instituciones centrales del marketing y la publicidad lo privilegian.
El último recién llegado es la gamificación. La expansión de los videojuegos ha facilitado su veloz generalización. Se trata de jugar y ganar, con independencia del campo en el que se aplique. Este es el supuesto de la gamificación emergente, que se sobrepone a los sentidos convencionales. Ganar puntos, acumularlos, posicionarse en rankings, conseguir logros, afrontar retos y situaciones difíciles, estos son los elementos que configuran los dos términos principales: jugar y ganar. Todas las actividades convencionales son penetradas por el sentido del juego, que termina por convertirse en el factor más importante de motivación de las personas.

Tanto la televisión como la constelación 2.0 registran el huracán del juego. Pero la explosión de la gamificación se extiende también a las políticas públicas. Los conductores sin sanciones reciben premios en metálico, procedentes de la recaudación de las multas de los infractores; los jóvenes que superen varios controles de alcohol en una noche  de marcha son premiados con dinero; algunas instituciones universitarias instituyen premios económicos por buen expediente; en las campañas electorales han aparecido los primeros sorteos y premios en los mítines, entre los que se encuentra algún contrato temporal;  los consumidores de Danone, son estimulados a acumular puntos que se encuentran en las tapas de los yogures 0%, o los espectadores de un partido de futbol en una televisión pública son requeridos a participar en un juego con premio… El juego invasivo, está desplazando a las motivaciones preexistentes y está configurando sujetos que aprenden estrategias de juego. Así, se convierte en un laboratorio de producción de inteligencia social.

La actividad de los jugadores requiere de actividades inteligentes. Pero la inversión de un sujeto se realiza fragmentada en cada jugada, que es relativamente independiente de las anteriores y sucesivas. De este modo se modela un tipo de inteligencia muy diferente a la característica de la Ilustración y la Modernidad. Se privilegia una sobrevaloración del presente, porque el  tiempo del juego es siempre ahora. El desarrollo de este tipo de inteligencia crea un vacío respecto a los problemas que se producen en espacios sociales. Se basa en el supuesto propio del juego, que determina cual es el problema, el mío y de ahora, y que este tiene una respuesta. En el caso de perder volveremos a jugar de nuevo. Así, los procesos quedan fuera del campo perceptivo y cognitivo y los sujetos son situados en un espacio atemporal, el presente continuo que se deriva de la sucesión de jugadas. Los jugadores se encuentran en el exterior de su tiempo histórico.

 Esta filosofía y la inteligencia que lo acompaña, genera efectos demoledores. Porque se extiende a todos los campos sociales. Las mismas autoridades devienen en jugadores. La gestión política se explica como un conjunto de jugadas.  La reflexión acerca de los procesos sociales, sobre la interrelación entre los distintos factores o las densidades de los campos sociales, tiende a desaparecer. La acción se entiende como un conjunto de jugadas. La complejidad social queda situada en el exterior de las cogniciones. Las discusiones en campañas electorales entre los partidos adquiere un aspecto patético. Se reducen a narrar y comparar las jugadas realizadas por cada uno. En educación se agotan en agitar los gráficos que representan los ordenadores por aula.

Un buen dilema sería responder a la pregunta ¿es Fabra inteligente? ¿es Camps inteligente? ¿ y Manuel Chaves? ¿ y Bono? Me parece inquietante pensar en esta cuestión, porque sí detentan inteligencias de juego, pero nada más. Pasan por encima de las estructuras y las organizaciones sociales sin tocarlas, pero en este caso manchándolas. Concentrados sólo en jugadas para multiplicar los recursos. Por eso he afirmado que el modelo operativo de jugadas para el  incremento de infraestructuras es lo que hizo Jesús Gil.

El juego deviene en fábrica de inteligencias. Su congruencia con los media y otros dispositivos del sistema es máxima.  De este modo se reduce la crítica y la autocrítica y disminuye el potencial intelectivo colectivo.  Quizás esta sea su verdadera función. La generación de personas ajenas a lo social global. Así es posible superar un escándalo tan monumental como el de la Gurtel, con Bárcenas como epílogo, o el de los ERE de Andalucía. El predominio de la inteligencia de jugador anestesia a las personas. La ciudadanía parece incompatible con un arquetipo muy eficaz en el uso de las máquinas y la programación de jugadas en los espacios en que vive.

Alguna vez me he sentido mal cuando alguna persona próxima me ha dicho que no soy muy listo. Porque se refería a ese tipo de inteligencia de jugador. La que resplandece en la boda de la hija de Aznar o los jugadores ubicados en el entorno inmediato de  la Conserjería de Trabajo de la Junta de Andalucía en los últimos años. Esos sí que son listos.

Atentos a la gamificación porque no es sólo un juego.

miércoles, 14 de agosto de 2013

LA REINVENCIÓN DE LOS SIN TECHO

Un amigo sociólogo me envía una referencia que constituye un acontecimiento-signo, que contribuye a visibilizar el avance hacia una sociedad neoliberal avanzada.  http://www.jn.pt/PaginaInicial/Sociedade/Interior.aspx?content_id=3314658  Se trata de una información en un diario de Oporto, en la que informa de una iniciativa de una Universidad Católica local, consistente en la organización de un curso dirigido a personas sin techo, cuyo objetivo es  formarlos como guías turísticos. Se trata de aprovechar sus saberes sobre la ciudad, y, al tiempo, instruirlos sobre la hospitalidad y las técnicas de animación turísticas.

Algunas personas pensarán que se trata de una anécdota o un desvarío, pero desde mi perspectiva, se integra en las lógicas que rigen las sociedades postfordistas y globales. En este sentido, se puede inscribir en las novísimas fantasías postsalariales, que acompañan el nacimiento del nuevo orden social. No es ninguna excentricidad. Muchas personas vinculadas a  lo que se denomina convencionalmente como izquierda, se encuentran ancladas en un mundo cuyas representaciones hacen invisible e ininteligible  este proceso. Las categorías que utilizan para interpretar la realidad pertenecen a una sociedad caducada. De ahí resulta su perplejidad acumulativa. Para esas personas, acabo de destapar una palabra clave del presente: “postsalarial”.

El curso de Oporto es una invención congruente con la dirección hacia una sociedad global avanzada, en la que el objetivo es la configuración de una población en tránsito permanente entre tiempos de empleos temporales precarizados  y  tiempos de desempleo. Esta es la forma óptima de asegurar los salarios bajos y una disciplina laboral y social férrea. Para conseguir este objetivo, es preciso imponer una cognición que garantice la definición de la fuerza de trabajo como un conjunto de sujetos empleables y emprendedores. Porque la empleabilidad siempre se renueva y puede crecer sin fin en el eterno retorno al desempleo. El resultado de esta definición es que la responsabilidad  de los altos niveles de paro es de aquellos que no alcanzan un nivel suficiente de empleabilidad.

El continuo empleo temporal / desempleo / formación para la empleabilidad, constituye a una población frágil e inestable, que circula por lo social sin la posibilidad de construir racionalizaciones de sus intereses colectivos en términos políticos o sindicales, que les otorguen posibilidades de defenderse en tan exigente campo político. Esta drástica dualización social, recupera la preeminencia de las categorías laborales no salariales: las trabajadoras domésticas,  los inmigrantes, los jornaleros agrícolas, los temporeros múltiples, los trabajadores en negro y otros sectores que devienen en modelo hegemónico para amplias capas de trabajadores de servicios,  incluyendo los cognitivos. El proyecto global se funda precisamente en generar una población desarraigada y circulante que flote sobre  los flujos de trabajo.

Desde esta perspectiva, el episodio de los sin techo reconvertidos en guías turísticos des-salarizados, es un hecho coherente que se inscribe en la configuración de este orden discursivo. Toda la cola fluida, en tránsito hacia empleos precarios, que terminan en el desempleo, conforma la población marcada, que debe ser reconvertida a las necesidades funcionales de la oferta de trabajo.  La circularidad y el tránsito permanente es su atributo singular que determina sus identidades. De ahí que sea requerida imperativamente, desde el sistema político y mediático, a la acreditación de las actividades destinadas a incrementar su empleabilidad. La diversidad de estas poblaciones estigmatizadas, hace que se utilicen un conjunto de estrategias para avanzar hacia este objetivo.

Esta población es gestionada como un colectivo de un campo de concentración. Desde los media es señalada, marcada, vigilada y convertida en sospechosa ¿veremos en el futuro no lejano  a la aparición de un uniforme?  Pero, además, se utilizan métodos de denuncias anónimas. La ínclita ministra Báñez, acaba de impulsar una medida para recoger denuncias anónimas a los desempleados incumplidores. Se trata de establecer en la cola la lucha entre sus componentes. Cada uno es sospechoso para los demás  y puede ser denunciado ante la autoridad. Así se cumple en este espacio el precepto de la gubernamentalidad neoliberal consistente en el establecimiento de una competencia perpetua entre las personas en todos los niveles.

Las poblaciones, como los sin techo, que se pueden entender como el final de un proceso de marginaciones en el que se debilitan sus lazos sociales, deben ser integradas en este orden social postsalarial, en el que todo debe ser subordinado a las necesidades de la máquina productiva globalizada.  Es decir, tienen que acreditar sus competencias laborales, las genéricas, las específicas y también las transversales, para formar parte de la circularidad que rige la gestión de estas poblaciones subordinadas, gestionadas desde el supuesto de la “movilidad exterior”, enunciado por la señora Báñez. De este modo los sin techo son reinventados para ser reintegrados al conglomerado precarizado-desempleado, teniendo que asumir sus supuestos para  conseguir y renovar sus credenciales de empleabilidad.

Pero en este episodio aparece un aspecto de gran relevancia, como es el de la acción de las agencias de gobierno neoliberal para apoderarse de todos los saberes sociales, reconvirtiéndolos para su utilidad productiva. Así, las rutas, los rincones, los lugares que son descubiertos por los sin techo en sus derivas urbanas, tienen que ser recuperados e integrados en la oferta turística, que requiere de su diversificación para satisfacer a todos los segmentos, y, por ende, a los turistas que deseen tener una aventura estimulante, con componentes de riesgo que acrediten la singularidad de su experiencia.

Tengo un sentimiento difuso de temor por haber suscitado esta cuestión desde Andalucía. No puedo evitar comentar mi fascinación por el consejero de Turismo Rafael Rodríguez. Es un militante de Izquierda Unida que ha arribado a tan importante conserjería tras un atormentado viaje de oposiciones y periferias. Sus discursos me parecen antológicos, sin desperdicio. Youtube es testigo del vigor con que expresa su ideario neoliberal, confirmando el precepto de la energía que aportan los conversos. No se puede encontrar ni una sola señal de diferencia con la derecha convencional. El pensamiento único brilla en todo su esplendor. Mercados, segmentaciones, calidades, excelencias, oportunidades, todos los conceptos del patrimonio conceptual del neoliberalismo son encarnados con una convicción admirable  por este prohombre.

Por eso me temo que pueda recoger esta idea y ponga a los sin techo, los aparcacoches ilegales u otras categorías de sectores marginados, al servicio de las calidades turísticas para reforzar la hospitalidad a tan sofisticados  y cosmopolitas huéspedes.  Para ello serían instruidos por los imaginativos maestros de la formación para el empleo. Pero tengo que reconocer que esta situación desborda mis obsoletos esquemas. Admito que soy una persona anticuada al reconocer que estos sectores marginales son una parte inseparable de una estructura económica y social. En esto discrepo de los que reinventan las distintas realidades que no afectan a la inmóvil y regresiva estructura social.  Por eso tengo que entender lo de la destrucción creativa, que propugnan las fuerzas vivas, las que actúan para  configurar los escenarios físicos para recibir a los turistas. Cuando entienda esta destrucción podré entender el secreto de las calidades turísticas.





jueves, 8 de agosto de 2013

EL TAYLORISMO EDUCATIVO Y SUS VÍCTIMAS

El taylorismo es un sistema de organización del trabajo industrial que impera en la primera mitad del siglo XX. Se trata de un paradigma técnico y organizativo y, también, del primer management “científico”. Pero, sobre todo, significa un orden organizativo que determina un orden mental. La descomposición de los procesos productivos en tareas y la configuración del dominio absoluto de la dirección, que ejerce el control de todas las actividades, implica un gran disciplinamiento de los trabajadores. Estos son expropiados de los sentidos de sus trabajos, instituyendo así una ruptura con respecto a sus antecesores, los trabajadores de los oficios industriales, cuyo desempeño conlleva un alto componente artesanal. La cadena de montaje es la primera fábrica de sujetos y subjetividades, que son facturados por la misma.

Este sistema es inseparable del contexto histórico en el que se produce, estando caracterizado por unas  condiciones tecnológicas, económicas, sociales y culturales determinadas. En los años sesenta del siglo XX, estas condiciones se modifican drásticamente, configurándose otra realidad en la que el taylorismo no encaja. Así comienza su crisis y su declive. El cambio tecnológico y productivo propicia la emergencia de la producción inmaterial, la expansión del trabajo cognitivo y la remodelación de las organizaciones productivas, incluyendo las direcciones. El trabajo cognitivo requiere de otro tipo de exigencias. La emergencia del paradigma de la innovación ilustra la naturaleza de las mismas y  se configura como un símbolo del  nuevo sistema  productivo.

En tanto que el taylorismo acentúa su declive, siendo desplazado a las periferias de los sistemas productivos, en los sistemas educativos del presente tienen lugar procesos de reconfiguración que recuperan algunos rasgos del mismo. El saber es desmenuzado en múltiples paquetes autónomos que conforman el trabajo de los estudiantes, que se define por una fragmentación radical. Además, la educación se entiende como un producto industrial. De este modo se pueden medir sus atributos y resultados. Así se reinventa la taylorización, transformando las titulaciones en cadenas de montaje de múltiples operaciones parciales, que se encadenan entre sí. Los antiguos ingenieros que diseñaban los procesos productivos, son ahora reemplazados por un conjunto emergente de  tecnoburocracias y expertos psicopedagógicos que conforman los procesos educativos y sus resultados, favoreciendo la preponderancia de los gerentes en detrimento de los profesores.

Estos cambios se combinan con la explosión de las disciplinas tradicionales, que adquieren ahora la denominación de “áreas de conocimiento”, que se hacen presentes en  los planes de estudio, expansionando sus posiciones y litigando por sus fronteras.  La acumulación de la oferta por la expansión de las disciplinas, se resuelve mediante la organización del territorio académico como un mercado, diseñado desde los saberes de las instituciones comerciales del presente. El estudiante se convierte en un cliente elector, que en una oferta sobreabundante, puede configurarse una trayectoria académica individual, mediante la selección de las asignaturas / productos que le oferta el mercado de las disciplinas, de los centros, de las titulaciones y de los itinerarios. Cada estudiante queda convertido en un libre elector de los contenidos de su formación académica.

Pero, bajo esta apariencia de mercado, se suscita una cuestión esencial. El estudiante tiene necesariamente que ser comprador de muchas asignaturas / producto para cumplir con la totalidad de créditos exigidos. De modo que en un curso académico tiene que simultanear muchas asignaturas.  Así se produce una dispersión de gran magnitud en sus tiempos y trabajos. Su trabajo final se caracteriza por la realización de múltiples tareas repetitivas y con escasa exigencia, que no se acumulan cognitivamente, sino justamente lo contrario. El trabajo total resulta de la suma de los pequeños trabajos requeridos por las distintas asignaturas / producto, que ocupa todo su tiempo, pero que instaura un espacio de redundancia y repetición. Así queda convertido en un receptor de pequeñas obligaciones que le conducen a un estado de saturación permanente. En este sentido su situación puede suscitar analogías con la cadena de montaje.

Una de las cuestiones principales que las disciplinas proyectan sobre los estudiantes radica en las prácticas. Las disciplinas científicas, conformadas en la era cartesiana-newtoniana, hacen una distinción esencial entre la teoría y las aplicaciones o la práctica. Al repartir la carga de trabajo de los estudiantes en asignaturas / producto, cada una de estas asume sus propias prácticas. En mi facultad, las asignaturas de teoría, tienen sus propias prácticas, que se materializan en hacer resúmenes sobre textos. Así se sobrecarga a los estudiantes con un conjunto de tareas con escasa exigencia y valor, que multiplican la redundancia. Si tuviera que elaborar una imagen acerca de la universidad taylorista presente, seleccionaría una que mostrase el tedio de la realización de una práctica, que ha devenido en un mecanismo de control escolar presencial.

No obstante, la cuestión fundamental resulta de la descomposición del trabajo en fragmentos, dificultando que los estudiantes se reapropien de lo que aprenden. Esto sólo es posible mediante la realización de la propia síntesis que puede hacer cada estudiante, seleccionando contenidos, estableciendo priorizaciones, construyendo relaciones y determinando un núcleo duro, el suyo, que le puede permitir absorber sus lecturas, programar sus indagaciones y construir sus problematizaciones. Para eso no hay asignatura, ni tiempo, ni espacio, ni energía,  una vez se ha saturado al estudiante con múltiples trabajos desintegrados.  Así, como los obreros en la cadena de montaje, los sentidos de las tareas que realizan les son expropiados. En no pocas ocasiones he conversado con algunos alumnos en mi tutoría, que han reaccionado críticamente cuando les he planteado las dos preguntas esenciales ¿trabajas mejor con el paso de los cursos? ¿has construído un esquema personal desde el que puedes optimizar tu aprendizaje?

Por el contrario, la vida académica es el flujo incesante de múltiples tareas y actividades carentes de valor, las clases desmotivadas, las actividades de aula de baja definición, la trivialización de los comentarios, la ritualización de las interacciones,  las prácticas simuladas, las lecturas restringidas a los esquemas ppt y las reseñas y resúmenes de los libros.  La aparente contraposición entre el dominio cerrado de las disciplinas y la clientelización, que supuestamente permite elegir contenidos, termina reforzando el patriotismo disciplinar, en tanto que cada alumno es un verdadero prisionero del área de conocimiento en la que se encuentra inscrito.

En estas condiciones, la vida académica se automatiza y se vacía de contenido. Privados de un tiempo y espacio en el que puedan hacer su propia síntesis,  reapropiándose así de lo que han aprendido, los estudiantes / clientes transitan en el mundo cansino de sus múltiples pequeñas obligaciones y rutinas, de cuya suma no resulta ningún valor cognitivo acumulado. El tedio de los trabajos que sólo pueden pesarse en gramos, el espíritu de la no innovación, la ausencia de pluralismo y de controversias, la instauración de la obviedad y la repetición y el abismo que separa la vida académica de la profesional.  Los autómatas programados regidos por la rutina sólo pueden esperar compensaciones en sus otras vidas. Las pantallas los esperan para compensar los tedios.

El resultado de este cuadro remite a interrogarse sobre el sujeto que resulta de este espacio académico fantasmático. Es un sujeto de responsabilidad limitada, que puede elegir en un mundo hiperreglamentado, pero al que se le niega lo esencial. Es imposible en las condiciones en que se encuentra que sea un autor. Así, la larga y dilatada etapa de estudios está dirigida a integrarse en una cola que es gestionada con los criterios establecidos en un campo de concentración. La obediencia es la virtud más considerada y premiada. Esa situación produce una infantilización del colectivo de estudiantes, y,  por consiguiente, instaura una regresión que es perceptible desde el exterior, así como desde las tinieblas del espacio interior.

Entre los huecos de este extraño taylorismo académico, que inaugura un nuevo autoritarismo de rostro amable, se producen pequeñas resistencias de estudiantes que no quieren ser devorados por esta máquina de sinsentido,  y pretenden conservar su estatuto de aprendices, que es lo que este sistema neotaylorista programado les impide ser. En otras entradas contaré los avatares de algunos de esos héroes.

Escribiendo esta entrada me he acordado de los situacionistas y de Vaneigem en particular, así como, inevitablemente,  de Illich. También de mi madre, que, cuando era pequeño, me regañaba llamándome “bolonio”. Nunca entendí el significado de este término. Ahora sí. Lo contaré aquí.

viernes, 2 de agosto de 2013

LA LEY GRANAÍNA DE LAS CALIDADES DECRECIENTES

Me gusta denominar como "ley decreciente de las calidades en Granada" a un hecho que se puede definir así: siempre que aparece un bar o restaurante con un nivel aceptable de calidad, esta decrece inexorablemente en el curso del tiempo. En los dilatados años que habito en esta tierra, he sido testigo de múltiples casos que terminan por convertir este evento en una ley, o en una maldición local. Granada tiene una imagen buena, construida sobre las comunicaciones emitidas por numerosos universitarios que transitan por ella, así como por turistas y congresistas cuyas estancias breves se encuentran determinadas por el efecto de la Alhambra / Albaicín, que se sobrepone a sus experiencias vividas. El decrecimiento de las calidades es ajeno a la percepción de estos públicos circulantes.

El nivel decreciente de las calidades se asienta sobre bases objetivas sólidas. Los factores que lo configuran son, principalmente,  la renovación perpetua de los consumidores transeúntes, l a persistencia y modernización de la proverbial malafollá  granaína y la gran precarización resultante del nuevo capitalismo postfordista. En Granada se puede distinguir entre bares para públicos arraigados, bien residentes próximos o bien trabajadores, principalmente del sector público, que cumplen el ritual sagrado del desayuno en las modernizadas jornadas de ocho a tres, y bares dirigidos a turistas o públicos de ocasión. En este caso se puede afirmar que la fidelización de los clientes es un concepto extraño tanto a su filosofía como a su realidad vivida. Los clientes de hoy no se encontrarán mañana presentes. Con estos públicos, que se renuevan permanentemente, muchos locales ejercen una acción despiadada sobre los mismos. La tan presente malafollá, se refuerza ante estos visitantes fugaces.

La fusión de la malafollá granaína, tan bien definida, perceptible y ubicua, con la precarización salvaje imperante, ilustra elocuentemente el concepto de sinergia. En la certeza de que los clientes no se encontrarán mañana presentes en el escenario, ni los empleados tampoco, el servicio adquiere una naturaleza fantasmal. De ahí resulta un una situación social insólita. Es un servicio que se recompone cada día. Algunos domingos de verano me gusta desayunar en BibRambla, donde sirven unas tostadas de pan que pueden convertirse en armas de destrucción masiva por su dureza, así como un café con leche deplorable. Esta debe ser la razón de su alto precio.  En estas condiciones la malafollá granaína acompaña el servicio adquiriendo todo su esplendor.

Un elemento esencial para comprender el misterio de las calidades en Granada, es que sobreviven múltiples elementos que no pueden ser integrados en el capitalismo convencional. Se puede hablar de un extraño capitalismo incompleto, en el que coexisten devociones consumistas intensas, que se resuelven en la red de grandes centros comerciales, y la supervivencia de múltiples espacios sociales que se rigen por una peculiar relación precapitalista, siempre lejana a la calidad del servicio, entendida en los términos canónicos formulados por Parasuraman y sus colegas en el modelo SERVQAL. Los bares para públicos arraigados constituyen un emblema de estos elementos sobrevivientes a las modernizaciones sucesivas.  En estos se produce una relación comunitaria entre el personal del bar y los visitantes asiduos. Allí rigen temporalidades poco adecuadas a los fines comerciales. Cuando llegué a la ciudad no podía comprender los horarios de los bares, determinados por los pertenecientes a esas comunidades de sentidos que los conforman.

Pero no sólo se trata de horarios, sino de un verdadero repertorio de pautas culturales. Allí se va a estar en comunidad, a consumir lentamente las bebidas y las tapas, a celebrar el encuentro con los próximos, a liberar un tiempo eximido de coerciones y programaciones, a revivir toda una cultura que se condensa en la frase de "estar a gustito". Cualquier persona que comparezca ocasionalmente por allí, acostumbrada al estatuto de cliente en la hostelería modernizada, puede experimentar un extrañamiento severo, siendo convertido en un forastero a esta comunidad, que se encuentra celebrando un ritual cotidiano, en el que lo que menos importa el producto, el servicio, el estado del local o la atención. Un indicador elocuente es la ignorancia hacia el recién llegado. En no pocas ocasiones he tenido la sensación de que mi presencia molestaba. En este medio reina la tapa, que no es un producto material, sino una medida de intercambio, no tanto comercial como simbólica y comunitaria.

Aquí radica el misterio de las calidades. A muchos de los "bárbaros del norte" que hemos arribado a la ciudad, nos pueden parecer detestables las calidades de las tapas servidas en algunos de los bares/comunidades, pero lo más sorprendente, es que personas locales nos los recomiendan con pasión. De esta situación resulta toda una mística de la tapa, que se convierte en el símbolo de la ciudad, y, por tanto, de sus contrastes y ambivalencias. La tapa de los bares/comunidades para los arraigados residentes o empleados-desayunadores, y la tapa de los públicos circulantes, bien de los visitantes, los congresistas, los turistas, los públicos del ocio del fin de semana. De ahí resulta una compleja geografía y sociología de la tapa, devenida en el símbolo del capitalismo incompleto granaíno.

Se puede hablar de una ecología de la tapa que la convierte en el centro de los consumos en los bares y de sus prácticas relacionales asociadas. Pero la tapa conlleva un componente anticomercial oculto. Me refiero a su centralidad en la oferta de los bares, de modo que desplaza inevitablemente a las raciones, los pinchos, los montaditos y otras delicias "de pago" que pueblan las cartas. Uno de los secretos granaínos estriba en que el esfuerzo de la cocina se encuentra dirigido a la elaboración cuidadosa de las tapas del día. Se preparan con esmero las primeras, segundas y sucesivas. De ese modo se relegan las que figuran en las cartas. En Granada siempre hay que pedir las tapas y los menús del día. Las raciones de la carta se encuentran rigurosamente penalizadas. Las cocinas están concentradas en las tapas del día. Lo demás es desplazado, en tanto que desborda su capacidad. Así se trata de un negocio insólito que penaliza a los compradores, que ignoran que las cartas son meras convenciones asociadas a peligros tangibles. Por el contrario, se puede entender que quizás este sea un requisito de la calidad, en tanto que concentrados en una oferta corta, es posible resolverla satisfactoriamente.

Así, se configura un sector de consumo regido por un sistema de supuestos escasamente comercial. Se trata de tomar varias cervezas, cuyas tapas sucesivas representan una comida verdadera. El resultado es un negocio irremediablemente modesto en lo que se refiere a su facturación, aunque muy bien relacionado con sus públicos consumidores. En estos predomina la no innovación. Los granaínos son muy conservadores en sus gustos y muy poco propensos a la innovación gastronómica. Las migas, los arroces, la ensaladilla, las carnes en salsa, las alitas y otros parecidos agotan el repertorio. En mis primeros años granaínos intenté popularizar el bonito y otras delicias del Cantábrico con resultados fatales.

Una experiencia estándar es la del café Botánico. Enclavado junto a la facultad de Derecho en el centro histórico nació con un proyecto muy cosmopolita. Ofrecía una carta corta y un menú del día fundado en las mezclas de distintos sabores del mundo. Líbano, México, China y Francia aportaban un repertorio de platos de calidad notable y un precio más que aceptable. Por alguna alumna mía supe del cocinero, un tipo innovador y con buena formación. Años después se convirtió en un café que ofrece comidas pero en franco declive. Fue derrotado por la coalición invencible en Graná entre el choto, las migas y las carnes en salsa. La innovación quedó atrapada en esa malla y fue reconvirtiendo su oferta inicial a los gustos de sus clientes. Cumplió así el precepto de la ley decreciente de las calidades que impera en Granada inexorablemente.

La tapa en el sector privado y el canapé en el sector público estrangulan el crecimiento hostelero. Numerosas instituciones públicas multiplican las ocasiones en las que se sirven canapés, que son devorados con una voracidad insólita. La crisis vigente implica recortes en las cosas menos importantes como son plantillas y servicios, pero las verdaderamente importantes, como son las obras y los actos sociales donde transitan las bandejas con bebidas y canapés, apenas se resienten.

Así se conforma la pequeña torre de Babel de las calidades granaínas donde todo es posible.  Coexisten locales múltiples que ofrecen tapas de calidad, tapas que se sobreponen a la carta, tapas que representan la fusión afectiva con sus públicos, tapas funcionales sobrecargadas que posibiliten cumplir con los requerimientos de las noches de copas, tapas para turistas incautos y otras modalidades. En ese laberinto la información es esencial, pues existen distintos criterios para definir las calidades. La sorpresa siempre es posible.

Un ejemplo para terminar. Alguna de estas noches de verano voy a una terraza de las más reputadas de Granada. Me gusta cenar allí.  Entre la amplia carta de raciones, platos, montaditos y postres, pido un pincho de tortilla, por mi relación sentimental peremne con la misma, que casi nunca está buena. La patata es cocida y es poco jugosa. Además un montadito de jamón de Trévelez.  El jamón siempre de buena calidad, bien cortado, con un gajo de tomate por encima y un pan que desentona manifiestamente con el conjunto. Además me tomo dos cervezas. Pues bien, las dos tapas que me sirven con estas superan con mucho las calidades de los pinchos "de pago". Son platos muy elaborados y de mucha calidad. Mis estrellas son una ensalada de pasta casi sublime y una carne al ajillo maravillosa.  Pero no sólo se trata de las calidades, sino que la tapa es una ración  considerable. Al final pago 8,80 euros. Me obsequian con un sorbete de limón al que tengo que renunciar. No entiendo bien la lógica económica de la empresa, quizás constituya uno de los misterios granaínos.