Presentación

PRESENTACIÓN

Tránsitos Intrusos se propone compartir una mirada que tiene la pretensión de traspasar las barreras que las instituciones, las organizaciones, los poderes y las personas constituyen para conservar su estatuto de invisibilidad, así como los sistemas conceptuales convencionales que dificultan la comprensión de la diversidad, l a complejidad y las transformaciones propias de las sociedades actuales.
En un tiempo en el que predomina la desestructuración, en el que coexisten distintos mundos sociales nacientes y declinantes, así como varios procesos de estructuración de distinto signo, este blog se entiende como un ámbito de reflexión sobre las sociedades del presente y su intersección con mi propia vida personal.
Los tránsitos entre las distintas realidades tienen la pretensión de constituir miradas intrusas que permitan el acceso a las dimensiones ocultas e invisibilizadas, para ser expuestas en el nuevo espacio desterritorializado que representa internet, definido como el sexto continente superpuesto a los convencionales.

Foto Juan irigoyen

Juan Irigoyen es hijo de Pedro y María Josefa. Ha sido activista en el movimiento estudiantil y militante político en los años de la transición, sociólogo profesional en los años ochenta y profesor de Sociología en la Universidad de Granada desde 1990.

domingo, 31 de marzo de 2013

LOS ESPÍRITUS EN EL AULA

El aula es un espacio cargado de misterio, en el que tiene lugar un encuentro entre los viejos espíritus de la modernidad y los espíritus del presente, siendo desplazados estos hacia el exterior de la misma. En este sentido, es un lugar mágico en el que tienen lugar sucesos extraordinarios, que desbordan las percepciones, los discursos y los saberes de sus moradores. Es un lugar asediado por el más allá electrónico, que traspasa el dintel de sus puertas al modo de las mareas, que regresan de nuevo a su origen dejando su huella tras la pleamar. Los espíritus del presente son vehiculizados por distintas tribus bárbaras que acampan temporalmente en su interior, para regresar a sus mundos electrónicos.

Las sociedades actuales son el resultado de la convergencia de múltiples líneas de cambio, que modifican radicalmente las relaciones, las instituciones, los saberes, las subjetividades, las formas de comunicación, las relaciones entre las generaciones, las sociabilidades y los imaginarios. Todo se modifica profundamente, pero, en medio de esta marea de cambios, el aula permanece congelada, manteniendo sus códigos básicos incólumes. El aula es una fortaleza, que cada vez tiene sus fronteras más definidas, en tanto que al salir de la misma, los visitantes adquieren de nuevo su condición inseparable de los mundos sociales de la época presente. Es una experiencia de enclaustramiento y privación temporal de las identidades débiles, que son reparadas cuando se traspasa la barrera de su puerta. Por eso se trata de un lugar fronterizo, porque los pasillos y los espacios que la rodean, son gradualmente liberados de los espíritus de la modernidad, presentes en su interior en estado de hibernación.

El aula se encuentra rodeada por un espacio en el que reinan las configuraciones sociales de la época, en las que viven los estudiantes, que se funden en el complejo tecnologías/consumos/sistemas mediáticos/Internet-redes sociales. En su interior, se pueden escuchar los ecos del mundo de las galaxias exteriores, pero éstos son inaudibles frente a la preeminencia de los saberes y los métodos de la modernidad, que ahora se escuchan desprovistos de vigor, desgastados y debilitados, así como sus métodos convertidos en liturgias vaciadas y una ausencia de sentido que crea un vacío pavoroso. En estas condiciones, la comunicación se convierte en una simulación que roza el patetismo.

Esta condición de fortaleza sitiada, propicia que algunos de los elementos que portan los bárbaros que, procedentes de los mundos de la comunicación electrónica, irrumpen en el aula y se van apoderando imperceptiblemente de sus resortes y diluyendo los sentidos instituidos. Así, los métodos activos devienen en animación, los debates en tertulias, las intervenciones de los estudiantes en opiniones y los discursos docentes son abatidos inconmensurablemente. En el interior del aula se simula asumir algunos de los cánones de las culturas invasoras, pero así se genera una realidad patética, similar a la de los mayores disfrazados de jóvenes en los tiempos dominados por el consumo.

El sistema educativo y el espacio en el que se asienta, el aula, es denegado y desautorizado por el complejo integrado de las impetuosas instituciones nacientes. La explosión del hiperconsumo, de los media y de la última versión de Internet, las redes sociales, crean mundos vividos dotados de gran intensidad que se sobreponen al venerable sistema educativo. El aula es una situación social imposible en este contexto. La socialidad escolar tiende a debilitarse y evaporarse a favor de la vibrante socialidad de las redes sociales, youtube y el mundo condensado en las distintas pantallas que abraza fatalmente a la educación declinante.

Las estructuras sistémicas resultantes de la expansión tecnológica y productiva, interfieren el sistema educativo y lo destituyen. La destitución es un poderoso concepto enunciado por el historiador argentino Lewkowicz, referido al estado en el actual orden social mercadocéntrico. La destitución de la educación es una realidad que vivo hace muchos años de modo cotidiano. Se trata de una conmimación permanente, que se hace presente mediante la no respuesta de los estudiantes ante las propuestas de la institución. Desde el vacío vertiginoso vivido, se suavizan gradualmente las propuestas, los discursos y los métodos introduciendo discursos extranjeros y elementos que mitiguen las propuestas. Se trata de emitir alguna señal, cuyo contenido remita a un compromiso con el espíritu de la época, que se hace presente como espectro amenazador.

El aspecto más significado del choque de espíritus en el aula, es la incompatibilidad creciente entre el orden mental establecido por la galaxia de Gutemberg, que configuró el imperio ilustrado de la letra escrita y sus cuerpos de guardianes, los profesores, con el orden cognitivo emergente, procedente de la galaxia audiovisual. Se trata de un desencuentro de mentes e inteligencias que trasciende las visiones triviales predominantes entre los asediados. El aula es el espacio de la contienda silenciosa, pero sin tregua, entre los profesores alfabéticos y los estudiantes postalfabéticos, tan bien definidos por Franco Berardi Bifo.

Pero el elemento emblemático del asedio del presente al aula, es la evidencia creciente, convertida en una convicción generalizada, de que en el final del camino escolar no existe ninguna tierra de promisión laboral. El discurso que propone un sacrificio necesario e inevitable, para ser recompensado en el futuro, clave de todos los discursos de los poderes, carece de verosimilitud. La inserción laboral interminable, la precarización invasiva de toda la vida laboral y la biografía profesional, descompuesta en etapas, en las que no se acumulan los beneficios, deslegitima crecientemente las instituciones educativas. Sometidas a erosión, a tasas de deslegitimación insostenibles y vaciadas de sentido, la resistencia pasiva, la desobediencia, convertida en obra de arte monumental, configuran inevitablemente su realidad. La explosión festiva de los largos fines de semana y la ocupación de sus espacios exteriores para aliviar sus efectos, son algunos de los indicadores que visualizan su decadencia trágica.

Pero, mientras que crecen los mundos que la rodean, el diagrama del aula permanece invariable. Los sujetos son alineados en filas, como en su origen, en el que los alumnos iban a recibir unas raciones de saber que garantizaban una alta posición social, o bien iban a ser convertidos en obreros industriales, cuyo requisito esencial era saber leer señales, contar, pero sobre todo, aprender la virtud de la disciplina y la obediencia a la autoridad del ingeniero. Siglos después, los sujetos siguen siendo ubicados en filas y columnas, con el paisaje de los cogotes de sus compañeros antecedentes como horizonte, pero ahora son conminados a expresar sus opiniones, por efecto de la hegemonía de las instituciones comerciales y mediáticas emergentes, pero sin romper la arquitectura panóptica. En muchas ocasiones, tengo que pedir a estudiantes que hablan en las primeras filas, que se vuelvan para poder ser escuchados por sus antaño compañeros, ahora sólo comparten su presencia en una actividad que concluye en una calificación que, sumada a las de otras materias, conforma su pasaporte para la circulación por los circuitos futuros de la precariedad. La elección de materias y profesores, proveniente del imperativo del mercado, conforma grupos sin interacción alguna, que se volatilizan más allá de la lista de la asignatura, ahora devenida en tablón de docencia virtual.

El aula, congelada, asediada, destituida, es el espacio que muestra la crisis de conocimiento de las élites políticas y económicas, que arrojan sobre ella toda la basura de los problemas sociales que resultan de los terremotos sociales del presente, definidos por el choque entre estructuras sistémicas gobernadas por sus propias decisiones. Las autoridades en la comunidad que habito, discuten acerca del número de ordenadores en las aulas, sólo de eso. Tengo claro que así impulsan la industria de la informática agobiada por su propia capacidad de producción, pero, ¿es posible tanta estulticia?

Termino con una fantasía que he contado a muchos estudiantes, es una ironía con respecto a la nomenclatura del aula organizada en filas y columnas. Se trata de una película de mi infancia, Ben-Hur, en la que los esclavos remeros en los barcos de guerra romanos, eran colocados en la matriz filas-columnas, facilitando su visibilidad, control y castigo. En este caso, es congruente con la situación. Ningún esclavo-remero puede ver el rostro de otro, sólo de sus despiadados capataces. Pero, colocar a unos tipos en esta situación espacial en la que es imposible comunicar, ¿es adecuado para sujetos que se encuentran allí para formarse y desarrollarse cognitivamente? Lo dicho. Misterios del aula. Quizás sea menos misterio de lo que parece. Porque la hipótesis es que estos desórdenes y contradicciones pueden ser la resultante de una transición de entre domesticaciones para alcanzar la congruente con el nuevo orden social emergente. Remeros…precarizados…felices consumidores…espectadores de su propia imagen…Un misterio.

viernes, 29 de marzo de 2013

GRANADA EN LA SOCIEDAD DEL ENSUEÑO

Vivo en Granada desde septiembre de 1988, cuando me incorporé a la Escuela Andaluza de Salud Pública. Desde que aterricé por estas tierras, y hasta hoy, he experimentado una extraña y misteriosa relación con la ciudad. Por un lado, muchas de las informaciones que he recibido sobre sus distintas facetas, carecen de veracidad, mientras que, por el contrario, he descubierto en mis vagabundeos cotidianos algunas pequeñas maravillas que permanecen en estado invisible a los ojos de muchos pobladores. He confirmado en muchas ocasiones, que la imagen de Granada se encuentra manifiestamente disociada de la ciudad vivida.

En los primeros años de mi estancia granadina, tienen lugar en España las incipientes reformas neoliberales, asociadas al nuevo capitalismo global emergente, que se van acumulando hasta dar lugar al diluvio del presente. La reconversión industrial constituye su primera señal y emblema más elocuente. El vaciado de empleo industrial se intensifica en el curso de los años siguientes, pero la reafirmación en favor del sacrosanto principio del crecimiento, determina la movilización de todos los segmentos de la nueva economía para producir nuevos consumos de masa. Este es el origen del nuevo turismo industrializado, que se intensifica en el presente y constituye el fundamento de la norma de consumo postfordista, el low cost.

El industrialismo cede el paso a la explotación de los intangibles fomentando la nueva producción ingrávida. Junto con el capitalismo industrial, emerge un nuevo capitalismo cultural que explota las significaciones compartidas y las experiencias vividas. Estas generan un nuevo paradigma económico que Rifkin ha designado como la “era del acceso”. La experiencia compartida en comunidades de sentido, deviene en una mercancía. El turismo, ese gran invento, desde la perspectiva de una persona de mi generación, es reestructurado e impulsado como sector productivo industrial, que contribuye crecientemente al conjunto.

Un libro publicado en 1999 por el futurista danés Rolf Jensen, sintetiza el giro del proyecto económico hacia la producción inmaterial, así como el papel asignado a la reconvertida industria turística. En este texto se articula un discurso coherente con el conjunto del sistema económico tardoindustrial o postindustrial. La nueva sociedad de consumo resultante da la bienvenida a las emociones. Lo que aporta este novísimo y singular mercado, es que el producto no es derivado de una decisión racional, sino que su esencia radica en la narrativa que lo define, cuyo núcleo duro es la emoción, que compartida con otros consumidores conforma comunidades que devienen en segmentos de consumo. Este es el fundamento de lo que Jensen designa como The Dream Society, la sociedad del ensueño, en la que los reinventados consumidores buscan experiencias que satisfagan su sistema emocional. Así, las experiencias, las vivencias y las sensaciones experimentadas por los renovados turistas, conforman un mercado que contribuye al crecimiento global de la economía, en tanto que los consumidores de emociones destinan una buena parte de sus ingresos a estos tránsitos que sustentan la nueva fábrica de sensaciones.

He sido testigo privilegiado, a lo largo de estos años, de este proceso de transformación. La ciudad se ha reconfigurado para acoger a los productores de emociones; las autoridades han asumido con convicción su papel con respecto a la nueva fábrica de sensaciones; se han realizado acciones populares masivas para inscribir a la Alhambra en un ranking de maravillas del mundo, cumpliendo con el imperativo de la racionalidad de gobierno neoliberal en la que el valor siempre resulta de la competición con otros; se han construido hoteles múltiples; la población ha sido informada en los nuevos términos de estancias, pernoctaciones y jergas gerenciales equivalentes; han aparecido los autobuses de dos pisos en los que los esforzados productores de emociones recorren la ciudad, en ocasiones con unas temperaturas amenazadoras para las excelsas sensaciones experimentadas, pero, sobre todo, los grupos de turistas han poblado los trayectos cotidianos, apoderándose de la ciudad histórica.

Pero este proceso, sustentador de la penúltima modernización, me ha suscitado más de una duda que trataré en este blog. Se trata de la progresiva sustitución de los grupos de viajeros, muy frecuentes en los años ochenta, que se desplazaban con los mapas en las manos, recorriendo la ciudad expresando su curiosidad, por la explosión de los grupos guiados. Estos son grupos congregados en torno a un guía, un animador turístico, que ejecutan el viaje según un estricto programa que encadena secuencialmente los objetivos y los tiempos asignados a cada uno. Esta es una mutación de gran alcance, en tanto que transforma los contenidos, los sentidos y las prácticas del viaje.

Los grupos guiados realizan viajes tan estrictamente definidos, que cabe cuestionar que se correspondan con la esencia de un viaje verdadero. La nueva fábrica de sensaciones empaqueta a los turistas en grupos organizados en programas que agotan los tiempos posibles. El viaje excluye cualquier acontecimiento inesperado, descubrimiento, sorpresa o contingencia. El turista es insertado en un rígido grupo, y en un orden cotidiano que excluye cualquier contacto con aquellos definidos por la antropología convencional como los nativos. Este orden es una actividad severamente guiada. El guía y el guión pactado del viaje, se sobrepone e impera sobre los viajeros, que, en las pausas y los escasos descansos entre objetivos programados, establecen relaciones de amistades o enemistades con otros miembros del grupo, que terminan cristalizando en dinámicas grupales inéditas, que pueden llegar a ser insólitas.

El estatuto del viajero guiado es similar al de las severas instituciones de custodia, como escuelas, residencias de ancianos, hospitales y otros semejantes. Me gusta observar los días de primavera y otoño el devenir de los grupos de los reinventados turistas. Son desembarcados en un puente en el centro de Granada y comienzan sus caminatas hacia la Catedral o la Alhambra. Van marcados con las etiquetas de las empresas y el guía levanta un abanico u otro emblema visual para marcar la ruta y el ritmo. No es posible rezagarse ni distraerse un momento. Los turistas se muestran silenciosos, desinteresados y fatigados. Cuando veo grupos desfilar ante mí, sentado con mi perra en una terraza ubicada en un lugar delicioso, acariciado por el sol del sur y estimulado por la dupla granaína cerveza-tapa, me pregunto cuántos días llevarán a este ritmo. Me encantan los grupos de españoles del norte porque se pueden observar contiendas estratégicas entre matrimonios de edad avanzada, que se mantienen en el curso del viaje. Los europeos son más silenciosos y disciplinados.

Cuando veo el espectáculo de los turistas enjaulados y programados me gusta imaginar y burlarme de estas ideas de la época. Lo mejor que he visto es una rebelión de un grupo de mexicanos, que, fatigados de alcanzar los múltiples y sucesivos objetivos del viaje, se sentaron y se negaron a llegar al Generalife, objetando que ya lo conocían por los catálogos. Los argumentos del guía eran contrarestados por el grupo, que reclamaba una pausa. Esta experiencia estimula mi imaginación para innovar. Me imagino fundando una empresa de disciplinados y competentes perros pastores, que reconduzca a los rebaños a aquellos viajeros despistados, pues se producen distracciones entre los esforzados aventureros , sobre todo cuando con sus cámaras graban imágenes para compartir en sus lugares de residencia las tediosas tardes de los domingos en espera del comienzo de la semana laboral.

Pero mi imaginación vuela y me permite, a partir del episodio de los turistas rebeldes mexicanos que emulan a Zapata, soñar con una rebelión de turistas guiados, promovida por un nuevo Espartaco al que imagino procedente de Dinamarca y maestro de profesión, y que, saturado por la programación del viaje, se subleva y desplaza al guía. La incidencia en este grupo se extiende por los hoteles en la noche de descanso para reparar las energías requeridas por los sobrecargados programas. El resultado es la creación de una coordinadora de grupos representativa de asambleas de hotel, que se reúne en una taberna en la madrugada y convoca una jornada de libertad sin programación, que termina en una concentración para confraternizar con la población local, que obsequia al pueblo liberado de los turistas reinventados con sabrosas raciones de arroces, migas, carnes en salsa y dulces granaínos, acompañando a las músicas y los poetas locales. El desenlace es la acogida por una noche de los turistas en las casas de los nativos, del que resulta una pareja mixta, que es motivo de una renovada celebración conjunta.

Dejando a un lado mis ensoñaciones, una de las cuestiones que suscitan mi curiosidad es que muchos de los portadores de emociones fotografían los lugares más feos que se puedan imaginar. En particular, cuando son desembarcados de los autobuses en el puente, se fotografían compulsivamente el Río Genil, que se encuentra en un estado que suscita una polémica ciudadana permanente con contenidos de limpieza. En las noches de primavera y verano, me gusta mirarlos fotografiándose masivamente en la fuente de los Reyes Católicos. A su espalda se encuentra el monumento a la fealdad más relevante de Granada. Es el del edificio del Banco de Santander que obstruye la visión de la sierra desde la Gran Vía. Pero el predominio de los turistas guiados es compatible con la presencia de viajeros y nómadas que transitan la ciudad para su deleite, buscando más allá de los estereotipos.

El discurso de las emociones y sensaciones que fundamenta la sociedad del ensueño parece poco verosímil, en tanto que es programado y ejecutado por un aparato que evoca las grandes series de productos estandarizados industriales que definieron el fordismo. Pero la sociedad del ensueño es un molde muy aplicable a Granada, entendida en términos de sus proyectos, sus élites y sus autoridades. La ensoñación se apodera inexorablemente de toda la inteligencia directora granaína, dando lugar a un imaginario en el que predomina el desvarío o el mal de altura. Pero este es un tema para tratar otro día.

sábado, 23 de marzo de 2013

LO INNEGOCIABLE

DERIVAS DIABÉTICAS

Cada enfermo diabético vive su enfermedad en el contexto de su red social personal, que, junto al sistema profesional que lo trata, produce informaciones, comunicaciones e interacciones que influyen en sus comportamientos y saber, pero la enfermedad le individualiza inevitablemente, de modo que termina generando pensamientos y reflexiones que cristalizan en un esquema referencial, mediante el que valora las sucesivas situaciones por las que atraviesa en la carrera interminable de la enfermedad, decide respecto a sus prácticas cotidianas y construye un pronóstico sobre el futuro. La actividad relacionada con el esquema referencial no sólo es personal, sino que es relativamente opaca u oculta a los profesionales que lo tratan y a las personas de su red personal.

El curso de la enfermedad requiere de restricciones cotidianas permanentes, que son difíciles de asumir. En estas condiciones el enfermo tiende a definir un área de su vida que es consciente y relativamente liberada de las restricciones, conformando así una “reserva de vida”, que es, bien innegociable, o difícilmente negociable, tanto con su red personal como con el sistema profesional. Se trata de unos mínimos de prácticas gratificantes de vida, que se conserva aún a pesar de los peligros que conlleva. Así se constituye una contabilidad de la vida, cuyos contenidos son los cálculos sobre las gratificaciones y los riesgos. Este es el espacio reservado difícil de negociar, que varía en cuanto a su racionalización y en cuanto a su exteriorización.

Cuando debuté como diabético dependiente de la insulina, desempeñaba una actividad profesional docente muy intensa. Participaba como profesor en másters y distintos cursos de postgrado, cuyos alumnos eran tanto profesionales sanitarios como integrantes de los primeros regimientos de gerentes que desembarcaban en el sistema sanitario blanqueados con el camuflaje profesional. Las actividades se desarrollaban en sesiones de cinco horas, generalmente por la mañana, de nueve a dos. Estas sesiones las compatibilizaba con mi docencia en la facultad de sociología y otras actividades que, en algunos meses, desestabilizaban mis horarios, perjudicando el buen control de la diabetes.

Tanto las sesiones con profesionales sanitarios como en las clases de la facultad, que impartía a primera hora de la mañana, me planteaban un problema. Si estaba en ayunas con una glucemia inferior a 140, me encontraba con muy poca energía, incluso en alguna ocasión cercano a la hipoglucemia. En este estado era imposible cumplir con los requerimientos de una sesión de cinco horas. Cuando consulté a un endocrino reputado, me recomendó que me jubilara. Con dos médicos más tuve la misma experiencia, y también con alguna enfermera. Me trataron con cierto desdén. Para ellos mi vida se agotaba en la enfermedad, que se sobreponía a todo lo demás. No había nada que pensar ni ajustar, todo se encuentra subordinado al dios del estándar de la hemoglobina glucosilada. Se sobreentiende que el control de la enfermedad desplaza todas las esferas de la vida y conforma los sentidos de la misma.

Mi decisión fue justamente la contraria. Yo, Juan Irigoyen, mayor de edad, enfermo diabético, que no me sé el número de historia ni me lo quiero aprender, decidí que iba a crear una de esas reservas de vida innegociables. Esta era mi voluntad, realizar mi vida profesional subordinando el control de la diabetes a la misma. Esta decisión conlleva contrapartidas, como son los posibles efectos negativos en el medio y largo plazo. Pero a favor está mi identidad diabética, que aspira a compatibilizar ambas cosas, rechazando una vida vacía y dependiente, cuya recompensa era superar el promedio de la esperanza de vida, sin haber hecho nada gratificante en los últimos años, más que ser un ser relativamente vivo, centrado en la administración diaria de mis glucemias y mis tiempos, siendo recompensado mediante algún premio simbólico a la obediencia, en actos en los que pueden llegar a concerderte una medalla o llevarte de excursión. No, eso no. No quiero que mi vida sea eso.

Ahora voy a contar la complejidad de la situación derivada de mi decisión. La primera cuestión es la soledad radical, en tanto que presentar mi decisión respecto a esta área innegociable, se entiende por los profesionales como algo equivalente a la rebelión, poniéndose de manifiesto el autoritarismo oculto que subyace en la asistencia médica. He tenido que aprender en solitario. El problema es el siguiente: Si he decidido continuar con mi vida profesional, y esto afecta a mi control metabólico, es preciso explorar la posibilidad de tomar medidas que compensen y reduzcan los efectos negativos de los tiempos de intensa actividad profesional. Es importante conocer los efectos de los períodos problemáticos, así como buscar y ensayar posibles soluciones. Porque una decisión como esta, puede llevar a un proceso de abandono desbocado. Es preciso determinar cuáles son los límites.

Este es el problema que he tenido que resolver yo sólo, sin acompañante profesional, porque cuando he consultado las respuestas han sido elusivas respecto a mi vida, que no tiene el rango necesario para que puedan ser objeto de análisis, para acompañarme en la busca de alternativas en mi rompecabezas biográfico. Es más cómodo tratar autómatas programados definidos por cifras que se pueden manipular. Me parece lamentable leer una buena parte de literatura médica sobre la diabetes, en la que los enfermos siempre aparecen definidos por magnitudes y proporciones respecto al colectivo de enfermos, como si fuesen piezas para ensamblar, minerales o vegetales, que sólo tienen propiedades reducidas a dimensiones que se puedan medir o pesar. He tenido el privilegio de plantear mi caso en cursos y foros de profesionales, en donde ha generado algunas discusiones y reflexiones. Me han llegado a amenazar con la ceguera y otros males del mismo rango, pero no pocos profesionales han aceptado y compartido el problema. Pero en la consulta nunca he encontrado empatía alguna. En la misma se volatiliza mi condición de sociólogo y profesor para transformarse en un enfermo, que incuestionablemente se inscribe en el severo y riguroso orden médico. En ella soy despojado de mi personalidad y reducido a la etiqueta diagnóstica.

Ahora voy a introducir un concepto procedente de mi experiencia personal que es muy importante. Se trata de lo que llamo el resarcimiento. En una enfermedad sin final, abocado a restricciones severas, el enfermo tiende a descubrir que puede aprovechar algunas ocasiones u oportunidades para resarcirse de sus sacrificios. Otro día contaré mi compleja relación con lo dulce y con el chocolate en particular. Pero en el caso de hoy quiero manifestar que cada sesión de cinco horas o mañana sobrecargada, que tengo que afrontar inexorablemente con la glucemia alta, tengo la oportunidad de resarcirme de mi frugal cena diaria y de mi desayuno, tan nutritivo pero parco en sabores celestiales. Algunos de los lectores ahora sonreirán. Sí, es lo que estáis pensando. Eso mismo.

Aprovecho todas y cada una de las ocasiones que me brinda la docencia, para cargarme de energía para cumplir mis requerimientos profesionales, que alcanzan su nivel óptimo en glucemias superiores a 200. En esas cifras soy capaz de lidiar con grupos de veinte y treinta profesionales sanitarios, con sus gerentes emboscados incluidos. En el rompecabezas de mi vida he decidido construir una línea roja respecto al dulce. Eso lo dejo para otras ocasiones que contaré aquí. Pero los sabores salados que remiten al paraíso, pueden regresar provisionalmente a mi vida. Los pescados rebozados de mi infancia, las patatas condimentadas en distintas versiones prohibidas, las salsas sublimes que acompañan a las carnes o pescados, o los huevos y las tortillas múltiples, así como otras delicias que forman un territorio excluido en mi dieta habitual de mis años de diabético. Todo eso puede aparecer mágicamente en las cenas previas a las jornadas docentes.

Pero el desayuno es el territorio favorito de mis resarcimientos, pues me prepara para la hora de la verdad. En los hoteles que frecuento, los buffet son estimulantes. La exclusión de lo dulce me predispone a disfrutar de los distintos tipos de panes de sofisticación inconmensurable, las tortillas, los quesos prohibidos y, en alguna ocasión, los fiambres exquisitos. Cuando termino de desayunar, me mascullo a mí mismo que “esto sí que es calidad y excelencia, y no lo que nos quieren hacer creer los gerentes-prestigitadores, en esa tonta frase de la época de hacer más con menos”.

El desayuno fantástico tiene una contrapartida demoledora, que es común con otras actividades en la existencia de un enfermo diabético: la soledad. En muchas ocasiones que vas acompañado, es demasiado complicado e incomunicable explicar tu desayuno. Terminas escabulléndote para realizar este sublime acto de resarcimiento. Mi última salida, la primera en ausencia de Carmen, fue a Vitoria-Gasteiz, donde impartía una conferencia en una jornada de Salud Comunitaria. Fue en el pasado mes de noviembre. Estaba alojado en el hotel con los demás ponentes. En la cena de la noche anterior, me encontraba rodeado de enfermeras de atención primaria, buenas profesionales, que formaban parte de la organización de la jornada. Inevitablemente se suscitó la conversación sobre la diabetes. Las enfermeras se mostraron muy confundidas cuando les desvelé mi condición de enfermo autónomo, pero cuando les hice saber que no me vacuno, las conminaciones a mi responsabilidad adquirieron un voltaje considerable. Quedamos a la mañana siguiente para desayunar juntos en el hotel. Naturalmente burlé su control y me anticipé en media hora, para realizar en solitario mi resarcimiento y la preparación para la hiperglucemia requerida para cumplir mi tarea.

La enfermedad es un factor de producción de comportamientos furtivos y solitarios. En esta jornada consumé mi resarcimiento mediante una escapada en el final de la mañana, en busca de los sabores mitológicos de mi infancia. Las barras de los bares de Euzkadi se encuentran pobladas de banderillas insólitas, en especial de tortillas que combinan ingredientes y sabores paradisíacos que remiten a una creatividad imposible siquiera de imaginar en un contexto como en el que me desempeño profesionalmente: una universidad. Las amigas enfermeras hubieran alucinado si hubieran contemplado mis capacidades de toma de muestras de banderillas, así como de la dosis de insulina que compensó mi transgresión y me permitió un comportamiento educado en la mesa del restaurante donde comimos. Esta práctica es la que denomino “gramáticas de abordaje de la enfermedad”, que contaré en mis siguientes derivas.

Estas son sólo una parte de mis territorios vitales, no colonizados y extraños a los ojos de los terapeutas. Para la tranquilidad de algunos profesionales que puedan leer estas líneas, sólo una vez en estos años he pasado la línea del 8 en la sagrada hemoglobina glucosilada. Las gramáticas han funcionado con cierta efectividad y mi vida hasta hoy, con sus limitaciones nada despreciables, ha trascendido con mucho los márgenes establecidos por la estigmática construcción médica. Quien realmente me ha estimulado para afrontar la diabetes es el fiscal argentino Strassera, a quien recuerdo pinchándose su dosis de insulina ante las cámaras, en las interminables sesiones del juicio a las Juntas Militares golpistas. Strassera es diabético y fumador compulsivo. No sé porqué pero su imagen siempre me ha venido a la cabeza desde el comienzo de mi enfermedad. Para ilustrar su complejidad, en los últimos meses he traspasado el paralelo 8 y estoy desestabilizado. Lo atribuyo a la factura afectiva de la ausencia de Carmen, que duele como los golpes verdaderos. Después del impacto inicial duele más. Pero eso no sale en las analíticas ni en las radiografías.

sábado, 16 de marzo de 2013

LA IMPLOSIÓN

MIRADAS INCISIVAS

Uno de los elementos más característicos de la situación actual radica en que el proceso de transformación hacia una sociedad neoliberal avanzada continúa su camino, alcanzando secuencialmente sus objetivos mediante la acción de la ingeniería jurídica e institucional, movilizada desde el gobierno y las instituciones europeas, en tanto que las resistencias se debilitan, después de su esplendor en la pasada primavera. Salvo algunas excepciones, como el movimiento stop desahucios o la marea blanca en Madrid, las plataformas sectoriales tienden al estancamiento y las movilizaciones, al carecer de un horizonte de convergencia, decrecen en sus intensidades.

En este contexto de dispersión de las resistencias, las movilizaciones, rigurosamente atomizadas, generan una desesperanza manifiesta. Sin posibilidades de conservar las posiciones y derechos adquiridos, frenando la marea decisoria neoliberal, son contaminadas por los sentimientos negativos asociados a malestares que se acumulan sin una salida política o un objetivo proactivo. La izquierda convencional política y sindical, mantiene la esperanza de que estos malestares se reciclen finalmente en una cosecha de votos, que en la próxima contienda electoral, invierta la situación parlamentaria.

Entre tanto, el complejo de poder que decide y ejecuta las reformas, constituido por los expertos nacidos al amparo de la nueva gubernamentalidad, los políticos, las élites empresariales y financieras, sus escoltas mediáticos y académicos, así como la leal oposición política y sindical, presentan una narrativa acerca de la situación que se articula en el concepto crisis, que se entiende como un accidente externo, que se produce en el exterior de la sociedad, y, por consiguiente, no tiene vínculos con los proyectos, las instituciones y las decisiones desarrolladas en los años felices de la bonanza económica y la integración en Europa.

Se supone que tan fatal accidente exterior, la crisis, tiene un comienzo y un inevitable final. De este modo se propone que la paciencia es la virtud principal para aguardar ese desenlace. Mientras tanto, la cuestión principal es encontrar la senda que conduce a la salida, que es definida en términos de retorno al crecimiento de la economía, condición necesaria para volver a crear empleo. Una situación de esta naturaleza exige otorgar la confianza a las autoridades, para que encuentren la senda que conduce al pueblo esforzado hacia el final de la misma, recuperando la añorada abundancia económica.

La metáfora de la senda es una idea débil y simple, que constituye un indicador elocuente de la crisis de conocimiento, que se conforma como una gran implosión. Esta encubre y oculta la naturaleza del verdadero proyecto que intensifica y acumula las reformas en la dirección de una sociedad mercadocéntrica y global, muy diferente de la sociedad anterior a la crisis. De esta implosión resulta la generalización de los temores colectivos, los malestares y la desintegración social por ausencia de liderazgo. Los beneficiarios netos de la etapa de crecimiento, devienen en el presente en élites opacas que proponen una metáfora disciplinadora fundada en la fe. Es preciso creer con convicción que la sumisión de hoy reportará beneficios para todos en el futuro, que se atisba en el final de la senda. Durante su búsqueda y el penoso tránsito necesario por la misma, hemos de tener fe y esperanza en que todo terminará bien. De este modo las adversidades son más llevaderas.

La propuesta de la senda, derivada de un diagnóstico que blinda a las élites españolas de cualquier autocrítica, tiene consecuencias demoledoras en las instituciones políticas. En ausencia de ideas y definiciones densas y sólidas, se produce un espectáculo sórdido, en el que los partidos juegan al “y tú más”, atribuyendo la responsabilidad a los otros. La implosión se instala en las instituciones, favoreciendo el proceso de reformas, que laminan con un ritmo muy intenso el denominado estado de bienestar, así como la movilización de la maquinaria policial y la ingeniería judicial para frenar las movilizaciones.

Pero el aspecto más insólito de la implosión general radica en el espectáculo puesto en escena en los medios de comunicación. Se trata de mediatizar el malestar y la desolación social mediante su conversión en ficción mediática. Los expulsados del mercado de trabajo, las víctimas de la sagrada institución del crédito, los perdedores de la reestructuración laboral mediante la disminución de sus salarios y condiciones de trabajo, los pensionistas, jubilados y receptores de ayudas menguantes y las generaciones colocadas en el umbral de espera a la inserción laboral, se constituyen en una materia acerca de la cual un conjunto de expertos y tertulianos deliberan, interpretan y pontifican.

La ausencia de un panorama global, la ocultación del proyecto que impulsa las demoliciones sucesivas y la multiplicación de los miedos, son los factores que determinan la conversión de la crisis o reestructuración en espectáculo mediático de sábado-noche para masivas audiencias perplejas, atemorizadas y necesitadas de consuelo. El guión mediático se cimenta en la idea de que alguna instancia maligna interfiere a unas estructuras incuestionables. De esta idea resulta un proceso de infantilización sin precedentes. Los sucesivos presidentes son convertidos en chivos expiatorios de los males de los ciudadanos investidos de bondad. En esta definición de la situación, la solución es sencilla, basta esperar la llegada de un presidente bueno que rectifique los errores de los malvados.

En los flujos mediáticos referidos al espectáculo de la crisis-reestructuración emerge el sentido común y el elogio a la persona común. Los ciudadanos normales son emulados por distintos pillos y traficantes de elogios e insultos, en detrimento de un pequeño número de malvados, a los que se atribuye el protagonismo de la corrupción y que comparecen como causantes de las desgracias. El guión es un cuento infantil destinado a públicos con carencias cognitivas severas. La solución es esperar la llegada de un providencial salvador que libere a las personas normales de los males originados por los líderes malvados, que siempre se corresponden con los del otro partido.

En tanto que el partido de gobierno aprieta el acelerador ocultando y maquillando su proyecto, el PSOE se manifiesta como una realidad espectral, propia de un grupo que ha sido desalojado de las instituciones del estado y vaga penosamente por una situación que les es extraña. Su propuesta es una versión “social” del proyecto neoliberal, que le distancia de sus bases tradicionales. En ausencia de un programa y de la energía necesaria para producirlo, su discurso se agota en la repetición de tópicos procedentes del pasado capitalismo del bienestar, pero que en el presente adquieren una condición fantasmática e irreal. Toda su actividad se reduce a esperar que los recortes y los malestares derivados de los mismos les reporten réditos electorales.

En ausencia de un programa, su liderazgo social se desploma y las protestas se rompen en mil pedazos. Pero su contribución a una salida a la reestructuración neoliberal se agota en las liturgias del espectáculo mediático y parlamentario. No existe una alternativa a la metáfora de la senda. Al igual que los post-socialdemócratas, Izquierda Unida, beneficiaria en votos de la desconexión entre el PSOE y los penalizados por los recortes, apenas aporta ideas. La izquierda política y sindical se encuentra en un estado de hibernación intelectual y su programa consiste en la defensa del orden social del capitalismo del bienestar, ya caducado. No propone nada alternativo al capitalismo global. Su tragedia estriba en que la vuelta atrás ya no es posible, porque el nuevo capitalismo global es portador de un código genético nuevo e inquietante. En el final de la senda, los empleos resultantes del crecimiento de la economía, son sustancialmente diferentes de los de la era industrial. Imagino a una disciplinada población en espera de su turno para rotar por los puestos de trabajo, convirtiendo la precariedad en el centro de la nueva sociedad neoliberal avanzada.

domingo, 10 de marzo de 2013

LA TÍA BRIGI

La tía Brigi es uno de los personajes fundamentales de mi infancia y adolescencia, cuyo recuerdo evoca mis mejores pasados. Ella constituye una frontera en mi biografía, representando los años que vivimos en Bilbao hasta la muerte de mi padre. Después regresamos a Madrid, donde siempre extrañé el cariño y la grandeza cotidiana insignificante de algunas personas de esos años, pero de la tía Brigi en particular. Ella representa una de las virtudes erosionadas por el crecimiento económico del capitalismo desde los años sesenta, que es la bondad.

Mi abuelo tenía un negocio de gabarras en los años treinta en Bilbao, lo que le proporcionaba una buena posición social. Mi familia, en aquellos años mitificaba el apellido Irigoyen, en tanto que representaba algo ilustre en el Bilbao de esa época. Siempre que he pasado situaciones de miserias múltiples en la vida, he sonreído cuando me decía a mí mismo “pero a pesar de todo, soy un Irigoyen”. Mi abuelo tuvo diecinueve hijos, de ellos sólo dos varones, entre ellos mi padre, que tuvo que asumir en solitario la reproducción de la dinastía, pues mi tío Antonio murió sin descendencia en la guerra civil. Alguna vez he pensado en mi abuela, a la que no conocí. Una vida en la que se puede vislumbrar un exceso de esfuerzo productivo patente, así como una desconsideración por parte de mi abuelo.

La tía Brigi era una mujer de su época. Fue criada en la casa familiar en el horizonte de un matrimonio. Ni estudió ni trabajó, y su vida tuvo lugar dentro de las rígidas fronteras del clan familiar. Le fue vetado el espacio público y la autonomía personal. Sus salidas a la calle y al mundo externo siempre se produjeron con las escoltas del grupo familiar, vigilantes en espera de que se presentase un novio a la vista, que sólo podía proceder de las relaciones de los parientes. Las amistades no eran individuales, sino colectivas del clan. Su juventud tuvo lugar en los años de la República, la guerra civil y la postguerra. El conflicto reforzó su enclaustramiento doméstico. Vivió con sus numerosas hermanas en la casa familiar. Su dependencia fue absoluta, inimaginable desde las coordenadas del presente. La tía Brigi no tuvo una existencia individual, sino que vivió disuelta y fundida en el grupo familiar.

Al final de los años cincuenta, convertida en una soltera estándar de la época, su hermana Rosario murió de un cáncer de mama. Dejaba a su marido y a cinco hijos varones jóvenes. El marido era un industrial típico de los años de la posguerra. Un hombre poco formado, rudo y dedicado por entero a su fábrica, una industria de cemento radicada en Sestao. Su vida consistía en ir a la fábrica a las siete de la mañana, donde pasaba el día. Tenía un chófer, Fano, un personaje peculiar, que le llevaba y traía en el automóvil. Era un hombre de ese tiempo incapaz de cocinar, cuidar su cuerpo, su ropa y su casa, así como afrontar el cuidado de los cinco chicos. Esa casa de hombres no podía existir sin una mujer que se hiciera cargo del puesto de mando del grupo doméstico.

La tía Brigi, en la situación de emergencia familiar, fue conminada por el clan para casarse con mi tío y hacerse cargo de la casa. Era evidente que no existía relación amorosa ni afectiva alguna entre mi tío y ella. Me parece una historia terrible. La tía Brigi se casó sin amor renunciando a lo mejor de la vida para una mujer de ese tiempo. El noviazgo, los encuentros con el novio, los primeros besos furtivos, las ilusiones compartidas con sus hermanas y amigas, la ceremonia de la boda, la noche de bodas, el viaje de novios, los primeros tiempos de efervescencias amorosas, así como los partos y los intensos amores maternales con los hijos, sobre todo en los primeros años. En una vida en esa situación esto representa lo que proporciona sentido a la vida y prepara para resistir la rutinización inevitable de la relación conyugal. Todo esto siguió siendo un misterio y un sueño inalcanzable para la tía Brigi. Fue incorporada para hacerse cargo del cuidado y la gestión doméstica de todo el grupo de varones, en ausencia de un tiempo amoroso anterior.

La vida le asignó lo peor. Ante los menores apareció como una usurpadora de su madre y tuvo que pagar un alto precio por ello, en término de sentimientos negativos hacia ella que comparecieron en momentos de conflictos familiares. Algunos indicios mostraban inequívocamente que el paso del tiempo no mejoró la relación afectiva con mi tío. Siempre fue un duro contrato limitado a su función en términos de producción de servicios domésticos. Su decisión fue un acto de abnegación y sacrificio extraordinario. Nunca emitió ninguna señal de disconformidad y aceptó su cruel destino con  entereza, coraje y resignación.

Su vida consistía en gobernar la casa. No salía para nada. Recuerdo que hablaba por teléfono por las mañanas con la pescadería, la carnicería y la frutería para pedir las materias primas que trataba exquisitamente en la cocina. Entonces se comía y cenaba. La cena era completa a diferencia del tiempo actual. Era una excelente cocinera y servia una comida para diez o doce personas, pues siempre había algún invitado. Tenía una chica de servicio, pero la comida la cocinaba siempre ella misma. Disfrutaba mucho viéndonos comer con tanto gusto sus manjares. Nunca olvidaré sus pescados, en especial sus merluzas, pescadillas, congrios y bacalaos; sus salsas verdes, pilpiles y tomates múltiples; sus riñones, callos, morros y demás exquisiteces que tanto nos hacían disfrutar a todos, en vísperas de la llegada del rigorismo dietético salubrista, que acompaña la expansión de la medicina, además de la recuperación del cuerpo mediante la restricción severa de las calorías y el racionamiento de las proteínas.

Su único momento de descanso era la hora de la merienda, que compartía con dos entrañables amigas de siempre que acudían a su casa, la tía Casilda y la tía Carmen, y en la que compartían y se aliviaban por las desventuras de la vida. Después preparaba la cena para todos. En la sobremesa se producían discusiones absurdas y cómicas, en las que la tía Brigi mostraba una obstinación y terquedad monumental, sólo comparable a la de sus interlocutores. Nosotros vivíamos en el piso de enfrente y pasábamos por la noche para ver la televisión. Recuerdo discusiones encendidas e interminables acerca de temas tales como que si los vascos eran más fuertes que los andaluces, que se gestaban al ver las procesiones de la Semana Santa.

Las únicas salidas del domicilio familiar eran para ir a acontecimientos familiares, bodas, bautizos o primeras comuniones. También para en el verano ir alguna vez a Logroño, a la casa de una de sus hermanas. El viaje en el coche familiar era fantástico. El chófer Fano, se pasaba todo el viaje discutiendo con la tía Brigi sobre la ruta más adecuada. Todavía siempre que tengo un dilema recuerdo esas discusiones y me digo “o por Barázar o por Orduña”.

La tía Brigi tenía un sentido estricto de cumplimiento de sus deberes. El ethos del ama de casa de la época estaba encarnado en ella. Todos los días cumplía sus obligaciones. Ella era ajena a conceptos posteriores como la motivación, las expectativas o la satisfacción. La semana sucedía rutinaria y cíclicamente hasta el domingo, que era un buen día para todos, excepto para ella que trabajaba más, pues la comida era más sofisticada y para más invitados, y la chica de servicio salía por la tarde. Se hizo mayor sin conocer el fin de semana, los centros comerciales, las rebajas, el turismo o los conciertos. Me gusta decir que la tía Brigi, representa la vida anterior a eso que se denomina “la motivación para el logro”, que inicia el tránsito al tiempo presente en el que reina un yo radicalmente contrapuesto al imperante en ese tiempo.

Conmigo y con mis hermanos tenía una relación especial, pues todas las hermanas de mi padre lo consideraban como el paradigma del éxito y la materialización del intangible Irigoyen. A mí me consideraba de forma especial. Era un afecto estable, permanente, sin altibajos ni oscilaciones, sin ninguna reserva ni condicionalidad. Ella no esperaba reciprocidad respecto a lo que daba. Nunca olvido su risa entrañable cuando nos veía disfrutar de cualquier cosa. Carecía de cualquier rencor o sentimiento negativo al carecer de expectativas y conformarse con lo que la vida le había asignado. Su única compensación eran los pequeños actos afectivos cotidianos que le regalaban los niños. Ella sabía que los besos rutinarios que yo repartía a todas mis numerosas tías, tenían un matiz especial, tanto con ella como con mi tía Tere, de la que hablaré otro día. Siempre hubo una complicidad especial entre nosotros, ambos fingíamos ante los demás nuestra predilección mutua. Era extraordinariamente generosa con todos y en todas las ocasiones.

Viviendo ya en Madrid, regresé un par de veranos a su casa. Entonces tenía una novia en San Sebastián. La tía Brigi me colmaba de cariño y dinero, para mis desplazamientos a Donosti, pero su risa entrañable era el mejor regalo. Después mi vida cambió con mi entrada en la universidad y más de una vez tuve nostalgia de su generosidad, su risa, su tono de voz y su modo delicioso de ser afectuosa mediante el ocultamiento moderado del sentimiento. Llegué a experimentar cierta sensación de orfandad respecto a la tía Brigi, sobre todo comparándola con otros familiares.

En los años siguientes de militancia y conflictos intensos en Madrid, no volví a saber de ella. Ya en los años ochenta, después de mis sucesivos terremotos biográficos, viviendo en Santander, fui a verla. Estaba en Plencia, con el mayor de los hijos de mi tío. Su estado de salud era lamentable, un ictus le había fulminado y se encontraba postrada sin movilidad. Recuerdo que me reconoció por la mañana aunque no podía hablar. Para mí es uno de los mejores recuerdos secretos de mi vida.

Ella estaba cuidada con un cariño e intensidad inimaginable desde la perspectiva de hoy. Mi primo Tomás, una persona muy influyente en mí, su mujer Ana Mari y sus hijos estaban volcados con ella. En torno a su cama se congregaba una atención que ninguna institución profesional puede ofrecer, y que se correspondía con lo que había sido la tía Brigi para todos los familiares. En los tránsitos por los hospitales en los últimos años de Carmen, he podido ver alguna situación parecida, que contaré aquí. Todo el terrible sacrificio de su vida, tan mutilada, sometida y difícil, tuvo el reverso de un final adecuado a su grandeza.

No volví a saber nada de ella pero la llevo en el corazón. La época que vivió fue muy dura. El franquismo fue un tiempo oscuro que no se puede definir sólo por lo político, en sus estructuras privadas y cotidianas se produjeron muchos dramas intensos como el de la tía Brigi y muchas mujeres abnegadas y severamente relegadas. Pero esta era vigente, que comienza con la motivación para el logro en los años sesenta, continúa con las sucesivas modernizaciones y concluye con el arquetipo yo-emprendedor en el trabajo y en el consumo, es un tiempo al que no puedo concederle sin más el estatuto de progreso. Nadie tiene ahora un final como el de la tía Brigi. Una persona tan grande en una vida tan limitada.

Querida tía Brigi, te has perdido muchas cosas buenas de la vida y que hoy podías haber disfrutado. Son tantas y tan importantes, que ni siquiera quiero contártelas, porque te haría daño. Pero en este tiempo, los dispositivos económicos, comerciales, mediáticos y psicopedagógicos dominantes producen personas muy distintas a las que puedas imaginar. Se trata de un capitalismo que pretende convertir a cada uno de nosotros en un pequeño canalla, cuyo valor resulta de la competición permanente con los demás en todos los órdenes. Por eso te recuerdo tanto y te sigo queriendo mucho.

domingo, 3 de marzo de 2013

EL EXCEDENTE

En una entrada anterior, aludía al descentramiento de la cosmovisión dominante en este tiempo, así como alguno de sus efectos. Cuando el esquema referencial desde el que se entiende el mundo es tan restrictivo y simplificador, muchos acontecimientos y procesos sociales quedan huérfanos de entendimiento, en tanto que no es posible su ubicación en unas coordenadas tan inadecuadas. De este modo, se conforma un conjunto de acontecimientos y procesos que se definen por su inverosimilitud, no encajando en el esquema referencial oficial vigente.

La multiplicación y la acumulación de la inverosimilitud, se conforma como un excedente cognitivo, que desborda la capacidad del sistema y de sus élites, para reconocer, procesar, interpretar y explicar estos extraños acontecimientos ubicados en el exterior de su esquema referencial. Esta es una condición compartida por las élites financieras, empresariales, mediáticas, profesionales, políticas, sindicales y culturales. Se puede definir por la utilización de conceptos que designan realidades acontecidas en el pasado, pero que no explican los sucesos específicos a los que nos enfrentamos en el tiempo presente. El excedente alude a la obsolescencia del conocimiento frente a la renovación de los acontecimientos, que en estas condiciones comparecen como hechos mudos.

El excedente cognitivo comparece explosivamente cuando leo los periódicos, veo y oigo programaciones audiovisuales, cuando hablo con profesionales o personas de todos los niveles, cuando leo mi correo electrónico, cuando estoy en la universidad, y, también cuando voy a una manifestación o acontecimiento reivindicativo. El excedente es ubicuo y alcanza distintos grados de intensidad. Parece como si un espectro incomprensible flotase sobre las realidades desautorizando todas las percepciones, las enunciaciones y las valoraciones de las personas involucradas.

El presente es testigo de un incremento exponencial de la acción en detrimento del pensamiento. La hegemonía absoluta de la tecnocracia, cuyo precepto central es que todo problema tiene una solución óptima, impulsa a la acción, configurada desde las coordenadas imperantes, dificultando la comprensión de las realidades en las que se interviene. Los resultados de la preponderancia de la acción sobre el conocimiento resultante de esquemas predefinidos tan menguados, no sólo son ineficaces, sino que en no pocas ocasiones generan efectos perversos considerables. Esta es la era de las herramientas y las recetas en el contexto del grado cero del pensamiento. Las discusiones sobre algunos de los complejos problemas actuales desde las instancias estatales, alcanzan el patetismo más esplendoroso. En el país que vivo, el AVE se entiende como una divinidad prodigiosa capaz de producir milagros económicos multiplicadores de bienes.

Desde el esquema cognitivo vigente, cada vez más partes de la vida adquieren la condición de inverosímiles. Así, cada vez más categorías de población adoptan comportamientos inauditos desde la mirada de las autoridades, que se manifiestan en la multiplicación de sucesos críticos e inexplicables. De este modo comparece el miedo a lo extraño, a lo anormal, que siempre se encuentra ahí latente, subyacente, haciéndose presente inesperadamente, amenazando el principio de realidad utilizado para definir las situaciones según lo que se considera razonable.

El esquema cognitivo oficial vigente, se reconfigura en este proceso frente a la emergencia de lo extraño, y se transforma progresivamente en un discurso vacío, en el que nadie realmente cree, que es invocado litúrgicamente, contribuyendo así a que nos vayamos acostumbrando a no entender. Las autoridades experimentan una deriva de conversión en una versión renovada del cómico mexicano del cine de mi infancia Cantinflas. Se producen largas explicaciones en las que las palabras se emancipan de sus significados y se recombinan entre sí cómicamente, en ausencia de cualquier argumentación. Lo más inquietante es que una de esas palabras enunciadas en el exterior de su significado es “ciudadano”.

Si las realidades vividas no son comprensibles desde los discursos vigentes, excediendo a los mismos, se derrumba cualquier credibilidad y explota la mentira, la simulación y la irrealidad. En este contexto, parece inevitable la expansión del miedo y de las corrupciones múltiples. Pero el pensamiento cero ha configurado a las élites de las herramientas como una nueva versión de los vendedores callejeros anteriores a la consolidación de los centros comerciales. Su argumento de que “en todas partes existen buenos y malos” muestra inequívocamente el esplendor de su decadencia cognitiva. Esta es una época extraña que simultanea la abundancia económica con el raquitismo de la inteligencia pública.

Pero esta situación es la manifestación de un cambio de época. El mundo actual se encuentra bloqueado y manifiesta la caducidad de sus estructuras e instituciones. En esta situación, cualquier medida o acción correctora se encuentra abocada al fracaso, al ser reabsorbida por este sistema cuya inteligencia rectora se define por un estado de colapso. Muchos de los eventos producidos en los últimos años avalan este precepto y constituyen una manifestación de este agotamiento radical. El mundo que va a sustituir al periclitado sistema vigente se encuentra en estado naciente. De este modo se vive un tiempo de transición en el que se acrecientan los signos mórbidos por la ausencia de alternativas desde las coordenadas de las estructuras vigentes. En especial de su inteligencia directora, sobre la que se derrumban las numerosas y pesadas herramientas.

Vivo todos los días acontecimientos que exceden el esquema cognitivo empobrecido y mutilado, característico de las élites imperantes en este capitalismo global desbocado. En este contexto de incomprensión aguda emergen oscuros especialistas y expertos portadores de soluciones parciales a los problemas que se ubican sectorialmente. Estas soluciones se fundan en supuestos triviales, completamente ajenos a las realidades en las que se ensayan. En el caso de la universidad, un dispositivo de nuevos expertos en ciencias de la empresa postfordista, recombinados con pedagogías y psicologías positivistas de luces cortas, causa estragos sobre la situación de alumnos y profesores. Desde la primera formulación de Bolonia hasta hoy los despropósitos se suceden y acumulan vertiginosamente. En un sistema de conocimiento tan descentrado la ausencia de pragmatismo es absoluta. Los expertos devienen en verdaderas sectas que se definen por su distanciamiento radical de las realidades.

El excedente es el conjunto de hechos sociales que son extraños a los esquemas de percepción y valoración de los esquemas cognitivos. En las sociedades del presente, este se expande a la totalidad de la vida social sin remisión. Ayer leí las conclusiones de una encuesta sobre la juventud que presentaba la consejera de salud de la comunidad que habito. Me impresiona el sistema de supuestos y sentidos que se utilizan desde este atormentado campo de la salud. Se entiende a los jóvenes como potenciales calculadores racionales del intangible valor salud, ajenos a su propia vida. Se perciben como sujetos autárquicos, escindidos en múltiples dimensiones y externos a los contextos en que viven. Tranquila consejera, los jóvenes son afectos al sistema. Aspiran a vivir como el rey Juan Carlos y otros prototipos institucionales similares. En este sentido los jóvenes son demócratas radicales. Lo que ocurre es que quieren democratizar el hedonismo, el goce y la vida, en ausencia de la democratización del trabajo, que parece más complicada y fuera de su limitado alcance.

Lo dicho, el excedente se hace presente todos los días. Por eso aún a pesar de que se alude a la educación frente a cualquier problema, entendido en términos de déficits de la misma, la verdad es que lo que crece es la penalización de los problemas sociales. Paradójicamente el excedente determina la aparición de los jueces estrella, en tanto que los docentes son severamente penalizados y desplazados. Son los aparentes misterios del nuevo orden social.